Elementos clave de los nuevos valores del cine de terror.

Reseñas generales

Cada generación de cineastas dedicados al terror trae consigo no solo nuevas historias sino nuevas miradas al género y conexiones con otros, ampliando su capacidad de sumergirse en nuestros más profundos temores y provocar, claro está, miedo, pero también desconcierto, incomodidad e incertidumbre. El cine de terror no es sinónimo de cine de sustos, sino que se trata de un cine que busca cuestionar nuestra realidad regularmente sin sutilezas ni extravagantes cavilaciones, sino a través de martillar nuestra realidad y dejarnos revolcarnos en las migajas. Para lograrlo, pueden recurrir a la comedia, el drama, el suspenso y otros géneros más, pero rematando siempre con esa inestabilidad necesaria que se requiere para generar la sensación de que nada está garantizado, y a veces ni siquiera la muerte puede salvarnos. 

Cada cineasta del género busca aportar tanto al estilo narrativo como visual y, de ser posible, legar a la cultura popular personajes que sean tan emblemáticos que se nos graben en la memoria, e incluso se instalen como referentes de la cultura popular. Es decir, todo realizador quisiera dejar tras de sí un Michael Myers, un Pazuzu, un Candyman o una Kayako. 

Apenas podemos ver la consolidación de una generación que encontró en el género maneras de explorar temáticas diversas desde enfoques más apegados a la sensibilidad de nuestra época, concentrándose en profundizar aún más en la psicología de sus personajes y hacer de la experiencia compleja con su realidad cultural un elemento clave de su desarrollo. Tenemos a los reconocidos autores Ari Aster y su cine antropológico, Robert Eggers y su pasión por los relatos tradicionales con diálogos shakespereanos, Osgood Perkins y su estilo muy literario y centrado en lo demoníacos y la encarnación del mal, Jordan Peele y su análisis profundo sobre el racismo sistémico y la manipulación, Lynne Ramsay y esa mezcla perturbadora de drama personal y estresantes situaciones que cuestionan la salud mental y emocional de sus protagonistas, Karyn Kusama y su salto del cine de acción al terror y el suspenso, entre muchos otros realizadores que han forjado una nueva ola de terror. 

Sin embargo, también tenemos su convivencia como nuevos directores consagrados con nuevos realizadores que, al tener al menos ya dos películas estrenadas, nos permiten ir por lo tanto definiendo su estilo e influencia y perfilando su papel dentro del género. En este artículo vamos a explorar algunos de esos directores y tratar de analizar cuál parece ser que será su aportación al género.

 

El trauma encarnado

El primero de los directores que analizaré será el innovador Parker Finn, a quien me referiré brevemente ya que he hecho análisis más a profundidad de su obra en otros artículos sobre sus fabulosas Sonríe, y Sonríe 2. 

Parker Finn ha llegado con una idea clara acerca de cuál quiere que sea su legado, y ese es el consolidar la idea de que el verdadero terror no nace de maleficios y conjuros, ni de espectros o demonios, sino que el terror tiene su raíz en esos rincones de la memoria y del dolor que se van afianzando en nuestro ser y nos obligan a voltear la mirada huyendo de un trágico descubrimiento sobre nosotros y el mundo que nos rodea. El terror es el resultado de años de evitar mirar el abismo directamente. Es la reacción instintiva o el espasmo involuntario que nos hace dejar de ver el camino pese que vayamos a alta velocidad por el, y nos hace desear la caída inminente en vez de enfrentar una realidad que nos rebasa. 

 

Su primer entrega de manera muy inteligente utiliza los elementos propios del terror tradicional y comienza con un estilo visual y un ritmo muy semejante a cualquier película de terror sobrenatural. Sin embargo, poco a poco va gestando su identidad y logra trascender las escenas prototípicas del género para brindarnos un descenso a la locura bien logrado, donde su protagonista va perdiéndose a merced de ese dolor que se va encarnando y materializando para terminar mostrando su terrible rostro. Con una gran paciencia, Parker Finn se va apropiando del lenguaje propio del género y lo va manipulando con sutileza para terminar con una presentación poderosa en impactante de un personaje que parece tener mucha tela aún de dónde cortar. 

La interpretación de Sosie Bacon es clave para lograr esa transición narrativa. Comienza con una tímida actuación que poco a poco se va resquebrajando mientras las heridas y cicatrices vuelven a abrirse y se vuelve presa fácil de esa encarnación del trauma que llegará a mostrarnos su aterrorizados rostro. El diseño visual también es sencillo pero muy bien ejecutado y justificado por la narrativa, integrando las metáforas y los elementos sobrenaturales de manera armónica. 

Dado su modesto presupuesto que le permitió tener rápidamente una considerable ganancia en taquilla, era obvio que tendríamos una secuela y es de agradecer que se haya logrado. 

 

En Sonríe 2 Parker Finn consolida su identidad y sin tener que recurrir a los elementos narrativos convencionales del terror, consigue entonces adoptar un ritmo mucho más frenético, cargado de sucesos espeluznantes que van en un crescendo constante. Alejado ya de la gradual transformación de su primer protagonista, en Sonríe 2 la caída es libre y sin paracaídas. Los eventos pasan con un ritmo aterrador que te va haciendo saltar de una imagen terrorífica a otra casi sin descanso y usando elementos visuales cada vez más atractivos y eficientes. Nuestro trauma encarnado aquí es un torbellino de ensoñaciones y visiones que llevan a nuestra protagonista a terminar enfrentando al ser, ese ser que ahora toma una nueva forma, más brutal y que sin duda nos deja esperando cuál será su siguiente rostro y como llegaremos a descubrirlo.

Nuevamente el peso narrativo recae en la protagonista, una scream queen de altura, Naomi Scott que brinda un realismo e intensidad inigualables, brindando a una artista pop, ex-adicta y sobreviviente de un accidente automovilístico que busca retomar su carrera. Finn usa todo recurso disponible para asfixiar a su personaje en una carrera brutal contra ese ser sonriente que acecha en la intimidad de su hogar, en el diminuto camerino, en las calles abiertas a plena luz del día, en el escenario, en fin, no hay escapatoria. 

Es por ello que la agregue a la lista La Vida es un Accidente donde encontrarás más películas de diferentes géneros donde el motivo central son accidentes automovilísticos. 

 

Huyendo del duelo

Si Finn mezcla salud mental y trauma para crear a su icónico personaje en Sonríe, los hermanos Danny Philippou y Michael Philippou han tomado el proceso de duelo, mezclándolo con la idea del ritual, para entregarnos dos películas que si bien poseen grandes diferencias, si las vincula su interés por explorar la etapa de negación en el proceso tanatológico. Sus personajes no pueden lidiar con la pérdida y es esa vulnerabilidad la que los envuelve en tramas desesperadas y frustrantes donde se les fuerza a tomar una decisión, vivir o seguir enganchados con la muerte.

 

Háblame es su primer largometraje, pues ambos directores ya eran conocidos por su trabajo en YouTube y sus cortometrajes, y es un debut excepcional. Mezcla entre terror sobrenatural y psicológico, los realizadores crean un universo que conecta de manera sorprendente con una nueva generación. Los personajes son adolescentes cuya dinámica es creíble. Su lenguaje, su interacción, todo cuadra de manera natural y eso nos permite  conectar con sus acciones pese a que estás sean cada vez más irresponsables. Haciendo una analogía fascinante entre el vínculo entre dolor y adicción, en este mundo sustituimos las drogas por la oportunidad de conectar con los muertos y permitirles entrar a nuestros cuerpos. Lo que pareciera ser aterrador se vuelve un entretenimiento mórbido que refuerza la conexión entre el grupo. 

Sophie Wilde es una protagonista soberbia como Mia. Si actuación es desesperante por lo realista que es. Puedes empatizar con su dolor tras la pérdida de su madre y a la vez desesperante más y más por la manera en que está obsesión con el volver a verla va arrastrando consigo a todos a su alrededor. Es una joven deprimida, y esa depresión la ha vuelto profundamente egoísta. Sus acciones torpes se van acumulando hasta que le es imposible soportarlas. Le acompañan sus amigos y nuevos conocidos interpretados por Alexandra Jensen como Jade, su mejor amiga, Otis Dhanji como el novio de Jade y ex novio de Mia, Zoe Terakes y Chris Alosio como los fiesteros Hayley y Joss, dueños del artefacto que conecta con el más allá, y especialmente Joe Bird, hermano de Jade y quién nos entrega una actuación impresionante en una de las escenas más brutales de toda la película. 

Los hermanos Philippou construyen cuidadosamente su mundo y lo hacen pequeño pero coherente y convincente, permitiendo que los sucesos tengan una lógica sólida. Nos muestran como ante el dolor de la pérdida y la sensación de abandono, los riesgos y las tentaciones se multiplican, transformando lo que para algunos es una diversión peligrosa pero controlable en sus manos, en una carrera desesperada por llenar un hueco que se abre con cada suspiro. 

Es de remarcar el excelente trabajo de maquillaje y efectos especiales, en cuyo equipo encontramos a Nick Nicolaou con quién los hermanos trabajarán después en su segundo largometraje y Joshua Head, el artista visual y musical detrás del personaje Reecard Farché en el experimento musical Anklepants. 

La música original, ganadora en los Australian Academy of Cinema and Television Arts (AACTA) Awards, fue compuesta por Cornel Wilczek que con sus sintetizadores creará ambientes claustrofóbicos que acentuarán el vacío que parece abrirse cada vez más en Mia y al cual está arrastrando a quienes ama. 

En su primer película los hermanos Philippou al igual que Parker Finn apostaron por usar los elementos tradicionales del género pero fueron más arriesgados en su narrativa y en el universo que desarrollaron. 

 

Este año los hermanos pudieron mostrar cuál es su valía en el género, entregando un sólido segundo largometraje que retoma el tema del duelo, la negación y los rituales, aunque en esta ocasión con un estilo más ortodoxo y apostándole más al body horror y la sangre que al terror psicológico. 

Con su segunda obra, nos adentramos en una pareja de hermanos, interpretados por Billy Barratt y la revelación de la pequeña Sora Wong quienes demuestran una gran química, convenciendote en todo momento de su mutua preocupación y empatía, razón por la cual las intromisiones de su nueva cuidadora, interpretada por una demente Sally Hawkins, serán gradualmente más despreciables y desesperantes. 

Andy y su hermana con discapacidad visual Piper se enfrentan a la orfandad después de que su padre fallece de manera inesperada. Como resultado quedan a cargo de Laura, quien tiene una gran reputación como madre sustituta, y quién comparte su vivienda con Oliver, un joven perturbador que no emite palabras sino gruñidos y que gusta por merodear solitario y observar desde recovecos, esquinas y oculto en la vegetación a sus desprevenidos nuevos co-habitantes. 

Una serie de sucesos irán poniendo presión sobre Andy, quien no ha podido superar el descubrimiento del cuerpo de su padre y que siente una enorme presión por cuidar a Piper. La confrontación entre Andy y Laura comenzarán a dividir a los hermanos y abriendo la posibilidad de que ambos estén en un grave peligro. 

Para esta película los hermanos Philippou usaron básicamente al mismo equipo de Háblame, por lo cual el apartado visual, así como el maquillaje y efectos especiales son notables. El papel de la corporeidad será importante en la trama y el trabajo tanto interpretativo como de caracterización de Jonah Wren Phillips es lo más destacado de la película. Si bien la trama parece más convencional y menos arriesgada, la tensión es constante y todo se debe a qué Sally Hawkins vende a su Laura de manera excepcional, le da matices de complejidad de un personaje que en otra persona hubiera resultado en una caricatura que rompiera con el tono de la película. Laura al igual que Andy se enfrenta a una pérdida e igual que el se niega a aceptarla aunque ella no buscará ignorarla o evitarla, sino algo más desagradable y perturbador. 

Aunque a diferencia de Háblame, donde todo se siente fresco, en Haz que Regrese se presenta un estilo más ortodoxo y predecible, la calidad de los hermanos Philippou está presente y resulta en una gran experiencia cinematográfica y un aporte al género. La música de Wilczek en esta ocasión nos remite menos al aislamiento cerrado, casi interno, para brindarnos una sensación amplia, donde la soledad está nuevamente presente pero en esta ocasión en la vastedad, es menos encierro y más abandono en la penumbra. 

Será interesante que más tienen los hermanos para sorprendernos en el futuro. 

 

Comedia y terror: continuando la tradición 

Terror y comedia siempre han estado ligadas. Ya en algunos relatos de Guy de Maupassant o de Hector Hugh Munro era posible encontrar esa mezcla de ironía y crueldad, un elemento que podremos encontrar en los siguientes dos directores, aunque con estilos y sentidos del humor bastante distintos y diferentes sensibilidades que se percibirán en los temas que abordan y la manera en que buscan apelar a tu complicidad para que ya sea con una mueca o una carcajada disfrutes el dolor ajeno, sin perder por ello la capacidad para sentir escalofríos. 

 

Zach Cregger es un director que con obvias diferencias en estilos en intereses, podría enmarcarse en la misma gama que Jordan Peele, un comediante que ha encontrado su sitio en el cine de terror. Aunque tenga tres películas en su haber, solo las dos últimas son películas de terror. La primera es la comedia olvidada y muy criticada en su momento Miss March que dirigió junto a su compañero Trevor Moore, quien trágicamente falleciera a los 41 años en un accidente doméstico. Ambos grandes comediantes miembros de la tropa The Whitest Kid You Know, desde el 2009 Zach no había dirigido ningún largometraje, regresando a la pantalla grande en el 2022 con la divertida Barbarian. 

Con un estilo nada rebuscado ni pretendiendo hacer grandes metáforas o análisis psicológicos, Barbarian si logra crear una historia divertida, con giros inesperados, personajes unidimensionales pero atractivos y tres actos bien trabajados que si bien cambian tanto en estilo como en contenido, funcionan en su conjunto, dándonos un aparente suspenso, seguido por un slasher y terminando con una película de monstruos, encabezada cada sección por un personaje distinto: la primera nos ofrece a un Bill Skarsgård que nos muestra que es más que maquillaje y prostéticos para que en unos minutos nos brinde un personaje ambiguo, con señales contradictorias que no sabes si provienen de el o de las circunstancias; la segunda con un divertidísimo Justin Long que no habíamos disfrutado tanto desde Arrastrarme al Infierno de Sam Raimi y que nos ofrece un famoso acusado en el auge del MeToo que a través de la presión mostrará sus verdaderos colores; y finalmente una eficiente Georgina Campbell que ayuda a conectar todas las historias, presa de las circunstancias y que nos ofrecerá una scream queen de calidad para llevar la trama hasta su desenlace. 

Barbarian no es compleja y en su sencillez radica su genialidad. Pocas locaciones, siendo las principales cuartos y pasillos, diálogos bien pensados que son serios cuando deben serlo pero que se permiten ser hilarantes sin perder el tono general. Un monstruo bien diseñado que combina elementos sobre humanos pero se mantiene en los márgenes de su historia particular. 

La fotografía de Zach Kuperstein no pretende ser sobresaliente sino funcional para dar personalidad a cada persecución, a cada búsqueda desesperada en la oscuridad, a cada momento que se brinda para conocer a los personajes. Con tomas dinámicas pero no exasperantes nos muestra la vastedad de rincones donde puede resguardarse el terror en una propiedad de limitadas proporciones. La música de Anna Drubich empata el estilo de dirección con ecos a los clásicos del terror de 80's y 90's con sonidos que dan la impresión del acecho, del constante movimiento en la oscuridad y que se aproxima lo desconocido. 

El centrar la narrativa en Tess, la única mujer entre los personajes, sin muchas complicaciones podemos identificar que si bien es estresante lo que aparece en pantalla, desde su perspectiva todo es aún peor, rodeada de hombres que resultan tan turbios como las circunstancias. Cregger adopta un punto de vista que incrementa la tensión y nos ofrece un comentario social sin discursos ni sermones, pura acción al estilo del ya mencionado Sam Raimi, de John Carpenter en incluso George A. Romero.

 

Pero si en Barbarian optó por el relato sencillo, en La Hora de la Desaparición Cregger se permite una narrativa más elaborada, con múltiples puntos de vista, personajes más tridimensionales que parten de una premisa ya de por si escalofriante, la desaparición, al parecer voluntaria, de decenas de niños y niñas pertenecientes a la clase de Miss Justine, interpretada por Julia Garner, quien es acusada de tener algo que ver con las desapariciones dada están coincidencia, pese a tener videos de los niños adentrándose en el bosque por la noche en una dirección desconocida sin ninguna razón aparente. 

Usando la misma estrategia que en Barbarian para ponernos en el punto de vista de diversos personajes, en esta ocasión la experiencia es más amplia y vamos identificando como cada personalidad encaja en una serie de sucesos que van desvelando poco a poco el misterio. Infidelidades, obsesiones, culpas, adicciones, toda flaqueza se remarca en la tragedia y la naturaleza misteriosa de esta las acentúa aún más. El sentido del humor negro es más sutil y congruente con el desarrollo de la trama que en Barbarian, y se da a partir de identificar los absurdos que emergen de la desesperación de Archer, interpretado por Josh Brolin, en su búsqueda por dar con el paradero de su hijo; en el egoísmo y abuso de poder que ejerce Paul, interpretado por Alden Ehrenreich, al querer esconder su mal actuar como policía y pareja; en el intento de Marcus, interpretado por Benedict Wong, de mantener el orden desde su rol de director del colegio; o en la búsqueda errática de dinero y drogas de James, interpretado por Austin Abrams. Las historias de van complementando y conectándose por elementos relacionados con Alex, interpretado por Cary Christopher, y su aparente nueva cuidadora, la extravagante Gladys, interpretada por Amy Madigan. 

Las actuaciones en general son tanto convincentes como hilarantes y el relato no lineal, pese a llegar a ser cancino, es resuelto de manera satisfactoria y muestra tener pleno sentido. La fotografía de Larkin Seiple quien ha trabajado en Todo en Todas Partes al Mismo Tiempo de Daniel Kwan  y Daniel Scheinert, es sumamente eficiente al sacar provecho de los paisajes de Atlanta y Georgia, de sus bosques y suburbios, para crear un escenario que puede ser a la vez tan familiar y tan ajeno. Gracias a las excelentes tomas de Seiple podemos tener horror nocturno y a plena luz del día, en ambos casos con un gran impacto visual que brinda un relato cohesivo independientemente de la hora del día en la que los protagonistas se encuentren. La música de Ryan Holladay, Hays Holladay y el mismo Cregger combina un ambiente melancólico y turbio con elementos dulces, casi tiernos, que dan la apariencia de estar frente a un cuento de hadas oscuro y cruel. 

Con su segunda película, Cregger va trazando una línea ascendente en los riesgos a tomar a la vez que consolida un estilo propio y va integrando un público interesado en disfrutarlo. 

 

Cuando el ego nos carcome.

He dudado en incluir a Kristoffer Borgli dado que sus historias son difíciles de englobar en un género. El director noruego, prolífico en el cortometraje, nos ha dado tres largometrajes pero solo dos de ellos podemos enmarcarlos en términos generales como terror. Al igual que Cregger, sus premisas están plagadas de humos negro, aunque esté es aún más surrealista, complejo y estremecedor, y, aún así, no se si estoy en lo correcto en contemplarlo dentro del género. Para efectos del artículo, me parece que Borgli es partidario de crear dramas combinados con humor negro y elementos de terror que, de trasfondo, al menos en estas dos películas, cuentan con la exploración de personajes que son incapaces de salirse de su propia realidad y empatizar hasta que ya es demasiado tarde. Capturados por la cultura del espectáculo, sus personajes son capaces de arriesgarlo todo por lograr la cima del reconocimiento, pagando grandes precios por ello. 

 

En Enferma de Mí seguimos a Signe, interpretada por Kristine Kujath Thorp, quien estando en una relación tormentosa con Thomas, interpretado por Erik Sæther, se enfrasca en una competencia por su atención y la del mundo que la lleva a tomar decisiones y realizar acciones en verdad demenciales. Cada decisión y acción que Signe realiza es más y más riesgosa, despreciable, egoísta, autodestructiva o enferma. Su deseo de atención es tan desesperado que nos mantiene a los espectadores en una absoluta incredulidad. La premisa de Enferma de Mí es tan sencilla y a la vez tan profunda que cada minuto es una maravillosa tortura. No hay elementos redentores en Signe o Thomas y pese a ello es imposible dejar de ver el progresivo caos que se va gestando. Es como ver un accidente aparatoso que pese a lo trágico que es, resulta impactante y cautivador a la vez. 

La interpretación de Kristine te pone los nervios de punta. Su nivel de desconexión del mundo es evidente en su expresión fría e impasible y aunque podemos identificar el trasfondo psicológico de ella, también es claro que no importa cuan claros sea, jamás podrá identificarlo. 

Sin más recursos sobresalientes que su capacidad narrativa, Enferma de Mí es una experiencia potente que se queda grabada en ti como si se tratara del trágico relato de un personaje cercano. La naturalidad con la cual se va descendiendo a los infiernos es tal que pareciera ser resultado de una conversación familiar sobre la historia más absurda y brutal que hayas escuchado. 

Y esto es solo el inicio, porque Borgli tenía otra historia más que desarrollar y para ello hizo mancuerna con el actor más descabellado, lo cual resultó ser la mejor decisión del mundo. 

 

El Hombre de los Sueños es una película excepcional, de esas que solo se dan una vez cada cierta época. Si Enferma de Mí nos iba a presentar a un personaje que a partir de su ego desmedido y su búsqueda de atención nos provocaría escalofríos, en El Hombre de los Sueños Borgli pondrá un poco de todo. Parte drama, parte humor negro, parte terror, parte ciencia ficción, nos cuenta el relato de un hombre común, un profesor universitario de Biología Evolutiva, que comienza a aparecer en los sueños de otras personas. Inicialmente gente cercana, el suceso comienza a tomar otra dimensión cuando personas totalmente desconectadas de él logran reconocerlo e identificarlo como el hombre que de manera constante y aleatoria aparece en sus sueños. 

A partir de esta premisa por lo demás absurda es que Borgli, que escribe, dirige y edita, va explorando la compleja relación de la fama y el ego, de la soledad y la avaricia, del resentimiento y la ambición. Paul Matthews es un personaje complejo que solo podía ser interpretado por Nicholas Cage. 

He reseñado ya está película en otro artículo aquí mismo en Peliplat, por lo que solo añadiré que estoy enganchado en lo que Borgli tenga para mí en el futuro y lo considero desde ahora uno de los realizadores más interesante e inteligentes de nuestra era.

 

El terror desde la experiencia femenina

Desde El Bebé de Rosemary del infame Roman Polanski, la mujer ha tenido un papel fundamental en el terror. Podemos nombrar el sufrimiento de la adolescente Linda Blair en un trágico abandono emocional por parte de su madre, interpretada por Ellen Burstyn en El Exorcista de William Friedkin; también la Carrie de Sissy Spacek en confrontación con su madre interpretada por Piper Laurie en la adaptación de la novela de Stephen King de Brian De Palma; o como no mencionar a Sigourney Weaver en el Alien El Octavo Pasajero de Ridley Scott, la entrega más dedicada al terror de toda la saga; sin mencionar a todas las scream queens que han pasado por todas las sagas de slasher que se pueda imaginar, siendo quizá la más emblemática y longeva Jamie Lee Curtis en la saga Halloween, iniciada por John Carpenter y posteriormente en las entregas de Steve Miner y David Gordon Green. 

Sin embargo, este nuevo siglo nos ha permitido explorar el terror y el suspenso con más mujeres tras la cámara, creando historias con otras perspectivas que enriquecen el género. Podemos mencionar a Lynne Ramsay con sus historias crudas y con elementos del mejor suspenso y aspectos terroríficos, Karyn Kusama y su salto del cine de acción al terror y suspenso, y la revelación de Coralie Fargeat que con dos películas ha mostrado su deseo de contar historias intensas con profundo sentido del sufrimiento femenino pero narrado sin sutilezas, haciendo uso de un estilo violento y escatológico. 

En Venganza, la directora francesa combina el thriller y el western para narrar con un estilo exagerado pero sumamente entretenido la persecución implacable que hace Jen, interpretada por Matilda Lutz, de su amante y sus cómplices, interpretados por Kevin Janssens, Vincent Colombe y Guillaume Bouchède quienes han abusado de ella e intentado asesinarla. Ya está, eso es todo. No más complicaciones. Fargeat evita toda intelectualización de los eventos y nos brinda un estresante y divertido relato que si bien tiene un tercer acto deficiente, cuenta con un primer acto intenso y muy bien elaborado con una tensión creciente e indignante y un segundo acto bastante bien logrado. 

Absurda y simple, sin embargo muy catártica al ver a una mujer en la tradicional situación de víctima siendo capaz de dar vuelta a las circunstancias y terminar cazando a los perpetradores dándoles su merecido. Con pocos recursos Fargeat nos da una película tipo slasher que cumple con su cometido y demuestra además un estilo propio que desbordaría en su segunda película. 

Fargeat supera al resto de realizadores mencionados en cuanto al salto en estilo, intensidad y sobre todo sangre en comparación con su primera película. Pasando de la venganza femenina a la brutal encarnación del auto desprecio que provocan los estándares inalcanzables de belleza en las mujeres y su arraigo no solo en la psicología de las personas sino en los sistemas que los preservan y se nutren de ellos, en La Sustancia, sigue el declive forzado de Elisabeth Sparkle, interpretada por Demi Moore, estrella televisiva del fitness a la que veremos ser tratada como un mero producto por ejecutivos que no se rigen por los mismos estándares que le exigen a ella y que toman decisiones desde el despotismo y la misoginia. 

Si bien el mensaje de La Sustancia tampoco es ni sutil ni complejo, es expuesto con maestría por Fargeat que lleva cada elemento hasta sus últimas consecuencias y no duda en arrebatarle todo a su personaje principal como medio para denunciar la voracidad de la industria del entretenimiento principalmente, la cual al final es la encargada de difundir y normalizar los elementos de poder y lo establecido. 

Para contar su historia creará una cruel dicotomía entre la hermosa Demi Moore con una joven y sensual Margaret Qualley, quien siendo hija de Andie MacDowell y el modelo Paul Qualley, ambos vinculados con el modelaje, había explorado en la pantalla más su lado dramático y cómico, pero que aquí explota al máximo su físico para generar un mensaje de hiper sexualización y objetivación gracias a una actuación que va pasando de la banalidad y superficialidad a la histeria, mientras que por su parte, Demi Moore se sumerge en la desesperación y frustración de gradualmente irse transformando, resultado de la evitación y la apropiación del desprecio a su natural envejecimiento, en aquello que las y los demás proyectaban en ella. Esta desagradable mirada se encuentra representada por el ejecutivo Harvey, interpretado irónicamente por el repúblicano y conservador Dennis Quaid, que se muestra siempre sobrado de sí mismo, soberbio y desagradable.

Gracias a la cinematografía de Benjamin Kracun, que ya había participado en otra obra de venganza femenina en la también emblemática Hermosa Venganza (desafortunada traducción de Promising Young Woman en Latinoamérica) de Emerald Fennell, tenemos una historia de terror que no requiere la oscuridad ni las sombras para generar tensión e incertidumbre, sino que es el acecho de los reflectores los cuales persiguen física y psicológicamente a nuestra protagonista, castigando la vanidad que primero le exigieron y recompensaron. Es la luz, el blanco aséptico contrastado con colores brillantes lo que enmarcará la lucha externa e interna de Elisabeth. A esta propuesta visual se suman efectos especiales que incluirán gore y body horror, llenando la pantalla de borbotones de sangre y nos mostrarán una mutación física muy en concordancia con aquella que desarrolló David Cronenberg en su ya legendaria La Mosca, encarnada por Jeff Goldblum. Diseñados por multigalardonado Pierre Olivier Persin, junto a la cinematografía logran dar una impresión de una película de Serie B, pero refinada en sus visuales y narrativa. 

Fargeat subió mucho la apuesta con esta segunda película, por lo cual la mirada cinéfila está puesta sobre ella en espera de otra joya de género. Esto es algo que también persigue a la siguiente directora. 

 

El terror se gesta en el interior

Julia Ducournau inició su carrera con una obra que no solo sorprendió por su estilo original y reflexivo sino que además se benefició de una estrategia de marketing que constó en provocar una expectación y tensión en el público asegurando que en sus proyecciones iniciales la gente había abandonado la sala de cine e incluso vomitado por el impacto. Esta campaña venía acompañada de la entrega de bolsas de papel en caso de que te fuera imposible contenerte. 

Esta fue la manera en que Voraz se volvió un fenómeno que de boca en boca fue ganando adeptos después de su exitoso paso por el Festival de Cannes. Si bien no cumplía lo prometido por su exagerada campaña promocional, aunque al verla no terminabas con ese impacto físico y psicológico, si te encontrabas con una historia que se va desarrollando de manera pausada y asfixiante que te transmite perfectamente el desconcierto de Justine, interpretada por Garance Marillier, quien recibe la burla y presión constante por parte de su familia, principalmente por su hermana Alexia, interpretada por Ella Rumpf, debido a su vegetarianismo y personalidad introvertida. Al llegar a la universidad a estudiar veterinaria, será obligada por rito de iniciación a comer hígado crudo de conejo, lo cual despertará en ella algo que comenzará a devorarla por dentro y a trastornar su vida. Huyendo de sí misma, de sus impulsos, del germen de algo siniestro que parece ser parte de su propia naturaleza, Justine sufrirá un extrañamiento de su propio cuerpo y de sus deseos, el cual comenzará a comprender con el hostil acompañamiento de su hermana.

Voraz no es una película que busque atemorizarte o provocar sustos fáciles, sino gestar incomodidad e incertidumbre y un interés constante por desvelar un secreto que promete ser desconcertante e intenso. 

Una historia que se va construyendo por experiencias desagradables que se van acumulando y que se alimentan de la natural inestabilidad emocional juvenil, es de forma paralela una pesadilla de autodescubrimiento en donde nuestra protagonista intuye que la explicación de sus desgracias debe ser un secreto que preferiría enterrar para siempre. 

La cinematografía de Ruben Impens crea una imagen que contrasta melancólicos ambientes nublados, con tonos grises y azules, con el rojo encendido de la sangre. Su fotografía nos sumerge en los pasillos de la universidad y la transforma en una aparente prisión, con una sensación claustrofóbica, Justine parece estar encerrada con sus peores amigos y sus propias pasiones e inexplicables deseos. 

La música de Jim Williams, quien trabajaría más adelante junto a Brandon Cronenberg en la inteligente y estremecedora Possessor, es una orquesta de sintetizadores que emula los mejores soundtracks del terror ochentero, a lo John Carpenter, lo cual también combina con el estilo visual. 

Voraz es una película que no provoca vómito pero que claramente logra atrapar desde el primer momento y se va desenvolviendo con calma pero contundente hasta un emocionante desenlace. Pero este estilo narrativo será trascendido totalmente en su demencial segundo largometraje. 

Si Fargeat es la más radical en la lista en cuanto a la intensidad de su segunda película, Ducournau es la más atrevida en cuanto a la experimentación y extravagancia de su segundo largometraje, un relato irreverente, visualmente impactante y conceptualmente salvaje. 

Mientras que en Voraz seguimos de manera lineal el descubrimiento de su protagonista de los secretos familiares, en Titane seguimos a Alexa, interpretada por Agathe Rousselle, quién tras un accidente automovilístico genera un vínculo con los autos que es difícil de explicar. Si bien hay ecos de Crash de David Cronenberg, esa deconstrucción del fetiche con el automóvil como símbolo de urbanidad, modernidad y clase a través de su hipersexualización, Ducournau trasciende el ámbito sexual para convertirla en una conexión sobrenatural, un símbolo de identidad que se aproxima más eXistenZ o las dos versiones de Crímenes del Futuro del realizador canadiense. A través de una serie de sucesos violentos y caóticos, Alexa mutará una y otra vez hasta encontrar una conexión emocional con Vincent, interpretado por Vincent Lindon. La de Alexa es una historia de un ser que hasta ese punto es carente de emoción y que solo se siente viva a través del homicidio y el sexo con automotores. La extraña historia parece ser que nos conecta con la inestabilidad de la identidad, la normalización de la violencia, la dicotomía entre amor y control, entre delirio y obsesión, que se espera pueda gestar algo nuevo, poderoso, híbrido. 

La cinematografía queda a cargo una vez más de Ruben Impens y logra transmitir un estilo de color exagerado, como si se tratara del exótico exterior de un carro de lujo sobre el cual se refleja la desgracia ajena. Sin embargo los efectos especiales son clave para generar ideas más allá de lo desagradable, sino inquietante, y esto es gracias al trabajo de Martial Vallanchon, que convierte el cuerpo de Alexa y sus fluídos corporales en un laboratorio visual donde máquina y humano se mezclan no como androides o cyborgs, sino como una simbiosis orgánica que trasciende hasta la esencia misma de sus personajes. 

 

Conclusión 

El terror es más allá que una experiencia sobrenatural o un shock visual. Se trata de una exploración radical sobre la destrucción de la realidad de sus protagonistas, de una confrontación de sus valores, principios, en fin, todo aquello que brinda seguridad y estabilidad. El terror es una manera de confrontar nuestra intrascendencia y vulnerabilidad a partir del choque directo, del cisma inevitable con nuestra mortalidad incluso. 

Los nuevos valores del cine de género muestran una enorme capacidad para combinar géneros y conectar el mundo psicológico y social con su simbolismo sobrenatural o la experiencia extrema de sus personajes. El género de terror ha dejado de ser un género de segunda clase ante el mainstream para convertirse en el que lleva la punta de lanza del cine actual. En épocas de genocidios y ultraderechas, el confrontar la crudeza de la realidad resulta indispensable para la supervivencia individual y colectiva. 

Comentarios 2

R
runrenatarun25 de noviembre de 2025
Me encanta tu lista, hay varias que también me gustan muchísimo (aunque no me atrevo a verlas por segunda vez). Y otras no las he visto, así que ahora me han dado ganas de echarles un vistazo.
J
Jeroo Casco17 de noviembre de 2025
Excelentísimo artículo. Andaba buscando alguno que resuma estos elementos clave que mencionas en uno solo. Lo mejor de estos artistas que mencionas es que todos tienen grandísimas entradas dentro del género, pero al contrario de lo que se piensa en términos de "fue un golpe de suerte y nada más", elevan su autoría con lo siguiente, como el caso de Cregger, Ducornau, Fargeat o Finn. Supieron capturar la esencia y los miedos del ser humano moderno para convertirlo en experiencias únicas.

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