Nosferatu, y la libertad como un imposible
Aspectos socioculturalesAntes que nada, este temazo. Sí a todo.
Ahora sí, nos ocuparemos de un tema central en toda la cinematografía de Eggers, específicamente relevante en esta brillante adaptación del clásico Nosferatu.
El problema de la libertad
Estado de la cuestión
Una discusión griega
A favor
Platón es el gran padre de la idea de que la verdadera libertad consiste, no en hacer lo que se quiera, sino vivir según la razón y alcanzar el Bien supremo. (Una vieja versión del tío facho que remata el espacio cedido para sus prejuicios siempre con “una cosa es la libertá y otra muy distinta el libertinaje pibe”)
La República, y El Fedón son los dos grandes diálogos donde encontrar la reflexión platónica en torno al problema de la libertad (y, nobleza obliga, resultan dos lecturas filosóficas más que recomendadas, sencillas pero profundas, para acercarse por primera vez a la filosofía). Platón dividía al alma en tres partes, la racional (cede de la verdad y el conocimiento), la irascible (donde moran el valor y la voluntad) y la apetitiva (reino de los deseos y los placeres). Vivir libremente, en este marco, consiste en que la razón controle el alma y las pasiones; si estas nos gobernaran por el contrario, se trata de una vida de esclavitud.
La libertad entonces resulta del autogobierno racional, por los cuales alcanzar la Verdad y el Bien.

Su alumno rebelde Aristóteles desarrolló una visión más práctica y ética de la libertad, centrándose en la capacidad del individuo para tomar decisiones racionales y asumir responsabilidad moral. Encontramos tal desarrollo en la Ética, la Ética nicomaquea, y la Política. Aristóteles define la libertad como la capacidad de elegir entre diferentes opciones después de reflexionar racionalmente. Profundiza así algo que fue llamado intelectualismo socrático, y que identifica conocer el Bien con obrar bien. Ser libre significa elegir con conocimiento y de manera virtuosa. El gran problema de estos, es suponer que el Bien existe, que sea algo que podamos conocer, y que en tal caso surja espontáneamente obrar de tal modo.
Tanto es así que de este modo podemos clasificar de manera muy simple los actos entre voluntarios, los que se realizan con conocimiento y sin coacción, y esto los hace moralmente cargados de responsabilidad; e involuntarios, causados por ignorancia o fuerza externa.
Para Aristóteles, la libertad no es hacer lo que se quiere, sino elegir el bien. La verdadera libertad se alcanza en la práctica de la virtud, puesto que actuar conforme a la virtud permite realizar el propósito o fin (telos) del ser humano.

En contra
Sin embargo, no todo el mundo griego fue siempre tan receptivo sobre el concepto de la libertad. Antes que el desarrollo filosófico que describimos, y muy cercano al corazón cultural y religioso griego, encontramos la tragedia como máxima expresión artística de la condición pesimista de la cosmovisión griega (de paso, spameo Okupas: lo apolíneo y lo dionisíaco. El héroe trágico posmoderno).
Pero después de los sistemas de Platón y Aristóteles, con la decadencia de la polis comunidad política idealizada, vuelven a surgir en el pensamiento griego grandes detractores, esta vez más sutiles y refinados, de la idea de la libertad.
Hablaremos de dos escuelas surgidas en el postaristotelismo. Comenzamos con Epicuro, y con él la escuela epicureista, que consideró el mundo con un destino ya fijo, intentando rechazar sin embargo el determinismo estricto por medio de la defensa de una concepción de la libertad más individualista, centrada en la autonomía del sujeto y la búsqueda del placer moderado (ataraxia o ausencia de perturbación).
La forma que encuentra de romper con la concepción determinista es introduciendo el concepto de clinamen (desvío atómico), un ligero desvío impredecible en la trayectoria de los átomos que permite la existencia del libre albedrío. La libertad, de esta forma es completamente limitada y hasta azarosa.
Nótese que de plano, Epicuro es determinista y no postula la existencia de la libertad, solo que matiza su posición considerando como posibilidad que a veces podamos romper con nuestro destino prefijado.

Los estoicos (Zenón de Citio, Epicteto, Séneca, Marco Aurelio; entre otros y con sus múltiples diferencias cada uno) en su visión del mundo, pensaron que todo está determinado por la razón universal (Logos), y que el único pequeño resquicio de libertad verdadera consiste en aceptar lo inevitable con serenidad. La libertad como posibilidad de elegir mis propias acciones está negada rotundamente en cuanto a la independencia del destino, y queda relegada a cierto autodominio interior; es decir, a aceptar y consentir resignado, los eventos que de todos modos vayan a suceder respecto del mundo y de mis propios actos.
El determinismo cósmico consiste en pensar que el universo está gobernado por una razón universal, y que todo lo que sucede está determinado. No podemos cambiar los eventos externos, pero sí nuestra actitud ante ellos. Lo único que podemos elegir consiste en el pequeño autodominio de decidir cómo reaccionamos a lo que la fortuna (diké) nos tenga preparado.
La libertad de los modernos
Se preguntarán si la filosofía como disciplina llego a algún pequeño consenso al respecto de la libertad con los modernos: nada de eso. (Tuki Más allá de los dos minutos infinitos, la paradoja del tiempo y la libertad)

Los defensores
Comenzamos con Descartes, que sostiene que la libertad es la capacidad de elegir entre diferentes opciones (lo encontramos en Meditaciones Metafísicas). Incluso más, el filósofo asevera que la libertad se perfecciona cuando se elige correctamente, guiado por la razón.
Descartes concibe la libertad como un atributo fundamental del pensamiento humano y la relaciona con la voluntad, la razón y la autonomía moral. La libertad es un atributo esencial del alma y se manifiesta en la capacidad de la voluntad para afirmar o negar una idea, elegir entre diferentes opciones y actuar según el juicio racional.
Para esta perspectiva, es fundamental reconocer que la voluntad es más amplia que el intelecto; el intelecto solo presenta ideas, pero no es suficiente para determinar la acción. La voluntad, sin embargo, es la que decide aceptar o rechazar esas ideas.
Descartes sostiene que la libertad humana no es absoluta, sino que está subordinada a Dios, quien es para el autor fuente de la libertad. La libertad no es incompatible con la dependencia de Dios, ya que Dios nos ha dado la capacidad de elegir el bien. Esta idea es completamente discutida, como veremos, en toda la filmografía de Eggers, en la que explícitamente la idea de la providencia divina menoscaba y determina la libertad de los hombres.

Otro defensor del concepto de libertad es Rousseau. En El contrato social, distingue entre libertad natural (hacer lo que uno quiere) y libertad civil (obedecer las leyes que uno mismo se ha dado). El contractualista francés defiende la idea de una libertad colectiva en la que los ciudadanos participan en la soberanía.
Immanuel Kant en Crítica de la razón práctica, define la libertad como la capacidad de actuar según principios racionales y morales, no según deseos o inclinaciones. De este modo, la verdadera libertad es actuar conforme al deber moral.
Kant considera la libertad como un concepto central en su filosofía, especialmente en su ética y metafísica. Para él, la libertad no es simplemente la capacidad de hacer lo que uno quiere, sino la autonomía de la razón moral, es decir, la capacidad de darse a uno mismo sus propias leyes morales. Distingue varios tipos de libertad trascendental (o metafísica), moral (o autonomía) y político-jurídica.
Con la libertad trascendental, Kant cancela la discusión con el determinismo, definiéndola como la capacidad de actuar independientemente de la causalidad natural. Así, aunque en el mundo físico todo está regido por leyes causales, la razón humana puede actuar de manera autónoma. Para Kant entonces, somos agentes libres, aunque el mundo empírico parezca regido por el determinismo. Además, sostiene que la moralidad solo es posible si somos libres.
Podríamos nombrar a muchísimos otros, terminaremos mencionando solo a John Stuart Mill por su cercanía con nuestra época. En Sobre la libertad, Mill defiende la importancia de la libertad individual frente al poder del Estado y la sociedad. Postula el "principio del daño": la libertad de una persona solo debe ser limitada para evitar daño a otros.

Detractores
Para nombrar algunos autores que se oponen a la idea de libertad, podemos empezar con David Hume. El empirista escocés sostiene que nuestras acciones están determinadas por causas previas, aunque sentimos que elegimos libremente, podemos encontrar algunas de sus ideas al respecto en Tratado de la naturaleza humana. (Ups, un poco de autobombo, La sustancia y el yo como una ficción).
Como una suerte de reversión de los estoicos, defiende el "compatibilismo", postulando que la libertad es actuar conforme a nuestros deseos, aunque estos estén determinados.
Otro que niega la existencia de la libertad es Karl Marx, quien considera que la libertad en el capitalismo es ilusoria, ya que los individuos están condicionados por la estructura económica. Hay que decir, no obstante, que la verdadera libertad para el autor, sí es teóricamente posible, aunque solo puede lograrse a través de la transformación de las relaciones de producción y la superación de la alienación.
Podemos también criticar el concepto desde -nuestro ya amigo en este perfil- Nietzsche. En Más allá del bien y del mal, podemos leer su critica la noción de libre albedrío, vista como un invento de la moral judeocristiana para imponer culpa y responsabilidad.
Nietzsche propone la idea del superhombre (Se me cayó otro Django sin-cadenas, el verdadero superhombre de Nietzsche), que será el encargado de liberarse de los valores impuestos creando sus propios significados. Nietzsche cuestiona radicalmente las nociones tradicionales de libertad, especialmente las derivadas de la moral cristiana y la filosofía kantiana. Para él, la verdadera libertad no es simplemente el libre albedrío ni la obediencia a una ley moral universal, sino la capacidad de crear los propios valores y afirmar la vida con voluntad de poder.

Hay que decir que tampoco incurre en un determinismo mecanicista radical, que niegue por completo toda posibilidad de acción libre. Dicho esto, son muy pequeños los espacios posibles donde verdaderamente actuar de manera libre: la afirmación de la vida, por medio de la creación de nuevos valores y el vitalismo. La verdadera libertad no está en el libre albedrío moral, sino en la capacidad de superar las imposiciones externas y crear los propios valores. Y el vitalismo se traduce como una fuerza por la que debemos dejarnos impulsar.
La máxima expresión de libertad es el superhombre (Übermensch), aquel que rompe con la moral de rebaño y crea sus propios valores. Consideremos que el llegar a convertirse en superhombre, para el propio Nietzsche, no es precisamente el común, sino la excepción completa a lo habitual. Un horizonte donde mirarnos como un espejo que nos contradice, hacia el que debemos aspirar, A los martillazos si fuera necesario. Mientras el hombre común, empero, sigue las normas impuestas, el superhombre afirmará la vida y se reinventará constantemente.
La libertad nietzscheana no es para todos: solo los fuertes, los que se atreven a vivir sin miedo, pueden alcanzarla.
En líneas generales, todos los grandes sistemas filosóficos modernos son en algún u otro mecanicistas, en los que nuestra voluntad y libertad se funden en el funcionamiento del todo, y hasta dónde la voluntad de dios mismo resulta un mero elemento determinado por una especie de maquinaria que funciona por sí sola. Los sistemas de Leibniz, Spinoza y Hegel, por ejemplo, dan cuenta de ello.
Otro bastión desde donde negar la libertad, es Sigmund Freud, conocido por describir, entre otras observaciones, cómo nuestras decisiones están influenciadas por el inconsciente, los traumas y los deseos reprimidos (El malestar en la cultura). La sensación de libertad, desde Freud, es una ilusión, estamos condicionados por fuerzas psíquicas fuera de nuestro control.
Siglo XX y contradicción
Tres autores

Sartre es siempre un pensador impostergable en cualquier tratado sobre la libertad. (Uno más 2001: La odisea del ser y la nada en el espacio). Para Sartre, la libertad genera una paradoja profundamente contradictoria; somos libres para todo, estamos por tanto obligados a usar nuestra libertad radical constantemente sobre todo, pero no somos libres de una sola cosa: el hecho de ser libres.
Jean-Paul Sartre observa que ninguno de nosotros eligió ser libre, y sin embargo esta condición humana nos resulta una carga omnipresente en nuestras vidas, puesto que todo el tiempo estamos obligados a hacer uso responsable de nuestra libertad. En El ser y la nada, defiende que el ser humano está condenado a ser libre: no hay esencia previa que determine nuestras elecciones.
Una vez nacemos, la libertad es absoluta, pero implica responsabilidad total sobre nuestras acciones. Incluso más, estamos condenados a la libertad, y a una libertad que no elegimos. A diferencia de la filosofía clásica que cree en una esencia humana predeterminada, Sartre dice que "la existencia precede a la esencia". No nacemos con un propósito o con valores predefinidos: somos libres de definirnos a través de nuestras acciones. No hay excusas metafísicas (Dios, destino, naturaleza humana) que nos determinen. Entonces, estamos condenados a elegir en cada momento, e incluso cuando decidimos no elegir, estamos eligiendo.
El aspecto negativo de esta libertad radical para Sartre es que genera angustia, en cuanto que somos totalmente responsables de nuestras elecciones. No hay una autoridad superior que nos diga qué hacer, lo que nos enfrenta a la incertidumbre constante, además de responsabilizarnos completamente de nuestras propias elecciones.

Michel Foucault también sostiene una mirada ambivalente respecto de la libertad. Argumenta que las sociedades modernas disciplinan y moldean a los individuos mediante instituciones como la escuela, la cárcel y la medicina (esto está, por ejemplo, en Vigilar y castigar). La noción de libertad está determinada por discursos y estructuras de poder que regulan el comportamiento; es decir: la libertad está condicionada por el poder.
La libertad en la filosofía de Foucault aparece como un problema ligado al poder y a las formas de resistencia. Para Foucault, la libertad no es una esencia humana ni un derecho abstracto, sino una práctica que se ejerce dentro de relaciones de poder. Libertad no es algo puro y abstracto que el poder intenta reprimir, sino que siempre se juega dentro de estructuras de poder. No hay un estado de libertad absoluto, sino grados de autonomía dentro de redes de dominación.
A su vez, la libertad se ejerce como resistencia. Si el poder no es absoluto, siempre hay formas de resistir y transformar sus efectos. La libertad, entonces, se juega en pequeños actos de insubordinación, crítica o redefinición de las normas.
En la actualidad, el poder ya no solo castiga negativamente como forma de menoscabar la libertad, sino que administra la vida manipulándola por lo positivo (salud, sexualidad, educación). Se gobierna y se controla a las personas a través de normas, discursos científicos y políticas de bienestar.
En sus últimos trabajos, Foucault retoma la idea antigua de que la libertad no es solo resistencia al poder, sino un arte de vivir. Como los griegos, habla de la libertad como gobierno de uno mismo, es decir, la capacidad de construirse como sujeto autónomo.

Por último, nombraremos a Jacques Derrida, para quien la libertad es un concepto, por definición inestable. En su enfoque deconstruccionista, sostiene que la idea de libertad está siempre en crisis, ya que depende de estructuras lingüísticas y culturales cambiantes. No existe algo así con la libertad esencial existente en sí misma, sino distintas ideas en las que en los diferentes contextos, momentos y lugares, consideramos libertad. No hay una esencia estable de la libertad, sino múltiples construcciones posibles. (Bueno… Blue Velvet. Lynch: simulacro, erotismo, poder y transgresión)
Derrida vincula la libertad con la hospitalidad radical, concepto que se pregunta hasta qué punto podemos abrirnos completamente al otro y sin condiciones. La verdadera hospitalidad implica aceptar lo inesperado, incluso cuando amenaza nuestra estabilidad. La libertad, de manera similar, implica estar abiertos a lo desconocido, sin querer controlarlo completamente.
Libertad no es un concepto absoluto ni una capacidad definida de antemano, sino un proceso abierto, frágil y en constante redefinición. La libertad está siempre en tensión con la responsabilidad, la justicia y la incertidumbre. No se trata simplemente de elegir, sino de estar dispuesto a afrontar lo desconocido y a reinventar continuamente su sentido.

Un experimento
Quiero aclarar que personalmente no creo que este experimento pruebe nada. El experimento arroja datos, si está hecho en condiciones controladas y de manera rigurosa de lo cual no dudamos, los datos como tales son ciertos en cuanto que evidentes. Sin embargo, las conclusiones que queramos extraer desde los datos son interpretaciones nuestras, ordenando y organizándolos. En este sentido debe leerse la máxima nietzscheana de los Fragmentos de “No existen los hechos, sino las interpretaciones”
El experimento, no obstante, es por demás interesante para contradecir nuestro sentido común acerca de la libertad. Es momento de hablar del experimento de Libet (1983). El procedimiento fue, en líneas generales, muy sencillo: Benjamin Libet pidió a los participantes que movieran libremente su muñeca o dedo cuando lo desearan. Debían además registrar el momento exacto en que sentían la intención consciente de moverse, mirando un reloj especial. Mientras tanto, la actividad cerebral era medida con un electroencefalograma (EEG) y la activación muscular con electrodos en la piel.
Los resultados constataban el hecho de que la actividad cerebral, más específicamente los llamados potenciales de preparación o RP, ("readiness potential") ocurrían 300-500 milisegundos antes de que la persona reportara ser consciente de su decisión de moverse. En otras palabras, el cerebro ya había iniciado el movimiento antes de que la persona sintiera que había tomado la decisión.

El objetivo de Libet era el de analizar si la voluntad consciente precede o sigue a la actividad neuronal que inicia una acción. Una vez arrojados los resultados, parte de la comunidad científica interpretó esto como evidencia de que la libertad es una ilusión y que nuestras acciones están determinadas por procesos inconscientes. Libet, por su parte, argumentó que, aunque el cerebro inicie una acción antes de que seamos conscientes, aún podemos frenarla conscientemente antes de que se ejecute. Esto significaría que, por más que no elijamos iniciar la acción, podríamos tener la capacidad de detenerla (free won't en lugar de free will).
Por supuesto, el experimento solo midió decisiones motoras simples, no elecciones complejas o moralmente significativas. También es cierto que algunos estudios posteriores han cuestionado si el "potencial de preparación" realmente predice la acción o si solo refleja un estado de espera. Algunos neurocientíficos argumentan que la conciencia sigue jugando un papel importante en decisiones más complejas.
Este hecho experimental parecía confirmar una teoría de la conciencia llamada “epifenomenalismo”: la conciencia no causa efectos neuronales físico-químicos (no causa las acciones), sino que es sólo un testigo del determinismo neural de la conducta; creándose así la “ilusión” de que la conciencia causa la conducta. En tal caso estaríamos completamente determinados.

Nosferatu
¿Somos libres?
Comentario breve sobre la libertad el multiverso cinematográfico eggeriano. Nuestra tesis aquí es que todas las películas del director muestran como tema central el límite de la libertad personal frente a cierta fuerza divina o del destino del que es imposible escaparse:

- The Witch (2013).
Somos invitados a ver una tragedia, en la que la protagonista, independientemente de sus acciones, está destinada a terminar como termina. El demonio ya eligió a Thomasin para su corte de brujas adoradoras, y el destino ya está marcado para ella. Todo lo que sucede sobre esa familia que parece haber sido maldita, es preparatorio para la joven como camino invertido del héroe.
El contexto donde la narrativa se asienta no puede ser más acorde: la teología calvinista. Para los calvinistas puritanos, las acciones no tienen un peso real sobre la condenación o la justificación de las personas; Dios ya ha escogido a los suyos, quienes hará salvos pese a su propia indignidad. No vemos atisbo de libertad en esta asfixiante historia, en la que su protagonista parece deslizarse como en un teatro asistiendo a los eventos que harán que, de manera dudosamente voluntaria, decida firmar el libro y unirse al aquelarre final.
Toda la familia vive bajo la estricta moral puritana y desde una perspectiva completamente fundamentalista. Además, todos son destinados al destierro por una disputa teológica de su padre con el resto de la comunidad. La madre, sometida a su esposo, cercena además la libertad de sus hijos, especialmente de la protagonista en una relación de competencia y desconfianza. En los únicos intentos pequeños de conseguirse libertad, los hermanos no hacen otra cosa que dar rienda suelta a los trágicos eventos que los asolan.
El padre de la familia, William, al ser expulsado de la comunidad, se convierte en un líder autoritario en su hogar, imponiendo su visión religiosa. La libertad de los miembros de la familia se ve fuertemente limitada por su devoción religiosa, que no solo restringe sus libertades físicas, sino también sus libertades de pensamiento y acción. La familia vive constantemente temerosa de la condena y la tentación del diablo, que finalmente triunfa. Entregarle voluntariamente su alma al demonio como nuevo Amo es la única forma en la que Thomasin consigue escapar de todo su contexto de profunda opresión y represión.
- The Lighthouse (2019).
El faro resulta una gran metáfora de lo que sucede al interior de los dos fareros. Del mismo modo que la isla, la tormenta, y el faro, se constituyen como elementos que privan a los personajes de la posibilidad de abandonar el lugar en el que están, toda la película habla del conjunto de cosas de las que ambos están “presos”.
En una primer lectura, Thomas Wake y Ephraim Winslow están atrapados en una isla remota, aislados del mundo y sometidos a un entorno hostil. La libertad está limitada no solo por la geografía, sino también por las reglas impuestas por Wake y las condiciones extremas de la isla. El faro se convierte en un símbolo de control, ya que Wake prohíbe a Winslow acercarse a él, creando una jerarquía de poder. Pero hacia dentro de cada uno, operan las mismas dinámicas de represión moral y sexual, de esclavitud respecto de los propios impulsos y emociones y de repetición de patrones sin mucha posibilidad de decisión.
Winslow cree que tiene el poder de elegir su destino, pero a medida que avanza la película, su voluntad parece desmoronarse. La historia sugiere que está atrapado en un ciclo de repetición, donde la locura y el delirio lo arrastran sin que pueda escapar. La relación entre ambos se traduce en dinámicas de dominación y resistencia, donde Winslow intenta rebelarse, pero siempre es reprimido. La libertad en este contexto se vuelve una lucha constante contra la autoridad y la imposición de normas. El triunfo final de acceder a la luz del faro, se convierte en la perdición del protagonista, sugiriendo que la libertad absoluta es peligrosa, si no inalcanzable.
Además la historia funciona como una suerte de mito de Prometeo moderno. La libertad total puede ser una trampa y en lugar de ser fuente de emancipación, nos enfrenta a un abismo insoportable.
- The Northman (2022).
La película es una historia de venganza, pero también es una historia de destino. Se nos presenta una nueva versión de la historia de Hamlet. Pese a su nueva constitución como guerrero, pese a su encuentro con el amor como fuerza que colma su vacío, Amleth es perseguido por su pasado, y obligado a enfrentarlo por el destino que elige proclamarlo rey. Ni la esclavitud, ni el destierro, ni el exilio, ni el miedo serán obstáculos suficientes para conseguir que el príncipe vengue a su padre e intente reclamar el trono.
Desde niño, Amleth recibe una profecía que dicta su vida: debe vengar a su padre, rescatar a su madre y matar a su tío Fjölnir. Todo el tiempo el protagonista sigue un camino predefinido, casi como una marioneta de la tradición y la fatalidad. Amleth podría huir con Olga y comenzar una nueva vida, pero se ve obligado por su destino a regresar y cumplir su venganza, casi como una necesidad que adquiere forma de esclavitud psicológica, encadenándolo como una prisión.
A lo largo de la película, Amleth nunca es verdaderamente libre: primero es un niño obediente, luego un guerrero consumido por la venganza, luego un esclavo, y finalmente un vengador condenado.
Olga representa la posibilidad de una vida y un futuro diferente, le ofrece una salida, pero Amleth la rechaza, reafirmando que su libertad es secundaria frente a la necesidad de cumplimiento de su misión. El desenlace de la película muestra a Amleth aceptando su destino y enfrentándose a Fjölnir en un duelo final. Solo con su muerte el príncipe parece alcanzar la única forma de libertad que se le permite: escapar del ciclo de venganza mediante la muerte.

"Él viene"
La inevitabilidad del destino
Todo el tiempo en la película se habla de la relación entre la providencia, el destino y la libertad. El propio Nosferatu es una figura atrapada en su propia naturaleza. Su condición de inmortalidad lo convierte en un ser condenado a la repetición eterna, cautivo de su pasión romántica y de su existencia sin fin.
Él mismo se reconoce prisionero de su deseo insaciable al que, por su condición inmortal, es necesariamente imposible satisfacer. Tampoco es dueño de su propia naturaleza, Ellen lo invocó y lo trajo nuevamente a esta forma de existencia, y está sujeto a toda una serie de condiciones legendarias que prometen aniquilarlo o regresarlo al sueño.
La libertad del vampiro está reducida a una ilusión, ya que no puede escapar de su ciclo de caza y consumo. En lugar de ser libre, el vampiro es un ser atrapado en una eterna condena. Su vida es definida por su necesidad de alimentarse de la sangre de los vivos, y su poder es, en realidad, una forma de opresión tanto para sí mismo como para los que lo rodean.
Quién de manera más arquetípica representa la falta de libertad, es Ellen. Ontológicamente pareciera, según se nos cuenta en la historia, que ella no está reservada para los mortales. Casi de manera irrevocable su destino la dedicó o consagró a vivir para otro reino, convirtiéndola sin su consentimiento en una suerte de puente con el mundo de los humanos.
Ellen es esclava de este destino, y también del que libremente ella se crea, a una muy prematura edad y sin conocer las consecuencias reales, atando su futuro al del vampiro Nosferatu. Ellen también se encuentra prisionera de sus propios padecimientos, que son interpretados como falta de cordura por sus pares. Está además presa de su amor apasionado por su esposo; y como si fuera poco termina prácticamente encerrada por los amigos de este, que literalmente la atan a la cama mientras hace reposo.

La protagonista no es libre de elegir sus sueños ni su sonambulismo habitual, y tampoco decide ella, pese a que desea hacerlo, lo referido al trabajo y viaje de su esposo, ni a su hospedaje durante esos días, ni prácticamente nada de lo que le sucede. Mucho peor, durante las noches que la acompañamos, ella sufre algún tipo de posesión, que toma su cuerpo contra su voluntad apoderándose de sus acciones, lo que la convierte además en objeto de observación y estudio.
Pero nadie es realmente libre en ese pueblo, sobre el que finalmente cae la peste con el desembarco del vampiro. Todos, en mayor o menor medida, son esclavos de un mal radical que los acecha, o de los designios caprichosos de algún dios que así lo permite. (Cuando la maldad acecha, en alpargatas y bombacha de campo)
Todos los humanos son prisioneros de su miedo, de su ignorancia acerca del verdadero poder de Nosferatu, y de las reglas impuestas por la fuerza sobrenatural del vampiro. Los personajes se enfrentan a la amenaza de perder su libertad, no solo física, sino también mental y existencial. Como Friedrich y Anna cuyas vidas se ven arrasadas por los eventos siniestros en los que se ven envueltos.
Tampoco Thomas, el esposo de la protagonista, es libre de las decisiones que se ve obligado a tomar. Debe aceptar el trabajo movido por su situación de pobreza, y es su jefe quien lo envía al encuentro con el Conde Orlok. Durante todo el camino es obligado a tener que aceptar las condiciones que le son impuestas, lo mismo cuando queda huesped-prisionero del Conde, a quien debe llamar “my lord” mientras es apresado allí. Incluso es forzado a firmar un contrato en una lengua que desconoce, en el cual termina renunciando a los votos con su esposa y ofreciéndosela a su captor. Cuando logra escpar termina preso de una fiebre y un malestar que lo condiciona, y resulta otra forma de control en la que Nosferatu se apodera de su vida.
Herr Knock es quien se erige voluntariamente como aquel que pierde su libertad, cediéndosela por completo al engañoso vampiro para asumir el rol de su siervo.

"Su deseo es consumir toda la vida en la tierra"
Toda la película gira en torno a la imposibilidad de escapar del mal al que hemos sido predestinados. Tan solo por medio de la muerte algunos personajes logran romper el ciclo de sufrimientos al que la sola presencia del vampiro los somete. Funciona como una pequeña liberación del mal terrible que los subyuga. La crudeza narrativa del film está puesta en que ni siquiera “el malo” está allí haciéndolos sufrir por decisión propia, la misma existencia de Nosferatu es una carga eterna para sí mismo.
El sacrificio de Ellen restituye de algún modo el orden, pero sin recomponer nada; tan solo consigue detener el avance de la peste y del vampiro. Tampoco libera a los sobrevivientes del mal, sino tan solo de este mal concreto que los amenazaba. Los personajes, ahora se saben limitados y pequeños, completamente impotentes sobre las fuerzas oscuras a las que no pueden oponerse.
Hay que revisar además el sacrificio de la joven en términos de consentimiento. Desconfío de la idea de proponer que ella sea plenamente libre entregándose al vampiro para cumplir con la profecía. Está condicionada a hacerlo desde su muy temprana inocencia, y finalmente accede a cumplir con la leyenda para salvar a los demás.
La conclusión de toda la historia es terrible: estamos completamente determinados por un destino cruel que nos persigue y del que no podemos escapar.

"Hay un diablo en este mundo y me he encontrado con él"
Los aspectos cinematográficos de la película son todos impecables, realmente Robert Eggers se pasó esta vez. El film entra sin dudas en el top del elevated terror (y si me apuran los enemigos del subgénero, en el top del terror a secas y con creces).
¿El director de fotografía es Diego Velazquez o qué onda? En cualquier lugar que hagas pausa parece que estás viendo un cuadro tenebrista. El encuadre, la elección de los planos, ¡la iluminación! Parte del truco puede ser la decisión de usar un solo foco de luz, consiguiendo escenas con una profundidad muy realista, además de una intimidad escalofriante y cierta reminiscencia a la primera versión del clásico.
Otro grandísimo acierto es el equilibrio estético magistralmente conseguido: la película es completamente aesthetick, todo es hermoso y delicado con esa elegancia reservada a los amantes de lo gótico de todos los tiempos; sin embargo al mismo tiempo se vuelve a apostar por un vampiro feo y no un ser andrógino sexualizado y canchero. Hay mugre, hay asco y repulsión, hay desagrado, no se romantiza la vida en una época con bastante menos higiene que la nuestra, pero todo esto convive muy armoniosamente con una fotografía hermosa, unos diseños interiores y exteriores fascinantes, y un vestuario precioso.

Las ratas constituyen un gran recurso, tanto narrativa como visualmente. El recurso de la sombra de la mano que se desliza sobre la ciudad y las victimas es alucinante.
El guion es muy bueno, las interpretaciones son bárbaras y lo de Lily-Rose Melody Depp (y por supuesto que Willem Dafoe) es superlativo. El trabajo de Bill Skarsgård, sobre todo desde lo corporal y lo vocal, es impresionante. Aaron Perry Taylor-Johnson y Simon Montagu McBurney también consiguen momentos muy sórdidos con una cuerda profundamente dramática. Vemos un uso muy inteligente y artístico de la cámara, con algunos travelings dignos de festejar, por ejemplo, en el castillo de Orlok. Toda la construcción en torno al dacio, la lengua muerta que habla el vampiro, descendiente de un linaje antiquísimo me resulta fenomenal.
El mito que nos ofrece Eggers esta vez cumple muy bien, sin explicar de más una trama que es por demás conocida por nosotros. Sobre la crítica de que te dio más miedo la vieja, resulta que, además de ser una película hermosa y que por algo es un clásico y una obra maestra, también es cierto que lo viejo da visualmente más miedo (ninguno de los quejosos la vio originalmente en 1922, y por el contrario si le mostrásemos la nueva a alguno de nuestros abuelos, contemporáneos a la primera, morirían de terror) y qué decir de la naturaleza vampírica real del gran Max Schreck.
Creo que dura lo que tiene que durar y que todo el tiempo consigue la atención y la intriga. Sobre el final adquiere un tono un poco más épico, pero nunca deja de ser grotesca y perturbadora. Desde el primer momento la película adquiere un ritmo muy acertado, y nos atrapa poderosamente metiéndonos enseguida en la historia.
Como estamos acostumbrados, Eggers consigue misterio, terror, y espanto de una manera muy elegante y con recursos muy inteligentes. Es estéticamente muy bella de ver, el correlato sexual de tensión que subyace todo el tiempo es por demás cautivador. Seguiremos celebrando el verdadero terror que prescinde de los screamers. La música es bárbara, República Checa es bárbara también. El casting de todos los extras es también buenísimo, podemos apreciarlo en las difíciles escenas de altamar, o en la posada que Thomas visita llegando al castillo de Orlok. La postproducción hace un muy buen trabajo, junto con el montaje dándole unidad y mucha credibilidad a toda la historia.
La película es provocadora y blasfema, elegante y sensual. Es inquietante, muy oscura, sórdida y cruel.
Tal vez, el cine de vampiros que nos debíamos hace tiempo.
Mi amor, la libertad no es fiebre. Filosofía puchito.



































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