Más allá de los dos minutos infinitos, la paradoja del tiempo y la libertad

Aspectos socioculturales

¿Está todo dicho por el cine sobre las paradojas temporales? La recomendación de hoy demuestra que no y pone muy en alto la vara respecto a lo serio que podamos tomarnos el tema. Si concebimos el tiempo como un ciclo, que se repite sin fin, -que por cierto es el supuesto escondido en cualquier cinta del género-, vamos a encontrarnos con problemas para poder fundar nuestra identidad personal. 

 

El yo que teóricamente está en este momento haciendo lo que yo hacía hace dos minutos, ¿soy yo mismo o es otro sujeto que existe paralela e independientemente a mí? ¿Es de algún modo posible cruzarnos? ¿Es capaz de tomar decisiones distintas a las que acabo de elegir? Si es así, ¿modifica esto mi propia existencia o crea otro mundo posible en el que yo escogí otra opción? Si elegir distinto no es posible ¿Queda espacio para la libertad o ya estamos determinados por el primero de nosotros en toda la cadena? ¿Hay una versión mía por cada posibilidad de cada vez que tomo una decisión? ¿Hubo un primer yo que eligió por todos, o la lista se prolonga hacia el infinito?

 

 

¿Puede nuestra propia libertad poner en juego la capacidad de libre elección que disponemos? Es decir ¿Es válido plantear que quizás el ser libres sea lo que nos condiciona y nos determina?

 

En primera instancia, es cierto decir que las decisiones que tomamos delimitan o restringen las opciones que tendremos en el futuro. Hacer uso de nuestra libertad implica escoger una entre varias posibilidades, creando así un tipo de futuro y cerrándole la puerta al resto de mundos posibles en los cuales escogimos distinto. 

Para Sartre el hombre está condenado a ser libre. Nuestra experiencia humana, tal como es arrojada aquí, consiste en que todo el tiempo tengamos libertad radical para casi todo, salvo para una cosa: el hecho mismo de no ser libres. No somos libres de ser libres; somos libres y ya. Por esto el filósofo acuña la noción de libertad radical, en vistas a la inevitabilidad del ser libres. Ninguno de nosotros eligió nacer ni existir; y una vez que existimos la libertad es ineludible, cargándonos a su vez con la responsabilidad total de todas nuestras elecciones. Somos responsables de aquello que somos, con una libertad que no decidimos tener. Este es además para Sartre el origen de la angustia existencial. 

 

Ahora bien ¿Y si, como una suerte de uróboros nuestras decisiones presentes determinasen no solo las opciones que tendremos en un futuro, sino que de algún modo condicionaran nuestro pasado y cada opción de la que disponemos a la hora de elegir actualmente?

 

Empédocles, en el siglo IV a.C., fue quien con su cosmovisión de los ciclos cósmicos le dio por primera vez un marco teórico a una idea que siempre estuvo muy presente en la cultura griega clásica. El filósofo describe cuatro fases o ciclos en los que se genera y corrompe cuanto existe, eternamente, sin principio ni fin. De sus propias ruinas, el mundo renace constantemente.

 

Años más tarde esta idea sedujo a sobremanera a los estoicos. Asumiendo la naturaleza cíclica del Cosmos, que siempre está destruyéndose y volviendo a surgir, estos filósofos negaron toda posibilidad de libertad. El determinismo estoico considera que todo cuanto sucede está ya establecido por un logos o razón divina. Cada una de nuestras acciones se repite exactamente en cada oportunidad, sin posibilidad de nuestra parte de modificar nada en absoluto. La única tarea que cabe al hombre es la del amor fati, la aceptación del propio destino para vivir en armonía con la razón que rige el Cosmos. Por este camino de aceptación accedemos a practicar la ataraxia, la imperturbabilidad frente a lo determinado.

 

Es Nietzsche quien retoma el concepto de eterno retorno de lo mismo, Die ewige Wiederkehr des Gleichen, pero completamente desacralizado. Para este autor, no importa que la última constitución del Cosmos sea efectivamente cíclica o no, pero la supone ad hoc para erigir un criterio regulador de la propia vida, conformando así un desafío de índole ética. Si al momento de nuestra muerte, un demonio nos advirtiese que debiéramos volver a nacer y repetir exactamente cada una de nuestras acciones con sus consecuencias correspondientes: ¿Representaría esto para nosotros un premio o un castigo? Según cuál sea nuestra respuesta, la vida fue en sí misma un Paraíso o un Infierno. Aunque tal demonio no exista, vivir eligiendo nuestras acciones como si luego nos obligasen a repetirlas una y otra vez eternamente, en eso consiste la verdadera afirmación de la vida que enfrenta al nihilismo. 

 

El físico John Archibald Wheeler propuso que el Universo no es un ente fijo y preexistente al que simplemente observamos, sino que, nuestra observación puede influir en él. El físico sostuvo que el Universo es participativo. Esta idea se deriva de los principios de la mecánica cuántica, donde la observación del estado de una partícula puede influir en su realidad. El principio del participante final, implica que la observación consciente por parte de seres inteligentes podría tener un efecto retroactivo en el Universo, afectando incluso eventos del pasado lejano, como el Big Bang. Simplificando una cuestión que excede nuestro análisis, tal vez los hombres, hayamos modificado las condiciones para que se produjese aquello que causó que existiéramos. Es una suerte de principio antrópico pero completamente radicalizado. 

 

 

En la iconografía y la heráldica se conoce como uróboros al anillo conformado por de serpiente que muerde su propia cola, creando un círculo perfecto. Ha simbolizado en las distintas culturas la eterna lucha, lo inútil de escaparnos del destino, los ciclos que se repiten, las acciones cuyas consecuencias engendran nuevamente sus propias causas, y los círculos viciosos. En la literatura este recurso es ampliamente utilizado por autores como Borges, Hesse, Kundera, García Marquez, Flaubert, entre otros.

 

Otra manera de representar esta misma idea es conocida como el Efecto Droste. La conocida marca de alimentos holandesa Droste comenzó a utilizar como imagen recursiva en sus envases la representación de una niñera sosteniendo un frasco en cuyo diseño ella misma sostiene otra lata más pequeña con la misma figura y así, ad infinutum. Si bien el efecto es popularizado con la marca, hay registros gráficos anteriores de esta idea.

 

 

Más allá de los dos minutos infinitos, o en su título original ドロステのはてで僕ら (2020) es un gran efecto Droste viviente. Tras la primera escena, queda planteada la premisa –por cierto de las más originales dentro del género- que asumimos enseguida con toda la extrañeza correspondiente. El protagonista Kato, interpretado por Kazunari Tosa, recibe un mensaje de sí mismo a través de la pantalla en su habitación que monitorea el café del piso de abajo del cual es el gerente. Su versión futura al otro lado de la pantalla, tampoco sabe qué es lo que está ocurriendo puesto que tan solo están separados por una brecha de dos minutos. El protagonista corre hacia abajo para mirar el fenómeno desde la otra perspectiva y se encuentra con él mismo, en la pantalla del café, haciendo lo que hacía hace exactamente dos minutos. 

 

 

Todo el tiempo y durante toda la película, el director Junta Yamaguchi –no debe pasar desapercibido que este sea su debut dirigiendo y que además se encarga de la fotografía y el montaje- nos da la sensación de haber pensado todo lo pensable respecto de las consecuencias ultimas de la premisa planteada. Uno de los grandes aciertos es su, breve, duración de tan solo 70 minutos; puesto que la película nos mantiene constantemente con la boca abierta, y su ritmo frenético logra empezar a desesperarnos cuando se aproxima a la hora. 

 

Tal vez la dificultad de la cinta sea el tono de las actuaciones para quienes no estén acostumbrados a ver cine japonés (hay que decir que en algún momento parece una comedia de puertas al mejor estilo de obra de teatro de Carlos Paz). Sin embargo la seriedad con la que es sostenido el argumento vence muy fácilmente cualquier barrera cultural. No es una película para dejar de fondo, requiere atención y compromiso de los espectadores por la cantidad de información y su timeing acelerado. Es una obra exigente que nos quiere concentrados pero que promete rematar en poco más de una hora.

 

Como dijimos, el guion parece haberlo contemplado todo. Una vez queda constituido el grupo de protagonistas que se ven envueltos en esta aventura, uno de ellos prontamente descubre cómo sacarle provecho a la pequeña ventana de posibilidades que ofrecen los dos minutos hacia adelante y hacia atrás que pueden contemplar en las pantallas. En ese momento, toda la película se convierte en un efecto Droste autoconsciente, donde los personajes van tomando las decisiones que sus versiones del futuro realizaron hace dos minutos, y condicionando así a los que les siguen en la cadena. 

 

 

Técnicamente la película es una perla para los amantes de los detalles de producción y filmación. Toda la cinta está editada de manera tal que resulte un falso plano secuencia, encajándola a su vez en la tendencia de los Nagamawashi, microgénero japonés que reúne los proyectos de bajo presupuesto filmados en una sola toma. Fue rodada en tan solo siete días por miembros de una compañía de teatro y se presentó por primera vez ante 40 personas. La coreografía de la película es cronométricamente perfecta, y los invitamos a reproducirla en dos pantallas, con dos minutos de diferencia como prueba.

 

Cada una de las opciones y de los problemas parece estar pensando magistralmente; es una propuesta que descubre una originalísima premisa y la agota con creces.  Otro de los grandes aciertos de la obra quizás sea nunca explicar del todo qué es lo que sucede, para no pecar de abundar en tecnicismos y cuestiones pseudocientíficas. Sin necesidad de mucho marco teórico, nos encontramos ante una pieza de ciencia ficción completamente novedosa y bien filmada. La narrativa es fantástica y nos involucra minuto a minuto en una locura, exprimiendo todo el potencial que su argumento le permite. 

 

Quedan sembradas las mismas preguntas con las que comenzamos: ¿Existe alguna manera de que nuestras acciones presentes puedan condicionar las variables con las que nos enfrentamos en el pasado? ¿Queda algún resquicio para la libertad? ¿Cómo nos sitúa frente a la vida la concepción que tengamos acerca del tiempo? ¿Soy responsable de mis decisiones o estoy obligado a repetirlas una y otra vez? 

 

¿Existe el destino? ¿Es capaz de modificarse?

 

Filosofía puchito.

 

Comentarios 2

L
Lawilet1 de marzo de 2025
Leí tu artículo hace tiempo, pero ahora luego de haber visto la película, regreso para suscribir todas tus palabras. Una gran obra y de las más originales historias de viajes en el tiempo que he podido ver. Gran artículo además, Francis, como siempre.
F
Francis Cobo1 de marzo de 2025
En respuesta a Lawilet: Muchas gracias por tu tiempo. Me alegro de que hayas visto la película. Coincido totalmente, sin lugar a dudas una de las más originales al respecto. Saludos

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