2001: La odisea del ser y la nada en el espacio

Aspectos socioculturales

 

"Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa." 

(Julio Cortázar)

 

Tal vez en el cine, como en el arte en general, nada sea nuevo del todo y en sentido propio, sino que desde siempre estamos reflexionando los mismos temas que nos atraviesan como parte de la experiencia de vivir el drama de la existencia humana. Tal vez solo reflexionemos, reinterpretemos, y reelaboremos con categorías nuevas, más acordes a nuestros tiempos, los problemas con los que siempre la Humanidad –si tal cosa existe- tuvo que vérselas.

 

 

Hoy uno de los clichés de moda es la cuestión de la Inteligencia Artificial. Sus limites, los problemas éticos que le circundan, el alcance, su relación con el mundo del trabajo y el empleo, lo pensable acerca de la creatividad, del rol del artista, de los derechos de autor y de imagen, y todo aquello con lo que ya nos aburrimos. Sin embargo, la idea de inventar seres autómatas, tecnológicamente diseñados para asistirnos, capaces de procesar información manera muy parecida en la que funciona nuestro razonamiento, dotados de un habla que simula ser humana; la encontramos incluso en los griegos mismos, la cuna de Occidente. 

 

Tras su exilio del Olimpo, ya cojo, el poderoso Hefesto logra crear unos seres con movimiento autónomo, que parecían tener vida propia. Tales autómatas fueron creados algunos con apariencia antropomórfica, y otros con la utilidad de las herramientas mas variopintas. Algunas de sus creaciones consistieron en unas bellas doncellas de oro que lo ayudaban en sus labores, lo erguían en su cojera, y le servían como fuerza bruta y mano de obra pesada. Sabemos que las doncellas estaban dotadas de una voz idéntica a la de cualquier humano, que podían tomar decisiones y ejecutarlas como el propio Hefesto, quien adornó su taller con las creaciones más desopilantes, y se armó además de asistentes capaces de colaborar con su trabajo.

 

También los Argonautas fabricaron un perro autómata para proteger su nave, similar al que Rea puso a custodiar a Zeus. Y esta idea no es exclusiva de la mentalidad griega, también está presente por ejemplo en la tradición judía con la noción de Gólem (a quien Borges le dedica un precioso poema que alguna vez citamos aquí:  https://www.peliplat.com/es/article/10017883/Blade-Runner,-el-absurdo-y-la-pregunta-por-el-sentido ). Podríamos seguir rastreando entidades similares en toda la historia de la cultura, el arte y el pensamiento. Desde el monstruo creado por Frankestein, hasta los replicantes de Blade Runner, siempre el arte trató de preguntarse acerca de cuestiones que subyacen inherentes al hombre. ¿Es el ser humano algo único como especie, o somos capaces de crear artificialmente seres con la misma inteligencia, la misma libertad, la misma capacidad de amar, la misma posibilidad de sentir miedo, la misma conciencia de su propio ser?

 

 

Alguna vez, este mismo problema, ya nos sirvió –al menos una comprensión muy temprana de lo que hoy llamaríamos Inteligencia Artificial- de monstruo antagonista en, tal vez, el villano más terrorífico de la historia del cine, interpretando a HAL-9000. La historia es creada por Clarke y llevada al cine por el magnífico Kubrick en la película 2001: Odisea en el Espacio (1968). HAL resulta el villano perfecto puesto que no solo es un pasajero más es una tripulación espacial a años luz del planeta de origen del resto de los viajeros, sino que además es él mismo toda la nave; dándonos como resultado una de las epopeyas trágicas más claustrofóbicas que podamos imaginarnos, a bordo de nuestro propio enemigo que, no es que se haya propuesto matarnos por maldad, sino que simplemente su algoritmo calculó que cualquier humano supone un riesgo para la misión que debe realizar. Su final, cuando lo vemos “cantando” Daisy Bell y suplicando que no lo desconecten mientras es apagado por completo, logra incluso enternecer al monstruo y “humanizarlo”. 

 

 

Kubrick logra hacer del espacio el escenario perfecto para desesperarnos. Es lo insondable de su extensión tan inhóspita, la vastedad de lo vacío que desconocemos completamente, lo que se convierte en el aliado perfecto de HAL para conseguir meternos en una de las situaciones mas angustiantes y asfixiantes que cualquiera de nosotros podría siquiera imaginar: estar a años luz de cualquier posibilidad de rescate o salvación, no ya encerrados con nuestro enemigo, sino atrapados adentro de nuestro enemigo. El problema es además una terrible paradoja, que plantea la falsa dicotomía de que la nave intente terminar con nosotros a como de lugar, pero que en realidad sea también la única posibilidad que tenemos de seguir con vida. Mantenernos dentro suyo pese a la amenaza que esto representa, es la única opción viable, puesto que el espacio exterior resulta a su vez más hostil que nuestro propio enemigo.

 

En este sentido, la nave (el propio HAL), es una gran metáfora de la existencia misma. Aquello que será la fuente de nuestra destrucción, es también el espacio que debemos habitar para no destruirnos.
 

La película consigue como pocas otras obras en distintos soportes artísticos representarnos con toda crudeza la cara más hostil del espacio. Prescinde de cualquier tipo de construcción narrativa como alimañas extrañas, tormentas espaciales de meteoritos, alienígenas inteligentes que pretendan algo de nosotros, enfermedades dentro de la nave, problemas geopolíticos desde la tierra mientras los tripulantes navegan indefensos a merced de las decisiones de los otros, etc.; la sola premisa basta para aterrarnos con el horror más indecible.

 

 

 

La cinta, de hecho, elige una faceta del espacio no tan representada en el cine, y además una muy contraintuitiva en la búsqueda por inspirarnos terror: el silencio. Es contemplando lo insondable del espacio exterior que nos sobrecoge el pavor mortal hasta helarnos de espanto. El espacio vacío, la nada misma, como contracara de todo lo que no-somos y a lo que nunca llegaremos. El espacio, con toda su violenta enormidad, nos enrostra todo nuestro limite. Es nuestra finitud pequeña frente a la inmensidad más inimaginable. El vértigo de lo que no solo nunca visitaremos ni agotaremos, sino que ni siquiera podemos terminar de pensar. 

 

Pareciera que nuestra naturaleza humana muchas veces se identifica con el hacer, el fabricar, el modificar el espacio que habitamos. El espacio, en la película de Kubrick, representa por antonomasia aquello que nunca podremos humanizar. El espacio significa con toda la brutalidad posible la parte no-humanizable del mundo; aquello que nunca, por ningún motivo, será nuestro hogar. Incluso, la condición de posibilidad de nuestra existencia, aquello que nos permitió existir y que habitamos, es también lo que causará la extinción de todo aquello que alguna vez amamos.  

 

 

El espacio se transforma en sinónimo de la nada en el sentido mas satreano. Para Sartre, la nada no se trata simplemente de la ausencia de algo, sino que es un componente activo en la conciencia humana. La conciencia del hombre es capaz de nadar, es decir, de crear la nada y así diferenciarse del ser. La nada consiste en un acto voluntario de negación, pero no de una ausencia de acto. Nosotros, adrede, ponemos la nada en el mundo. Allí radica nuestra posibilidad de ser libres, condenadamente libres para el autor, en cuanto que decir que no, elegir positivamente la nada, definirnos y limitarnos.

 

La libertad humana surge precisamente porque la conciencia no está completamente definida por su ser; siempre puede negar y, por lo tanto, siempre puede elegir. Esta capacidad de negación introduce una especie de vacío (la nada) en la existencia humana, y permite de este modo la creación de significados, decisiones y acciones. Así, la nada es lo que permite a los seres humanos ser libres, porque siempre hay un espacio de indeterminación entre lo que es y lo que puede ser. Sin embargo es nuestra libertad además el origen de la angustia. Estamos condenados a ser libres porque podemos elegir todo, y estamos obligados a hacerlo, pero no podemos elegir el hecho mismo de ser libres. Entonces, es la nada, y por tanto la libertad, el origen del límite y la angustia.

 

Esta angustia es el reconocimiento de la libertad radical del ser humano, la comprensión de que no hay una esencia predeterminada que dicte nuestras acciones y que estamos continuamente creando nuestra propia existencia a partir de la nada. Este enfrentamiento con la nada es angustiante porque revela la absoluta responsabilidad que tenemos sobre nuestras vidas.

 

 

En 2001: Odisea en el espacio, pero en realidad siempre, el origen del mal es el propio humano. HAL nos atemoriza, pero ni siquiera podemos reprocharle mala intención en ninguna de las decisiones que su algoritmo le hace llevar a cabo. Es el hombre el que lo diseñó y lo creó, lo dotó de poder, y se encerró con el lo mas lejos que pudo. Es el hombre el que se expuso frente al más crudo vacío en el medio de la nada que representa el espacio exterior. 

 

Si consideramos la primera parte de la película, aquellos primates que nos sorprendieron cuando pensamos que íbamos a ver una historia meramente espacial, y la magistral escena final posterior al viaje inmersivo de colores y sonidos que nos proyectan en una escena tan bella como surrealista, es el espacio el hilo conductor de todo, el único que conoce la historia completa desde los monos hasta esa habitación. El espacio es el testigo cómplice de todo, el único capaz de narrar todo lo que proyectamos en algún momento. El espacio, en su vastedad inmensa de tiempo y de extensión, es el que expone con mayor lucidez lo mas indecible de nuestra ambiciosa condición humana: lo insignificantes que somos. El detalle que representamos, en la totalidad del infinito. 

 

La gran odisea de existir, siempre consistirá en pararse frente a la nada que resulta para nosotros el vacío del espacio, y afirmar la vida, por pequeña que nos parezca. 

Filosofía puchito.

 

Comentarios 7

D
Dalan8 de marzo de 2025
Fascinante artículo. Es como dijo Dostoievski en (Los Hermanos Karamazov); "Amar la vida antes que su lógica, solo así podré entender también su sentido". Los humanos somos los dueños del sentido, del pathos y el ethos. Formamos parte de un universo indiferente, lógico, que se sirve así mismo (logos), Kubrick quiso mostrar que nuestra historia comienza donde termina; Al principio un monolito, al final, otro monolito, en medio de ambos extremos, la vida.
F
Francis Cobo9 de marzo de 2025
En respuesta a Dalan: Completamente de acuerdo. Y muy acertada la cita a Dostoievski  
Lo de kubrick, como siempre, es superlativo.
Gracias por tu tiempo y tus palabras. Saludos!
H
humberto antonio2 de septiembre de 2024
Hola excelente reseña
F
Francis Cobo2 de septiembre de 2024
En respuesta a humberto antonio: ¡Muchas gracias por tu tiempo! Saludos
V
Viviana Italiani2 de septiembre de 2024
Excelente artículo. Seguí así.
F
Francis Cobo2 de septiembre de 2024
En respuesta a Viviana Italiani: ¡Muchas gracias por tu tiempo! Un placer
V
Viviana Italiani2 de septiembre de 2024
En respuesta a Francis Cobo: No es esfuerzo cuando vale la pena.

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