The Old Oak, el último grito de protesta de Ken Loach
Reseñas generalesLos hombres, mujeres y niños de las capas medias y bajas de la sociedad, sean del país que sean, no suelen estar representados en el cine de masas. O sí, podríamos decir que sí, pero desde un punto de vista que les es ajeno, porque en el mejor de los casos eso se hace desde la mirada de los que sí son representados a menudo, que son aquellos que forman parte de la clase media-alta y alta, las mismas que constituyen el negocio del cine. La industria se habla a si misma y los guionistas y realizadores son, en general, vehículos de una endogamia conceptual que, cuando se ocupa de los de abajo, lo hace desde la somera idea que tiene de esos sectores.
Entre la mirada paternalista y el desprecio (¿in?)consciente, el cine industrial, la mayor parte de las veces, mira y retrata desde arriba del hombro a quienes pone en foco. No es el caso del cine del realizador británico Ken Loach.

“Hollywood representa una forma muy diferente de ver el cine. Hollywood construye personajes famosos en las películas, crea fama, crea gente a la que admirar y adorar. Eso va en contra de la credibilidad porque estás viendo una gran actuación, pero tienes en mente las actuaciones anteriores de la estrella. Se hicieron aparentes grandes películas sobre situaciones de la clase trabajadora. Pero la esencia del cine de Hollywood es la antítesis de la experiencia real de la clase trabajadora".
(Ken Loach en entrevista con la publicación estadounidense Jacobin, junio 2024).
En junio de 2024 Loach cumplió 88 años y, según afirmó, The Old Oak ("El viejo roble", 2023) que aquí nos ocupa, es su último largometraje.
El viejo roble ya no es lo que era
En la ficción transcurre el año 2016 y en el norte de Gran Bretaña ya se habla del “problema de la inmigración” proveniente de países islámicos. La discriminación es una plaga ya instalada de arriba para abajo, desde el poder hacia y para insertarla en el pueblo, montada sobre los prejuicios y el fantasma del conservadurismo innato que atraviesa a las sociedades.

La discriminación en los barrios obreros que retrata Loach está dirigida a todo lo que viene de afuera, pero en especial a quienes escapan del régimen de Bashar al-Ásad en Siria.
“Malditos busfuls”, dispara un vecino xenófobo ante un grupo de mujeres y jóvenes que descienden de un micro conducido por Ballantyne (Dave Turner), a su vez dueño del desvencijado pub que da nombre a la película.
La expresión “busfuls” es de uso despectivo y está referida a extranjeros que cuentan con dinero solo para pagarse un viaje en micro que los saque de sus países.
“Le dispararon a mi amigo en Irak”, escupe en medio de esa escena de desprecio otro hombre, culpando del caso a todas las personas a las que relaciona con el Islam.
La ficción que plantea Loach es similar a la que se vive a diario en poblaciones de todo el mundo que sienten a quien llega desde afuera como un invasor, sin matices. Allí está el caso paradigmático de Barcelona, ciudad que ya no solo rechaza a quienes migran desde países de América Latina, África o Medio Oriente, sino que el odio abarca desde hace unos años también a los turistas, sea de donde fuere que llegan. Es corta la mecha de que el otro es un enemigo potencial y la bomba está, siempre, a punto de detonar.

“Muchos de los habitantes locales están amargados y enojados por lo que le pasó a su aldea y su comunidad fuerte y próspera. Cuando fue la gran huelga de 1984 los trabajadores se fueron a otros países y gente de otros países vino al suyo y los alojaron con gran hospitalidad. ¿Qué pasó con eso? ¿Sigue viva esa tradición? ¿O están dominados por la amargura, la ira y el resentimiento? ¿Cuál de esas dos tendencias ganará?”
(Ken Loach a Jacobin, 2024).
Ballantyne, de aspecto bonachón, con actitud comprensiva y a la vez triste, está harto de sus amigos/clientes, quienes se reúnen a diario a rumiar contra los extranjeros. Y no pasa demasiado hasta que se los hace saber. Allí es donde entra en juego un conflicto vital que registra el film: las grietas que se abren entre los propios, entre los que se conocen y quieren de toda la vida.
El germen de la historia que cuenta Loach en su película es la postal del mundo cotidiano del trabajador desangelado por el Estado, por el poder. Una postal sociopolítica que el realizador observó durante la filmación de sus tres largos anteriores (Jimmy´s Hall, 2014; I, Daniel Blake, 2016; Sorry, We Missed You, 2019) en el norte de Gran Bretaña, y a la que pudo estudiar con claridad. “La mina, las casas a su alrededor, la iglesia, los mineros, el pub, la escuela, el médico y luego el campo... cuando la mina se cierra, todo se cierra con ella, excepto la gente que todavía queda”, describió en una entrevista reciente.

.“Queríamos contar esas historias, pero necesitábamos un catalizador que las revelara. Paul Laverty (el guionista que lo acompaña desde la década de 1990) escuchó la historia de la llegada de refugiados de la guerra siria. Los enviaron allí, lejos de la vista de la mayoría. La prensa de derecha no se quejaría de ellos todo el tiempo porque estarían fuera de foco, nadie va allí (al norte del Reino Unido). Vienen, sufrieron el trauma de una guerra, no tienen nada más que una valija y lo que llevan puesto. La población local tiene muy poco. ¿Pueden las dos comunidades vivir juntas?”
(Ken Loach a Jacobin, 2024).
El director que desde hace más de 60 años conmueve a fuerza de relatos sentidos, protagonizados por personajes con un punto de vista reconocible, cercano, es alguien que en ocasiones subraya de forma entusiasta los conceptos sobre los que monta discurso y acción cinematográfica. The Old Oak es una de esas ocasiones, y lo hace con las artes de un sabio de su oficio, con base en el cine de a pie que siempre llevó como estandarte.
A lo largo de su poderosa carrera como cineasta Ken Loach se alzó con más de un centenar de galardones (Palma de Oro en Cannes, Premio BAFTA, Premio César y más), también supo ser noticia en 1977 por haber rechazado una medalla de Oficial de la Orden del Imperio Británico. El sostenimiento de sus ideas y sus principios lo acompañó durante toda su trayectoria y, tal como definió alguna vez el historiador del cine David Thomson, “en su dedicación y seriedad, es una figura ejemplar”.
Loach viene transitando desde sus inicios el camino de la comprensión del sujeto obrero. Hay una continuidad de esa ética a lo largo de su obra, sin fisuras, sin dobleces. Como el personaje que encarna el último mensaje idealista y esperanzador de su filmografía. Porque hay una luz en el texto que nos proponen guionista y director. El personaje de Dave Turner trabaja desde su humilde lugar en unir lo que parece estar destinado a la ruptura virulenta. Quizá por eso cae más de una vez en la tentación de un final trágico para su vida. El no future como frustración personal, como algo más que una canción punk anclada en un chart retro.
Las marcas de la vieja escuela están presentes en el film a través de los fundidos a negro, que por momentos ponen distancia entre las situaciones. Si bien no se llega a resentir el efecto narrativo, estas marcas parecen huellas de un cine de otros años, como el que lo hizo grande entre los directores de su país y de todo el mundo. Ese click especial que Loach hizo en el mapa narrativo europeo es resultado de una postura impresionista honesta, conectada en todo momento con la decisión de filmar desde una trinchera. Y uno de los elementos que construyeron ese espacio de combate es la pasión por lo clásico, casi en el orden de lo arqueológico desde el punto de vista del espectador del siglo XXI.
No vamos a adelantar en estas líneas cuál es el elemento de esperanza que redondea la trama en sus últimos minutos. Quizá, sí, podemos decir que conlleva una dosis alta de voluntarismo y, si se nos permite, algo de cursilería. ¿Pero por qué negarle esa opción al cine planteado desde la izquierda, con semejante background de cursilería intratable y fatal que a lo largo de los tiempos viene planteando lo más mainstream y rancio de la industria?
“Lo importante, que la gente a menudo pasa por alto, es que la clase trabajadora es fuerte. Los trabajadores pueden apagar el interruptor y todo se detiene. No hay transporte, no hay producción, nada se vende, nada se distribuye. La clase trabajadora tiene ese poder. Los explotadores no tienen ese poder: lo único que viven es el beneficio que obtienen de otras personas. La realidad es que si ha de haber un cambio, éste vendrá de la clase trabajadora. No vendrá de los banqueros, los super ricos, los paraísos fiscales. Porque tienen la necesidad de cambiar. Y tienen el poder de cambiar".
(Ken Loach a Jacobin, 2024)
Como último episodio de una carrera lustrosa, The Old Oak representa un legado honesto, el capítulo final de una obra necesaria, universal y empática. Gracias por todo, maestro.
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