Desolación en el país que le ganó la guerra a EEUU: Taste, de Lê Bảo
Reseñas generalesEl preciosismo feísta no existe pero solo en los papeles. El realizador vietnamita Lê Bảo debutó en el largometraje en 2021, en plena pandemia, con su tan particular y delicado trabajo Vi, que lleva como título internacional Taste (gusto).
Si es cierto aquello de que pintar la propia aldea es también pintar el mundo, pues Bảo lo hace de forma cruda, echando mano de un esteticismo oscuro que, lejos de todo tic snob, embellece una narración para nada amable.
Una tabla transformada en hipotética cancha de fútbol, con los arcos simulados y el campo de juego debidamente marcado. Un tablero primero, un rectángulo de tiza sobre el suelo después. De esta forma el director nos cuenta que el protagonista de su historia es deportista y se encuentra sin jugar debido a una fractura. El antes y el después de ese momento se desgrana a medida que corre el relato.

Taste juega con escandalizarnos, pero sin que sea ese el motivo de su existir. Lejos está el cine que asoma en Bảo de las intenciones pochocleras con toque punk de los mercachifles del negocio. En Taste se respira la búsqueda de una narrativa de registro. Y si en el medio con ello se incomoda, pues que suceda con elegancia.
El deportista caído en desgracia por su dolencia física comparte su pena con otras cuatro mujeres bajo el mismo techo. Él, originario de Nigeria, vive en Saigón tras haber viajado en busca del sueño deportivo que acaba de truncarse. Ellas parecen ser locales, aunque su historia queda dentro del orden del interrogante.
Él y ellas cocinan y comen juntos, se prodigan masajes y de vez en cuando hay algo de sexo entre una de las señoritas y el caballero. En este último caso la separación de ambientes permite que una de ellas tenga sexo mientras las otras tres departen frente a un televisor de tubo de 14 pulgadas.
Casi no hay diálogos entre las partes. La única voz de peso, en tanto, es la del protagonista. Las palabras se cruzan con la fotografía, en una conjunción rara, donde lo audiovisual se funde con elementos del teatro.

¿Qué fue del destino del país que hace medio siglo tuvo la osadía de haberle ganado una guerra a los Estados Unidos? Las postales que entrega el film de Bảo, que ponen en foco al sector más humilde de la de por si pobrísima Vietnam, son desoladoras en el marco de planos cuidados en todo momento, donde la fotografía es el sustento principal del relato junto al guion.
La foto, siempre cercana, atenta a los detalles de los rostros pero en el marco de la penumbra que domina la escena en todo momento, incluye en la narración planos generales que en complicidad con la luz hacen justicia con los rostros de los protagonistas de la historia. Son planos amplios pero con detalles, hondos sin acercarse demasiado. El detalle del detalle, en tanto, es que la composición de imagen preciosista va mucho más allá del esteticismo superficial y tontón que en algunas ocasiones se impone por sobre la nobleza narrativa.
Los escenarios, en este contexto, van de lo lúgubre a lo hermoso por la capacidad del realizador de transformar la oscuridad en testimonio.
"¿Por qué tantos signos que me hacen olvidar el lenguaje y me llenan de significados?", se preguntaba Jean-Luc Godard en Dos o tres cosas que sé de ella (2 ou 3 choses que je sais d'elle, 1967), en medio de la denominada “Etapa Mao” del realizador francés, cuando Vietnam para él era una obsesión diaria, una razón de ser de su vida como cineasta. La duda del francés toma forma en las ¿respuestas? que plantea Lê Bảo. El director vietnamita interpela al imaginario colectivo en torno a su país y también, con espíritu evangelizador, interpela a todo Occidente sobre el destino del tercer mundo.
(paréntesis para una digresión)
¿Cómo ver cine asiático desde Occidente? Las fórmulas que desarrolló Hollywood basadas en filmografías surgidas de Japón, Corea del Sur, Vietnam, China y otros países, son las que moldearon el gusto del público occidental y que prosperó hasta no hace demasiado. Fórmulas que en poco tiempo se volvieron caducas ante un cine oriental en permanente mutación y una globalización que bien aprovechada tiene la virtud de borrar clichés étnicos. En este punto el streaming es fundamental para la formación de espectadores con sentido crítico y cabeza abierta. Una persona asiática ya no significa hoy para el ojo occidental lo mismo que hace diez o veinte años. Ya no es lo mismo un chino que un japonés que un coreano que un vietnamita que un filipino. Hollywood esa batalla la perdió, al menos en gran parte. La reducción y posterior uniformidad de los conceptos, la desvalorización de las culturas extranjeras a través del filtro homogeneizador ya dejó de tener legitimidad. El cine amplió los límites que le habían impuesto sus empresarios.
(fin del paréntesis y la digresión)
La paleta de colores de Taste es oscura, no podía ser de otra manera, en un recorrido que viaja por el negro más profundo (en una pantalla HD la nitidez se agradece en cada fotograma), al azul, el verde militar, el ocre.
Hay que agradecer por todo lo antedicho al director de fotografía Nguyễn Vinh Phúc y también, por el uso glorioso de la profundidad de campo, herramienta que aparece en golpes de foto fija, con perspectivas que plantean una reflexión sobre lo que se ve en lo inmediato y sobre lo que está alejado, sobre aquello que resulta inalcanzable para los personajes que deambulan por veredas apestosas, casas derruidas y, de fondo, un futuro inasible.
El relato se nos presenta con filtros de luz y composición de imagen que conforman una representación de la marginalidad, que entre otros estiletazos toma forma de coreografías con cuerpos estilizados, que se turnan para moverse, estén entrenando, comiendo, trabajando telas o teniendo sexo. O, por ejemplo, para posar en modo acrobático junto a un chancho que convive con ellos.
Un chancho como ícono y lazo que une a los habitantes de la casa, que deambulan sin ropas en eso que no parece que sientan como un hogar, que apenas opera como lugar con techo y paredes, casi sin nada más.
“El mundo no va en una sola dirección. Podés creer que sabes para dónde va, pero quizá el camino correcto era otro”, reflexiona el antihéroe de Bảo, que en ese transcurrir se permite una escena de karaoke postapocalíptico, en un plano que con las correcciones estilísticas del caso podría haber sido parte de un cortometraje de David Lynch, o, también, con no demasiado esfuerzo, de una escena eliminada de la serie televisiva Okupas (Pablo Trapero, 2001).
Hay en los personajes de Bảo una relación con lo primitivo. Por momentos algunos planos e incluso contextos nos envían de forma directa a imágenes de La guerra del fuego (La Guerre du feu, Jacques Annaud, 1981), el film paradigmático en cuanto a la representación cinematográfica de hombres y mujeres de las cavernas peleando, teniendo sexo, comiendo. Todo en un mismo ambiente, como en Taste, pero centenares de miles de años atrás. Al fin y al cabo la realidad que plantea el film es la de la agonía de la precariedad, en este caso en plano general pero cercana, a tantos kilómetros de Occidente pero tan cerca del play en la plataforma de streaming correspondiente.









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