Mis amigos marcianos
Ciencia ficciónNo recuerdo como llegué a la nave. Los tres ojos amarillentos y las antenas se multiplicaban en miles. Una masa uniforme, rígida y fosforescente que de pronto soltaba una pregunta tan coral como unísona: cuál es tu planeta.
Mi planeta era la habitación de una dulce niña junto a mis amigos. Sofía y su familia habían sido el mejor hogar que jamás tuve. Pero los marcianos no estaban listos para asimilar la verdad. Su creencia en la garra, que llamaban Amo, era tan rígida como los cristales de la nave, es decir, la máquina saca juguetes.
Nosotros— entre las donaciones, las reventas, los intercambios a partir del crecimiento inevitable de los niños —tenemos muchas vidas, pero esta no podía ser la última para mí.
Los marcianos insistían en que el Amo descendía como una luz divina, y atrapaba al elegido entre las aspas para regresarlos al planeta de origen. Yo les decía que la garra era un verdadero monstruo del futuro pero no me creían.
Pero cómo llegaron hasta acá, qué me dicen cuando el Amo tambalea y alguno de ustedes vuelve a caer, cómo saben que los elegidos regresaron a su planeta y no fueron a…
Las respuestas posibles eran movimientos casi imperceptibles de las antenas, y del cierre repentino de sus ojos carentes de pestañas. Cuando la garra lograba sacar a un elegido, el resto emitía un sonido que sonaba a plegaria, nunca pude comprenderlo.
Yo algo tenía que hacer.
Un día me puse en medio de la máquina, estadísticamente apuntaba al centro. Cuando la garra se activó, trepé hasta la cabeza de un par de marcianos, entonces quién la manejaba notó mi singularidad: el sombrero y mi cuerpo esbelto – aunque mas fibroso que el de Woody -- no pasaban desapercibidos. El “Amo” venía hacia mí, pero yo no debía salir de la nave, no ahora, no así. Vaya a saber en manos de cuál niño y familia terminaría. La única opción era regresar a Sofia, que ya debía estar llorando mi ausencia, nuestro vínculo estaba al nivel de su mascota y el peluche.
Calculé mi cabeza entre medio de las aspas. Cuando me elevaron lo suficiente para atraer el campo visual del jugador, hice fack you con mis brazos al adolescente de remera negra que me pretendía: el verdadero monstruo de los juguetes.

Pero los marcianos no despegaban la mirada del Amo. Yo sacudí mi cuerpo antes de que la garra complete el trayecto en ele, entonces el adolescente pegó su piel blanquecina a los cristales, lo suficiente para que los marcianos notaran que había otro mundo afuera. Yo pegué contra el borde de la fosa, y caí del lado interior al cristal. Ellos se acercaron, ahora de manera más individualizada: habían descubierto la admiración por alguien que tenía su misma esencia, aunque varias vidas detrás.
Los marcianos no sabían sus nombres, no los tenían, o los habían olvidado. Comencé a llamarlos Egon, Tylor, Max, y Cyndi. Repetía siempre esta secuencia y cuando me confundía, ellos me recordaban quién era quién.
Más allá de la confianza y respeto que yo me había ganado, no podía torcerles por completo su creencia. Pero sí hacerlos dudar acerca de que una pinza de metal fuese un Amo, tampoco debía serlo la persona— gigante de otro planeta según ellos— que manejaba ocasionalmente la garra, tampoco los dueños de la máquina podían ser nuestros jefes. Esto se hacía más difícil: la máquina saca juguetes no solo se veía como una nave cohete para ellos, era el domo en donde habían pasado su única vida, no podía ser tan solo un objeto electro mecánico a cargo de ciertas personas. Pero con la prueba del monstruo adolescente cuando zafé de la garra, logré convencerlos de que afuera había un mundo, algo aterrador sí, pero que tenían derecho a explorarlo y, si no les interesaba, al menos podían ayudarme a salir de otra manera. En esta parte se confundían un poco, entonces yo agregaba que la garra podía lastimarme, que mi cuerpo no era como el de la goma verde limón de ellos, irresistible hasta la mordedura de los monstruos caninos.
Los marcianos no eran articulados como yo, pero algo más que ocupar valioso espacio podían hacer. Su rigidez no era solo, digamos, de fábrica. Llevaban harto tiempo girando en su propio eje, arqueando el cuello hacia arriba cada vez que la garra se activaba, luego se congelaban erguidos cuando descendía, creían que así facilitaban el trabajo de la garra, y que resultaba lo más justo para todos. Competir entre ellos a través del movimiento en un espacio reducido, no era una opción.
Las clases de gimnasia fueron buena idea, el tiempo pasaba más rápido, sobre todo cuando la garra permanecía inactiva. El ánimo de todos mejoraba, nos olvidábamos de las dimensiones del espacio, acaso del tiempo, y hasta nos reíamos cuando alguno perdía el equilibrio. Ellos me seguían, quizá no como a un Amo pero sí como a un líder. En general los Tylor y Max no se dejaban seducir ante el poder histórico de la garra, mientras que los Egon y Cyndi, muchas veces, no se resistían al descenso random de las aspas y pretendían dejarse llevar por ellas.
Los marcianos se fueron apropiando de su cuerpo, bajo mis órdenes, aprendieron a coordinar su fuerza con premeditación. Ahora las pupilas de sus ojos se movían a voluntad, no desorbitaban. Tal vez era momento de vencer la palanca del depósito y escapar de una buena vez por debajo de la máquina. Solo necesitaba convencer a algunos Tylor´s de que se sacrificaran por mí, por su jefe real de goma y tela; convencerlos de poner el cuerpo al momento de jalar la palanca, para trabar la compuerta y que no cerrara antes de salir. Luego podrían intentarlo ellos mismos dirigidos por algún Max, o esperar la suerte divina de la garra.
Yo debía regresar con Sofía; el crecimiento de un niño no puede evitarse, en cambio, la ausencia de un juguete tan querido tal vez pueda reemplazarse con otro más nuevo y entonces…. entonces yo debía correr arriba de mis marcianos, atravesar el umbral de la nave, como un cohete dibujando el rastro de la huella que lo regresa a su planeta Casa.




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