GUARDAGANADO
Reseñas generales
Lo que narraré a continuación, le sucedió al pre adolescente que fui hace muchos años en San Clemente, un pueblo serrano de la provincia de Córdoba, Argentina.
I.
Un domingo, cuando el sol empezaba a bajar, salí a pasear con Porã y Luna. Ellos dos son lo que más quiero. Mi mamá le puso Luna a mi perra porque de mirarla nomás, se te viene a la cabeza un lobo aullando en noche de luna llena. A Porã me lo regaló mi tío porque ya no lo podía cuidar, vino con ese nombre en guaraní que significa bueno y bonito, y así es él.
En el camino me lo crucé al Vincha. Me preguntó si iba a patear un rato hoy y yo le dije que no, que prefería galopar.
Fuimos con Porã y Luna casi hasta el final de la calle que cruza el Arroyo Del Medio. A la vuelta, vi que me alcanzaba Agustín montado a una yegua que nunca había visto.
Agustín es hijo del doctor Arostegui, y siempre anda presumiendo el último caballo o cuadriciclo que le compró su papá.
El año pasado, la hermana y su prima nos chocaron con los caballos en contramano por el camino, a la altura del dispensario. Por suerte, mi papá iba manejando despacio y nadie se hizo nada; bueno, salvo por nuestro Falcon que se le abolló el capot, y la hija del doctor que se le esquinzó el tobillo.
A mi Papá casi le dio un infarto del susto. El sonido del golpe fue tanto que por un momento pensó que la había matado. Después me explicó que si el caballo no hubiese atinado a doblar, se nos habría incrustado por el vidrio, entonces, vaya a saber qué pasaba. Cuando todo se calmó, el doctor le pidió disculpas a mi papá y le dio – sin que mi viejo le pidiera nada – cien pesos por lo del capot. También le dijo: Entiendo que usted no querría ir por la vía judicial. Mi papá agarró la plata, callado, sabiendo que el arreglo no iba a costarle menos de quinientos.
Yo lo había acompañado un par de veces a la casa del doctor por este asunto; entonces conocí a Agustín. Como había que esperar a que los grandes hablaran, nosotros nos poníamos a patear la pelota para pasar el rato. Pero ni por cerca podía considerarlo mi amigo, solo es alguien que conocí por accidente.
II.
Cuando ya decidíamos pegar la vuelta de nuestro paseo con Porã y Luna, escuché una voz aguda y estridente que venía desde atrás. Agustín nos había alcanzado.
Hola Simoncito, me saludó con voz de “mirá mi juguete nuevo”, mientras se ponía en paralelo a nosotros.
Agustín, contesté seco y cortante, casi sin mirarlo.
¿Viste mi yegua? ¿Te gusta?
La verdad que nunca había visto algo así: era una rubia de patas enormes (debía ser número ocho) y casi de la misma altura que Porã, pero con un porte y andar mucho más imponente.
Sí, es muy linda.
Novecientos pesos la pagué. Me la trajeron desde Golpe de Agua, no la han montado mucho…
La pagó tu papito, pensé.
Y mirá la silla. Tiene la campana y los estribos de plata.
Mirá vos.
¿Para qué quiere una silla de plata? Yo iba casi a crina limpia. Bah, con una manta abajo nomás, para no rasparme. Odio las monturas.
Es el animal más rápido de todo San Clemente, me dijo buscando complicidad, como tirando una caña al arroyo para ver si picaba.
Me imaginé por donde venía la mano, solo quería provocarme.
Mirá vos. Tené cuidado entonces, no vaya a ser que atropelles un auto, se pueden lastimar.
Su cara se desfiguró. Comenzó a agredirme de todas las formas posibles; a mí ni se me movió un pelo, hasta que dijo que Porã estaba muy viejo y no podía galopar ni cien metros. Puede insultarme a mí o a quien sea, pero no a Porã o a Luna, eso no lo permito, así que acepté su desafío.
Está bien, ¿hasta dónde corremos?
Hasta la parada del colectivo, al frente de la cancha.
Bueno, a la cuenta de tres.
Dale
Uno, dos…
Apenas dije dos, el muy tramposo salió disparado. Luna había ladrado antes, como queriéndome advertir la trampa.
La yegua era muy rápida, quizá tanto como Porã, así que sería difícil recuperar la ventaja que nos robó en la salida.
Más o menos pasando a la altura de la piedra Cabeza de chancho — una roca gigante sostenida por el alambrado y que de noche da la sensación de tumbarse contra el camino en cualquier momento — me di cuenta de que había mucha gente: personas que esperaban en la parada del colectivo, cuadriciclos, autos y caballos por todos lados. Si bien la yegua y Agustín estaban al alcance, noté que Porã respiraba nervioso, quizá por el tumulto que había, quizá porque sabía que algo podía pasar. Así que decidimos bajar el ritmo y abandonar la carrera. Sabía que Agustín me iba a decir perdedor el resto del verano. Pero lo importante era que la pasáramos bien tanto Luna como Porã y yo. Y si alguno se iba a poner nervioso, cambiábamos de plan.
Cuando ya nos habían sacado quince metros, vi que la silla de la yegua empezaba a correrse hasta quedar casi mirando al suelo. Agustín quedó enganchado de uno de los estribos y tenía la cabeza cerca del suelo, mientras, la yegua seguía galopando como si nada pasara. Finalmente se pudo zafar y cayó rodando por la tierra. La yegua seguía sin bajar la velocidad, en dirección a todo el turismo que se había amontonado en la entrada del boliche. Sentí no iba a frenar por nada. Dicen que los caballos se ponen locos cuando se les da vuelta la silla. Y así fue, porque siguió encarando contra los que estaban ahí.
A último momento, la yegua dobló a la derecha, camino al hotel, bordeando la cancha. No le dieron los tiempos para frenar antes del guardaganado que pertenece a los Arostegui (igual que el bosque, el hotel, y la mayoría de los caballos que se ven por el pueblo) Entonces, todos nos agarramos la cabeza cuando empezamos a ver a la yegua atorada con sus patas delanteras en el guardaganado, haciendo una fuerza desesperada.
Un rato después escuchamos un ruido seco, como cuando se quiebra un pino, y vimos salir al animal con una de sus patas dobladas. Ya no corría, apenas caminaba hacia donde estábamos todos, como pidiendo ayuda.
III.
Mi perra me miraba como preguntando qué hacemos ahora. Porã seguía respirando fuera de su ritmo habitual. Agustín parecía estar bien, me refiero a que no tenía nada roto. Antes de ir a ver, desmonté y até mi caballo lejos de todo el espectáculo.
La gente no hacía más que agarrarse la cabeza y lamentarse, hasta que alguien dijo Andá a buscarlo al Cornu. Se referían al único veterinario de acá, que se había casado con Camila y vivía con ella en lo de su madre, a la vuelta de donde estábamos todos: el boliche del Pepo.
Traté de ubicarme en un lugar que no restara a lo que estaba pasando. Quiero decir, cuando la gente se amontona alrededor del accidentado y no hace más que quitarle el aire o comentar acerca de sus chances de morir o vivir, no suma para nada.
Agustín estaba desesperado, por supuesto, se había olvidado de mí y de la carrera.
¿Qué pasó Agus, estás bien?, le preguntó una de sus primas.
¡Se me venía dando vuelta la silla y me enganché en el estribo! No puede ser, no puede ser, se lamentó…
¿Y quién le puso la silla?, preguntó un serrano.
¡No sé, no sé! Me la dieron ensillada.
Y claro… se escuchó en un murmullo general.
¡Esto pasa por andar haciendo carreras! Siempre lo mismo, si no es con esas porquerías de cuadriciclos, andan galopando como locos, poniendo en riesgo a los animales. Pero los animales no se cambian, si no los cuidás, mueren, dijo Pepo.
¿Qué querés decir, Pepo? ¿Qué nosotros no cuidamos a nuestros caballos?, preguntó otra de las chetas.
Paren un poco, ahí viene Cornu, interrumpió alguien.
Me sorprendió un poco que nadie me preguntara acerca del accidente. Es cierto que yo no tenía ninguna culpa, no podían acusarme de nada, pero había participado de la carrera, era el testigo más cercano de todo lo que había hecho Agustín antes de que pasara lo que pasó. Tal vez, yo pasaba desapercibido por no juzgar con la mirada o con algún comentario a Agustín, y quedar afuera de los dos bandos que se habían formado.
¡Ay! ¿Qué pasó acá?, preguntó Cornu mientras se agachaba para ver de cerca la pata de la yegua.
Se enganchó en el guardaganado, explicó alguien.
Ay, ay, ¿quién es el dueño?, preguntó violentamente el veterinario.
Yo, dijo Agustín con un hilo de voz. Bueno, en realidad, mis padres.
¿Los podés llamar? Esto es grave.
Sí, pero están en Córdoba.
Mirá, gringo, te explico: tu yegua está quebrada, prácticamente no sirve más. No se la puede volver a montar. La otra es operarla, pero así y todo es muy posible que no vuelva a recuperarse. No es un animal viejo, pero debe tener más de ocho años y encima se quebró a la altura de la rodilla. Por ahí, si hubiera sido más abajo, en el metacarpo…Pero no, se cagó el carpo también…
¡¿Cómo?! No sé qué es eso, preguntó Agustín mientras los serranos murmuraban te dije, te dije…
El carpo es el hueso de la articulación que une los otros dos que te dije, es una quebradura muy jodida, contestó Cornu.
Si Agustín antes estaba preocupado, ahora estaba al borde de un ataque de nervios. Yo empezaba a impacientarme, por la yegua, claro. Se notaba que estaba sufriendo muchísimo y le costaba mantenerse en pie. Me preguntaba qué era esto de no sirve más. ¿No me había dicho Agustín que apenas habían usado a la yegua antes de comprarla? Imaginé que, Cornu, se refería a que no servía más para el jinete porque ya no volvería a montarla. Pero dejando de lado esto, quizás la yegua podía tener una vida plena y libre de trabajo. Algo así como jubilarse por invalidez y descansar tranquila.
Cornu y Agustín siguieron conversando con los murmullos de fondo.
Tenés dos opciones: la hacés operar, con todo el gasto que eso lleva, sabiendo que va a sufrir y puede no volver a recuperarse; o la pichicateamos ahora para que deje de sufrir.
¿Pichica qué? La palabra no hacía más que darme risa en este trágico escenario. Pero parece que Agustín ya la conocía, vaya saber cómo y por qué.
¿Cómo? No, no, eso no, esperá que llamo a mis viejos.
Apuráte porque este animal no da más. Por las dudas voy a ir buscando las cosas…
Parecía que los padres de Agustín no le atendían el teléfono porque él no hacía más que insultar. Entonces me le acerqué, le puse una mano en el hombro y le dije:
Agustín, calmáte un poco, no tenés por qué tomar una decisión ahora si no estás seguro. Esto es solo una idea de Cornu, la yegua no se va a morir por esperar un rato más así quebrada. Es cierto que está sufriendo, pero sufrir va a sufrir cualquiera sea la decisión que se tome.
Ni me escuchó. Tenía un oído puesto en el celular y los ojos en la yegua, por lo que subí la voz y le puse la otra mano en el otro hombro.
Podés esperar a que vengan tus padres, yo te aguanto. Tratá de pensar que es lo mejor para el animal…
Qué sabés vos de esto, cállate que ahí me atienden.
Agustín y Cornu se fueron a hablar para que nadie los escuche. El veterinario ya tenía la pichicata cargada con un líquido verde amarillo.
Yo me acerqué a mirar a la yegua. Trataba de leer en sus ojos qué era lo que prefería, qué era lo que le daría menos sufrimiento. A pesar del accidente, se la veía fuerte como para morir ahora. Es que tampoco sería morir, sería matarla, asesinarla. Como no estamos en la piel del animal, decimos sacrificarla. Hasta donde yo sé, sacrificar es dejar algo por otra cosa más importante.
La yegua pestañeaba más seguido y suave que lo normal. Agustín ya había decidido lo mismo que el veterinario. Sospecho que si hubiésemos estado solos, habría elegido otra cosa. Creo que nunca decidió él. No sé cómo explicarlo, es como si la gente se apropiara de los accidentes ajenos solo porque suceden a la vista de todos. Me pregunto, entonces, si será algo así como el destino, lo que termina decidiendo por nosotros, por Agustín, por la yegua.
La gente se agrupó a ver como Cornu le inyectaba ese líquido espeso por el cuello. No murió al instante como había explicado. La yegua comenzó a temblar por varios minutos, como si tuviera convulsiones; parecía sentir mucho dolor, parecía sufrir. La gente comentaba horrorizada, pero por nada se movía de su lugar. A Agustín le brillaban los ojos. Yo no podía ni pestañar.
Fue un espanto, y todavía faltaba trasladar el cadáver hasta la propiedad de los Arostegui. Como nadie tenía una camioneta lo suficientemente grande para que entrara la yegua, o si la tenían no querían ensuciarla con un cadáver, la ataron de las patas traseras y la arrastraron tres kilómetros por el camino, hasta el hotel, como si fuera un desecho, una enorme bolsa de carne y huesos.




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