MUDANZAS

Narrativa

por Juan Mannino

Cuando bajo con el fletero, noto que la mayor parte de lo que descargamos son cosas mías. Roma solo había agregado unas cajas con bártulos prescindibles, ni siquiera alguna olla de valor. Me pongo acomodar. Roma tenía que buscar a su hijo y llegaría más tarde. Pero me da cierta ansiedad, así que le escribo.

En un rato llegamos, contesta en un audio que tiene varias voces y barullo de fondo.


Siempre me mudaba cada dos años.

La explicación más simple sería que los contratos concluían y, por una u otra cosa, los dueños (a través de sus abogados que se hacen llamar Inmobiliaria) no querían renovarme. Yo creo que me mudaba para ir a un lugar mejor, para hacer una profunda limpieza (no solo material), para endeudarme o ahorrar; para expandirme, tener mascotas y plantas, o reducirme y compartir vivienda; para sentir que me vaciaba y podía romperme, cristalino.

La mudanza de ahora tenía un poco de todo eso, pero todo eso era compartido. Porque me mudaba con mi amiga Roma y también un poco con Fran, su hijito. Un poco porque ella es separada, entonces la mitad de la semana le tocaba con él. No sé si mencionarlo como hijo, hijito, niño o pibe. Fran ya cambió la voz, es súper inteligente y curioso, un pequeño artista que fluye con las plantas en maceta y la fabricación propia de velas y sahumerios.

Roma, Fran, y yo habíamos probado la convivencia en mi anterior departamento. Nos había ido bien, regular, mal. Pero ahora todo sería distinto. La casa abandonada donde íbamos ofrecía otras posibilidades. No solo un contrato de palabra que había arreglado Roma por al menos un año, sin comisiones ni intermediarios. Es cierto que estaba el riesgo de que la casa se vendiera o de que nos echen, porque con las Gestiones Roma nunca se sabe. Pero este riesgo era más sabroso que las negociaciones con inmobiliarias, era una manera más interesante de ahorrar las pocas monedas que uno puede.

La casa tenía la generosidad del movimiento, te permitía mudarte dentro de ella misma. Muchos espacios amplios que colindaban a un patio. Una casa de verano, desconectada en su interior y conectada por los recovecos a la intemperie, por los pasillos y lavaderos abandonados, por el cielo. Un refugio para mascotas y plantas. Una residencia que alojaba a los que pasaban y les hacía sentir frío a los que querían acobijarse en ella. Una casa estrellada en sí misma.

No importaba si era porque ella se mudaba seguido, o porque cambiaba los días de tenencia, o porque no coincidían en qué escuela mandar a su hijo: Roma siempre se llevaba mal con el padre de Fran. Me contaba todo y, apenas encontraba una oportunidad, lo comparaba conmigo. Creo que lo hacía porque a veces cogíamos. Ella me había propuesto tener un hijo o hija en varias ocasiones. Uno nuevo. Quería tener dos o tres y ya había cumplido treinta y nueve. A mí me gusta una idea de las clases bajas acerca de los hijos: los críos no se planean, llegan y punto.

Puede ser, retrucaba Roma, ya te van a llegar entonces.

Su frase me cortaba de filosa: no solo me destinaba a la paternidad sino que me bajaba a pobre.

A mí me generaba cierta atracción cuando ella tomaba el tema desde otro ángulo, quizás políticamente incorrecto, desde el desborde necesario. Se salía del rol de madre y decía: A veces necesito que me hijo no esté, no un rato ni una semana; necesito saber que no voy a verlo por años, y encontrarlo cuando sea grande.

Medio difícil, ¿no?, le respondía yo.

Bueno, al menos por un año entonces, cerraba ella y reíamos.

Cuando el tema se ponía en ese plano o dejábamos de darle cierta entidad, nos relajábamos y entonces cogíamos lindo. Pero otras veces esto no ocurría, y si en esa misma semana ella estaba encabronada con su ex, apenas dormía y casi no me hablaba. Incluso compartiendo el mismo depto. El silencio compartido en el mismo territorio no es ligero y suave como el de la distancia ocasional, elegida; es denso y filoso, capaz de corroer cualquier trama vincular. En esos estados, ella agarraba a su hijo como un peluche y lo hacía participar en todo lo que hacía. Él la seguía y, de pronto, se conectaba con su yo pasado de cuatro años.

Los hijos crecen aprendiendo a satisfacer a sus padres, eso parece no haber cambiado. Fran y Roma, por momentos, parecían apelmazarse como dos pedazos de molida cruda y luego cocinarse hasta quemarse. A mí me daba un gran asco la carne. Una vez le dije todo esto, sin la parte del asco. Y ella lo vio, me agradeció. Roma no era orgullosa, quería ser siempre lo mejor para su hijo, para ella, pero creo que también para los hombres. De otro modo no entiendo los celos o la posesión. Se enojaba de la misma forma tanto cuando Fran decía que le gustaba más la casa del padre, que cuando yo prefería un mate con una amiga en vez de un vino con ella.

Si se aprieta bien fuerte, las cosas se rompen, o se escurren, desaparecen. ¿No ocurre eso también con los hijos? Los que tienen suerte se van temprano del nido, los otros detienen su crecimiento, o se enferman seguido, comprimidos por el peso de sus padres. Pero Fran no detenía su crecimiento imperfecto. Se estiraba y se encorvaba como un potus hasta hacerse verde. Otras veces se ponía rojo, cuando no podía respirar por sus ataques de asma. En otra época a los niños débiles se los dejaba morir como animales defectuosos, y ya.

La casa abandonada era una de las sobras de la familia del ex de Roma. No del padre de su hijo, de un ex anterior.

La familia postiza la quería como a una hija propia, y le solía dejar propiedades por cierto tiempo para que haga lo mejor que pueda con ellas. Digamos que Roma tenía buena estrella con ese tema, le solían prestar inmuebles de todo tipo, tanto en la ciudad como en las sierras, y no solo esta familia. Para mí, en cambio, todo tenía una vuelta más. Creo que por eso, cuando fuimos juntos para ver la casa por primera vez, la puerta no abría de ninguna forma. El problema era el pasador de abajo, esos antiguos con llave cruz. En un momento nos apoyamos sobre la enorme abertura, como para recomponer fuerzas. La punta de un clavo se me incrustó detrás del antebrazo. La casa se resistía.

El día se cerraba y sabíamos que no había energía eléctrica dentro. Entonces volvimos camino a mi depto, que estaba pronto a entregar. Mientras, yo pensaba orgulloso acerca del capital simbólico acumulado con mi experiencia en mudanzas.

Aprendí cosas importantes, le decía a Roma, y ella reía burlona.

Había sistematizado ciertos métodos de mudanza, acciones que a nadie le gusta planificar, pensar ni ejecutar. Menos a Roma; si por ella fuera, pondría todas las cosas en la calle y después a comprar todo nuevo, para luego en unos años volverlo a tirar y así… Le atormentaba el hecho de pensar en cajas y valijas. Pero no hay que caer en el círculo vicioso que proponen las mudanzas. No se trata, por ejemplo, de buscar valijas ni de ser tan ordenado, si después vas a desordenar de nuevo. La ropa va en bolsas de consorcio, en las más grandes. En tres o cuatro te cabe un ropero entero, las bolsas te las protegen de la humedad, tierra y demás. Entonces, en el lugar que está pronto a entregar, solo te dejás lo imprescindible, le explicaba; la compu, una mochilita con mudas y accesorios necesarios. A Roma le molestaba mi relato, me pedía que pare. Me cambiaba el tema y me contaba que le había cobrado el último mes a los colombianos. Sí, ella les subalquilaba su depto más caro para hacer una diferencia, y compartía conmigo el que ahora debíamos entregar. Expresaba con una sonrisa desbordante esto del subalquiler. ¿Era para tanto? Está bien, plata es plata, aunque era simplemente para cumplir con lo acordado, no entendía qué le parecía tan excitante. Yo no le preguntaba, no tenía ganas de que me señalen como mala onda, entusiasta de nada.

Llegamos.

Mi depto, enduido en latex blanco, te prohibía apoyarte en alguna pared. Los espacios nos rechazaban, el único territorio permitido era el suelo, como en el inicio de las cosas.

Roma apoyaba su cabeza en mi hombro; mientras no fuese en la pared, no me molestaba. Estábamos sentados sobre un felpudo que hacía como dispositivo de arrastre para no ensuciar, y también de cojín y alfombra. En el centro, una mesa ratona como único mueble enfocada por una lámpara de filamento. Siempre me gustó que mis espacios tuvieran algo de bar, pronto conseguiría esas sillas que te enmarcan la espalda con el típico respaldar curvo. Roma confiaba en mi trazo estético, o no le importaba mucho el diseño interior.

La tenue intensidad del filamento, similar a la de un fogón diluyéndose parejo, volvía tiernos y cálidos nuestros gestos, nos amenizaba los surcos y las primeras canas. Las transiciones podían tener cierta luminosidad. En ese estado contemplativo, Roma me traía alguna boludez acerca de sus amigas, me lo decía como puchereando, como hacía cada vez que quería coger. La verbalización directa de lo animal no cabe en algunas personas.

Pero yo no quería, tenía claro esto de ahorrar energía en las mudanzas y, a la vez, no podía evitar sentirme estresado. Entonces, no. O tal vez yo era de esas personas algo mañosas, que necesitaban saber cuál era su cama para poder coger, situación imposible no estando en un lugar ni en otro. En cambio, a Roma todo eso era lo que justamente más le excitaba: no tener la menor idea de donde iba a tirar su cuerpo, contar con la posibilidad de transpirar sus muslos en las paredes restablecidas del latex más barato, y la posibilidad de que yo me enojara por eso.

Al día siguiente, Roma consultó a su familia postiza para ver si el pasador tenía alguna maña. No sé qué le respondieron, pero el pasador no giraba en ningún sentido. Nuestra fuerza encabronada llamó la atención de los vecinos. Eran las nueve AM de un domingo y debíamos hacer la mudanza al mediodía. Primero sospecharon lo peor. Después, uno de ellos reconoció a Roma, nos ofreció entrar por su techo y prestarnos unos destornilladores para matar al pasador. La casa tenía su personalidad, o para mí, como dije, todo tenía una vuelta más. Quizá los objetos detectan esas cosas en los humanos, como las llaves que se les escurren todo el tiempo a ciertas personas.

Tuve que dar unos saltos cruzados y accedí a la terraza de la casa. El sol pegaba libre de filtro sobre unos micro cuartos que hacían de bulo a los gatos del barrio que, apenas me sintieron, desaparecieron. No quise detenerme, tenía que sacar el pasador, abrir la puerta, devolver las herramientas. Me atormentaban las superposiciones de acciones en espacios ajenos y con herramientas prestadas. Como cuando tengo que hacer el asado en la casa de otro, sin dominio de mis tiempos, mis formas, mis cuchillos sin filo y tenedores mañosos.

Pero yo había elegido eso. Abrir espacios a pura fuerza, ponerles el cuerpo a las pesadas puertas de la incertidumbre en vez de la firma a contratos de vida -inmobiliarios- impagables.

El pasador cedió, Roma sonrió. Le dijimos gracias al vecino y empezamos la exploración.

No sabíamos si en la casa hubo una carpintería, o un almacén y una carpintería, o un almacén y una carpintería más todos sus trabajadores viviendo ahí. Pero esos residuos se habían fosilizado en los pisos de madera, en las alacenas torcidas, en las cañerías transpiradas.

Enseguida visualicé que el banco de madera sería una hermosa isla para la cocina. Pero Roma no sé qué visualizó, su cara se había cuarteado. Ella tampoco quería más mudanzas y, cuando hacía una, esperaba llegar a un lugar totalmente listo, acorde a su estrella. Llegar a hogares con puertas que se abrieran solas, con los servicios funcionando y a nombre de otro, con un adulto buenaonda para que su hijo se encariñe. Quizá, para ella, el encanto de los cambios se había agotado. Quizá no sentía la casa como un lugar propio para echar raíces, y encima yo era la figurita repetida que no le haría un hijo nuevo. O quizá lo único positivo era que la casa estaba a tres cuadras de la del padre de Fran, entonces él podría ir y venir solo por la misma vereda.

Pensamos en la geografía del lugar y llegamos a una certeza: cada uno necesitaba su espacio, es decir, por lo menos un cuarto propio para desarrollar su personalidad, para dominarse a sí mismo ante los avatares que siempre conlleva el uso de los espacios comunes, la convivencia. El hecho de premeditar eso ya era un trazo seguro, un trazo que se había metido en la casa, había penetrado su primera atmósfera, y ahora se desprendía en el polvillo acumulado de años.

Roma no me contaba mucho de los inquilinos cada vez que le preguntaba.

Al igual que yo, también tenía que desocupar el depto donde estaban los colombianos. Entonces, la mudanza era doble, o triple si contamos la vaina de ellos. Casualmente, nuestros contratos vencían el mismo día. Entonces compartiríamos el mismo flete, que aún no llegaba. Los colombianos habían contratado uno más caro. Pagaban el doble por subalquilar un espacio mínimo, y también por mover sus poquitos bártulos.

Son unos divinos, me decía para simplificar el trato con ellos, el hecho de que siempre le pagaban en tiempo y forma, y que le habían cuidado sus electrodomésticos como si fueran propios; además sugería que eran físicamente divinos. No me dijo sus nombres, y sé que cuando Roma guarda este tipo de información es porque no quiere que me entere del lugar real que ocupan ciertas personas en su vida.

Conjeturaba acerca de esto cuando los fletes tocaron bocina en la puerta.

Por un pasillo largo y estrecho debían pasar los colombianos, los dos fleteros que se miraban de reojo, y nosotros. Claro que Fran no estaba, los padres siempre tratan de resguardar a sus hijos de los cambios bruscos y repentinos. Para los niños, las mudanzas deben ser entonces un suceso mágico. De un momento a otro, tu Play, tus útiles escolares y tu ropa se teletransportan de una casa a otra, intactos y libres de polvillo.

A la mayoría de mis cosas yo las había cargado -con mi cuerpo, no por arte de magia- y llevado antes en el auto de mi madre. Con el flete solo trasladamos el mueblerío grande, el mío, porque Roma se había despojado de todo. Les había vendido sus electros y muebles a los colombianos, desde un fino escritorio hasta una heladera que funcionaba mal. No me sorprendía porque ella es un poco así, desaprensiva con los objetos, pero sí me extrañaba el hecho que diera por sentado que yo pondría todas mis pertenencias. ¿Yo no podía vender nada? Y también el hecho de forzar cierta conexión con el padre de Fran. Me pedía que la acompañe hasta su casa cada vez que tenía que buscar o dejar a su hijo. Yo no soy tan boludo, era evidente que ella quería que nos conozcamos más. Entiendo que el padre necesita saber quién va convivir parcialmente con su hijo, y por segunda vez, pero por qué tenía que ser todo ahora, por qué tanto apuro. No sé, ya habría tiempo para hablar de eso.

Algunos detalles de la mudanza me generaban ciertas dudas, había situaciones que no me cerraban. Cuando le pregunté a Roma si quería cargar tal o cual cosa a nuestro flete, me decía que ya lo había metido en su auto, o me contestaba cargame esto nomás, mientras me daba dos cajitas ligerísimas. Esas actitudes me parecían algo evasivas. Por otro lado, veía a los colombianos subir un montón de cajas a su flete, con cartelitos que hubiera jurado eran con la letra de Roma.

Justo me saludaron cuando notaron que yo registraba eso de los cartelitos. Entonces aproveché para hacer uso de esa esa maña controladora llamada lenguaje. Les comenté que su tonada era inconfundible, que seguro eran antioqueños. Les cayó bien, porque todo el mundo los confundía con venezolanos. Cuando sentí que podía ir más lejos a partir de la empatía establecida, les pregunté adónde irían ahora, pero me olvidé de averiguar sus nombres.

Nos vamos pal norte, contestó el varón de la pareja.

¿Se vuelven a sus pagos?, repregunté.

Si es que llegamos, la idea es recorrer juntos el continente, y Colombia ya conocemos un poco, al menos nosotros dos, sonrió irónico. Entonces les deseé suerte y buen viaje.


La mudanza está completa.

Me armo un mate mientras espero a Roma y Fran. El primer mate en esta casa, mano a mano con ella. No es un momento contemplativo más. En ese instante uno descubre, desde una intuición olvidada, como se va a mezclar con el espacio, si trascenderá en hogar o no. En ese trance, que no se siente nada mal y ni siquiera lo interfiere una llamada que será perdida, golpean la puerta.

¿Quién es?

Soy yo, Fran.

Hola Fran, pasá, ¿y tu mamá?

Me dijo que hoy empezaba el viaje con los colombianos, así que vine solo.

¡¿Qué?!, casi me atraganto con la yerba, entonces comencé a chupar más fuerte y me quemé un poco la lengua, pero cómo que se fue con ellos?

Sí, pero si vos ya sabías, o no?, bueno tranquilo que mi papá ya sabe, me dijo mientras yo le ofrecía un mate. Por eso te estaba llamando al celu. Dice que le devuelvas la llamada apenas puedas así coordinan todo.

Comentarios 1

E
EVMA21 de febrero de 2026
Excelente! Es una obra que devela el contexto situacional "mudanza" al tiempo que no es uno sólo, sino que atraviesa las miles de posibilidades que podemos habitar en esa experiencia. Al mismo tiempo, la intertextualidad con "Casa Tomada" y un digno estilo de representación cinematográfica al estilo de Mariano Cohn y Gastón Duprat, muestran un desarrollo de la trama que invita a descubrir el asombroso final. Felicitaciones!

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