GIFF | Una mirada al cine mexicano desde el Festival
Aspectos socioculturales
Terminó el Festival y es hora de la reflexión global.
El GIFF26 proyectó 203 películas en 10 días. Imposible verlas todas. Incluso dedicarte a una sola categoría puede resultar abrumador.
Por eso, ante una oferta tan amplia, resulta útil detenerse, revisar y elegir aquellas películas que, por alguna razón, llamen nuestra atención.
En este caso, mi ruta cinéfila se trazó a partir de una pregunta:
¿Qué está haciendo el cine mexicano?
La inquietud viene de tiempo atrás. De ir al cine y encontrar, en su mayoría, títulos extranjeros. De buscar propuestas cinematográficas nacionales y descubrir que llegar a ellas en cartelera no siempre es sencillo.
Y uno puede terminar preguntándose si lo que ofrece el cine comercial mexicano es todo lo que hay: ¿Historias sosas y alejadas de nuestra realidad? ¿Remakes y adaptaciones de historias que ya fueron contadas en otros lugares? ¿Los mismos actores, los mismos productores, las mismas fórmulas?
Afortunadamente existen los festivales.
Porque sí, existe otro cine mexicano. Uno que rara vez ocupa las pantallas comerciales, pero que está ahí: buscando nuevas formas de contar, explorando territorios incómodos, recuperando memorias, cuestionando identidades, revisando heridas y, sobre todo, intentando entendernos.
La Selección Oficial de la Competencia Largometraje Mexicano que se presentó este año trajo consigo una variedad de propuestas realmente fascinantes:
El arte es oscuro y está lleno de horrores, de Artemio Narro;
Las lágrimas de Bael, de Hugo Villaseñor;
Bailando solo, de Gilberto González Penilla;
Terapia familiar, de Mariana González;
Motel Paraíso, de José Eduardo Castilla Ponce;
Kobe, de Vicente Monarque;
Boli derretido, de Augusto Castillo;
La marca del jaguar, el despertar del fuego, de Víctor Mayorga;
Mex-i-can, de Emma González;
Nuestro cuerpo es una estrella que se expande, de Tania Hernández Velasco y Semillites Hernández Velasco;
La Bola, de Alfonso Coronel;
Para que no se te olvide, de Marcela Jaber;
Frío metal, de Clemente Castor, y
Nostalgia de un futuro que no pudo ser, de Elsa Franco.
Cada una de estas películas es única en su forma, género, tono y universo. Intentar encajarlas en un mismo molde sería un error.
Sin embargo, al explorarlas, empiezan a surgir ciertas similitudes que son bastante reveladoras.
¿De qué está hablando el cine mexicano?
Cada película tiene su propia estética e historia, reflejando la personalidad de su creador. Pero detrás de esas diferencias, emergen búsquedas comunes y preguntas que parecen repetirse.
La memoria y la identidad son dos de los temas más evidentes.
Revisemos algunas.
En Kobe, la memoria se presenta tan flexible como una manguera. Avanza, retrocede y se entrelaza en un mismo flujo. No se fragmenta de manera convencional y, además, se mezcla con los sueños de la protagonista.
Lo interesante es que Vicente Monarque no parece tener prisa por desentrañarlo todo.
Deja espacios.
Permite que el espectador conecte los puntos, que dude, que reconstruya. Al igual que en la memoria misma, lo que recordamos no siempre se presenta completo ni en el orden en que ocurrió.

En Mex-i-can, la cuestión de la identidad se plantea de manera mucho más directa. El documental de Emma González narra la experiencia de mexicanos que se aventuran en un ámbito que, a simple vista, parece ignorar su existencia: los Juegos de Invierno en el extranjero. Pero más allá de la competencia deportiva, surge una pregunta más profunda: ¿qué significa realmente representar a México cuando los demás ya tienen una idea preconcebida de lo que implica ser mexicano? A través de las personalidades y acciones de sus protagonistas, la película indaga en el sentido de pertenencia, la mirada externa y los prejuicios que vienen con ella.

En Para que no se te olvide, la memoria vuelve a ser un tema central, pero desde diferentes perspectivas: como recuerdo, como herida y también como algo que puede frenar el avance de una persona. Porque recordar no siempre implica conservar; a veces, significa quedar atrapado.

La Bola, de Alfonso Coronel, aborda la memoria desde un ángulo histórico. La Revolución Mexicana deja de ser solo un evento del pasado y se transforma en una memoria que seguimos construyendo, interpretando y transmitiendo.

En La marca del jaguar, el despertar del fuego, la búsqueda se remonta aún más atrás. La animación revive una historia basada en la cosmogonía nahua y se adentra en el México antiguo. Como si para entender quiénes somos hoy, tuviéramos que retroceder incluso más allá de la historia que nos enseñaron oficialmente.

En Las lágrimas de Bael, la identidad se presenta con un rostro doloroso y violento: el de una Ciudad de México marcada por la crudeza, la marginalidad y las contradicciones humanas. No es una identidad fácil de llevar. Es una identidad que nos obliga a enfrentar lo que preferiríamos no reconocer.

Nostalgia de un futuro que no pudo ser habla sobre la pérdida del amor, la memoria y la búsqueda de la identidad en un mundo deshumanizado. La humanidad ha olvidado por completo cómo amar.

Finalmente, Nuestro cuerpo es una estrella que se expande, lleva la pregunta sobre la identidad hacia lo físico.
A través del documental, Tania Hernández Velasco y Semillites Hernández Velasco abordan con creatividad, sensibilidad y respeto la reconciliación con el propio cuerpo, la transición de género y las raíces raciales. Aquí, la identidad ya no es solo una cuestión de pertenencia cultural o histórica; también se convierte en una pregunta corporal: ¿Quién soy cuando el cuerpo que habito ha sido, de alguna forma, un campo de batalla?

El interés de estos cineastas tiene claramente puntos de encuentro.
Otro aspecto que destaca en los filmes es la forma en que se está haciendo, los distintos formatos que se emplearon y cómo se trabajaron para contar la historia.
En Para que no se te olvide aparece un collage de perspectivas técnicas sin que el sentido y la coherencia de la trama se pierda. Al contrario, es una muestra de perfección y precisión en las secuencias para darle personalidad a cada una de las posturas de los personajes.
En Las lágrimas de Bael la combinación de formatos se justifica con la intención de veracidad de la historia. Este falso documental supo sacar ventaja de este recurso para amplificar el drama, creando confusión e inquietud en el espectador. El impacto necesario para cuestionar acerca de quién es el verdadero monstruo.
En Nuestro cuerpo es una estrella que se expande, la cinematografía estuvo diseñada para igualar la piel humana con los accidentes geográficos (valles, ríos, salares) mediante el concepto de paisaje corporal. Lo que hace encarnar la identidad.
En La Bola, la película se construyó a partir de más de 15 horas de material original de archivo en nitrato de los años de la Revolución. Las herramientas de IA no automatizaron las decisiones estéticas, sino que se programaron bajo algoritmos desarrollados a la medida dentro de la Universidad Nacional Autónoma de México.
Es decir, el cine que está cuestionando identidades y memorias también está experimentando con las formas de representarlas.
Entonces, ¿qué es lo que sigue cuestionándose el cine mexicano?
Tras explorar estas películas, la pregunta inicial se transforma. Ya no se trata solo de qué está haciendo el cine mexicano, sino: ¿Por qué se aferra tanto a preguntarse quiénes somos? ¿Por qué regresa una y otra vez a la memoria? ¿Por qué vuelve al pasado? ¿Por qué revisita las heridas, los cuerpos, las ciudades, los prejuicios, las raíces y lo que hemos aprendido a llamar identidad?
Quizás porque hay algo que aún no se ha resuelto del todo. Grietas en la Historia que siguen resonando, que no nos cuadran por completo. Relatos que tal vez han sido contados demasiadas veces desde un solo punto de vista. Memorias que heredamos sin cuestionar. Identidades construidas sobre contradicciones. Y tal vez el cine regresa a ellas porque contar una historia no implica necesariamente haberla comprendido. Por eso necesita volver a narrarla. Desde otra perspectiva. Con otra voz. Con otro cuerpo. Con otra memoria.
O, puede que esa insistencia no sea un indicativo de que el cine mexicano aún no ha hallado su identidad, sino más bien lo opuesto: que está intentando entender que la identidad no es una respuesta definitiva, sino una pregunta constante. La misma que solo quiere encontrar verdad.
Y en este sentido, estas películas no parecen estar en busca de una única representación de lo mexicano. Más bien, están explorando sus múltiples versiones. La del México antiguo y la del México actual. La del que recuerda y la del que prefiere olvidar. La del que vive aquí y la del que representa al país desde lejos. La del cuerpo que se reconcilia consigo mismo y la de una ciudad que necesita mirarse de frente. Por eso, hablar de cine nacional también significa hablar de nosotros y más importante aún, de nuestras verdades.
¿Por qué hablar de cine nacional?
Ver cine nacional va más allá de una cuestión de gusto. Es una postura. Una que se relaciona con nuestra nuestra forma de ver el mundo y asumirla, pero también con algo más simple y tangible: dar visibilidad a un trabajo que difícilmente encontrará su camino a las carteleras comerciales. Hablar de este cine es ayudar a que una película llegue a su público. Es recomendarla. Es debatir sobre ella. Es cuestionarla. Es decirle a alguien: esto existe, échale un vistazo.
Gracias a las recomendaciones y análisis de otros peliplaters, he descubierto material valioso de Perú, Brasil, Colombia, Bolivia, Chile, Uruguay, Argentina e incluso de mi propio México. Películas que probablemente no habría encontrado por mi cuenta. Y ahí radica una de las cosas más útiles de hablar de cine: que una película puede convertirse en un puente. Entre un director y un espectador. Entre una historia y otra. Entre un país y otro. Entre lo que creemos que somos y lo que descubrimos que también somos. Porque no nada más importa hablar de quién soy. Es crucial preguntarnos quiénes somos, como pueblos americanos, como comunidades que comparten un mismo suelo y cuyos orígenes, en realidad, no son tan distintos.
Y para eso, necesitamos escuchar las historias que nuestros propios países están narrando.
Por eso, después de ver estas películas mexicanas, la pregunta queda en el aire:
¿Qué películas se están creando en tu país?
Puede que te sorprendas y veas que sí vale la pena salir a buscarlas. Ahí, en esos espacios donde cineastas poco conocidos y público cinéfilo se encuentran y comparten obras y sueños, impresiones y sugerencias, risas y lágrimas de emoción: los Festivales.
Porque puede que lleguemos a sentir una película como una verdad descifrada, para acercarnos a nosotros y entre nosotros.
¡Nos vemos el próximo año!
Películas mexicanas ganadoras de la 29ª edición del Festival Internacional de Cine Guanajuato (GIFF 2026)
- Largometrajes: Las lágrimas de Bael (Ficción) de Hugo Villaseñor y Nuestro cuerpo es una estrella que se expande (Documental) de Tania Hernández Velasco.
- Cortometrajes: Parió la cochi (Ficción) de Fernando Rebeil y I Used to Call That Man Home (No Ficción) de Melissa Nocetti.
- Premios Locales y Universitarios: La Virgen de Guadalupe (Corto Guanajuato) y Tirka (Rally Universitario).
- Premio de la Prensa: Para que no se te olvide, dirigida por Marcela Jabes.
Otras publicaciones de cine mexicano en el GIFF26:
Festival Internacional de Cine en Guanajuato GIFF, 2026
GIFF 2026 | Cine Mexicano | LISTA
GIFF | Marina de Tavira | Latido (Katina Medina Mora, 2023)
GIFF | KOBE (Vicente Monarque, 2026)
GIFF | Mex-I-can (Emma González, 2026)
GIFF | Para que no se te olvide (Marcela Jaber, 2026)
GIFF | Las lágrimas de Bael (Hugo Villaseñor Alcázar, 2026)











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