GIFF | Para que no se te olvide (Marcela Jaber, 2026)
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Memoria y crecimiento | Para que no se te olvide
“Para que no se te olvide” clásico dicho que se dice cuando se quiere marcar la memoria con un detalle: una carta, un abrazo, una grabación, una ofrenda. Con algo que signifique el aprendizaje de ese momento.
Para que no se te olvide (2026) es también el título de la ópera prima de Marcela Jabes quien, junto a Abril Villegas, escribió el guion de esta historia que explora la memoria desde distintos ángulos; la que se quiere preservar aunque lastime, la que se va perdiendo en una mente deteriorada y la que conserva la enseñanza de una etapa.
Tres perspectivas plasmadas detrás de tres lentes.
Enfoquemos.
Carmen (Karen Martí) y Catita (Pau Menna).
Una veinteañera y una niña de 10 años.
Una cámara profesional y una vieja handycam.
Una se está yendo y la otra apenas llega al edificio.
Dos puntos de vista, cajas en común y un mismo lenguaje: el del corazón que no quiere olvidar.
Carmen registra detalles cotidianos, observa, analiza, aprecia la luz. Le habla a la cámara como si fuera su mamá, como si todavía estuviera viva. Catita describe lo que encuentra, juega a grabar videos de rap, improvisa y le habla a su papá ausente. Cada una filma aquello que necesita mirar.
Y ambas crecen.
Nosotros, los espectadores, atestiguamos esa maduración a través de un tercer dispositivo, el que une los fragmentos de sus registros y convierte sus imágenes en una sola historia. La cámara deja de ser únicamente un objeto para registrar la realidad y se vuelve también una forma de entenderla.
Inspirada visualmente en la estética de grabaciones caseras, “Para que no se te olvide” propone un emotivo e ingenioso ejercicio cinematográfico, en el que aquello que elegimos filmar ayuda a revelar quiénes somos en nuestro interior. Además, el metraje se convierte en un terreno donde la ficción adopta una mirada documental.
Karla León, The Hollywood Reporter
Por primera vez, los lentes de Carmen y Catita se enfocan mutuamente en un viejo edificio de baldosas y barandales setenteros. En su interior, las tuberías oxidadas y humedades que descarapelan paredes y techos, guardan la memoria de otros inquilinos.
La nostalgia es el aire que se respira en cada rincón. La atmósfera perfecta.
La joven y la niña ahora son vecinas. Unidas por un hueco frío entre paredes, entre faltas y transiciones.
Un pequeño espacio que termina convirtiéndose en un puente entre dos mundos, dos departamentos. Un túnel travieso e irresistible.
Carmen vive sola, entre cajas y cajas llenas de recuerdos a los que se aferra, fotografías y antiguas cosas de su mamá.
Catita vive con su amorosa mamá venezolana (Samantha Castillo), entre figuras religiosas y notas de colores que su madre escribe y pega en el espejo del tocador para recordarse las tareas más sencillas del día a día.
Una está rodeada por aquello que alguien dejó atrás. La otra, por aquello que alguien teme olvidar. Memoria y familia.
Tal vez, por eso terminan reconociéndose.
Sumergidas en una fantasía de cuento donde “El Arranca Alas” encarna los temores infantiles, ambas habitan un territorio en el que imaginación y realidad pueden convivir sin necesidad de explicarse.
Amalia, madre de Catita, ha alimentado la mente de su hija con juegos y relatos donde ella es un hada.
Marcela Jabes explicó que ese mundo fantástico fue una decisión para narrar la historia desde la mirada de una niña, donde lo imaginario y lo real forman parte de una misma experiencia. En sus primeros borradores retomó de la tradición venezolana a los “ceretones”, criaturas capaces de transformarse en animales para espiar a las mujeres. La idea, sin embargo, fue evolucionando hasta convertirse en “El Arranca Alas”, una criatura creada especialmente para el film.
No es casual.
Aunque la película es mexicana, su directora es venezolana. Tampoco es casual la presencia de elementos de su tradición natal ni la participación de Samantha Castillo, actriz venezolana. La migración y la comunidad de Venezuela aparecen en la historia sin convertirse en discurso. El desarraigo no necesita ser explicado a gritos porque está ahí, en los pequeños gestos, en las ausencias.
Un rasgo celebrado por la crítica del Festival debido a su introducción natural.

Sigamos.
Carmen entiende a Catita a través de sus grabaciones. Comprende la ausencia que padece porque ella también conoce ese vacío.
Entonces, decide escribirle una carta en una hoja roja, como si fuera su papá, y se la deja para que no se sienta sola.
Poco a poco se acercan más.
Cantan, juegan, se pintan, ríen. Las tres cámaras se reúnen en la misma emoción lúdica.
La película consigue que esta convivencia entre dispositivos no sea solamente un recurso formal. Las distintas cámaras terminan construyendo distintas maneras de mirar el mundo y, al mismo tiempo, distintas maneras de crecer.
La precisión técnica y logística necesaria para articular estas secuencias fue especialmente compleja. Como explicó su directora; con un presupuesto limitado, cada movimiento, cada encuadre y cada interacción entre los dispositivos debía estar cuidadosamente planeado. Pero esa precisión termina desapareciendo frente a nosotros: lo que queda es la sensación de estar mirando recuerdos que encontraron, casi milagrosamente, la forma de encontrarse entre sí.
Entonces aparece el rojo.
Se pintan la cara y el cuerpo de ese color que empieza a acompañar sus procesos como marca de transformación. Es la sangre del accidente que Carmen tuvo de niña. Es la menstruación incipiente de Catita. Es el color que Amalia olvidó decirle a su ayudante para pintar una pieza. La carta del “viajero del mundo”, el padre ausente. Y es el mismo color de Chinicuil, el pequeño juguete de Catita que se deja frente a la ventana de un departamento vacío.
Un color que habla de lo que comienza, de lo que termina y de aquello que inevitablemente deja una huella.

Llega Día de Muertos, tiempo de recordar y celebrar a los difuntos. Cuando los niños se pintan la cara y en las casas se ponen ofrendas con fotos, flores y comida para los que ya no están.
Cada una hace lo propio. La niña se disfraza y la joven pone su altar.
Y justo la noche en que se encienden las velas en el altar, Catita decide ir a buscar al innombrable, a su papá.
Su mamá desesperada sale a buscarla. Carmen también. Andrés (Jorge Levy), el vecino, también.
La encuentran.
Desde lejos Carmen observa el reencuentro y llora. Extraña a su mamá.
La foto en el altar de Carmen, la de su madre, por un instante, parece ser la misma imagen que la mamá de Catita.
Las historias parecen reflejarse, ser la misma.
El viaje de maduración ocurre así desde dos edades distintas que se miran y se acompañan.
Finalmente, el hueco se tapa con cemento y ladrillos. Avanzan.
Por momentos dio la impresión de que eran la misma persona. Como si fuera posible encontrarse con el niño que alguna vez fuimos.
Como si Carmen pudiera mirar a Catita y reconocer en ella algo que también le pertenece: esa parte de uno mismo que se queda atorada en un dolor empolvado, refugiada en fantasías de cuento porque todavía no sabe cómo despedirse.
Pero quizá no son la misma.
Quizá esa semejanza es solamente una ilusión creada por el tercer lente: el nuestro.
El de los espectadores. El que reúne sus imágenes, sus pérdidas, sus silencios y sus aprendizajes y los convierte en una sola memoria.
O quizá sí.
Quizá las dos son, de alguna manera, la misma persona.
La que fuimos.
La que estamos dejando de ser.
La que todavía llevamos dentro.
Puede que el aprendizaje de la memoria sea discernir qué recuerdos debemos guardar, cuáles debemos dejar ir y cuáles necesitamos transformar para poder seguir adelante.
Para que no se nos olvide.
Una película emocional y creativa que refleja una reflexión íntima sobre la memoria. Destaca por mucho la actuación espontánea de la niña Pau Menna. Su mayor fortaleza es la coherencia entre el aspecto técnico pulido y el contenido afectivo de la historia.
De las más gustadas entre el público cinéfilo del Festival.
- Sábado 25 de julio de 2026
- 21:15 horas
- Teatro Cervantes de Guanajuato.
Segunda Función
- Viernes 31 de julio de 2026
- 14:00 horas
- Cinemex Luciérnaga, en San Miguel de Allende.
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