El borde de mí
Reseñas generalesLlegué a pensar que si entrenaba lo suficientemente podría irme y no volver. Me daba miedo, qué espera del otro lado del velo de lo que percibimos como realidad? Hace poco un amigo me habló de la despersonalización. Pero lo busqué y eso no es algo que se pueda manejar voluntariamente, más bien actúa como un mecanismo de defensa del cerebro ante un estrés desbordante o trauma. Pero lo que yo hacia era decididamente voluntario, a través de la concentración plena. Sin embargo tampoco se trataba de meditar ni ni buscar la disolución del ego. Era algo en el medio de todo lo anterior.
La última vez que lo intenté fui demasiado lejos. Mi casa quedaba en un barrio distante del pueblo y la bicicleteada hasta allí podía durar unos 30 minutos. Pedaleando, decidí adentrarme en las sucesivas mamushkas de escepticismo sobre quién estaba siendo. Siempre se empieza por lo básico, lo evidente. Yo no soy quién está manejando. Y lo repetis hasta creerlo, y lo crees hasta sentirlo. Allí comienza la maraña mental. Las premisas se vuelven más pantanosas cada vez. Yo no soy la que duda que no soy la que está manejando. Y lo repetis hasta volverlo real. No es necesario pronunciar en voz alta, es más bien dejar que la certeza de la duda te llegué a cada rincón del cuerpo. Y entonces toca saltar a otro nivel, todos los que puedas soportar. No soy la que está dudando. No soy la que está pensando. Ese día llegué a un nivel en que mis ojos se nublaron. Las muñecas dejaron de tener tono muscular y sentí el fastidio de tener que volver a proteger mi integridad física justo cuando lo estaba logrando. Lo cierto es que aquel día la realidad se me presentó como un postre al que podía desarmar capa por capa, sin tentaciones. Una auto cirujía para extirparme del mundo. Nunca pude llegar tan lejos de mi, nunca tan cerca de despertar del otro lado.
No se trató nunca de intervenir esa sustancia tan frágil de realidad que se escurría con cada nivel que atravesaba. No era el objetivo llegar al código, a la fuente de la programación. Era mera curiosidad. Haber descubierto un ascensor, y todavía me cuesta descifrar si aquello era subir, o más bien bajar, descender hacia otro sueño más turbulento.
Crecí y no volví a intentarlo, aunque a veces, en los trayectos largos o en las noches de insomnio siento un impulso mínimo que me invita a volver a dudar y despegar la conciencia de las circunstancias. A veces pienso que vivir consiste en sostener el espejismo, en no mirar demasiado de cerca el tejido que lo sostiene, en ignorar esa puerta como defensa. Porque cuando una realmente mira con insistencia, la trama cede. Y lo que hay del otro lado no es necesariamente una revelación, una iluminación, sino un extremo vacío.
Algunas personas lo buscan con drogas, con meditación o con privación del sueño. Yo solo necesitaba moverme y pensar demasiado hasta colapsar la experiencia. Me recuerdo con 13 años, cruzando las vías, huyendo en secreto hacia ningún lugar, negando cada sombra, cada árbol del camino. Dudando de mi existencia descubrí una belleza descomunal. Sabe exquisito perder la forma, disolverse aunque sea un instante. Haber surcado esa frontera porosa me transformó para siempre .




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