Primera sesión

Reseñas generales

En la primera sesión con Federico no sabía con qué me iba a encontrar y me acuerdo de la ansiedad que sentí por conocer a mi nuevo psicoterapeuta, que en realidad era ansiedad de que me conozca a mí y me diga que todo está bien, que no hay nada demasiado malo en mí. Nos conectamos puntualmente a la hora estipulada. Me acuerdo de su figura, recortada nítidamente del fondo claro. Sus anteojos cuadrados, su cabeza calva y su actitud serena y elegante. Su cuello sostenía su cabeza como el pilar de un templo. 

No me acuerdo exactamente como comencé a hablar. Me pasa que intento ser correcta, esperar que el otro me de el espacio para ser, porque si lo tomo yo, eso me convierte en la invasora, la desubicada. Así que seguramente esperé una pregunta suya para comenzar, aunque también puede haber pasado que el silencio me haya incomodado lo suficiente como para querer romper el hielo, como una cañita voladora que debe explotar sí o sí, porque ya está encendida, porque está en su naturaleza explotar, desarmarse en el aire en pequeños destellos de luz. Ahora que lo veo en retrospectiva sé que en aquel momento lo que más me atormentaba no era la falta de respuestas, sino la falta de una pregunta adecuada. Estaba lidiando con réplicas de réplicas de réplicas de alguna catástrofe iniciática, ¿Qué más podía hacer sino temblar? Temblar y bucear en las huellas del impacto que hasta entonces había forjado mi semblante. Nietzsche dijo “Cuando miras largo tiempo al abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Y son ojos descarnados,los del abismo. Dejar que se posen sobre nosotros es un acto de valentía, y también de responsabilidad. Responsabilidad moral para no reproducir y perpetuar el dolor que nos constituye. Para eso estaba ahí, frente a la pantalla del celular, hablándole de mis padres y mi crianza a un desconocido. Quiero ser alquimista. Soy alquimista, intuyo que por eso también escribo. No me gusta y me aburre, ese discurso de la sanación a través de las pasiones, etc. Sin embargo, en este caso, no tengo más evidencias que a favor. Digo, hacer terapia psicoanalítica es un modo de escribir y reescribir con asistencia del otro, cambiar la puntuación, una palabra por otra que duela menos. Tejer sentido con la palabra En el ejercicio de escribir, quizás nos tendemos una mano a nosotros mismos. Nos brindamos ese espacio que adentro está tan comprimido.

No tardamos mucho en llegar al grano. Hablar de mamá y papá y el amor que recibimos de ellos en una primera sesión es como el sexo en la primera cita. De repente estaba desnuda, expuesta, despojada del texto que me había escrito hace tanto tiempo atrás. ¿Qué más podía hacer sino temblar? ¿Qué otra cosa sino desarmarme en el aire, en pequeños destellos de luz? Si para eso había venido. Porque ese momento era el destino de una larga peregrinación. 

Federico me escuchaba y al hablar, me disparaba con una suavidad destructora. ¿Me había amado realmente alguien, alguna vez?  Soy un sabueso de palabras. Mi rastreo es narrativo. 

Me atrevo a conjeturar que ciertas preguntas se compartan igual que los agujeros negros, como una suerte de aspiradora que succiona todo lo que lo rodea, cuya Singularidad se devora hasta su propia luz. ¿Serán las preguntas, las pupilas del abismo cuando nos mira?

Si la mirada de un otro nos vuelve reales, la mirada que volvemos hacia nosotros mismos, nos desdibuja. Y eso es liberador, liberador y aterrador en igual medida.

Hasta ese día, me creía la poeta atormentada que pese a su crianza plagada de afecto ambivalente, había aprendido a amar muy bien. Me creía con el derecho a protestar, con la altura moral para señalar lo mal que me amaban los demás. Por supuesto que sin la arrogancia que denotan estás acusaciones ahora. Pero en el fondo, en algún fondo esa arrogancia era la que me había mantenido viva. Pero era momento de morir. La mecha estaba encendida, el fuego corriendo hacía la pólvora y los ojos abiertos, fijados en el aire que nos une como un puente con el cielo. 

Lloré, me costó decirlo. Las palabras quedaban atrapadas en la garganta como moscas en una telaraña. Sabía además, que pronunciar es escribir. Que escribir es marcar. Es subrayar, es asumir. Entre lágrimas me confesé ante las fantasías que me habían llevado hasta ahí. Me doy cuenta que no sé nada del amor. – Dije. Y terminamos la sesión. Me quedé llorando con la cara hundida entre mis brazos. Sabía que debía lidiar con el terrible descubrimiento el resto de los días, de los años. Sin embargo, en lo profundo del barro, en ese opaco transicional algo se erige desde la dignidad. Y supe entonces que ya no sería la arrogancia la que me mantendría con vida.

(amor

no tengo que ir a buscarlo

tengo que quedarme a sentirlo)

 

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