Vilma
Reseñas generalesLa reunión con Judith había sido dos meses antes. Nunca más me llamó y asumí que no había conseguido el trabajo. Sin embargo cuando me dijo que la Acompañante Terapéutica que estaba dejaba el caso, acepté de inmediato, no me planteaba ninguna superposición horaria. Además, la casa de Vilma quedaba cerca a unas diez cuadras cruzando la vías del tren. No me costó encontrarla, el número estaba claro sobre las enormes puertas del garaje. Me encontré con dos timbres, toqué uno al azar y no tardé en escuchar el tintineo de las llaves al otro lado. Ahí venía, ahí giraba. Ahí apareció Vilma, por la puerta del garaje, diminuta y pálida, sus pupilas negras pedían permiso para existir en ese rostro tan blanco.
El olor a pucho la envolvía como una áurea enferma. La seguí por el garaje tras una espesa oscuridad, atravesamos el primer umbral de la casona para pasar al living inmenso, con ventanales de persianas cerradas. La penumbra no me impidió distinguir unos retratos colgados en la pared en donde la felicidad de un matrimonio se hundía entre las margaritas de un jardín. Había también un sillón impecable. En el medio de la sala, parecía casi como una trampa. El aire era tibio, si esforzaba la vista podía ver nubes de nicotina y humedad del encierro. Al otro lado del salón, una puerta abierta dejaba colar los rayos rabiosos del sol. La cocina era un enorme cenicero luminoso. Para llegar a otras partes de la casa, bastaba con desviarse del pasillo que empezaba en el living y desembocaba en una de las habitaciones. Pero nosotras siempre permanecimos en la cocina. De hecho, debíamos permanecer en la cocina. Apenas si pude ayudar... Supe muy poco de ella, profesora de literatura jubilada, había estado internada hacía unos meses por su bajo peso y una crisis nerviosa. No paraba de fumar, terminaba un cigarrillo y prendía otro. Tampoco dejaba de comerse las uñas. Uñas que se mezclaban sobre la mesa con cenizas y servilletas de papel usadas, fármacos, Malboros abiertos y cerrados, tenedores y algún repasador. El abrelatas también siempre a mano, porque lo único que comía Vilma eran latas de jardinera, que apenas enjugaba bajo el chorro de la canilla, y volcaba sobre el plato que decoraba con aceite y sal. Mis iniciativas de diálogo fueron en su mayoría preguntas. Cuando dejaba de preguntar, el silencio se extendía entre nosotras, como un cangrejal, hasta que volvía a compartir sus premoniciones - Yo sé que no estoy bien- Pero de ahí a que me maltrate… Tiene una mente homicida. Es especulador. Y no voy a llegar. Antes de que termine este proceso él se va ir y me va a dejar sin luz, aislada, incomunicada.-
Se refería a Abel, su marido, a quien nunca vi, ni escuché, pero siempre existió, quizás demasiado para Vilma. Ambos convivían bajo el mismo techo pero él nunca salía de “la parte de abajo”. Si bien la casa estaba en planta baja con respecto a la calle, desde la cocina, se accedía al patio trasero bajando unas escaleras que evidenciaban que era en verdad un primer piso. Allí, justo debajo de la cocina siempre estuvo él. La pesadilla de Vilma, el ogro a quien nadie de la familia podía ni ver. Nadie habló de violencia, no obstante Vilma le tenía muchísimo miedo y los demás, repulsión. No pude saber más sobre la relación. Con el mayor tacto posible acerqué información sobre refugios y posibilidad de acciones pero, cuanto hay de psicosis, y cuánto de realidad en el miedo de Vilma? Abel existía con certeza. Abel no salía de la parte de abajo. Pero quería matarla? La tenía bajo amenaza? Judith me lo dijo en la entrevista. Nadie lo trata a Abel. Nadie visita a Vilma para no cruzarse con él. El primer día me presenté y le conté mi rol. Le pregunté -Y vos, cuál creés que es el problema Vilma? - El problema - me dijo, -es que no tengo paz, pero tampoco quiero estar sola.
El segundo día me atendió Diana, la hija, estaba yéndose. Todavía tengo la sensación de sus ojos clavados en mi. Ojos redondos, intensos, petrificados, casi colgados de los míos. Cómo podía ser que no se diera cuenta que mirar a alguien de esa manera incomoda? Después entendí, Vilma me contó que Diana tampoco andaba bien. Había tenido un brote hacía un tiempo, y estaba medicada. Diana se presentó, se despidió y aquel día con Vilma salimos a caminar. Estábamos llegando a su casa y ya terminaba mi jornada. - Estoy aterrada, no quiero volver. De hoy no paso… Me va a dejar sin luz, se va a ir y me va a dejar aislada.-
- Vilma, ¿querés que llame a alguien? a tu hermana? a Diana?
- Diana no va a volver. Le sale mil pesos venir hasta acá y se fue hace un rato. Judith tampoco atiende.-
Le ofrecí entonces otra vuelta a la manzana, para respirar y encontrar el valor para entrar a su propia casa.
-Me va a dejar sin luz y yo que hago. Me va a devorar a la perra.-
Pero la perra se devoraba a sí misma. Alma tenía los ojos tristes y estaba enferma de sarna. Me dolía ver cuando se rascaba el lomo rojo, sin piel para arrancar. Cuando le pregunté a Vilma al respecto me dijo que ya estaba con tratamiento veterinario. Todo en esa casa parecía estar en tratamiento. Una resolución necrológica caminaba por las paredes, en el abandono de la casa se sentía el progresivo abandono de la felicidad, y la retirada de la cordura. La cocina parecía ser la trinchera, la esperanza. El único lugar que quedaba donde el sol y las visitas tenían permiso para estar y permanecer.
Vilma comía jardinera en lata o arvejas de caja, con aceite y sal. Hasta su alimentación era provisoria, de campamento, asfixiada y artificial. El agua de la canilla no se podía usar por una pérdida, también perdía el gas. En la punta de la mesa, a centímetros de la oscuridad, yo retrasaba todo lo que podía la cebada de un mate para llenar los tiempos de silencio abismal. Era imposible no sentir vértigo compartiendo tiempo con una mujer que lleva el peligro adentro. Necesite hablar con el equipo que la trataba pero nunca contestaron mis mensajes. Eran dos horas de mucha densidad, pocas palabras, miradas vacías o muy intensas discurriendo en un rincón de la casa. Vilma convivía con el miedo, con el miedo al miedo. La muerte le salía por la boca. Dormía con la certeza de que cada día era el último. - Y pensar que yo era una mujer independiente, iba de acá para allá, hacía reír a mis alumnos, iba y venía con los chicos. Me arreglaba. Mirame ahora, me da vergüenza verme en el espejo.- Yo le mentía diciéndole que era una señora elegante. Pero lo cierto era que Vilma desaparecía. Hasta las botas le quedaban grandes. Las migas se le quedaban prendidas cerca de su boca, y los dedos de las manos no tenían uñas salvo por unas líneas finísimas de nicotina. Sus ojos pasaron del negro a un gris profuso, infinito. Toda su casa se derrumbaba con ella. A lo último quedaba la cocina, un cuarto de aceite, un tercio de sal, un trozo de Alma que también desaparecía. Yo terminaba mi horario a las tres de la tarde, con todo el día por delante, pero no podía despegarme del humo, la mirada lastimosa de la perra, los ojos colgantes de Diana, el miedo nervioso de Vilma. Era imposible remontar el día, y la primavera apenas si existía para mi.
Creí que animarla a conquistar su propia casa habilitaría el control de sus profundidades. Recordé el cuento Casa Tomada y se lo mencioné. Podemos abrir la persiana Vilma, salir a tomar mate afuera mientras barremos la vereda, le sugerí un día.
-Si, pero él no quiere. Yo abro la persiana y él la baja porque dice que entra frío.
-Y por qué se hace sólo lo que él quiere? - Vilma ralentizó sus movimientos. Y no me dijo más nada.
Al día siguiente me sorprendió encontrar la casa con las persianas abiertas. Pensé que algo de lo hablado había hecho mella. Toqué el timbre pero nadie atendió la puerta. Llamé a Judith, llamé a Diana. Nadie me contestó. Esperé cerca de una hora y empecé a pensar lo peor. Decidí bordear la casa y saltar la ligustrina para llegar al patio y acceder así a la cocina. El corazón me martillaba, a esas instancias Abel era casi una figura mitológica y estaba a punto de pisar su territorio. Traté de esquivar la Santa Rita y logré llegar al otro lado. La puerta de la parte de abajo estaba abierta, crucé el jardín sigilosamente, me acerqué y el olor nauseabundo me nubló la vista. Esquivé una montaña de latas y bolsas rotas de basura. En la oscuridad no distinguí nada excepto los ojos de Alma, dos ojos de perra buena se acercaban con alarma y terror. La llamé con dulzura, y apenas logró asomarse hasta el umbral antes de desaparecer cuando desde adentro, algo la arrastró. Proferí un grito ahogado y la sangré se congeló. Me achaté lo más que pude contra la pared, y cuando tuve oportunidad, corrí por el patio sin mirar atrás. Sentí el acecho de una bestia colosal. Me va a devorar la perra, me había dicho Vilma. Y recordé que hacía rato que no sentaba a comer. Salté la ligustrina con la destreza que provee la urgencia y llegué hasta las vías, crucé al otro lado y solo entonces volteé a mirar. Podría jurar que vi a Vilma bajando despacio, la persiana.




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