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Reseñas generales

Nadar solo, la ópera prima de Ezequiel Acuña, lleva anotado el 2003 como su año de estreno. Es decir, ya tiene más de veinte años: hace rato que no es una película contemporánea, aunque a algunos nos parezca singular y extrañamente cercana. Pasa con el cine, pasa con la edad. O más bien pasa con la edad: películas que creíamos más próximas en el tiempo están más cerca -en años, no en afinidades- de la Guerra de las Malvinas que de este presente. Así es el caso de Nadar solo; pueden hacer la cuenta, o las cuentas.

 

“Este presente”, decía en el párrafo anterior. Quizás, como cantaba Ricardo Soulé en Vox Dei, siempre habría que decir el presente y nada más. La historia contada en Nadar solo no es precisamente contemporánea, pero no por esto de que ya pasaron veintidós años desde el estreno, y más aún desde el rodaje. La acción de Nadar solo ya no era contemporánea en el momento estrenarse y de rodarse. Su protagonista, Martín (Nicolás Mateo), tenía diecisiete años, pero no eran diecisiete años en 2003, ni tampoco en 2002, ni siquiera en 2001, año que todavía hoy se utiliza como referencia fundamental en películas y en conversaciones por fuera del cine.

A pesar de que esto no se explicita en la película, Martín es en realidad -o en alma, o en referencias- un ejemplar de humano de diecisiete años de la última década del siglo pasado, es decir, para ser breves: Martín es un adolescente de los noventa. Habría sido más que raro que un adolescente del siglo veintiuno dijera, con la convicción de haberlo vivido, que "antes Sacoa solamente estaba en Mar del Plata" al añorar la felicidad de la oferta reducida de algunas cosas y el valor otorgado por esa condición, el valor de llegar a o de conseguir lo que no está amplia y fácilmente asequible, casi siempre cerca, “en todos lados”. La disponibilidad acotada, como la de los alfajores Havanna “solamente en Mar del Plata” para una generación -tal vez sea mejor decir mini generación- anterior a la del director Ezequiel Acuña, se perdió (aunque en los últimos años esa misma marca de alfajores viene usando el lanzamiento de nuevos productos “solamente en Mar del Plata” antes de distribuirlos más ampliamente). O, tal vez, la disponibilidad acotada haya que buscarla en objetos más pequeños, o de artesanía y autenticidad más profunda o, mejor aún, en gastronomía menos industrializada, o no industrializada en absoluto. Pero esos son otros asuntos.

 

Una de las claves de Nadar solo, y esto está en su respiración, en su talante, es que tanto en la película como en su protagonista reside un sentimiento de pérdida o de pérdidas, percibidas o internalizadas incluso por alguien que ha vivido poco. Para Martín, extrañamente, aquellas pequeñas cosas que nos dejó Mar del Plata en algún pasado -¿será que hay que decir el pasado o se puede pensar en los pasados?- como exclusivas se perdieron, o se fueron perdiendo. Y esas pérdidas han sido distintas para diferentes mini generaciones (sí, pasados y no pasado). Podría pensarse -o no- que una mini generación abarca no más de un lustro (cinco años, aclaro, pero hace varias mini generaciones atrás había menos necesidad de aclarar), y aglutina a sus integrantes a partir de mínimos gestos, los cuales permiten visualizar, mediante huellas de recepción de objetos de consumo cultural, el perímetro y la temporalidad de un territorio de pertenencia.

El viaje de Martín a Mar del Plata marca definitivamente a Nadar solo. Lo insinuado en la primera parte, deambulatoria entre Barrio Norte y Palermo, se encamina y cristaliza frente al mar. Martín se está quedando solo en Buenos Aires: el solipsismo de sus padres es mayor que el suyo, su amigo del colegio está dedicado a su novia, con su hermana menor todavía mantiene el protocolo de la distancia del no afecto (o al menos su disimulo), y su hermano mayor es cada vez más una ausencia y menos una presencia lejana. A buscarlo en Mar del Plata se dispone Martín, pero antes vemos su vida en Buenos Aires, regada de pequeños absurdos escolares y domésticos, limitada a una porción del norte de la ciudad y signada por la música que prepara con su banda y la que escucha en los conciertos. Rapado de Martín Rejtman fue, en los noventa -a finales de siglo- para muchos chicos interesados en el cine, la afirmación de que era posible contar estas cosas, historias mínimas de Buenos Aires hechas imágenes y hechas sonido. Para conseguir esas imágenes y esos sonidos se estaban entrenando, en las escuelas de cine, mini generaciones de jóvenes. Quienes hicieron Nadar solo ya no eran la primera camada. Tal vez fueran una renovación montada sobre la renovación reciente: otros "modernos" del nuevo cine argentino (y hoy ya pasaron veintidós años). La de Acuña quizás fuera una mini generación para la cual el proceso de limpieza, de resta, de concentración y renovación iniciado por Rapado (1992), por Pizza, birra, faso (1997) de Israel Adrián Caetano y Bruno Stagnaro, por Mundo grúa (1999) de Pablo Trapero y llevado al límite por La libertad (2001) de Lisandro Alonso ya podía verse como un logro (y no hay que olvidar a los pioneros Alejandro Agresti y Raúl Perrone), como un punto de partida para agregar otras cosas.

 

Si Albertina Carri sumaba y reflexionaba sobre la representación cinematográfica y sobre el propio cine argentino en Los rubios (también de 2003), en Nadar solo Acuña partía de Rapado para añadir otras capas. Armado de precisión, Acuña describía con humor y distancia decreciente la atmósfera de colegio privado de los chicos de clase media de ese tiempo o esos tiempos. Pero Nadar solo iba más allá de la astucia a partir de la observación, o de la autobiografía. "En una novela los nombres nunca son neutros", decía David Lodge en El arte de la ficción; en Silvia Prieto tampoco lo eran, con ejemplos audiovisibles con claridad en las Silvias y en Garbuglia. Los nombres, generacionales, y los apellidos, territoriales, quedaban en Nadar solo ligados a las reiteradas menciones de calles y avenidas. Acuña sabía mapear su territorio, pero iba más lejos, y era lo suficientemente osado como para incluir emoción, en su variante pudorosa, en una historia de adolescentes. Y para que los nombres produjeran otros sentidos. En el más extenso fragmento en Buenos Aires la emoción se insinuaba, pero en cuanto Martín pisaba Mar del Plata y encontraba a Luciana (Antonella Costa), a su amor por el agua se sumaba un amor de conexiones: los peces, el mar, los caramelos de frambuesa. Con su mirada de belleza melancólica, Luciana iluminaba a Martín pero, como bien sabía Acuña, la adolescencia -para los más reflexivos- suele ser la época de las decisiones tomadas demasiado tarde. Ese amor contenido los iluminaba, Luciana iluminaba a Martín, pero Martín vivía bajo el agua, donde la luz viaja con menor velocidad. La adolescencia como el período de las oportunidades perdidas. Todo un conocedor nostálgico de esta probable verdad, Acuña les regalará a Martín y a Luciana una nueva oportunidad al final de Nadar solo, una película para saber cómo es la soledad. Y la soledad, como decía el Spinetta almendrado, tiene relación con luces en torno a alguien.

Comentarios 3

S
Santiago Buonasena13 de octubre de 2025
Gran pendiente. Vi varias de Acuña pero me falta su debut. Este artículo me entusiasmó mucho. ¡Saludos!
M
Mari Stocco11 de octubre de 2025
No vi Nadar solo, pero después de leer este texto me dieron muchas ganas. Parece una de esas películas que no necesitan grandes cosas para emocionarte, que te dejan pensando en el paso del tiempo y en esas pequeñas pérdidas que uno no nota hasta años después. Me intriga mucho esa melancolía suave que mencionás.
J
Jeroo Casco10 de octubre de 2025
Que lástima que no se hable tanto de esta peli. Es muy pequeña, íntima pero a la vez habla con mucho detalle y belleza de la importancia que tiene la búsqueda de sentido en el adolescente.

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