Lars von Trier y Kafka en un poema fragmentado sobre Europa

Reseñas generales

Cuando Lars von Trier estrenó Europa (1991) el continente todavía intentaba asimilar la caída del Muro de Berlín, sucedida dos años antes mientras el realizador se encargaba de la filmación de videos musicales. Impactado por los sucesos y con el incentivo de cerrar su trilogía europea —que cuenta como sus ingredientes previos con Forbrydelsens element (“El elemento del crimen”, 1984) y Epidemic (1987)— el joven Lars puso manos a la obra y decidió contar una historia que transcurre en la Alemania post II Guerra Mundial, ocupada, dividida, sangrante aún tras el presunto final feliz de la gran tragedia del siglo XX.

Lo que hizo el realizador danés fue contar la fragmentación del continente a través de la fragmentación del pasado. Y, también, de la fragmentación propia de una posmodernidad que en los 90s el cine adoptó como parte intrínseca de su estructura narrativa. 

Parado en el medio de la vida posmo, Von Trier se montó sobre un blanco y negro (como en Dogvlle, de 2003) con toques experimentales y manchas de color. Tres años después de Europa, Steven Spielberg hizo algo similar en este apartado visual con su multipremiada Schindler´s List (1994), a través de la recordada niña de vestido rojo.

“Lars von Trier es el Spielberg de la cámara chiquitita”, dijo alguna vez a este escriba el realizador mexicano Arturo Ripstein con motivo del polémico movimiento Dogma que Von Trier disparó en esa misma década. La máxima de Ripstein no fue, precisamente, elogiosa, pero ese es otro tema.

La Europa de Lars Trier está atravesada por la intriga, el vértigo y, sobre todo, por técnicas de realización que echan mano a un recurso que el teatro también ha usado de forma más o menos habitual en la era contemporánea: la proyección de fondo. En este caso se trata de proyecciones multicapa, técnica (y táctica) visual inspirada en el cine clásico de Hollywood, que fue parte de legendarios largos como Citizen Kane (Orson Welles, 1941), The Third Man (Carol Reed, 1949) o Vertigo (Alfred Hitchcock, 1958). Sin embargo, hay un realizador que parece ser centro del posible homenaje que parece llevar a cabo Mr. Lars: el irrepetible Andrei Tarkovski (Solaris, 1972; Stalker, 1979). La sensación de ensoñación que provoca esta técnica aparece reforzada en el film desde la primera escena con la voz narradora, a cargo de legendario actor británico Max von Sydow, que hace de la omnipresencia narrativa un género artístico en si mismo.

 

Trama /casi) macabra

El meta-homenaje a Hitchcock es porque la trama del film está centrada en Leopold Kessler (Jean-Marc Barr), joven estadounidense de ascendencia alemana que llega a Alemania para trabajar en la compañía ferroviaria Zentropa y que, de un momento a otro, se ve involucrado en la oscuridad de un grupo de nazis que ofician de patrulla perdida del Führer que se hace llamar "Werwolf". A modo de extra, el bueno de Leopold entabla una relación amorosa con la hija del dueño de la empresa.

¿Cuánto hay de los protagonistas de Idioterne (“Los idiotas”, 1998) en los “Werwolf” nazis? Quitemos del medio las muecas patéticas que ejercitaban los protagonistas del film de fines de los 90s y lo que tenemos en pantalla es más o menos lo mismo: alienación y una dosis alta de psicopatía.

 

En el nombre de Kafka

Hay un guiño a Franz Kafka desde el título mismo del film. Europa es, antes que nada, una referencia en escala 1:1, como en el cuento Del rigor de la ciencia (1946), de Jorge Luis Borges, aquel en el que un mapa es diseñado en escala perfecta, con el mismo tamaño del terreno. Y si Borges aparece en el aire no sorprende que la presencia como referencia excluyente sea Franz Kafka. En particular, la película se enlaza con la obra inconclusa del escritor checo: América.

Así como Kafka imaginó una América extraña a su protagonista/alter ego, el realizador coloca a su personaje/peón principal, un chico made in USA, en una Europa devastada y rota, casi un laberinto de espejos resquebrajados.

Al igual que en América, el protagonista de Europa es un joven idealista, puede que imperdonablemente naïf. Pero dejando de lado el cliché al que apeló el director, el eje es la realidad burocrática y opresiva a la que se enfrenta nuestro antihéroe. 

Indefensión, alienación, absurdo. Kafka eyectó para siempre al firmamento de los recursos narrativos esas tres características de un personaje y Von Trier, como buen soldado de las referencias, las hizo propias y en ese tren (con perdón de la metáfora) le ganó claramente al gran copyandpaster del cine: Quentin Tarantino.

Kafka va en tren, Lars en avión 

Por las vías hipnóticas del tren que se nos muestra de forma explícita en los títulos de crédito, Lars le compra un boleto para pasear a Franz y lo lleva a recorrer su trencito de la alegría alegórica, pero intoxicado de claustrofobia y mucha, mucha paranoia.

Los rotos sean unidos. Salud Lars, salud Franz. Pero, pasado el trip, la realidad de Europa seguía estando allí.

Kafta comenzó la escritura de América en 1912. Ese mismo año hizo lo propio con La metamorfosis. La concentración en la que es considerada su obra maestra dejó de lado la continuación del texto que inspiró a Von Trier. Luego el joven Franz continuó con América, a la que volvió a suspender en 1914, cuando se dedicó a otro de sus enormes cuentos, En la colonia penitenciaria. Nunca más retomaría esos escritos. Ese mismo año fue, además y sobre todo, el de la Primera Guerra. Ocho décadas entre una tragedia bélica y otra.

(N. de A.: estas líneas se terminaron de escribir mientras, en Medio Oriente, Israel e Irán se batían a duelo bombardeando poblaciones y presuntas instalaciones nucleares, con la previsible intervención de Estados Unidos como actor omnipresente)

Von Trier, como evidente admirador de la obra de Kafka, le imprimió a los personajes de Europa los mismos tatuajes emocionales de los sufridos personajes del escritor checo. Por momentos el protagonista de Europa recuerda en toda su audiovisualidad al símil que encarnó Anthony Perkins en The Trial (Orson Welles, 1962), quizá la mejor adaptación que el cine haya dado sobre la obra del literato.

 

 

Miscelánea

 

  • Como si se tratara de una cuestión de principios, de comunidad y buenas armas entre vecinos, cinco países europeos coprodujeron el largo de Von Trier: Dinamarca, Suecia, Francia, Alemania y Suiza.
  • La película se filmó en locaciones de Polonia y Dinamarca.
  • Entre los nombres que aparecen en los títulos de crédito de Europa se ubica uno que es fetiche ineludible: Udo Kier. El actor alemán ícono del cine europeo —con más de 200 películas en su historial—, fue parte del universo Von Trier en los tres films de la trilogía Europa.
  • En tanto, otro nombre habitual en la obra del realizador es Jean-Marc Barr, quien debutó en este trabajo con el amigo Lars y repitió en Breaking the Waves (1996); Dancer in the Dark (2000); Dogville (2003); Nymphomaniac (2013). 
  • La música, una protagonista más de la historia, fue compuesta por Joachim Holbek, colaborador frecuente del realizador.
  • La distribución internacional le jugó en contra al film: en los Estados Unidos se estrenó bajo el título de Zentropa para evitar confusiones con el largo Europa Europa, realizado meses antes y dirigido por la polaca Agnieszka Holland.
  • A la hora de los premios, Europa se llevó un total de 17 en distintas competiciones, pero los más sonoros fueron los del Festival de Cannes de 1991. Allí el film cosechó tres galardones: Premio del Jurado, Gran Premio Técnico y Mejor Contribución Artística. Von Trier no quedó conforme con la premiación y abandonó la sala al no haber sido ganador de la estatuilla más deseada, la Palma de Oro. 

 

 

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Comentarios 1

J
Jeroo Casco4 de julio de 2025
Von Trier siempre intentó vender la idea del rebelde con causa en la escena del cine independiente. En mi opinión, sin sonar muy pretencioso, solo puedo resumir que es un tipo que tiene una valentía tremenda. Se mete en proyectos que todos quisieran llevar a cabo pero nadie se atreve.

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