¡Tú no, Perseo!
Reseñas generalesAntes de comenzar mi relato, explico por qué elegí hacerlo sobre Perseo.
Además de ser uno de mis personajes mitológicos preferidos, considero que los semi dioses de la antigüedad son los superhéroes de hoy. Y parafraseando a la tía del hombre araña, los superhéroes despertaron y despiertan en nosotros nuestras mejores cualidades, nos inspiran a ser mejores, existan o no.
Por eso me preguntaba, ¿qué hubiera pasado si mi héroe preferido no hubiera cumplido con su misión?
No solo mató a Medusa. Estudié mucho sobre él. También fundó la ciudad de Micenas. Allí se fuciona la mitología con la realidad. Y luego enfrentó a las mujeres del mar y al mismísimo Dionisio, quien lo mató.
Esto es lo que se me ocurrió:
Hermes estaba de pie, de brazos cruzados observando serenamente a Perseo mientras realizaba sus ejercicios de la mañana. No lo aprobaba.
—¡Muévete, Perseo! ¡Es muy poco lo que estás dando!
—Pero recién me dijiste que mi habilidad física superaba a la de cualquier mortal, hermano.
—Eso fue recién. Vive el momento, hermano. No te quedes en el pasado. Tienes que ser más veloz. Tú puedes más que eso.
»Ahora detente. Vas ha hacer el salto en largo, y después el salto en alto.
Hermes le mostró a Perseo cómo hacer esos saltos. Toda la mañana estuvieron practicando y al mediodía el mismo dios dio de comer a su medio hermano pescado asado. Ni bien terminó siguieron practicando, esta vez, lucha, y luego pancracio, que es como una mezcla de lucha con boxeo. Y por último el lanzamiento del disco. A la noche cenaron. El entrenamiento era tan intenso que ningún otro mortal lo habría resistido.
Al otro día, cuando Perseo despertó, estaban al lado del lecho improvisado en la playa, Hermes y Palas Atenea. Ella admiraba mucho a su hermano. Con una sonrisa lo saludó y Perseo se sintió reconfortado.
Atenea le mostró el escudo de bronce pulido a espejo.
—Mira, Perseo, esta misión es encomendada por nosotros, los dioses del Olimpo, a ti. Solo tú puedes enfrentar a Medusa. Tienes que cortarle la cabeza y traérmela. Usarás este escudo para que a travé de él puedas verla, ya que si miras su rostro directamente con tus ojos, te convertirás en piedra. Por eso Hermes te está entrenando tan duramente, para que desarrolles tu habilidad física al máximo.
—Mira, hermano —le mostró Hermes unos objetos— estos objetos son sagrados. Nunca se los hemos dado a un mortal antes que a ti. Las sandalias te permitirán volar. Practicarás mucho antes. El casco te hará invisible. La hoz te permitirá decapitarla ya que nada más puede cortar a Medusa. En esta bolsa de cuero meterás la cabeza cercenada.
—Ten en cuenta que no puedes fracasar, hermano, Perseo querido —le dijo cariñosa Atenea—. Pero no hay más tiempo.
—Hoy practicaras con las sandalias, luego lucharás conmigo y te iras al extremo occidental para cumplir con tu misión.
Hicieron como dijeron.
Perseo viajó toda la noche, volando velozmente sobre el ancho mar. El viento frío le helaba el rostro y el pecho. Llegó a una isla oscura. Allí vivían la tres gorgonas, Medusa y sus dos hermanas mayores. Él se metió en la cueva horadada en la pared de una sola roca de la enorme montaña. Se hizo invisible. Puso enfrente suyo al escudo agarrado a su antebrazo izquierdo. Empuñó fuertemente la hoz con su diestra y voló suavemente entre la enorme cadena de cavernas.
Una tenue luz iluminaba fantasmagórica y rojiza el final de una cueva. Él fue hacia ella. De lejos las vio a las tres echadas sobre una enorme piedra lisa en medio de un lago. El fuego iluminaba la enorme caverna.
Medusa estaba acostada en medio de las otras dos que eran notablemente más grandes. Jugaba con los cabellos de serpiente de su hermana mayor, que era quien más la cuidaba. La otra las ignoraba. El fuego estaba detrás de ellas y la benigna sombra no permitió a los ojos de Perseo verla con nitidez.
Pero ahora, ¿qué hacer?
Solo se le ocurrió dar un golpe con el escudo contra la pared. Tenía que separarlas y quedar a solas con su objetivo.
Las tres se sobresaltaron. Nunca en sus siglos de vida alguien se había atrevido a entrar en su morada. Estaban espantadas tratando de descubrir al insolente. Escucharon otro golpe metálico y la hermana del medio salió volando furibunda hacia donde estaba Perseo, mientras la mayor abrazaba a Medusa y huían hacia otro lado.
Luego de una cruenta batalla Perseo vence de un golpe a la gorgona y sigue en busca de la otra.
Pero la más grande de las gorgonas casi lo mata con sus uñas de bronce de no ser por la interrupción de Pegaso, uno de los hijos de Medusa. Esto le dio la oportunidad a Perseo de derrotar a la gorgona mayor dejándola desmayada de un golpe.
Como un rayo llegó Perseo hasta la gorgona excelsa, Medusa. Dejó la hoz rozando su cuello mientras la miraba por el espejo del escudo. Ella se quedó inmóvil. Sabía que un mínimo movimiento en falso la mataría.
—¿Por que quieres matarme? —lloriqueó ella.
—Porque es mi misión.
—Yo no te he hecho nada…
—Los dioses me dieron estamisión.
—Tú te metes en nuestra casa como un insolente ladrón y nos quitas la paz. Nosotras no te hemos hecho nada. Y tú quieres matarme por una misión que ni siquiera entiendes.
—Yo… no puedo fallar. Los dioses confían en mí.
—¿Y, por qué no viene Atenea a matarme? El problema es entre ella y yo. ¿Por qué te envía a tí? Deja que los dioses arreglen sus asuntos y tú libérate de esta carga.
Perseo lo pensó un rato y luego aflojó el brazo alejando la divina arma.
—Prometo que no te haré daño, Perseo. Eres un buen hombre.
Perseo la dejó y se fue.
Estaba muy cansado. Se echó a dormir en medio de un bosque. Al otro día, al abrir los ojos, se encontró con Pegaso. Se levantó, quiso tocarlo. El caballo alado estaba frío y rígido como una piedra. Era una hermosa roca de mármol.

Cuando Perseo salió de su estupor se dio cuenta de que no tenía sus divinas armas. Estaba solo en medio de aquel bosque y advirtió lo peor: dejar viva a Medusa fue una mala decisión, ahora Pegaso estaba muerto. Y quien sabe a quien más mataría la gorgona.
Varios días le costó salir de aquel bosque y para cuando lo logró se encontró con que estaba en una ciudad desierta. Pidió ayuda. Nadie salió a su auxilio. Hasta que encontró varias estatuas de mármol que con el rostro aterrado trataban inmoviles de escapar de algo.
Una persona estaba viva, la reina de Etiopía: Casiopea.
Cuando él la vio se dirigió a ella y ella cayó en sus brazos llorando desconsolada. Él le preguntó:
—Mi Señora, ¿quién es usted y qué sucedió en esta hermosa ciudad?
—Debes saber, forastero, que soy Casiopea, la reina de Etiopía y que por mi culpa ha caído esta calamidad en todo mi país.
»Estando yo embelesada por la belleza, la bondad y la sabiduría de mi hija, la adoré como a una diosa, e hice que mi pueblo le rindiera culto. Los dioses del mar Rojo se ofendieron. Prometieron un castigo. Fuimos a Tebas buscando solución en el oráculo de Amón, pero este nos dijo que la única solución era ofrecer a mi hija Andrómeda en sacrificio a Ceto, la diosa con forma de enorme pez. Llevamos a nuestra hija hasta la piedra del sacrificio donde la ataron mis hombres. Vimos aparecer a Ceto, gigante, monstruosa. Pero antes de que ella llegara la interceptó un monstruo alado. La vi desde atrás y me di cuenta que la gran Ceto se había quedado convertida en una enorme mole de roca. Salí corriendo. Solo escuchaba a la gente gritar. Los gritos se ahogaban rápidamente. Pronto me di cuenta de que los guerreros caían convertidos en estatuas. Me quedé tendida en la arena y tapé mi rostro boca abajo. Al día siguiente fui a ver, y me encontré con que mi hija Andrómeda estaba convertida en roca, fusionada con la piedra del sacrificio. Luego al volver a la ciudad me encontré con muy pocos sobrevivientes. Fue mi culpa… mi culpa… solo mía… —terminó de decir y se ahogó en llantos.
—No. Fue mi culpa.

Perseo sintió que el pecho le explotaba de culpa. El remordimiento le roía las víceras y el llanto lo invadía a cada momento.
Estando en el puerto veía llegar pocos navíos que venían de Egipto y de Grecia. Todos con la misma historia: la gente convertida en piedra, incluso su madre, Dánae, había fallecido de la misma forma.
Una noche, estando Perseo abrazado a la estatua de Andromeda, llorando, sintió un viento que venía desde arriba. Sabía que se trataba de ella y quiso verla para encontrarse con la muerte. Pero la muerte se alejó de él porque Medusa traía puesto un velo sobre el rostro. Escuchó su escalofriante voz:
—¡Hola, Perseo! ¿En que has estado pensando últimamente?
—En que debí obedecer a los dioses. Creí en ti, en vez de creer en ellos, en ellos que habían depositado su confianza en mí.
—Yo no te mentí. Dije que no te haría daño y no lo hice.
—Mátame.
—No. Debo cumplir con el trato, no te mataré. Aprende esto: Cada quien es lo que es, y por eso hace lo que hace. Los dioses vieron lo que yo haría y que solo un mortal podía detenerme. Yo seguí haciendo lo que se hacer. Tú te traicionaste a tí mismo.
Así terminó mi historia, pero si alguien prefieren una revancha para Perseo me lo dicen en sus comentarios.




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