Conclave, Karma Police y Papado
Aspectos socioculturalesEn el videoclip de ‘Karma Police’, la reconocida canción de la banda británica Radiohead, se hace énfasis metafóricamente en la frase de Nietzsche “Si miras fijamente al abismo, el abismo te devuelve la mirada”, es decir, si observamos en profundidad los rincones más escondidos de nuestro ser, puede que se vuelvan contra nosotros o que nos enfrenten de manera tal que nos hagan replantear todo por un momento.
Un tranquilo Thom Yorke canta mientras el conductor de un auto prende las luces en un oscuro camino. Vibras de Lost Highway se hacen presentes cuando de la nada se aparece una persona en el medio del camino, perdida, solitaria, casi como desesperada por salir de ahí, con temor a que el auto le choque. Sabemos que puede hacerse a un costado, no hay nada que se lo impida. Pero no sabemos quién es. El giro, o más bien la sorpresa, se da cuando el hombre cae al piso, apoya sus brazos en el suelo como pidiendo clemencia, se levanta y da la vuelta, observa fijamente al auto, y prende un fósforo a escondidas para emprender su venganza.
La gasolina que perdió el auto durante el camino se transforma en objeto de karma y le da la razón al filósofo alemán: toda decisión tiene sus consecuencias, y el solo peso de haberla tomado puede resultar fatal. Pero ¿cuál es la relación que podría llegar a tener esto con la elección del nuevo Papa y con la aclamada obra de Berger, se estarán preguntando ustedes, quizás? Más abajo me explico.
Si ya pudieron ver el videoclip que les dejé más arriba, o si ya lo habían visto y lo recuerdan, hay un detalle que resalta la idea del abismo. Este misterioso extraño cuando cae rendido ante la insistencia del auto que le persigue, parece estar “rendido” de cierta manera ante alguna deidad, casi como orándole a alguien. Pero su frustración se desvanece rápidamente y emerge como una presencia amenazante ante lo que, paradójicamente segundos antes, era su amenaza.
Si esto lo extrapolamos al contexto religioso actual, la lectura resulta inevitable. O por lo menos para mí. Hoy la empresa comandada por el recientemente electo Robert Prevost, que será conocido como el Papa Leon XIV en pocos días, necesita más que nunca en su larga historia de nuevos adeptos que se sumen a la famosa causa. La realidad es que las nuevas generaciones no tienen mucho interés en la religión, pero más precisamente en la idea de un ser superior. ¿Por qué? En una sociedad profundamente egocéntrica, ego-idealista y narcisista, el espacio que le damos al malgaste energético en estas cuestiones (perdón si sueno extremista, pero no podría bajo ningún parámetro quitarme responsabilidad moral y ética para atribuírsela a algo que mis ojos no ven) se encuentra radicalmente reducido. Cúlpese a las redes sociales, al sistema educativo y a quien o que se quiera, pero es así.

Y Conclave, título de una naturaleza casi aterradora en relación a estos eventos recientes, entra desde el banquillo a la conversación por mandato obligatorio. ¿Querían popularidad, cristianos? Pues acá está. Esta es la piedra angular, este es el comienzo de los comienzos. Este puede ser el reinicio, el que buscaron con pasión, paciencia y dedicación. Los juegos del hambre y el poder, o del hambre de poder, se han reseteado señoras y señores. En la película protagonizada por el inmenso Ralph Fiennes - citando la sinopsis a modo de refresco - el Papa ha muerto y se debe designar uno nuevo. Ficción y realidad se desdibujan, y como la mayoría de todos nosotros, nunca sabremos los secretos que se esconden detrás de las altísimas paredes vaticanas.
Con una dinámica al mejor estilo Game of Thrones, el Cardenal Lawrence (con un finísimo Fiennes mezclando sutilmente guiños a varios personajes de su filmografía) se encarga de mirar de reojo y con una milimétrica atención a sus colegas designados para elegir al nuevo Pontífice. El thriller religioso del director de Sin Novedad en el Frente se carga de una tensión constante para luego darnos un mensaje de esperanza dentro de tanta miseria corporativa: lo “genuino” canta victoriosa ante lo “popular”. La opción menos pensada gana. "Y ganamos todos", habrán pensado algunos pocos. Pero yo no compré. Llámenme pesimista, pero esa porción de la ficción me resulta hipócrita.

Saben, realmente no entiendo el hecho de poner todo de sí en pos de pensar que una fuerza externa nos puede salvar. Voy a hacer una confesión sobre algo reciente que me sucedió, y es algo fuerte. Ayer acompañé a mi hermana a un hospital psiquiátrico para que la vea un especialista en salud mental. Estuvo tres días conmigo tras sufrir una recaída emocional en su trabajo, y me hice cargo de todo para que no caiga de nuevo. Mientras esperábamos por la atención del psiquiatra (que luego la diagnóstico presuntivamente con depresión moderada) había una madre en edad bastante avanzada que consolaba a su hija alcohólica (y en un estado de depresión mucho más agudo que el de mi hermana) y a su vez le pedía a Dios por un milagro. Eso lo entiendo. Pero parecía querer desligarse. “Dios tiene que hacer algo. Él va a revertir esto”, repitió varias veces.
Ya no tengo barreras éticas y morales que cruzar con estas cuestiones. Todo lo que tengo en común con la religión y la iglesia, su historia y sus pecados, toda mi absoluta indiferencia hacia esta empresa, ya la he superado. Mi repulsión es constante y aguda, y espero un mundo mejor para aquellos que sólo pregonan sus valores con la propia fuerza de voluntad. De hecho, quiero que mi pensamiento se contagie a otros. No quiero que nadie escape a esto. Pero incluso después de admitir mi filosofía, no hay catarsis; mi ego no me elude, y cada día logro un conocimiento más profundo y determinante de mí mismo. No se puede extraer ningún conocimiento nuevo de mi relato. Este artículo, quizás, no ha significado nada.
POR JERÓNIMO CASCO
Publicado el 12 de MAYO del 2025 | 23.08 PM | UTC-GMT -3
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