Los cortometrajes perdidos proyectados en la Semana del Cine Recuperado Más allá del olvido
Reseñas generales“Todo estos momentos se perderán en el tiempo, como lágrimas en la lluvia”, decía el personaje de Roy Batty al final de Blade Runner. Y las películas, como la memoria, corren el peligro de desaparecer y de hecho han desaparecido a montones. Según un estudio hecho en los últimos años por la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, cerca del 80% de las películas hechas entre 1912 y 1930 se perdieron. En Argentina, la ausencia de una política estatal dirigida a que haya una cinemateca que preserve latas en fílmico es de una negligencia activa cuyos estragos aún no se pueden llegar a contabilizar. De no ser por el trabajo infatigable de cinematecas y restauradores a lo largo del mundo esa estadística podría ser aún mayor.
En ese sentido, y siguiendo el modelo de festivales como el Festival de Cine Recobrado de Valparaíso o el Il Cinema Ritrovato de Bolonia, Malba en conjunto con el Museo del Cine lanzaron la Semana del Cine Recuperado Más allá del olvido, que transcurrió por el espacio de cinco días, del 15 al 19 de enero, entre proyecciones y charlas.

La proyección inaugural fue con La gota escarlata de John Ford, película que se creyó perdida por mucho tiempo hasta que fue recuperada por el académico chileno de la Universidad de Viña del Mar, Jaime Córdova. El film fue restaurado y luego escaneado por la Cineteca Nacional de Chile. Esta obra fue acompañada por la argentina “El monumento a Cristóbal Colón” y la chilena “La transmisión del mando supremo” de Alfredo Serey Vial y Nicolás Martínez Esquerro.
El viernes 17 pude asistir a la función en el MALBA dedicada a proyectar los cortometrajes producidos por alumnos del Programa Instituto Cinematográfico de la Universidad Nacional del Litoral. La carrera duró desde 1956 hasta 1975, como dijo el investigador y docente Fernando Martín Peña en su presentación. Concluyó en medio de las turbulencias que antecedieron al golpe militar de 1976. Sin embargo, hasta su fin se produjeron muchísimas obras de valioso interés cultural.

“El Instituto tiene un primer momento de asombro nacional primero y después en la región con el estreno de Tire Dié, una película que se terminó en 1958 pero que se volvió a compaginar y se presentó más breve y de manera más profesional en el 60. Y la producción de cortos de alumnos empieza más o menos ahí, a la par de Tire Dié. Hay cortos sobre intervenciones quirúrgicas, hay una intención de parte de la dirección de integrar de distintos modos, no necesariamente cinematográficos, la producción con la sociedad santafesina”, contó Peña.
Birri dejó la institución en 1962 y la escuela quedó a cargo de otros directores. Los años posteriores, hasta la clausura de la carrera en 1975, son casi desconocidos para la historia formal del cine argentino. “Como pasa un poco con la carrera de La Plata y con el IDAC, es una zona todavía demasiado secreta del cine argentino y que pertenece perfectamente a ella. Así que se puede integrar todo el cine de la escuela de La Plata como el de la escuela de Santa Fe al cine de la generación del sesenta, entre otras razones porque muchos de los docentes que los alumnos tuvieron en ambas carreras fueron directores o técnicos que trabajaron en las películas de esa generación, entonces se prolongaron en sus estudiantes de forma natural”, afirmó el investigador.

El primer cortometraje, “Un acto” (1962) dirigido por Federico Padilla, tiene una importancia histórica particular ya que está basado en el cuento aún no publicado “Tormenta de verano”, escrito por el más tarde reconocido escritor Juan José Saer. Filmado en el centro de Buenos Aires, transcurre sin diálogo alguno una historia protagonizada por una mujer que vive consternada en su departamento. El poder de la imagen hace que tenga varias posibles interpretaciones, siendo la central tal vez una maternidad impuesta y no deseada. La breve, casi inexistente presencia del marido, apenas visto en el reflejo de un espejo, y la presencia de un niño que de manera ambigua parece querer ser tirado por un balcón por su madre permiten interpretar aquellos significados. Un gran manejo de cámara y una tensión constante atraviesan este cortometraje. El cuento finalmente fue publicado tres años después como “El balcón” dentro del libro Palo y hueso.
“El potro salvaje” (1971) de Darío Díaz es una especie de retrato de un músico santafesino de folklore, que a su vez está inspirada en el cuento homónimo de Horacio Quiroga. Sigue la vida de un músico desde sus inicios hasta su inmersión en la industria musical. Tiene un registro documental combinado con el aspecto más literario del escritor, con algunos interludios compuestos por citas del cuento y por secuencias musicales del cantautor.

“El asesino” (1971) de Celia Pagliero está en un tono totalmente distinto y hasta es una anomalía al ser un cortometraje de ciencia ficción en tono satírico. Se muestra un futuro totalmente automatizado, en el que el protagonista tiene un reloj-teléfono, y en el que sus diferentes electrodomésticos de su hogar hablan; el horno emite una voz al tener que sacar su comida, por ejemplo. Se realiza una crítica hacia una problemática que curiosamente es atemporal; la manera en la que la publicidad (y en la actualidad, las redes sociales) nos llevan a consumir y a estar a último momento con absolutamente todo. El hombre enloquece ante tanta tecnología y destruye un televisor en un fuerte plano con el aparato prendiéndose fuego. Más tarde, le confiesa a su terapeuta lo innecesario de estar al día con los productos, y una agencia de marketing aprovecha el acontecimiento para vender televisores “a prueba de asesinos”.
“Florentina” (1971), dirigido por Jorge Colombo, es una aproximación no convencional de un cortometraje documental. Se registra la vida de una maestra y directora de la escuela en la que más que sus experiencias tradicionales de su profesión se exploran otras facetas desde una óptica más contemplativa y hasta poética. Es un retrato en donde se manifiestan la soledad, la melancolía, el compromiso y hasta una mirada a su propia infancia, mientras curiosamente también se deja registro del propio hecho de filmarla, en un interesante ejercicio metaficcional.

“Monzón” (1972) de Julio Toledo, como su nombre lo indica, es un retrato documental de los inicios profesionales del reconocido boxeador, mientras que “Puerto Piojo” (1971) de Luis Cazes y Rodolfo Freire es un intento de reconstrucción de un área que estaba desapareciendo poco a poco a través de la boca de un poblador de aquella región.
Finalmente, “La casa” (1969) de Enrique Butti es una anomalía total. Un cortometraje que se mofa de la propia temática documental que debían hacer y al cual se oponen tanto en su concepción como en su forma y contenido. Es un relato audiovisual en el que abunda el caos y en el que se busca de forma explícita romper con una determinada narrativa lineal. Hay personas disfrazadas realizando diversas acciones, hay planos fijos sin ninguna acción determinada, hay un paneo a la cámara que incluye a un espejo, al cual saluda el director y miembros del equipo que están filmando, hay breves exposiciones de un aparente libro infantil, todo para realizar una crítica a las maneras impuestas de contar tanto de la universidad como del gobierno dictatorial de turno.
Si bien solo pude asistir a dicha función en todo el festival, me quedó más que clara la importancia cultural y patrimonial de un evento de tales características, inédito hasta la fecha en el país. Es una movida necesaria en muchos sentidos, tanto para concientizar acerca del valor de la preservación e impulsar futuros proyectos de restauración y de rescate como para exponer al público general obras inéditas. Espero que se convierta en un festival permanente y recurrente.
Publicado el 21 de enero del 2025, 4.00 PM | UTC-GMT -3.
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