Orlando: de la valentía de Virginia Woolf a la tibieza de Sally Potter

Narrativa

“Ese soy yo”, dice mirando a cámara la actriz Tilda Swinton en el film Orlando (Sally Potter, 1992), donde encarna a la/el protagonista de la novela que Virginia Woolf escribió en la década de 1920 (Orlando: A Biography, 1928). A través de una historia que atraviesa el tiempo y la corporalidad, que comienza en la era Isabelina* y finaliza luego de iniciado el siglo XX, el texto de la escritora británica constituye una icónica descripción de su época y también una declaración de amor hacia su amiga/amante, la poetisa Vita Sackville-West.

Orlando fue escrita y publicada en una Gran Bretaña sobre la que todavía flotaban algunas de las luminosas estrellas de la Belle Époque. En ese contexto histórico-geográfico, Virginia, mientras escribía el derrotero de su heroína, le enviaba cartas de amor a su musa. 

 

“Yo quiero a Vita; quiero al insecto, al crepúsculo. Y no he dicho mucho de nada ni te he dado una idea de las altísimas y aterradoras olas y los profundos pozos infernales a los que asciendo y desciendo en pocos días. Como todos. Subimos y bajamos violenta, incesantemente, y me siento algo avergonzada, ahora que trato de escribirlo, de ver qué minúsculo egoísmo hay en el fondo de todo eso, por lo menos en mi caso: que no puedo escribir mi novela, que debo salir a tomar el té, que tendría que comprar un sombrero. Ah, pero también está Vita. Quererla no es un egoísmo minúsculo”.


 

Carta de Virginia a Vita, marzo de 1927.


El intercambio epistolar que Virginia Woolf mantuvo con Vita Sackville-West entre 1923 y 1941 (¡18 años!) es parte fundamental de la conformación teórica y sentimental de la novela mencionada y muy probablemente también de casi toda la obra literaria de su autora. 

 

En 1992, la directora Sally Potter (La lección de tango, The Party) se sumergió en las páginas de Orlando y lo sincronizó con las postrimerías del siglo XX, cuando el patriarcado seguía sin dar señales de retiro.

En el film hay un sonido recurrente y es el latido de un corazón: el de Orlando (que es, en el metatexto del largometraje, el de Vita), el cual atraviesa pasajes de la banda de sonido, marca pulsos, intensidades, quiebres, cambios.

 

El corazón también aparece en los subrayados. En el marco de la narración cinematográfica, los momentos en los que Orlando rompe la cuarta pared lo hace mirando al lente, remarcando la intención del texto. Sally Potter arriesga con el discurso que toma de Woolf haciéndolo propio, pero se asegura también de que el mensaje llegue a un público amplio. Estamos en 1992 y la ideología que impera en el arte para masas y en el mundo del espectáculo sigue sosteniendo la mirada del hombre como default y la de la mujer como rareza alternativa. La deconstrucción de los sexos y sobre todas las cosas de la línea ideológica del cine comercial está, con George Bush (padre) como jefe de la Casa Blanca, lejos de las expresiones rupturistas.


 

“Siempre estoy segura de que te vas a ir con otra ni bien puedas (vos misma lo decís, criatura malvada, al final de tu última carta, que es cuando la víbora da la mordida fatal, y todos nuestros intercambios están teñidos de esa melancolía mía y este deseo de tener de nuevo la nariz bien, para tenerte un ratito más cerca de mi. Quizás, como te decía, ganamos en intensidad lo que perderíamos con las sobrias virtudes de una amistad larga, segura, respetable, fría y casta”.


 

Carta de Virginia a Vita, octubre de 1927.


“Muerte”, “Sociedad”, “Sexo”, son algunos de los intertítulos que aparecen en la película de Potter y, de forma tácita y omnipresente, en las cartas de Virginia. Pero, por sobre todo, estelarizan el viaje ensayístico que encara la escritora en su libro a través de la historia británica y la narrativa de su propia vida sentimental.

El sexo, en el caso del film, aunque lo atraviese de inicio a fin, adquiere relieve en su última parte. Potter lleva a Orlando hasta su presente, el cual la realizadora transforma en lienzo para escribir/filmar un anexo con la intención de actualizar el texto.


 

“¿Te parece que las cosquillas son un juego para damas o para criadas? (esto quizás sea un pasaje de Orlando,,, así que no tengas dudas que será la novela más ingeniosa y profunda del mundo: a tu imagen y semejanza)”.
 

 

Carta de Virginia a Vita, diciembre de 1927.


Cuando la historia de este joven hombre transicionado en mujer llega a la década de 1850 lo que se nos representa en pantalla es, a los ojos de fines del s. XX, lo más parecido a la modernidad que podía encontrarse en góndola a esa altura de los manuales de historia: una pareja heterosexual que incluye a un morocho de rulos humedecidos por la lluvia, de sonrisa franca y cuerpo armado (Billy Zane), algo así como un integrante de Loco Mía en clave hétero flexible pero con marca de galán para el imaginario de jóvenes y madres. Un cliché kitsch de los ´90s plantado en la era victoriana* de la Gran Bretaña del siglo XIX.

“Te confieso que ya entré en un estado de excitación tremendo, porque, querida mía, estoy en un muy buen momento de salud y puedo pasar noches enteras en vela: podremos visitar ruinas a medianoche, ir a cafés, bailes, teatros, fiestas, charlar eternamente, dormir solo cuando la luna se cubra un instante con un velo finísimo y visitar viñedos durante el día. Tengo un bronceado color caramelo”.


 

Carta de Virginia a Vita, septiembre de 1928.


En la coda audiovisual que inserta Potter, Tilda Swinton, ya sin el vestuario de época, de alta costura made in Hollywood (una de las dos nominaciones a los Oscar que recibió el film fue a Vestuario, el otro a Diseño de Producción) se revela como el estado de las cosas de la mujer occidental con fecha de balance en 1992.

 

El “cambio” de sexo (¿transformación? ¿evolución?) que Orlando/Vita/Tilda hace efectivo en la mitad de su camino a través de los tiempos concluye su recorrido con el anexo de Sally Potter. Los pequeños elementos, casi grajeas, que incorpora la directora a la obra original parecen formar parte del mismo ecosistema conceptual que plantea Woolf, pero Potter, en su planteo de 1992, es radical solo en la moderación a la que echa mano. Una tibieza que Virginia Woolf supo evitar con holgura. 

 

¿Fue más valiente Virginia Woolf que Sally Potter? Sin dudas. Woolf puso a su personaje en medio de un quiebre, de una transformación radical, incluso con hijo incluida al cierre del ensayo novelado. Potter, sin mayores aditivos, completó su anexo con una reivindicación de esa mujer (relativamente) liberada. No quiso ir más allá, apenas acotó.

 

“¿Y si mejor te quedas a dormir acá el domingo? Podés dejar el auto en el establo y sería mucho más fácil para mi dejar la casa si estás conmigo. ¿Qué tipo de ropa te gustaría que llevara? Ninguna, espero”.


 

Carta de Virginia a Vita, septiembre de 1928.

 


* Notas

 

Las cartas de Virginia a Vita se encuentran en el libro compilatorio “Virginia Woolf / Vita Scakville-West: Correspondencia erótica” (Rara Avis Editorial, 2023).

 

La era isabelina se extiende desde el año 1558, con el reinado de la reina Isabel I, hasta 1625, tras la muerte de Jacobo I. 

 

La época victoriana transcurrió durante el reinado de Alexandrina Victoria, entre 1837 y 1901.

 

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Comentarios 1

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walver moreno25 de septiembre de 2024
Esta mujer hace un papel muy chévere, ella actúa super genial, esa seriedad tan tremenda es crueldad que maneja en su papel de actuación es elegante

De este autor