Los anillos de Alphaville: Godard, Kubrick y dos computadoras autócratas
Reseñas generales
Como outsider dentro de la Nouvelle Vague, a la que le imprimió brillo pop y más insurgencia que la de cualquiera de sus compañeros y compañeras de aventura, la trinchera intelectual desde la que Jean-Luc Godard combatió durante 60 años cámara en mano estaba tapizada por imágenes de Mao y Bakunin. Bueno, claro, también de Robert Bresson, Fritz Lang y Serguéi Eisenstein. Luego de una primera mitad de década del ´60, tras haber iluminado cabezas a ritmo de una o dos películas por año, el joven que estaba en la punta de la ola del cine francés clavó en 1965 uno de sus más celebrados estandartes: Alphaville o, como indica su título completo, Aphaville: una extraña aventura de Lemmy Caution (Alphaville: Une étrange aventure de Lemmy Caution).

El noveno largometraje de Godard en seis años (sí, el número 9 entre 1960 y 1965*) evoca, sin embargo, más allá de los caballeros antes mencionados, a la obra de nombres propios de la literatura como Paul Éluard, Aldous Huxley, George Orwell, Jorge Luis Borges, solo por enumerar a la plana mayor.
Alphaville es una ciudad, un territorio, una porción de galaxia ubicada bien lejos del planeta tierra. La historia transcurre en un futuro indeterminado que, sin embargo, se asemeja bastante a lo que podían ser postales de ciudad en cualquier metrópolis de la década del ´60.
A diferencia de las películas anteriores de JLC, Alphaville, además de haber sido su más claro acercamiento a la ciencia ficción, significó la primera ocasión en la que el autor obligó a los (sus) espectadores a llevar un poco más allá el contrato sobre lo ficcional. Hasta entonces el cine de Godard jugaba con los límites entre ficción y realidad a través de tajos a la cuarta pared que aparecían en guiños explícitos de los protagonistas ante cámara (en este caso, por ejemplo) o en líneas de diálogo que dejaban claro el hecho de que todo formaba parte de una película. Para un director como Godard, que retrataba la urbanidad desde una lógica rupturista, es decir, desde la acción de contar algo distinto, perturbador, en el mismo lienzo donde solían contarse otras cuestiones, ese lienzo fue, de forma casi inequívoca durante esos años, París.

En un blanco y negro cuya profundidad noir adquiere relieve en pantalla, el film da inicio con el primer plano de una lámpara redonda, amenazante. Y la intuición (con la ayuda del dato previo de que se trata de un policial) no falla. La luz es el pulso vital de una aparatosa computadora con numerosas cintas que giran y luces que titilan, todo ello conectado a una máquina de escribir que funciona a modo de impresora. Alpha 60, tal el nombre de la máquina, lleva a cabo su propio proceso de reorganización nacional en ese pequeño punto del espacio. Con la sabiduría que se le legó y su complejo sistema de inteligencia artificial, Alpha 60 mantiene oprimida a la población bajo una dictadura que reprime desde lo más íntimo: en Alphaville está prohibido sentir.
"La gente escribía cosas incomprensibles, solían llamarlo poesía", recuerda en una de las escenas el detective Lemmy Caution (Eddie Constantine), quien viaja desde Tierra y al llegar a Alphaville se hace pasar por periodista del diario Fígaro/Pravda (emparejamiento ficcional entre el periódico conservador francés Le Fígaro y el diario de noticias oficiales de la URSS, Pravda) para dar con el Profesor Van Brown, creador de Alpha 60, y asesinarlo. Pero en el medio se cruza con la hija de la eminencia, Natacha von Braun (Anna Karina), quien se relaciona con el espía entre citas a Paul Éluard y muy efectivos primeros planos de su mirada de ángel inequívoco.

¿Una máquina que todo lo rige, que se maneja con pulsión dictatorial y está representada por una luz? Y que además habla. Alpha 60 habla, tal como lo hacía la computadora Hal 9000 en 2001: Space Odyssey (1968), de Stanley Kubrick con guion en coautoría con el escritor Arthur C. Clarke (que editó el libro homónimo en simultáneo al estreno de la película).
La conexión entre ambas luces autoritarias fue, si se quiere, fruto de una disputa. Cuando Clarke y Kubrick pensaban el guion del film la diferencia más dura entre ambos, y que amenazó con hacer caer el proyecto, fue la forma que tendría la computadora Hal 9000. La idea del escritor era que estuviera representada por un robot que se moviera por la nave en la que transcurre la mayor parte del relato, pero Kubrick estaba empecinado en que la IA fuera una luz roja que hablara con los tripulantes. Una Alpha 60, pero en widescreen y filmada en 70 mm.

“El tiempo es la sustancia de que estoy hecho. El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río; es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre; es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego”, dice Alpha 60 citando a Jorge Luis Borges y su cuento Nueva refutación del tiempo (del libro Otras inquisiciones, 1952).
En el texto original el párrafo citado por Alpha 60 se completa con una definición autoreferencial explícita del autor: “El mundo, desgraciadamente, es real; yo, desgraciadamente, soy Borges”. Hal 9000, desgraciadamente (o no tanto) , era Alpha 60. Todos los laberintos, incluyendo los que recorren el hotel en el que se hospeda Lemmy, conducen a los laberintos de Borges.
Un poeta francés es, sin embargo, el nombre troncal del camino que toma Lemmy por las calles de Alphaville junto a la flamante oponente/musa/enemiga compuesta por Anna Karina. Él, un macho clásico en su trato a las mujeres, no sale de su pose de duro con pistola en el bolsillo interno, aunque ella lo atrae. Su destrato hacia ella parece representar la distancia que pone para no dejarse caer.
Del dadaísta, ateo y militante del Partido Comunista Francés Paul Éluard es el libro que lee Lemmy y que recita ella, ninfa fatal, fetiche de Godard, del cine francés, de ese futuro distópico. Revolución, sensualidad y poesía. Un gran grito de guerra el de Godard, un grafiti audiovisual que parece rezar “Abraza a tu amor sin dejar tu fusil”, como se leía en las paredes del Mayo Francés que ocurriera tres años después del estreno de Alphaville.

"Capital de la Douleur", indica la tapa del libro de Éluard que atraviesa al film y que en una escena reúne de forma libre citas de poemas allí contenidos, en voz de Natacha von Braun / Anna Karina.
Tus ojos han vuelto de un país despótico
Donde nadie jamás supo lo que es una mirada.
Ni conoció la belleza de los ojos,
belleza de las piedras,
La de las gotas de agua, de perlas en alacenas,
Piedras desnudas y sin esqueleto, oh estatua mía,
El sol deslumbrador te hace de espejo
Y si finge obedecer a las potencias de la noche
Es porque está cerrada tu cabeza, oh estatua abatida
Por mi amor y por mis ardides de salvaje.
Mi deseo inmóvil es tu último apoyo
Y te llevo sin batalla, oh imagen mía,
Diestra en mi debilidad y presa en mis cadenas.
“La igualdad de los sexos”, Paul Éluard, incluido en Capital de la Douleur, 1926.
¿Por qué Alphaville?
El nombre de la “Villa Alfa” del espacio exterior en la que Godard sitúa su película tiene su raíz en Aldous Huxley y su libro Un mundo feliz (1932). Allí, los alphas son personas que visten de gris, de una inteligencia superior y con una gran voluntad de trabajo. Esos grises son parte de un futuro en el que se rompió con todo lo anterior. En esa historia, lo “nuevo” está representado por un sistema dictatorial que domina a los habitantes, sojuzgados incluso en relación al trabajo al que pueden aspirar, ya que se encuentra regulado según la clase social a la que pertenecen.
Los alphas de Huxley, las inteligencias artificiales de un futuro post-todo de Clarke (su cuento El centinela, que refiere al tema, fue la inspiración inicial para 2001), las vicisitudes del tiempo de Borges, el Big Brother que todo lo controla de Orwell. Alphaville entrecruza la ciencia ficción del pasado y la del futuro para crear una nueva forma de abordar el género que evada el uso de sus prototipos.
Y quién mejor que Godard para triturar los manuales del cómo hacer y, sobre todo, del cómo contar.
Alphaville según Jean-Luc Godard
“Para mí no es una película de ficción. Alphaville es una ciudad científica, técnica, dominada por la ciencia y la electrónica. La gente ya no vive, escasamente existe, son como hormigas. Finalmente puede parecer bastante extraño, pero nosotros solo vivimos si sabemos verlo; es algo bastante extraño y tal vez bastante terrible”, afirmó el director en 1965 durante una entrevista televisiva con motivo del estreno del film.
*La cifra de 9 películas entre 1960 y 1965 no incluye a Pierrot, le fou, de 1965, estrenada luego de Alphaville. Tampoco abarca a sus colaboraciones para tres realizaciones corales en ese período: Les sept péchés capitaux (1962), Ro.Go.Pa.G. (1963) y Paris vu par… (1965).
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