El nuevo clásico moderno del cine japonés tiene título: Drive my Car
Reseñas generalesUna de las anécdotas que más cinefilia encierran, al menos en lo que refiere al planeta Hollywood y sus habitantes más conspicuos, poco tiene que ver con las luces del estrellato, con el mundo de los premios brillosos, los paseos de la fama hoy intoxicados por el fentanilo o los cientos de millones de dólares de presupuesto dispensados en alguna enésima secuela sin gracia ni ideas. La industria del cine más grande de América (la que ocupa el primer puesto a nivel mundial, por lejos, es la de la India*), si es que tiene algo de componente humano en sus mesas directivas, si es que puede atestiguar que corre sangre por las venas de sus integrantes, es lo que gente como Martin Scorsese, Steven Spielberg o George Lucas hicieron para con el japonés Akira Kurosawa, a quien durante los últimos años de su carrera acompañaron como productores de sus films.
Lo antedicho es un dato que está conectado con que en el año 2022 a las salas de cine del mundo haya aterrizado la que quizá sea la mejor película en lo que va de esta década y puede que una de las mejores desde el inicio del siglo XXI. ¿Por qué? Porque Kurosawa (profeta en su tierra y semidios en Occidente) fue quien mejor expuso los contrastes y las ligazones entre el cine estadounidense y el japonés. Narrativas, estéticas visuales, temáticas, atravesadas por los poderosos enclaves de la cultura oriental así como por algunos de los modos y formas del cine que se hace del otro lado del océano y las fronteras, de Hollywood a Roma, de París al infinito y más allá.

A todo lo mencionado honra el realizador Ryusuke Hamaguchi en Drive my Car (2022), que desde su título remite de forma internacional, occidental y popular al clásico de Los Beatles que abre Rubber Soul (1965). Pero el auto va por otra ruta.
“¡Bip bip, bip bip, yeah!”, tirotean por los parlantes desde un estribillo chicloso Lennon y McCartney, aunque poca de esa vibración festiva hay en el largo de Hamaguchi, que se apropia, en lugar del hitazo pop de antaño, del cuento de Haruki Murakami** que da título al film.
El texto, de unas 25 páginas, se transformó en manos del realizador en un largometraje de 179 minutos con un pie en el melodrama trágico y otro en la ópera posmoderna (fragmentada, deconstruida). La letra del eterno candidato al Premio Nobel se hace imagen y sonido de forma libre, sin mayores ataduras respecto del texto original. Y es por eso, quizá, que el film vuela y se hace gigante en su propio desarrollo.
Hamaguchi, que por su trabajo, entre otras decenas de galardones, se llevó el Oscar a Mejor Película Extranjera en la edición 2023 de los premios de la Academia, nos presenta un ensayo sobre cómo es ponerle el cuerpo a la épica de sobrevivir al dolor, de salir del pozo ciego de la tragedia personal.

La procesión va por dentro y el apesadumbrado antihéroe que nos propone la historia lo sabe. El hombre viene de perder a su esposa, víctima de un derrame, y su pena se amasija en las entrañas con el dolor infranqueable de lo que quedó por decir. Yusuke Kazuku (Hidetoshi Nishijima) nunca llegó a hablar con su esposa de las infidelidades de ella, las cuales conocía pero sobre las que eligió no hacer referencia.
Los silencios se pagan en largas cuotas y Yusuke, que es actor y director de teatro, los canaliza a través de su trabajo sobre los escenarios. Hacia uno de esos escenarios, en Hiroshima, donde participa de cástings para luego presentar su más reciente trabajo, es que el artista se dirige cada día en un Saab 900 de color rojo. Pero él no conduce el vehículo que lo lleva del hotel al festival de teatro al que fue invitado.
“Lo primero que hizo la chica fue ajustar rápidamente la posición del asiento y los retrovisores. Parecía saber ya dónde se encontraba y para qué servía cada botón. Pisó el embrague y probó a meter las marchas. Sacó unos RayBan verdes del bolsillo del chaleco y se los puso. Acto seguido, hizo un leve gesto afirmativo dirigido a Kafuku. Significaba que estaba lista.” 
La chica a la que Murakami hace referencia en su cuento es Misaki (Tôko Miura), quien se entremezcla en la vida cotidiana del atribulado director con una personalidad particular. En sus horas compartidas bajo el techo del auto ella maneja en su calidad de chofer y él ensaya la letra, que la conoce, que ya la repasó lo suficiente como para no tener que seguir haciéndolo. Palabras que reemplazan a otras nunca pronunciadas.
La efectividad narrativa de Hamaguchi es la de un tipo con el amor propio suficiente como para, en 2007, haber presentado como tesis de sus estudios universitarios de cine una remake de Solaris, el clásico de Andréi Tarkovski. El maestro ruso estaría orgulloso de semejante desfachatez de parte de su admirador, que para Drive my Car amasó una historia con pedregosa densidad dramática nada más que para ejercer la noble tarea de narrar con solidez.

Suenan melodías de Mozart y Beethoven cuando los diálogos entre Yusuke y Misaki se abrazan con el viento que les da en la cara mientras el auto rojo modelo años 80s se desplaza de un punto al otro del mapa. A veces con un cigarrillo en boca de ella, en alguna parada, porque a él le desagrada el olor a tabaco y papel quemados en el coche.
“Si por un instante cerraba los ojos, Kafuku era prácticamente incapaz de percibir los cambios de marcha. Tanto era así que uno sólo conseguía darse cuenta si prestaba oído a las variaciones en el ruido del motor. También pisaba el freno y el acelerador con delicadeza y cuidado. Pero, sobre todo, lo más digno de agradecer era que la muchacha conducía relajada en todo momento. Daba la impresión de que estaba más distendida cuando conducía que cuando no.”
Cuando dirige a los actores en las sesiones con las que busca darle forma final a su adaptación de Chéjov, Yusuke Kafuku les pide que se deshagan de las palabras, que expresen con el cuerpo. Dirige y se dirige.
Entre planos de tiempos y lugares que quedan atrás, miradas de reojo, escuchas atentas, silencios que le hacen frente al ruido ajeno y al propio, las herramientas que Hamaguchi pone en juego a nivel narrativo van mucho más allá de lo efectivo; hay un texto cinematográfico que parece regirse por la meta de contar más allá de su autor original y, por qué no, mejor. Y lo logra.
“De regreso solía escuchar cuartetos de cuerda de Beethoven. Le gustaban, básicamente, porque de esa música nunca se hartaba y además resultaba propicia para reflexionar o bien para no pensar en nada mientras la escuchaba. Cuando quería algo más ligero, ponía viejo rock estadounidense. Los Beach Boys, The Rascals, los Creedence, The Temptations. Música que había estado de moda cuando él era joven. Misaki nunca manifestaba su opinión sobre la música que Kafuku elegía. Él era incapaz de juzgar si a ella le gustaba, le resultaba insufrible o si ni siquiera le prestaba atención. Era una muchacha que no exteriorizaba sus emociones.”
* Fuente: OMDIA, 2023.
** Cuento que integra el libro “Hombres sin mujeres” (Haruki Murakami, Editorial Planeta, 2014).














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