“Kimbalu”

Ciencia ficción

Mi nombre es Stephen, Stephen Kimbalu. Vivo en las afueras de Passau en Alemania. Seré sincero y breve con ustedes, no deseo aburrirlos. Mi vida es tediosa y mi relación con mi padre es bastante tensa (mi madre murió cuando tenía cinco años, hace ya siete años). Hace seis meses encontré un artefacto en el sótano de mi casa. Parece algo así como un ropero, pero solo puede cerrarse desde adentro. Es extraño, aunque adoro entrar ahí, el viaje resulta casi mágico, es como si todo aquello resultado de tu imaginación se representara frente a tus ojos. A veces incluso no sé lo que veo. En mis viajes, he visto dinosaurios, hombres de imponentes barbas ser incinerados, chillando de dolor. Aunque siempre me he hecho la misma pregunta. ¿Cuál será la razón, el método de mis viajes? ¿Por qué seré yo el elegido de realizar aquellos viajes? Creo fervientemente en que soy un ser afortunado. Esta oportunidad se ha presentado ante mí como una respuesta a mi soledad. En el mundo del ropero, yo soy feliz, porque no soy protagonista, sino testigo de la historia. Soy el perfecto actor de reparto en una historia sin final. No me siento a gusto siendo el protagonista, no me gusta ser partícipe de una historia centrada en mi persona.  

Hace un mes, me encontré con una persona que se llamaba igual que mi abuelo, y su padre tenía el nombre de mi bisabuelo. Su madre era gorda como mi bisabuela Úrsula. El problema en esta coincidente situación es el hecho de que esta persona tenia trece años. Me lo encontré en la calle donde mi padre se crio, jugando a las canicas.

-Jugas muy bien- le dije.

-Lo sé. Gracias, pero no te conozco- me dijo. – ¿Cómo te llamas? Es raro que no conozca una persona de este barrio, y más raro que tengas mi edad y nunca hayamos jugado- me dijo, en un tono ligeramente desafiante.

-Me llamo Stephen, pero me dicen Kimbalu- le dije.

Su sorpresa fue magnifica, y me resulto inocente incluso a mi edad. Sus ojos brillaban como dos faros en el firmamento. Me abrazo y estrecho mi mano como si hubiéramos luchado en la misma guerra.

-Debemos ser parientes. ¿Kimbalu es tu apellido? (asentí con mi cabeza) Ese apellido es el mío. Entonces tu nombre es Stephen Kimbalu. Me gusta. ¿Queres jugar?- me preguntó.

Empezamos a jugar. La felicidad era clara en mi rostro, aunque no había una explicación racional de por qué estaba feliz. Simplemente jugamos una partida de canicas. Él me gano la mayoría de partidas que jugamos, en parte porque yo nunca había jugado canicas. Aun hoy me resulta extraño como aquellos niños hablaban y jugaban juegos distintos a los que jugaba de niño. Eran, otras palabras, diferentes a las mías. Una idea bastante curiosa que suelo recalcar en ´ésta historia es el hecho de que nunca más volví a ver a esos niños. Luego de nuestra última partida, el joven Kimbalu me invitó a cenar a su casa. Le dije que sí, con la condición de que me dejara pasar la noche. No diría que todo lo visto fue un sueño, porque no era mejor que lo veo hoy aquí sentado en mi escritorio, o lo que veo cada día cuando voy al colegio, pero era diferente. No había autos, o por lo menos no los había a montones como hoy en día, el aire resultaba ser más limpio para mis pulmones. El cabello, el estilo en el peinado de la madre me resultaba familiar, cercano pero no de la forma que se cree, nunca conocí a nadie con esa clase de peinado en su cabeza, pero logre evocar en mi mente una especie de recuerdo reflejo, como un deja vú de un suceso que no recuerdo como propio. Todo me resultaba extraño, ajeno y a la vez tan familiar. La madre se presentó conmigo, me agrado desde el primer momento. Nos sentamos en la mesa esperando la cena, a pesar de que el padre todavía no había llegado. No era muy noche, aunque la madre denotaba fácilmente su preocupación, tanto en su mirada nerviosa como una especie de tic que provocaba que mirara el reloj para verificar la hora en una cantidad de ocasiones que a ambos, a mi amigo y a mí nos resultó exagerado y ciertamente, perturbador, pues su desesperación era tal que todo el comedor se cubría de aquella aura. No recuerdo con claridad a qué hora llego el padre, pero si puedo dar testimonio de la reacción de la madre cuando este abrió la puerta de entrada y camino a lo largo de un pequeño y angosto pasillo, lo que obligaba a las personas a transitarlo de uno en uno. La madre estaba enojada, su rostro se había desfigurado, y en su caso este enojo hacia que su labio inferior realizara una mueca de enfado.

La madre se levantó de la mesa y no lo dejo entrar en el comedor. Ella quería iniciar una discusión pero con la intención de que nosotros no la escuchásemos. Lamentablemente, aquella estrategia nunca fue muy beneficiosa para la relación entre padres e hijos, debido a que los hijos siempre escuchan todo lo que sus padres dicen durante la discusión, y a su vez les molesta que sus padres consideren que no están preparados para escucharlos pelear y presenciar un problema. El padre no quiso seguirle el paso a su esposa y atravesó la puerta, como quien entra a robar a una casa, sabiendo que está ultrajando la morada de otro, no solo intentando arrebatarle sus pertenencias. El padre se sentó en la mesa en un un falso estado de relajación bajo rostro que lo delataba. Pero no estaba nervioso, solo no quería problemas cuando apenas había entrado a su casa.

-Llegue tarde. Perdón. ¿Qué más queres que diga?-

-¿Por qué llegaste tarde? Los chicos y yo estábamos preocupados-

-¿Los chicos? ¿Quién es nuestro invitado?-

-Stephen, un amigo de nuestro hijo. Pero no cambies de tema-

-Tuvimos una reunión posterior con Dona, Thomas, Henry, Rudolph y Emerson. Nada importante, organización de actos y discursos sobre el partido. El problema, un buen problema es que cada vez más personas quieren adherirse al partido-

La madre se serenó y volvió a sentarse. Su rostro era otro, aunque la mueca permanecía, solo que esta vez manifestaba en si un repentino grado de interés, creo, por la reunión mencionada por su esposa, o quizás, obtener mayor información acerca de esa mujer (Dona), si es que aún no la conocía, y le era extraño que una mujer fuese la única en un grupo que suele estar conformado por hombres.

-Lastima, quería estar con ustedes. ¿De qué trato la reunión?-

-Lo que ya te dije-

-Pero hablo, quiero decir, ¿determinaron fechas, lugares de reunión próximos? Porque quisiera asistir a las próximas reuniones-

-Tendré que hablarlo, pero seguramente terminaremos asistiendo juntos. Mientras más personas mejor-

No entendía absolutamente nada. Mi falta de comprensión de los hechos discutidos me obligó a distraerme con temáticas diferentes como la composición de la casa, el espacio y cómo se colocan y organizan los muebles según el espacio disponible. El padre del joven Kimbalu me observaba, era fácil distinguirlo, pues su mirada penetrante podía colocar en una situación incómoda a cualquiera. Me aleje de la mesa y caminé hacia la habitación del muchacho. Dormía con su hermana quien aún era bebe. La pequeña estaba despierta aunque en silencio y sus ojos carecían de la emoción, manifestante con la edad de ciertas situaciones que generen enojo, disgusto, tristeza o asombro. Pero aun así, la niña observaba todo con niveles de atención y detalle que llegaron asombrarme. El muchacho no sabía bien que hacer considerando que eran casi las diez. Le pregunte si tenía television, juegos de video, o un “gameboy”, pero su sorpresiva mirada me indicaba que no tenía ni idea de qué le estaba hablando. Fue hasta el comedor y a duras penas trajo una radio enorme que desde el piso lograba alcanzar casi la altura de la cama.

-¿Qué estás haciendo?-

-Estoy sintonizando-

No tenía mucho sentido. Me convenció de escuchar “El llanero solitario”. Recordaba que mi padre había visto y disfrutado la serie de television, pero jamás me había contado de la radionovela. Nos acostamos en el frio suelo, mientras la obra era narrada e interpretada. Los tiros, las discusiones, los gritos y las persecuciones a caballo. Mi cabeza trabajaba y a pesar de ello, disfrutaba imaginando las situaciones y el contexto del episodio. La mejor parte era imaginar el rostro del caballo, mientras se oía el relinche a gran velocidad. El tiempo pasó y era medianoche. Los padres se habían ido a dormir y nosotros aun seguíamos despiertos. Quiso asustarme diciendo que en el altillo había un objeto aterrador, que estaba embrujado. Subimos con una vela para no causar tanto alboroto y despertar a los padres. Aun en el silencio todo parece escucharse. En mi cabeza se oía mejor esa frase. Pero parece poseer cierto valor cósmico, pues recae en una absurda contradicción. Llegamos al altillo bastante rápido. Creo que quiso impresionarme, pues estaba más asustado, sus piernas temblaban y indiscretamente había dejado de hablar. Después de un rato, el miedo se disipo como las nubes lo hacen en verano. Revisamos todo el lugar y solo nos faltaba el ropero, pero era especial, más bien raro, más bien algo sinsentido. En su textura, color era totalmente diferente al ropero de mi tiempo, pero ambos contaban con el mismo defecto en una de las puertas que daban a la abertura y que impedía que cerrara correctamente. Lo abrí y no había nada adentro. Le comente del ropero de la casa donde vivo. No quiso creerme y con mucho temblor en su voz me invito a bajar e ir a dormir. Me negué y lo invite a entrar. Sabía lo que podía ocurrir y aun así entre. Antes de atravesar le di la mano, despidiéndome amistosamente. Ambos no sabíamos si este ropero seria como el otro, pero aun así debía anticiparme por si no volvía a verlo. Cruce y me encontré de nuevo en mi casa. Hacia frio y era de noche. Fui rápido hasta mi cama, sin hacer ruido para que mis padres no se enojaran al despertarse. Jamás entendí del todo cómo y por qué era ese ropero el elegido de viajar y transportarse. Como me trae a casa pero luego caigo en otros lugares, por qué la ropa no se descompone y llego desnudo. Y por otra parte, ¿Cómo elige el ropero a dónde viajar?, o mejor dicho a cuando.

El sábado siguiente fuimos a la casa de mis abuelos. Hacía poco tiempo mi abuelo había tenido un problema en su pierna que obligo a que empezara a caminar con bastón del lado izquierdo de su cuerpo. Quería mucho a mi abuelo. Hoy ya no está conmigo, diría que aún lo quiero, siempre sostuvimos una relación de una confianza increíble. Nos separábamos del resto y conversábamos, u otras veces él me contaba historias,, algunas inventadas y otras reales de cuando era niño. En un principio, decía:

-La historia que voy a contar tiene elementos que puede que resulten irreales pero tenes que ser vos el cargado de unirlo todo, de fusionarlo. No separes hechos para no dejar que la historia se olvide como el mar-

Luego, con naturalidad, al finalizar la historia, me preguntaba:

-A ver. Luego de escuchar la historia, ¿Es real o es ficción?-

Esa noche, después de la cena separamos una pequeña mesa contigua que se unía a la principal. Solo nosotros dos. Allí comenzó:

-Esta historia no se la he contado ni siquiera a su padre. Pero recuerda, aun así, puede no ser real. Que no te engañen mis palabras-

Mi abuelo comenzó a narrar como un niño llego al pueblo y sorpresivamente no lo conocía ni lo había visto nunca. Como fue a la casa donde ahora yo vivía y escucharon la radio hasta que todos se habían dormido. Pero ellos no, en su lugar fueron hasta el altillo y encontraron un ropero. Me conto finalmente como aquel muchacho desapareció de la habitación, luego de cruzar el ropero. Pero él no pudo, sino que se dedicó durante un año a buscar a sus padres o algún familiar o persona que lo conociera. Sin saber ni entender exactamente la situación, le conté que hacía unos días me había encontrado con un chico, con quien había escuchado la radio y cómo después habíamos ido hasta el altillo y encontrado un ropero. Le dije que fui el único de los dos que atravesó el ropero, que me dio mucha tristeza no volverlo a ver pero que aun así me alegró mucho haberlo conocido.

-Así que eras vos. Siempre fuiste vos-

Mi abuelo comenzó a llorar y me abrazo muy fuerte. Después no paro de preguntarme por el viaje de ida y de regreso. Me sorprendió la intención que tenia de escuchar una historia que no fuera suya. Entendí muchos años después las razones que lo llevaron a manifestar tan autentico y genuino interés.

Escribo esto sentado en mi cama. No aumento ni nació mi miedo a viajar pero deje de hacerlo después de darme cuenta el impacto de mis viajes, no solo en mi familia sino en mi pueblo, en mi país y en prácticamente la historia de la humanidad. No me asusta debido a mi edad, pero a veces pienso y recapacito si alguna vida salvada no representa miles pérdidas o si por el contrario por no hacer algo, alguien más se perdió en la interminable historia del tiempo. Llore muchas veces y deambule madrugadas enteras a causa del tiempo. Ahora viejo y muy cansado, aun pienso en las consecuencias de mis viajes. Mis hijos y mi esposa (Dios la tenga en la gloria) jamás supieron de mis viajes. Corre por mi cuerpo una profunda tristeza de saber o más bien de creer que nunca les pude decir la verdad y aun hoy no creo que pueda. Escribo esto como despedida, a mi pasado y tal vez a mi futuro. Ayer, pasada la medianoche alguien toco a mi puerta. No atendí por supuesto. Una segunda vez. E estas horas, no pensaba ni acercarme. Una tercera vez. Abrí sin pensarlo dos veces. Era una mujer, bueno, poco mayor que una adolescente. Sin que llegara a preguntar que quería, me pidió que entráramos y para mi sorpresa me llamo por mi nombre. Quiero decir, dijo exactamente estas palabras:

-Te pido por favor que entremos, Stephen-

Sin dudarlo entre y cerré la puerta con cada posible llave y candado. Prepare té y le pedí, le ordene una explicación. Debo ser honesto, mi corazón palpitaba a gran velocidad y creí que me daría un infarto, pero no, era la adrenalina, el sabor, la esencia de aventura, peligro e intriga que tanto añoraba.

-¿Qué necesitas de mí?-

-Que vengas conmigo-

-No puedo-

-Pero el futuro te necesita-

-Mira soy capaz de sacrificarme y dejar de existir diciéndote que busques una versión más joven de mí. Quiero decir, si hubieras venido hace diez, quince años. Hoy ya no puedo-

-Pero te necesitamos ahora. En este momento exacto. Te has vuelto un estudioso de viajar por el tiempo y necesitamos tu ayuda para solucionar una misión que falo-

-No sé nada sobre el futuro, y ahora soy un viejo. Tengo una familia-

-A la que nunca ves desde que murió tu esposa-

-¿Por qué usas artimañas tan sucias?-

-Porque realmente te necesitamos. Yo te necesito-

-Bueno, entonces contame del plan. ¿Qué fallo?  ¿Cómo tenía que suceder?-

Dudo demasiado. Me dio la impresión de que cualquier cosa que saliera de su boca sería una mentira. Aun así la escuche. Algo impresionante provenía de ella, familiar y ajeno. No sabía ni su nombre, pero su historia, su desafío hacia que todo mi cuerpo dudara y decidiera seguirla. Pero mi mente creía fijamente en quedarse donde y cuando estaba.

-No puedo decirte nada-

-¿Por qué?-

No dijo nada por un buen rato. La conversación que ya parecía ser de naturaleza hostil se diluyo. Aquel interrogatorio había perdido su sabor. Escribí un mensaje en un papel, se lo entregue y me fui a dormir. Ella me agarro del brazo con mucha fuerza. Por un momento me asusto por la forma en que me miro, pero todo su cuerpo indicaba que debía estar calmado y tranquilo. Ella no hacía nada malo.

-¿Qué es este papel?-

-El día exacto en que descubrí el ropero. Y los viajes más lejanos al pasado que hice. Llegue a ver tantas cosas. Aun tú te sorprenderías. Vi el pasado niña, a pesar de que no sabía cómo hacia el ropero para llevarme hasta allí. Después descubrí la física y en realidad el ropero solo es un vórtice que conecta las líneas y corrientes temporales. Quizás en tu tiempo las maquinas sean muchas y as simples, con botones que te indican la fecha exacta. El ropero jamás hizo eso, pero me permitió hacer grandes cosas, algunas de las cuales me arrepiento-

-No podes cambiar el pasado-

-Yo no lo cambie pero a veces pienso si yo no hubiera estado ahí, aquel suceso, ese incendio, asesinato, esa victoria, hubieran ocurrido? Me es difícil ver incluso una película sin creer que tuve algo que ver. Quizás con el tiempo todo aumenta interiormente, como el miedo o el ego. Tal vez todo hubiera sido igual y mi existencia no es nada más que un grano de arena en la inmensa playa o una gota de agua en el océano más profundo.

-¿Puedo preguntarte algo?-

-Si. Decime-

-¿El ropero siempre fue al pasado?-

-Si-

-¿Sin presentar ningún indicio de que fuera el futuro?-

-No. Las señales eran claras. Ciertos sucesos temporales innegables como las guerras no habían ocurrido-

-¿Qué me dirías si el ropero no solo te llevaba hacia el pasado? ¿Y si también te llevaba a través de otras líneas temporales?-

-Me dejarías sorprendido, alucinando por las posibles respuestas. Pero ya no estoy interesado en ellas. Hace mucho tiempo que no viajo. Hay algo que aun no entiendo. Comprendo que ya no utilizas el ropero y no me interesa ni me importa con que aparato lo hacen, pero tengo una pregunta. ¿Podes viajar al futuro?

-Si-

-Que maravilla. Siempre que viaje, cada viaje, cada historia tuve la oportunidad de verificar el impacto. Viajar al futuro es no conocer absolutamente nada, en un año una bomba puede caer y la humanidad desaparecer. O tener una guerra con un ejército de robots o zombies o cualquier cosa que fuera-

-Ahora mismo parece que estuviera hablando con un niño-

-Viaje por primera vez cuando no sabía limpiarme el culo, niña. Soy un niño desde que viajo en el tiempo por lo que siempre seré un niño. No hay de otra con todo esto. Tuve una buena vida, no gracias a viajar por el tiempo. Estoy en paz-

La joven que ahora parecía más bien una niña busco un pedazo de papel y escribió un mensaje corto. Luego lo dobló y lo guardó en un bolsillo superior de mi bata.

-No lo abras hasta que me haya ido. No sé qué puede ocurrirme si estoy acá cuando lo abras, así que por favor no lo hagas-

Luego abrió la puerta y se fue. Dejando tras de sí un sujeto lleno de preguntas, pero con demasiado miedo. Miedo incluso de abrir y ver qué contiene ese mensaje.

Tres días después, la mañana del cuatro de febrero abrí el mensaje y vi que decía:

“No sé cuándo abras esto, ni siquiera si vas a abrirlo. Solo te escribo esto para avisarte que soy tu nieta. Si aún deseas viajar conmigo solo tenés que cruzar el ropero. El resto corre por mi cuenta.

Te quiere

Helen

Tiene el nombre de mi esposa. Bonito detalle. Ahora que pienso es parecida a Mercedes, tiene sus facciones, sus labios, su mirada. Durante una semana pensé y pensé las consecuencias, los problemas de viajar. ¿A qué época iría? Con el paso del tiempo comencé aprender, amando los libros y odiando las épocas, cada una de ellas por motivos diferentes. Hacia otro lado del ropero, el silencio previo y la luz posterior, es como volver a nacer, de forma consciente. Jamás cuando era niño creí que viviría para superar la edad de mis padres y mis abuelos. Según aprendí con el tiempo, viaje por cuestión del tiempo y el espacio, bajo normativas que enmarcan cada decisión posible a tomar y cada escenario naciente subyacente a tal decisión, pero quiero pensar, quiero creer en algo más grande, como que estuve destinado a viajar por el tiempo. Mi nieta viaja como yo lo hice pero no logre conocer a nadie anterior a mí que haya logrado viajar a través del tiempo. Mi cuerpo sufrió lesiones por lo rudimentario del viaje. Especulo que actualmente viajar es más cómodo y estable, y posiblemente existan más maquinas en las cuales apoyarse. De entre nuevos viajes controlados, quisiera volver a encontrarme con mama, con papa, con el abuelo y poder entender las sensaciones que lo invadían. Pero sobre todo, quisiera encontrarme con ese niño de once años que atravesó por primera vez el ropero para decirle… Bueno, para expresarle que después de tantos años, seguiré experimentando la misma felicidad que poseía aquella noche.

El día 18 de febrero, cumpleaños de Helen, desempolvé el viejo ropero. Lo lustre y pulí lo más que pude, luego revise con varias linternas y no pude encontrar nada en absoluto. El intento fue inútil. La máquina siempre fue diferente, especial, única, con aquella puerta que jamás puede cerrarse totalmente. Arme un pequeño bolso (tenía esperanzas de volver) y cruce el ropero. La primera vez aun en pleno estado de inconsciencia juvenil, mi cara manifestaba terror y ansiedad. Ahora me encuentro en paz, atravesando ese ropero sonriendo de oreja a oreja. Esperando encontrarme con mi nieta, y abrazarla con la fuerza de un ejército. Me despido sin saber que me depara en el futuro. Que bella sensación.

Comentarios 1

E
Esteban Eordogh9 de agosto de 2026
​"¡Qué gran viaje de lectura! Me encantó la nostalgia que transmite toda la escena de las canicas y la radio, pero el giro final con la nieta me sacó una sonrisa. Tienes una narrativa súper atrapante que combina la ciencia ficción con algo tan humano como el amor por la familia. ¡Excelente historia!"

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