El milagro
Misterioso¿cuántos milagros habremos recibido sin reconocerlos porque estábamos demasiado ciegos y desesperados para ver?

Miraba fijamente la Biblia apoyada sobre sus piernas. Las lágrimas le corrían por las mejillas mientras se mordía un brazo para contener el llanto.
—Solo te pido un milagro, Señor. Solo uno. No doy más. ¡Mi vida es un infierno!
Al principio lo dijo en un susurro. Después, la desesperación pudo más. Gritó hasta que la garganta comenzó a dolerle, pero ya no le importaba. Había decidido que ese sería el último día de su vida.
Sobre la mesa de luz había un vaso con veneno. Lo tomó de un solo trago, sin respirar, y esperó. Pasó una hora. Luego dos. Después tres, y No ocurrió nada. Aunque, al tomarlo, no había sentido ningún sabor raro: solo tenía gusto a agua.
—¿Cómo puede ser? Yo mismo puse el veneno... ¿Por qué sigo vivo?
Desesperado, abrió el cajón de la mesa de luz y sacó un revólver. Lo había cargado con sus propias manos esa misma tarde. Apoyó el cañón sobre su sien y apretó el gatillo.
—¡Clic!
Nada.
Volvió a intentarlo. Esta vez salió un pequeño cartucho de goma, como los de una pistola de juguete.
—No... Esto es imposible.
Corrió hasta la cocina y tomó el cuchillo más afilado de la casa. Lo conocía bien. Cerró los ojos y lo hundió con fuerza contra su pecho. No sintió dolor. Después miró el cuchillo. Y se dio cuenta que era de plástico.
—¿Quién hizo esto? ¡Solo quiero morir!
Salió de la casa y abrió el baúl del automóvil. Allí estaba el bidón de nafta que había llenado la noche anterior. Se vació todo el contenido sobre el cuerpo, encendió el encendedor y no se prendió fuego. Lo intentó una y otra vez. Confundido, destapó el bidón, lo olió y luego dejó caer unas gotas sobre su mano. Entonces se dio cuenta que era agua.
Rendido, porque pensaba que no servía ni para matarse, cayó de rodillas.
—¿Por qué, Señor? Solo te pedía un milagro...
Y lloró con la cabeza inclinada, convencido de que incluso la muerte lo había abandonado.
Nunca comprendió que el milagro que había pedido ya había llegado.
Cuatro veces.




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