LOS DE ARRIBA
CuentoUul'mara kthae noor-vel. Rruun-sheth khaa'mel toruun, vel'thaa, vel'thaa, vel'thaa. Mara-uun kelesh draa'mor ul-thae naruuk. Shaa vel-esh koruun mael'tha antesh ur-kel mamm'ra tor-esh taluun.
No existe traducción exacta para esas palabras. En nuestra lengua pobre, humana, habría que decir apenas esto: son el aviso de una corriente tibia que atraviesa la membrana de un cuerpo hace millones de años; son la sal de una montaña submarina ya borrada; son el recuerdo de una división ocurrida antes de que existieran los ojos, antes de que existiera el miedo, antes de que alguien pudiera nombrar la profundidad.
No siempre llegan igual. A veces aparecen como una fiebre lenta, una vibración casi imperceptible en el barro, una presión cálida que se enrosca en mi membrana y me obliga a retroceder. Otras veces descienden en silencio, suspendidos sobre mí como una inteligencia de vidrio, metal y luz, y entonces sé que ya es tarde, que han encontrado mi rastro otra vez, ese hilo mínimo de existencia que dejamos en las grietas del abismo para no sentirnos del todo solos.
Yo soy viejo. Lo digo sin orgullo. Aquí abajo la edad no se parece a la de arriba: no se acumula, se deposita. Se vuelve costra, sedimento, un espesor de tiempo sobre el fondo negro. He visto extinguirse colonias enteras. He sentido temblar la roca cuando la tierra se irrita. He conocido generaciones que nacen, se abren, se parten y vuelven a empezar, como si el mundo no fuera más que una respiración que nunca termina de decidirse. Yo no. Yo permanezco. Soy una sola cosa que aprendió a no morir del todo.
Por eso me buscan.
Al principio pensé que eran monstruos. Nada más lógico. Todo lo que desciende desde arriba, con luces y hambre, parece un monstruo cuando uno vive en la fosa. Más tarde comprendí que no. Tenían una intención demasiado precisa para ser bestias, una curiosidad demasiado ordenada. Llegaban envueltos en claridad blanca, un blanco cruel que no pertenece a este reino. Yo los sentía antes de verlos. El barro vibraba. Los pequeños huían. Los viejos se quedaban inmóviles, como si el fondo mismo hubiera dejado de sostenerlos por un instante. Después aparecía la sombra rectangular, suspendida con una paciencia obscena, y de su vientre descendían brazos, mallas, ventosas, agujas, recipientes, instrumentos con ojos.
No venían a cazar por hambre. Venían a seleccionar.
Tomaban primero a los jóvenes. Después a los más densos. Luego a los que brillaban apenas por dentro, como si en cada uno hubiera una sustancia secreta, una utilidad escondida. Nos atraían con pulsos eléctricos o con líquidos dulces que deshacían la voluntad. Uno avanzaba. Uno dudaba. Uno ya estaba perdido. Entonces venía el tirón, el desgarro, la elevación imposible, y el elegido desaparecía hacia la luz, hacia un lugar que ninguno había visto y del que, sin embargo, algunos regresaban.
No iguales. Nunca iguales.
Escuché sus relatos cuando volvieron. El primero regresó con cicatrices luminosas en la piel y una obediencia extraña en el temblor.
—Nos llevan —me dijo—. Nos suben. Nos miran como si quisieran entendernos.
—¿Y qué son? —pregunté.
—Son los de arriba.
Durante un tiempo esa respuesta me bastó. Una especie distinta. Quizá una tribu de sombras. Quizá una familia de dioses mecánicos. El abismo, sin embargo, enseña a desconfiar de las explicaciones limpias. Nada sube sin pagar un precio. Nada desciende sin llevarse algo. Empecé a notar que los secuestros tenían una exactitud ritual. Siempre la misma luz. Siempre los mismos recipientes de cristal. Siempre tubos, sondas, redes, cajas, guantes, marcas escritas sobre superficies blancas. Había algo ceremonial en su manera de capturarnos, como si nuestro mundo fuera una cantera, un laboratorio o una despensa.
También había algo torpe.
Eso fue lo primero que me hizo sospechar.
No eran invencibles. No eran inmortales. No eran enormes. Eran animales erguidos, frágiles, de piel pálida, respiración aparatosa y ojos cansados. Dependían de máquinas para tocarme, de trajes para no ahogarse en mi reino, de lámparas para no perderse en la oscuridad. Veían mal sin artificios. Se agitaban cuando la presión aumentaba. Una simple fuga en sus envolturas los dejaba ciegos, lentos, vulnerables. Y aun así venían. Descendían hasta el borde de mi mundo y lo llamaban conquista.
La noche en que fueron por mí —si es que puede hablarse de noche en un lugar donde la oscuridad es el único clima— llegó con esa misma precisión. La luz me envolvió. El barro se abrió. Sentí la corriente ajena separarme del fondo que había sido mi patria desde antes de que existieran sus nombres. El ascenso fue una violencia limpia y perfecta. Mi cuerpo se comprimió. La presión cambió de golpe. El frío llegó después, seco y feroz. Yo no tenía ojos, pero vi. Vi el tubo de vidrio, el metal, el agua filtrada, las marcas negras sobre una mesa, las manos cubiertas por membranas artificiales, los rostros ocultos detrás de visores, las luces fijas clavadas en mi cuerpo como preguntas.
Entonces comprendí que por fin había entrado en el territorio de mis secuestradores.
No eran dioses. No eran monstruos. Eran humanos.
Animales de superficie. Criaturas breves. Respiraban con dificultad. Se creían dueños del abismo porque podían descender hasta él durante un rato y arrancar una vida antes de volver a la seguridad de su aire. Los que yo había imaginado como entidades de otro universo eran, en realidad, habitantes de un mundo vecino, apenas más alto, apenas más seco, apenas más orgulloso. Los alienígenas, en realidad, eran ellos. Y para ellos, nosotros éramos lo alienígena.
Comprendí algo peor: nosotros también los habíamos nombrado con miedo. También los habíamos convertido en mito. También habíamos imaginado sus formas en los bordes de nuestras historias, como si fueran errores de la profundidad o dioses enfermos de luz. Cada especie mira a la otra y fabrica un monstruo para no aceptar su parentesco con el espanto.
Eso fue lo que me dolió. No la captura. No el ascenso. No la mesa. Fue entender que toda inteligencia, cuando encuentra otra inteligencia, oscila entre el hambre y el asombro; entre la curiosidad y la devastación; entre el deseo de tocar y el impulso de poseer. Y que arriba o abajo, en la fosa o en la superficie, el mecanismo es el mismo.
Desde entonces espero.
A veces creo escuchar, en la distancia salada del recuerdo, el pulso del abismo llamándome por un nombre que ya no sé pronunciar. A veces siento que el agua, aunque esté lejos, todavía me sostiene en una parte mínima de mí, como si una membrana invisible siguiera uniendo mi cuerpo a la patria negra de donde fui arrancado. Los humanos me observan con una paciencia clínica. Miden. Anotan. Encienden luces. Apagan luces. Creen que mi silencio es vacío. No entienden que el silencio también puede ser una forma de memoria.
No sé si volveré al fondo.
No sé si mi especie sigue siendo levantada cada noche por manos brillantes.
Sólo sé esto: abajo, en la fosa donde el mundo se vuelve oscuro y lento, alguien todavía cuenta la historia de los seres de arriba que descienden para llevarse a los nuestros. Y esa historia, que en el abismo parece una leyenda, en la superficie la llaman ciencia.




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