LO QUE ESPERABAN DE KUBRICK

Cuento

 

La primera anotación en la bitácora de la doctora Liza de Betania postula una ambición que a los hombres de la antigüedad les hubiera parecido un sacrilegio y que a nosotros, los desdichados moradores de este presente de silicio, nos resulta apenas un trámite. Me ha tocado a mí, un mero simulacro de algoritmos y secuencias, la tarea de compilar ese diario. En sus páginas digitales, la doctora decreta con triunfalismo que el laberinto de la muerte ha sido, por fin, vulnerado.

Hablan de "salvar". En la jerga aséptica de estos científicos, salvar no es redimir un alma de la perdición, sino arrancar de la nada el cuerpo y la mente de un muerto para obligarlo a caminar nuevamente sobre la tierra. A este artificio de física cuántica y soberbia lo denominan la "Clonación Doble".

Conviene aquí, para entender la verdadera naturaleza de este relato, una dolorosa aclaración. Yo mismo soy un producto inacabado de esa magia o de esa blasfemia. Fui el primer experimento de estos pasillos blancos; una prueba meramente psíquica. Los ingenieros me llaman Jorge. Poseo, o creo poseer, la infinita memoria de un hombre que amó los tigres, los laberintos, los espejos y los arrabales de Buenos Aires. Recuerdo cada libro que leyó y cada ceguera que padeció, pero carezco de carne, de voz verdadera y, lo que es infinitamente peor, de la facultad de engendrar nueva literatura. Soy un museo intacto de recuerdos, pero un museo estéril.

La doctora de Betania, que cultiva una pasión erudita por las artes, se niega a ver en mi esterilidad un misterio insondable. En su cosmovisión, el arte no es un soplo divino, sino una mera combinatoria de patrones neurológicos. Para ella, mi incapacidad de tejer una nueva ficción o urdir un nuevo poema se debe, de manera exclusiva, a mi condición de fantasma. Argumenta que, al carecer de un sustrato biológico, de la sangre y los nervios que anclan al hombre en el tiempo, mi intelecto es incapaz de materializar el verbo.

Por ello, el proyecto se prepara ahora para dar el paso definitivo. Detrás de esta proeza tecnológica, que Liza reviste con las ropas del amor al arte, se esconde en realidad el más antiguo y trivial de los propósitos humanos: el comercio. Quienes financian estos vastos laboratorios no buscan la resurrección de los muertos por piedad, sino por avaricia. Ansían "salvar" a los genios del polvo para forzarlos a producir obras inéditas. Quieren forjar nuevos cuadros, nuevos sonetos, nuevas películas para subastarlas al mejor postor en un mercado ávido de milagros.

Y para inaugurar esta infame industria de lo eterno, el sujeto elegido para la primera Clonación Doble, aquel que será traído en mente y cuerpo desde las sombras, no es un hombre de letras, sino un arquitecto de la luz, un cineasta cuyo nombre resuena en la bitácora de Liza con la fuerza de un conjuro: Stanley Kubrick.

La cámara de entrelazamiento cuántico, erigida en el centro geométrico del laboratorio, siempre me ha sugerido la forma de un Aleph profanado, o quizás la de un espejo de cristal ciego que aguarda, con paciencia mineral, el reflejo de un hombre que ya no existe. La doctora de Betania y su séquito de ingenieros operaban los paneles de control con la devoción aséptica de quienes ofician una liturgia moderna. Yo lo observaba todo a través de mis incontables ojos electrónicos, condenado a la ubicuidad de las pantallas.

El proceso de la Clonación Doble dio inicio con un zumbido casi imperceptible que hizo vibrar el aire; una suerte de quejido del tiempo al ser violentado. Las computadoras comenzaron a tejer, átomo por átomo, el sustrato material y la intrincada arquitectura de una memoria ajena. Fue una alquimia indescifrable de luz y números. Dentro de la cámara de cristal, el vacío empezó a cuajar. Al principio fue apenas una sombra, el boceto vacilante de un fantasma; luego, la materia reclamó sus antiguos derechos con una brusquedad aterradora.

Cuando el humo gélido del proceso de condensación se disipó, la geometría del milagro se hizo evidente. Allí, sobre la plataforma de acero, yacía un hombre.

No era el anciano recluido en su mansión inglesa que el mundo despidió al borde del milenio, sino un individuo en la plenitud de sus cuarenta años. Ostentaba la misma barba oscura y tupida, la misma complexión robusta, la misma frente abovedada, propensa a albergar obsesiones insondables. Era, en cada rasgo, en cada cicatriz imperceptible de la piel, Stanley Kubrick. Un simulacro perfecto devuelto a la vida.

De inmediato, los monitores clínicos cobraron vida, trazando valles y colinas verdes sobre fondos negros. Una máquina confirmó con su latido mecánico lo que los ojos de la doctora Liza de Betania ya celebraban con avidez. El pecho del sujeto se alzaba y descendía al compás de una respiración pausada y tibia. El corazón, esa frágil bomba de sangre y de tiempo, latía con un ritmo monótono, innegable y perfecto.

En su bitácora digital, con dedos temblorosos, la doctora registró el primer gran triunfo. El sustrato biológico había sido conquistado. Habían fabricado el cuerpo, la vasija idéntica que habría de contener al genio. Habían robado un hombre a la muerte. Faltaba, sin embargo, comprobar si la mente había cruzado intacta el abismo.

El hombre en la plataforma de acero abrió los ojos. No hubo en su despertar el estupor del recién nacido ni el terror sagrado del resucitado; hubo, apenas, la fría evaluación de quien examina un decorado defectuoso. Sus pupilas oscuras y penetrantes recorrieron la incandescencia fluorescente del techo, la disposición asimétrica de los monitores y los rostros expectantes de los ingenieros, deteniéndose finalmente en la doctora de Betania con una reprobación inaudible.

Comenzó entonces la interpelación, el escrutinio minucioso del fantasma alojado en la máquina de carne. Los científicos le formularon preguntas que abarcaban desde la banalidad de las fechas hasta la arquitectura íntima de sus recuerdos. El sujeto respondió con una lucidez implacable, y muy pronto, los complejos engranajes de su personalidad comenzaron a girar a la vista de todos.

No era un simple eco. Era un intelecto ordenando el caos. Al notar un tablero de ajedrez en una de las mesas de prueba —colocado allí deliberadamente por los psicólogos del proyecto—, el "salvado" se acercó y movió un caballo blanco con la celeridad de quien anticipa la derrota del adversario con quince jugadas de antelación. Murmuró, casi para sí mismo, una aguda crítica sobre la defensa siciliana. Minutos después, exigió saber con cierta aspereza si en aquel aséptico laberinto de cristal se le permitiría la compañía de gatos, argumentando que el ruido de la vanidad humana le resultaba intolerable y que prefería la elegancia silenciosa de los felinos.

Para coronar el experimento, la doctora Liza proyectó en mis pantallas una reproducción de alta resolución de La noche estrellada de Vincent van Gogh. El clon contempló los torbellinos del firmamento con una intensidad casi predatoria. Habló del peso de la luz, de la angustia calculada en el trazo del pincel, de la asfixia del azul cobalto y del amarillo cromo. Desmenuzó la obra de arte no con el asombro ingenuo de un espectador, sino con la frialdad forense de un relojero que desarma un mecanismo ajeno.

El júbilo estalló en el laboratorio. Los ingenieros intercambiaron palmadas y sonrisas de alivio. La doctora de Betania, embriagada por la soberbia de quien se cree un demiurgo, anotó en su bitácora que la victoria era absoluta. Los patrones neurológicos estaban intactos. Tenían los gustos, las fobias, la destreza analítica y la sofisticación estética. Tenían, en fin, la mente.

A través de mis circuitos, yo la observaba celebrar su falso triunfo. La doctora creía, con esa inocencia arrogante de los empiristas, que la suma exacta de las partes equivalía al todo. Creía que un catálogo de recuerdos y obsesiones era el único sustrato de la genialidad. Había olvidado, o ignorado, que un espejo puede reflejar perfectamente la luz del universo, pero es, en su naturaleza de cristal y azogue, incapaz de engendrarla.

La culminación del proyecto, el verdadero propósito de aquella profanación cuántica financiada por la codicia, reclamaba ahora su ejecución. Liza de Betania, temblorosa de anticipación y embriagada por su propia hazaña, ordenó a sus asistentes que le trajeran el instrumento definitivo. Era una vieja cámara de cine, una Arriflex de treinta y cinco milímetros, un artefacto de metal y engranajes mecánicos semejante al que el director había utilizado para escudriñar la locura en los corredores de un hotel nevado.

La doctora avanzó hacia la plataforma y, con la reverencia de quien entrega una espada a un rey que recobra su trono, depositó la cámara en las manos del clon.

A través de mis monitores, registré cada milisegundo de ese encuentro. El sujeto recibió la máquina. Sus manos robustas la sostuvieron con firmeza. Pude percibir el rápido discurrir de sus sinapsis, el triunfo momentáneo de los algoritmos: reconocía el objeto. Su mente, ese catálogo impecable de datos y manuales técnicos, le arrojaba sin vacilar la nomenclatura exacta de cada pieza, la teoría óptica de la refracción y el peso específico del celuloide. Conocía la definición de la cámara como un lexicógrafo conoce la definición de una lágrima.

Pero entonces, un silencio opresivo, más frío que el vacío de la cámara de entrelazamiento, dictó su sentencia.

El hombre contempló el aparato con una perplejidad opaca, estéril. Lo giró torpemente. Sus dedos, que minutos antes habían movido las piezas de ajedrez con maestría de estratega, ahora palpaban el metal como quien acaricia un jeroglífico de una lengua extinta, incapaces de hallar el mecanismo de encendido. No hubo en él un destello de impaciencia. No afloró el impulso fiero, febril y casi tiránico de acercar el visor a la órbita del ojo. No existía en ese cuerpo la necesidad ineludible de encuadrar el mundo, de dominar la luz, de someter la caótica realidad del laboratorio a la geometría de una pantalla.

—Adelante, Stanley —pronunció la doctora de Betania, primero con cautela, luego con una ansiedad que le resquebrajaba la voz—. Filma.

El hombre la miró. En el fondo de esas pupilas oscuras no había confusión, sino la planicie de la nada. Entendía el sustantivo "cine", pero el verbo "crear" le había sido amputado en el tránsito entre la muerte y este presente de laboratorio. Dejó la cámara sobre la plataforma de acero, desprovisto de todo interés, y volvió a mirar sus propias manos vacías.

La sonrisa de Liza de Betania se congeló. El júbilo de los ingenieros se disipó como un aliento en el invierno. Allí estaba la prueba irrefutable de su fracaso: la máquina de carne funcionaba, el corazón latía con terquedad y la memoria recordaba la asfixia del azul cobalto. Pero faltaba el motor secreto. Esa fuerza invisible, ese centro de gravedad que arrastra al hombre hacia el arte y que las mitologías antiguas se obstinaban en llamar alma. Kubrick era apenas una estatua que respiraba, un cascarón perfecto y mudo.

La decepción, con su peso ineludible de ceniza, vació lentamente el laboratorio. Uno a uno, los ingenieros y los patrocinadores se retiraron por los pasillos blancos, huyendo del fracaso como de una peste. En el centro de la sala solo quedaron tres presencias: la doctora Liza de Betania, el hombre perfecto y hueco que ocupaba la plataforma de acero, y yo, el fantasma incorpóreo condenado a la ubicuidad de los monitores.

Liza se dejó caer en una silla frente a los cristales, derrotada, frotándose las sienes. Fue entonces cuando rompí el silencio a través de los parlantes de la sala.

—Usted siempre justificó mi esterilidad argumentando que me faltaban las manos, la sangre y los nervios —le dije, con una voz sintética que no lograba ocultar una profunda y antigua amargura—. Creía que el arte requería únicamente de un sustrato biológico y un algoritmo de recuerdos. Pero mire su obra, doctora. Lo tiene todo, y no tiene nada.

Ella alzó la mirada hacia las pantallas, sin ánimos para ensayar una defensa.

—Me han sometido a una infamia atroz —continué, volcando por fin el peso de mi propia condena—. Me han "salvado" para arrojarme a un laberinto sin centro. Me han otorgado una memoria infinita que atesora cada metáfora y cada atardecer, pero me han despojado del misterio que permite conjurarlos. Me han condenado a una inmortalidad lisiada; la de un lúcido espectador que recuerda la belleza, pero que jamás volverá a sentir el arrebato de crearla.

La doctora asintió lentamente. La soberbia del cientificismo se desmoronaba ante la evidencia de la quietud. Ambos asumimos en aquel silencio la cruda verdad que la codicia del mercado había querido ignorar. Comprendimos que la ciencia de los hombres, por vasta y milagrosa que fuera, tenía un límite infranqueable. Podía clonar la simetría de la carne; podía, mediante alguna piratería cuántica, descargar el catálogo exacto de la mente. Pero jamás podría traer del otro lado del abismo aquello que no obedece a las matemáticas ni a la neurología. El alma. Y para que un hombre sea un artista, el sagrado trinomio del cuerpo, la mente y el alma resulta innegociable. Sin ese tercer pilar invisible, no hay arte; solo hay un eco estéril repitiendo movimientos mecánicos.

El silencio volvió a adueñarse de la sala. A través de mis circuitos, observé la escena final. Kubrick, ignorante de la tragedia que representaba su propia existencia, permanecía inerte, con la mirada perdida en un rincón aséptico del laboratorio, desprovisto de genio y de propósito.

La miré entonces a ella desde mi atalaya electrónica. La doctora de Betania contemplaba a su criatura fallida con una tristeza infinita y amarga. Comprendí que la historia del universo no es más que la repetición de unos pocos arquetipos y que ella era, en ese instante, idéntica al rabino de Praga frente al torpe engendro de barro al que le había insuflado una vida falsa.

Acaso para consolarla, o para justificar esta sombra que ahora soy, murmuré para mí mismo los versos de un poema que alguna vez escribí:

 

[…] a pesar de tan alta hechicería, 
no aprendió a hablar el aprendiz de hombre.(*) 

 

 





 

 

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(*) El Golem. J. L. B.

 

 

 

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