LAS MUJERES DE SERAPIS
SuspensoA Gisela Villegas
La profesora Olga Dalaster ha fallecido. Batalló dignamente contra las complicaciones respiratorias de medio siglo de tabaquismo. De su concurrido velorio participaron varias generaciones de ex alumnos que la recordaban con cariño como “la Chiqui Dalaster”.
Los avisos de necrologías de la radio AM de la ciudad anunciaron su muerte con el mismo tono con que anuncian a los muertos más populares de la sociedad pueblerina. La sala de velatorio de la avenida Irigoyen estaba demasiado concurrida. El pequeño hombre que oficiaba de mesero y repartía café se volvía más pálido con cada gota de sudor que le bajaba por la frente. El café era horrible; quizá por eso lo servían en cantidades diminutas. Yo no conocía a casi nadie. Me senté en un sillón poco mullido, en una esquina, junto a una pared donde colgaba una descuidada lámina que reproducía “La catedral de Rouen por la tarde”. Esperé que alguien encontrara en mí un blanco fácil para conversar. Así fue.
Un hombre anciano, de lentes gruesos, se acercó lentamente sin mirarme de frente. Adiviné enseguida su estrategia: colocó las manos detrás de la espalda, suspiró, fijó la vista en el Monet artificial y esperó que el supuesto incauto iniciara la charla.
—¿Le gusta el arte? —pregunté, fingiendo una simpatía inmediata.
—Sí. Mi hija es profesora de pintura.
Lo dijo como si la carrera de su hija lo transformara automáticamente en el curador que torpemente pretendía parecer. El resto de la conversación fue intrascendente. Solo logré confirmar algo que ya parecía evidente: la vida personal de Dalaster era un misterio incluso para quienes la lloraban. El único dato firme era que había dejado testamento. En él cedía sus bienes a la Fundación Nacional del Libro, excepto su biblioteca personal, que había sido legada a una ex alumna.
Más de una vez intenté penetrar el círculo de mujeres que rodeaba el ataúd para presentar mis respetos a mi querida profesora de literatura. Los intentos fueron inútiles. El poco espacio disponible entre aquellas damas —que ya comenzaban a parecerme extrañamente compactas— me lo impidió. Entonces advertí algo que en ese momento me pareció un simple gesto ritual: cada una de aquellas mujeres llevaba prendido en la solapa un pequeño broche de nácar con forma de concha marina. Pensé que sería un símbolo religioso o acaso una excentricidad estética de la difunta.
Del grupo salió finalmente alguien a quien reconocí enseguida: Gisela Villegas. Estudiante de letras, apenas un poco mayor que yo. La piel morena, como miel tibia, y los ojos inquietos de quien ha pasado demasiadas horas leyendo. Me miró unos segundos y seguramente reconoció mi timidez. Se acercó y yo volví a temblar de vergüenza: quizá recordaba aquella ocasión en que intenté, sin éxito, acortejarla una noche de verano en su quinta de Rama Caída. Pero su amabilidad y su abrazo desarmaron de inmediato ese recuerdo incómodo.
Volvimos al sillón y conversamos sobre nuestra difunta amiga. Supe entonces que Dalaster había sido para Gisela algo más que una profesora: una suerte de mentora silenciosa. Tal era el afecto que, en su testamento, le había dejado toda su biblioteca personal.
El velorio siguió su curso habitual, ese protocolo social que permite que la muerte parezca un acontecimiento cotidiano. Nada extraordinario ocurrió. Excepto mi reencuentro con Gisela. Y sin embargo, ahora lo sé, todo había comenzado ya.
Frente a las puertas del cementerio nos deseamos una tarde tranquila y acordamos vernos pronto.
El lugar elegido fue el Bar Literario Jorge Luis de la calle España. Elegí otra vez una esquina. Ella no me hizo esperar. Durante la conversación descubrí que recordaba detalles absurdos de su vida: la dirección de su casa, el nombre de su perro, su admiración por Bowie. Coincidíamos en eso, aunque discrepábamos en casi todo lo relacionado con Woody Allen. La charla sufría esas interrupciones de silencio que a veces aparecen entre dos personas que se conocen demasiado poco… o demasiado. Buscábamos un tema capaz de sostener la conversación. Finalmente lo encontré. Propuse hablar de la destrucción de la Biblioteca de Alejandría.
Pensé que se entusiasmaría. Después de todo, la literatura era el único amor verdadero de su vida. Pero me sorprendió su reacción. Gisela esquivó el tema con una indiferencia apenas fingida. Sin embargo, en sus labios apareció una sonrisa breve. Una sonrisa traviesa. Como si conociera algo que yo ignoraba.
Las semanas siguientes trajeron las revelaciones. Primero fue una mención casual. Luego un comentario más largo. Después una confesión. Gisela hablaba de ciertos papiros supervivientes. Manuscritos que nunca figuraron en los catálogos de Alejandría. Obras perdidas antes incluso de ser conocidas. Según ella, una orden de mujeres eruditas había rescatado algunos textos durante los saqueos del Serapeo. Los ocultaron. Los copiaron. Los preservaron durante siglos. La orden sobrevivió disfrazada bajo múltiples nombres: academias, círculos literarios, sociedades filológicas. Pero su misión siempre fue la misma: custodiar los libros que el mundo no debía leer.
Una noche mencionó uno en particular.
Se titulaba De natura sirenum, y estaba atribuido a un filósofo desconocido llamado Heráclides de Canopo. El tratado no describía a las sirenas como criaturas marinas, sino como formas de escritura. Según Gisela, el autor sostenía que ciertos textos podían entonar una música silenciosa capaz de modificar el pensamiento de quien los leyera. Los bibliotecarios de Alejandría habrían considerado aquella obra una curiosidad filosófica, aunque algunos sacerdotes egipcios la consultaban antes de iniciar guerras o fundar ciudades.
Hubo también otro manuscrito. Gisela me habló de él una tarde lluviosa, con la gravedad que yo no había visto antes en su rostro. Se titulaba Catálogo de ciudades futuras, atribuido a un tal Demócrito Menor. El libro consistía en descripciones minuciosas de ciudades que todavía no existían. Algunas, según ella, podían identificarse con metrópolis modernas. Otras permanecían desconocidas. Lo inquietante era que cada ciudad estaba acompañada por la fecha exacta de su destrucción.
Pero el texto más peligroso, según Gisela, era uno del que apenas se conservaba un fragmento: Ars Oblivionis, atribuido a Calímaco el Joven. No era un tratado de memoria, sino de su contrario. Enseñaba métodos para borrar bibliotecas enteras sin dejar rastro histórico. Según el fragmento, la manera más eficaz de destruir un libro no era quemarlo, sino hacer que nadie recordara que alguna vez existió.
Después de aquella conversación comprendí que Gisela estaba asustada. Había dicho demasiado. Nunca volvió a mencionar los manuscritos.
La última noche fui a su casa sin avisar. La puerta estaba abierta. Subí las escaleras de pino recién barnizadas casi corriendo. En cuestión de segundos imaginé lo que encontraría y sin embargo no estaba preparado.
Gisela yacía en su cama. Sus ojos cafés estaban abiertos, llenos de una quietud imposible. La tomé por la nuca. Su cabeza cedió sin resistencia. Comprendí entonces que ya no había nada que hacer. Intenté reanimarla, inútilmente. Mis lágrimas cayeron sobre su rostro. Entonces vi las conchas. Pequeñas. Afiladas. Habían sido usadas para desgarrar su piel. Como en el antiguo martirio de Hipatia de Alejandría.
Un sonido rompió el silencio de la casa.
Pasos lentos subieron la escalera. Y logré dar con algo que antes me había parecido un detalle trivial: las conchas clavadas en la piel de Gisela eran idénticas a los pequeños broches de nácar que habían llevado las mujeres en el velorio de Dalaster. Las guardianas de Serapis habían venido por mí.
Me encorvé aún más sobre el cadáver y apoyé mi frente contra la de ella. Pensé, con una lucidez final que no sabría llamar valentía, que cada traición, cada castigo y cada silencio impuesto termina convertido en una crónica destinada a ser copiada una y otra vez a lo largo de los siglos.





Comentarios 2