El beso

Cuento

Margarita estaba emocionada; había esperado encontrarse con él desde hacía varios meses. Conversaban sobre cómo les habían ido en las vacaciones. De pronto, Miguel empezó a acercarse lentamente hacia ella. Al ver los labios del chico cada vez más cerca, se quedó paralizada, sin saber qué hacer. La joven estaba nerviosa, tan nerviosa. Sus mejillas se pintaron de un color rojizo. Sentía que su corazón latía muy fuerte, tan fuerte que, en cualquier momento, se iba a salir de su pecho.

La joven era de una belleza singular. Poseía una melena de cabellos dorados que, en cascada, buscaban sus hombros. Tenía la piel clara y un suave rubor coloreaba sus mejillas. Sus ojos, como dos gemas talladas de lapislázuli, observaban el mundo con una mezcla de asombro y recelo. Pese a esto, nunca había tenido pareja. Era una chica muy introvertida; rara vez mostraba sus sentimientos. Se atormentaba pensando lo peor de su apariencia y vacilaba ante cualquier decisión, incluso aquellas que podrían hacerla feliz.

Cuando los labios de Miguel tocaron los suyos, sintió que el Amor los rodeaba con sus brazos. Su blanco rostro se puso rojo como una fresa. Él empezó a acariciar suavemente su piel de seda. El mundo les sonreía aquel día. 

De pronto, sus labios se separaron un instante. Con voz trémula, le dijo a Margarita: «Te quiero; al conocerte gané un gran tesoro». Luego, se acercó a ella nuevamente y le dio un breve pero dulce beso en sus labios sanguíneos. 

Ambos jóvenes veían, mientras se abrazaban, el pacífico parque. Se perdieron en la belleza de los pétalos de las rosas, en las figuras que dibujaban las sombras de los árboles sobre el suelo, en la algarabía de los niños que jugaban y en el vals de las hojas que revoloteaban con la brisa. Un delicioso aroma floral flotaba en el aire, mientras el agudo cantar de los pájaros componía la banda sonora de su idilio.

—¿Quieres ser mi enamorada? —le dijo Miguel.

—Sí, claro que sí quiero —respondió Margarita emocionada.

La alegría bañó sus almas. Se abrazaron aún más fuerte. Margarita cerró los ojos un instante, mientras Miguel acariciaba sus cabellos dorados. En eso, una llamada interrumpió aquel mágico momento.

—¿Aló? —preguntó Miguel por el celular—. Hola, papá, dime. Ah, entiendo, ahora voy para allá. Disculpa, han llegado mis primos a la casa, tengo que irme —dijo Miguel.

—Está bien, no te preocupes, lo entiendo —contestó Margarita. El joven le dio un tierno beso en la mejilla y le dijo: «Hasta luego, te veo el martes».

Margarita, luego de despedirse de Miguel, se fue caminando a su casa, la cual quedaba a solo una cuadra del parque. Al llegar, empezó a tocar la puerta, pero se detuvo cuando recordó que no se encontraba nadie en casa. Agarró la llave que tenía en su bolsillo. Cuando logró abrirla, se dirigió a su cuarto. Se echó cómodamente en su cama y, mientras veía el techo, pensaba en la mágica tarde que había pasado junto a Miguel. Ese recuerdo se reproducía millones de veces en su mente, como si fuera una película.

Estaba ansiosa por volver a ver a su amado. Pintaba, con su mente, el rostro de Miguel por todas las paredes de su habitación. Esperaba que las horas corrieran velozmente para que fuera martes. Mientras abrazaba su conejo de peluche, sacó su celular y empezó a ver las fotos del chico en las redes sociales. No podía creer que alguien como él se hubiera fijado en una chica como «ella». Estaba emocionada, porque era la primera vez en sus diecisiete años de vida que estaba en una relación amorosa.

A comparación de sus tres hermanas mayores, que habían tenido más de tres parejas durante su vida, Margarita no tenía nada de experiencia en lo romántico. Le gustaba estar sola. En vez de salir a la calle con sus amigos o ir a alguna fiesta, prefería quedarse en casa, echada en el sofá de la sala, mientras leía un libro. Lo poco que había escuchado sobre el amor era a través de las novelas literarias y poemas que había leído.

Debido a su escaso conocimiento amoroso, no dejaba de pensar en qué tenía que hacer para que le fuera bien en su relación. «¡De qué voy a hablarle!», «¡se aburrirá de mí!», «¡cómo será cuando terminemos!», eran pensamientos constantes que pasaban por su mente. En eso, se escuchó el sonido de un mensaje en su celular. Al revisar la pantalla, vio que decía: «¿Cómo estás, amor?». De pronto, una sonrisa se dibujó en su rostro. Era un mensaje de Miguel. Ella escribió: «Hola, estoy muy bien, pensando en ti». La respuesta a su mensaje fue: «Yo igual, estoy reunido con mis primos, pero no puedo sacarte de mi cabeza. No puedo pensar en nada más que no seas tú».

El corazón de Margarita empezó a palpitar muy fuerte a causa de la emoción. Entonces, le escribió al joven: «¿A qué hora y dónde nos vemos mañana?». A esto, le respondieron: «Mañana en el mismo parque a las 4:30 p.m., ¿está bien?». Ella respondió: «Sí, así quedamos». Luego, Miguel le dijo que después hablaban porque estaba ocupado con su familia. La chica aprovechó para dormir un poco hasta el día siguiente.

El martes, a la hora acordada, Margarita, muy alegre, se dirigió hasta el parque. Al llegar, no veía a su nuevo enamorado. De pronto, recibió una llamada:

—Date la vuelta, amor, estoy detrás de ti —le dijo Miguel.

—Jajaja, está bien —respondió Margarita.

Al voltear, vio que el chico estaba al otro lado de la pista, mirándola con una sonrisa en el rostro. Ella, emocionada, lo saludó con la mano. Miguel estaba a punto de cruzar la pista, pero de pronto, un camión se desvió de su carril y ¡CRACK!, chocó contra él.

Margarita no lo podía creer. Dio un grito desgarrador y cayó, afligida, al suelo. La tristeza resbaló, en forma de gotas de cristal, por sus mejillas.

Comentarios 1

S
Stephano A. Villalobos13 de marzo de 2026
Ejercicio de escritura creativa número 5. Uso de apelaciones sensoriales y emotivas. Uso de figuras literarias (onomatopeyas, epítetos, personificación, hipérbole, metáfora, etc.).

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