Conejo blanco

Cuento

En los confines de una jaula de metal oxidado, un pequeño y suave conejo blanco, cada vez más delgado, yacía impaciente por la llegada de su amo. Cuando no se encontraba encerrado, brincaba sin cesar por el patio que rodeaba su prisión, subiéndose a las macetas que albergaban las verdes plantas que lo acompañaban en su solitaria existencia. Saltaba por cada rincón de aquel blanco patio de cuatro esquinas; día, tarde y noche. A través de la mampara cristalina que funcionaba como una de las cuatro paredes, observaba atento a su familia humana, esperando que se fijaran en él y le dieran un poco de cariño. Deseaba con todas sus fuerzas que lo vieran, que abrieran la mampara y lo cargaran en sus brazos; quería jugar, aunque fuera un momento, con ellos.

El tiempo transcurría y el pobre conejillo tenía el pelaje cada vez más pegado a los huesos debido a su avanzada edad. Para sobrevivir, se veía obligado a alimentarse de sus amigas verdes, teniendo cuidado de no maltratarlas demasiado para que no abandonaran este mundo antes que él. Hasta que un día, su dueño abrió la mampara y entró. Al sentir su presencia, el animal movió sus patitas hacia él, lo rodeó corriendo en círculos y frotó su cabecita blanca contra la pierna de este.

El amo, sin corresponder su afecto, caminó en línea recta evitando pisar al animalito. Llevaba en sus manos una bandeja con una montaña de verduras de todos los colores, suficiente para que el conejo se alimentara por toda una semana. El pequeño, lleno de hambre, empezó a devorar la comida, mientras que su amo giraba, silencioso, en dirección hacia la salida.

El conejito no notó que su dueño se había marchado hasta que escuchó el suave deslizamiento del cristal de la mampara cerrándose lentamente. Intentó correr lo más rápido que pudo para entrar a la casa, pero su cabeza se estrelló violentamente contra el vidrio. Adolorido, mareado y sin nadie que lo consolara, retrocedió, dio la vuelta y caminó en dirección hacia su jaula. Saltó sobre la bandeja de verduras y entró en su casita de metal, corroída por el tiempo y el descuido.

De pronto, unas pequeñas lágrimas diamantinas cayeron suavemente por su carita peluda. Se recostó sobre su cama de fierro ocre y observó, a través del cristal, a sus seres queridos riendo y jugando. Hizo un esfuerzo por cerrar los ojos y descansar. Muy pronto, sus diminutos párpados cubrieron sus brillantes ojos rojos y se sumergió en un profundo, muy profundo sueño.

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Stephano A. Villalobos13 de marzo de 2026
3er ejercicio de escritura creativa

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