La frontera

Aventura

A Kalaallit Nunaat

que silenciosa resiste la estupidez y codicia extranjera

de unos y de otros.


 

Sila avanzaba sin dejar huella, ligera. Por un instante pensó que era el tiempo moviéndose a su alrededor el que caminaba y sus pasos eran sólo sueño.

Así la llamaban los inuit, Sila.

Dejaba la tierra blanca.

El hombre viejo, sabedor de las cosas que importan, se acercó entonces y le habló.

—Recuerda, Sila, recuerda lo que aprendiste. No confundas las líneas del horizonte.
El camino de regreso a tu valle no es el mismo que el que te trajo acá. Tú eres otra y las cosas no se ven igual. 

El cinturón de agua que nos protege, a veces aprieta. 

—Entonces, ¿cómo voy a saber por dónde debo ir?

El inuit sonrió y su cálida mano le extendió un objeto.

—Sila, siempre queriendo anticiparte al tiempo. Mantente donde tu ojos y corazón.
Lo más peligroso de atravesar es la frontera, una región tan larga o corta como la duda que te habite. El aire abunda, pero no se respira bien. No está contaminado: es como el viento debe ser, cambiante.
Usa este collar, tú sabrás escucharlo cuando lo necesites.

El collar se abrazó al cuello de Sila con su único brazo. Las cuentas, formadas una detrás de otra, estaban hechas de pequeños huesos tallados y pintados con finas figuras al centro, todas diferentes. Parecían contar una historia.
Cada cuenta tenía la curva del círculo, pero de forma irregular.

Cómo pueden cambiar las formas hasta volverse otras, pensó Sila mientras admiraba el collar entre sus dedos.
Miró a los ojos con gratitud a aquel hombre y apretó con suavidad el collar, correspondiendo el abrazo inuit.

—Espero volvernos a encontrar…

Se montó en el dragón perlado Suka y partió.

.  .  . 

Volaban buscando algún indicio de tierra.
Nada. Agua y más agua.

No había otra cosa que mar y cielo, que por la noche se hacían uno para volverse la garganta de un monstruo que los engullía.
Si no fuera porque volaban juntos, habrían caído petrificados hasta el estómago acuoso.

Aunque el tamaño de Suka guardaba la fuerza de un gigante, su largo cuerpo comenzaba a sentir la urgencia del descanso.

—Tal vez no estamos en la dirección correcta —dijo Suka con voz lenta.
—No lo creo —Sila entornó los ojos—. Los inuit me señalaron el camino, ellos no se equivocan.

Algo no estoy viendo, pero ¿qué? pensó Sila mientras cerraba los ojos y arqueaba la espalda hacia atrás, con la cabeza apuntando a las nubes.
Un segundo dejó reposar el momento y abrió los ojos: un punto lejano aparecía en el cielo.

—¡Suka, mira arriba! Hay algo… parece tierra.

Suka volteó y rió.

—Justo a tiempo.

Viró hacia las alturas y atravesaron corrientes de aire que venían de todas direcciones. Suka, aunque entendía el viento, no sabía bien cómo interpretar aquel flujo, pero no se detuvo. Sabía que no era tiempo de indagar.

Llegaron hasta lo que parecía ser una isla entre bruma espesa.
Apenas Suka rozó el suelo, sintió la pesadez de la altitud y del camino recorrido. Casi de inmediato cerró los ojos.

—Descansa, amigo Suka. Buscaré algún sentido a esto.

Delante de Sila todo se envolvía en una niebla que no dejaba ver el suelo.
Mientras caminaba, creyó escuchar voces, pero era solo el aire girando a su alrededor. No tenía miedo, sino una aguda atención que la hacía sentirlo todo: el frío recorriendo sus brazos, el sonido de sus pasos sobre el suelo húmedo, la sutil vibración de la lengua de ese viento.

Y recordó las palabras de Howl y su tierra verde, y volvía a su infancia junto a él. Escuchaba lo que miraba y miraba cada movimiento del aire aquí y allá. El polvo de agua giraba y ella volteaba la mirada buscando alguna respuesta, y venía a su mente la pregunta que se había hecho años atrás, cuando vio por primera vez a la máquina de los descoloridos arrancar luz de los ojos de alguien: su hermana, la que corría de su mano entre las flores lilas y amarillas que en invierno crecen en la montaña a las orillas de su pueblo. O quizá ya no.

¿Qué pasará ahora? ¿Qué pasa ahora?

Pensó que no entendía lo que veía ni lo que no veía.
No quiero ver ya la traición ni la mentira de la esperanza y el amor. ¿Dónde estás Howl? ¿Llegaste o te perdiste?

Y recordó cuando su mano se desprendió de la suya en el desierto blanco del tiempo, el tiempo que los inuit le enseñaron a ver y detener.
¿Qué estaba haciendo ahí? ¿Qué sentido tenía regresar si hacía años que se había ido? ¿Años o siglos?

Pensaba Sila en el ir y venir sin ver ya lo que tenía delante. De todas partes entraba el viento, de todas partes cortaba en cachos el anhelo.
Y así cayó sobre las piedras, como mi hermana, pensó.

—¡Sila, Sila! —Suka gritaba volando sobre ella.

Sila reconoció la voz de Suka, abrió los ojos y escuchó silencio.
Las cuentas del collar inuit —los huesos que habían sostenido vida en otro cuerpo— le hablaban ahora:

Levántate. Regresa.

Lo único que necesitaba saber.

Se puso en pie cuando  en medio de la niebla, vio a Suka tirado sin cabeza. El filo del aire había cortado toda su tierna cara de ojos rubí.
Gritó, gritó como aquella vez. ¿Qué había pasado?

Y el aire, raro y cruel, le susurró al oído:

—La indecisión mata.

Sila cerró los ojos, los labios temblorosos, sellados de furia y tristeza.
¿Contra quién peleaba? ¿Tanto había esperado? ¿Era ese el precio?

Basta.

Tomó con fuerza el collar blanco:

—Levántate y regresa. Regresa de donde has venido. Recuerda tus blancos huesos.

Dejó de escuchar aquellas ráfagas filosas. Solo el aliento sereno de los inuit que habitaban su corazón hablaba ahora.
Abrazó la gran cabeza de Suka y se encaminó hacia la poca luz solar que se filtraba entre la niebla.

Hacia allá debía dirigirse.
Siempre lo había sabido… 


 

La frontera, es un relato que sigue a Oda a tu regreso

 

 

Comentarios 1

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Tinta en las rocas17 de enero de 2026
Es una leyenda Escandinava o de Groenlandia?

De este autor