Oda a tu regreso
Cuento corto
—Vengo de lejos, muy lejos, buscando alguna respuesta que pueda ayudar a mi pueblo. El aire se ha vuelto raro, cada vez más. Sabemos que todo lo causaron los hombres descoloridos, esos petulantes que nunca han visto más allá de su vanidad y sus castillos. Y ahora quieren culpar a aquellos “monstruos”, como llaman a todo lo que no comprenden. Si me lo pregunta a mí, es sólo que la Tierra se defiende. ¿Cuántos años llevan apuñalando, hiriendo el suelo que nos vio nacer a todos? Acaso, ¿no es lo más lógico deshacerse de aquello que mata? La Tierra no olvida; el hombre descolorido sí. Muchas veces ni a su madre recuerda. ¿Qué se puede esperar de él?
Por eso no acudí a ellos. Por eso estoy aquí.
Me lo preguntó y yo le respondo.
Soy Nausicaä, del Valle del Viento, y por primera vez tengo miedo. Miedo de perderme como el hombre descolorido hizo. En su afán enfermo por acumular sus “riquezas”, inventaron una máquina que extrae las partículas luminosas de todo lo que toca: el agua, el aire, la tierra, la gente. Los deja como a ellos, en una nada que los hace parecer idiotas, pero es algo más grave: les quita el corazón, y sin él nadie sabe quién es.
La última vez casi nos succiona a mi amigo Fújur y a mí… atraparon a Howl, y sólo mi corazón sabe cuánto me hace falta.
Necesito de su ayuda.
El jefe inuit miró a Nausicaä a los ojos. No había temblor ni bruma en ellos. Podía confiar en que decía la verdad.
Después examinó a Fújur y él le sonrió afable, como un viejo abuelo; dulce y cansado.
El inuit no dijo nada y tampoco hizo expresión alguna. Si tenía algún juicio sobre ellos, sólo él lo sabía.
Finalmente dijo:
—Nausicaä del Valle del Viento, has llegado montada en este blanco dragón desde tierras que nosotros sólo hemos soñado. Sabemos de esa infección que está azotando los mundos; sabemos de los de piel sin color. Nuestra mar, generosa nos envuelve; por eso no ha llegado aún.
Tu amigo Howl estuvo aquí; ayer se fue.
La joven Nausicaä se descolocó. Cómo podía ser si apenas lo habían perdido. Frunció el ceño, miró a Fújur esperando encontrar en sus ojos rojos alguna respuesta pero él tampoco entendía.
El viejo inuit le extendió un papiro doblado, dijo que era un mensaje de Howl. Luego, aclaró a la joven viajera el desconcierto.
—Atravesaste el desierto de las dunas blancas, donde se hacen y deshacen las montañas de arena cada día. Ahí el tiempo no pasa: sopla. A veces como tormenta polvosa, a veces como brisa. Tú ibas montada en tu dragón, volando, pensando que así llegarías más aprisa. Pero el sol de ahí confunde los pensamientos; te hace creer cosas que no son en realidad.
Tú crees que hace poco perdiste a tu amigo, pero él te ha estado esperando por años.
Ella apretó el papiro, lo abrió y leyó
Porque estoy aquí
desde ayer,
esperando por ti,
largo alivio
del mar, del bosque y tu andar.
A dónde has ido,
pureza del aire,
si tu aliento
no me da más vida
sino suciedad, mugre y soledad
Dónde te encuentro,
¿o tú me encontrarás?
Pero si estoy perdido
entre la ciudad,
la grieta y el hambre.
O tendré que volar,
o tendré que ser otro,
para cruzar
los mundos y los tiempos
sin final.
Quién te apartó,
pequeño corazón,
quién te maldijo
en esta inmensidad
para que tragases estrellas
en esta oscuridad,
para que me dejaras viejo
en esta otredad.
Sólo quiero ver,
sólo respirar;
quiero tu abrazo limpio
y tu nombre atado al mío.
Necesito que regrese
todo el verdor
de cada pasto,
de cada hoja de cada árbol;
que los hijos,
pequeños granos,
germinemos para peinarte;
que comamos otra vez
fruta de tu carne,
leche de tus ríos,
aire de tu arrullo.
No viviré más
putrefacto, contaminado y enfermo.Los días se acabarán,
y los monstruos,
con justicia, arrasarán
la perversión, la estupidez
y la ambición.
Por eso, ven a mí,
hechizo de fuego;
limpia y cura
toda la ausencia de los años.
Quema la hierba
y hierve el mar;
trae tu nada
a este lugar,
trae todo,
menos olvidar.
Devuélvenos la risa
a estos silencios.
Juega a colorear
de azul el cielo primero,
y de naranja luego.
Regresa los días
en que el sueño vivía,
y las noches
en que te veía,
dulce y transparente:
Madre, esperanza y amor.
Confía en las horas,
mi etérea Nausicaä.
Howl
Nausicaä lloró. Cuánto tiempo había estado esperando. Ella creía apenas haberlo perdido. Se limpió las lágrimas y dispuso su regreso.
—No apresures lo que ha de pasar. No cometas el mismo error —pronunció el jefe inuit.
—Pero mi gente no tiene más tiempo, y si Howl ya está en marcha, necesitará mi ayuda.
—Quédate un poco más. Aprende cómo aliarte y pelear junto a los que también defienden los suelos de este mundo. Si te vas ahora, de nada habrá servido tu viaje. Llegarás a tiempo, si no desperdicias el día.
Ella no entendía del todo lo que quería decir eso, pero intuía verdad en sus palabras.
No podía regresar con las manos vacías.
A la mañana siguiente los inuit enseñaron a Nausicaä a distinguir entre los blancos de la nieve. Los matices que puede tener la ceguera.
—La máquina de los piel sin color deja una ausencia de lo que mueve todo. En apariencia todo sigue ahí, pero lo más importante se sustrae. No debes confundirte.
Otro día, la llevaron al Bosque del Cuervo para observar a estas aves cazar e idear estrategias en grupo.
Si no fuera por la urgencia que sentía, habría disfrutado del viento que corría en ese bosque.
Esa misma noche, un joven inuit que la había acompañado se acercó a ella.
—¿Por qué tienes tanta prisa?
—Porque la muerte no va a esperar mi regreso. Si no llego a tiempo, los descoloridos atacarán, o el aire enrarecido entrará a nuestro pueblo.
—Y si te vas ahora, ¿puedes ayudarlos?
—No…
—Aprende a mirar lo que tienes, a oír lo que viene, a trabajar con todos como uno solo. Aprende a estar donde estás para poder ver, escuchar y combatir. Si lo haces, lo demás irá a tu ritmo.
A veces, le costaba entender lo que querían decirle los inuit, pero le bastaba ver cómo habían dominado el agua del mar para entender que detrás de cada palabra, había una batalla ganada.
Llegó el día en que la paciencia anidó como el cuervo.
Estaba lista para el regreso.










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