TROPOSFERA
Ciencia ficciónNo planeaba nada ese día.
Era mi único día libre después de semanas de café recalentado, universidad y dos trabajos. Salí a caminar sin rumbo, solo para no quedarme encerrado viendo las mismas cuatro paredes. Así que decidí perderme un rato por calles donde nunca había estado, lejos del malecón… lejos de cualquier cosa conocida. Y entonces la vi.
Era una paradero vació, con locales cerrados y un perro dormido en la esquina. Entre los postes viejos y el pavimento irregular, sentada en un pequeño muro, una silueta me resultó… familiar. Lloraba mientras observaba los letreros como si fueran jeroglíficos.
—¿Estratosfera? —mi voz salió más alta de lo que quería.
Ella levanto la mirada. Y ahí estaba esa sonrisa. La misma del malecón, la misma que llevaba tres meses tratando de archivar sin éxito.
—Sabía que la gravedad aquí era fuerte… —dijo, inclinando la cabeza con un aire burlón— pero no pensé que me atrajera otra vez hacia ti.
Me acerque rápidamente a ella.
—Pensé que estabas viajando por la galaxia. —Intenté sonar casual, pero la risa me traicionó.
—Lo hice… un rato. —Se encogió de hombros mientras limpiaba sus lagrimas—. Pero dejé de moverme. Algunos planetas te recuerdan demasiado a ciertas personas. Y hoy… vi a alguien que me hizo daño. No me dieron ganas de seguir explorando.
Hubo un silencio corto. No quise preguntar más.
—¿Y tú? ¿Cómo has estado?
—Dos trabajos y universidad… Hoy es mi único día libre, por eso ando dando vueltas sin destino.
—Perfecto. —Sonrió como si lo hubiera decidido por los dos—. Entonces caminemos juntos.
Acepté de inmediato. Durante estos meses no había podido olvidar su voz saliendo de aquella burbuja en el malecón; no había podido sacarme de la mente su cabello rojizo, ni esa mirada penetrante, medio coqueta. Solo podía pensar en una cosa mientras intentaba asimilar lo inverosímil de este segundo encuentro: era el destino.
Entramos a un supermercado pequeño. Ella se quedó mirando la góndola de snacks, sorprendida.
—¿Todo esto se come? —preguntó, tomando una bolsa de papitas con dibujos de llamas. —En otros mundos sobreviven con cápsulas de nutrientes… y aquí venden aire frito con sal. Increíble.
Terminamos con dos bolsas de papitas y una gaseosa grande. Caminamos hasta un parque vacío, nos sentamos en el césped y abrimos las bolsas. Ella comenzó a comer muy despacio, con cierta curiosidad, aunque mencionó que no tenía mucha hambre por lo que me había contado de su expareja. Incluso alimentó a algunas palomas, y me pareció un gesto tierno.
—No conocí mucho la Tierra la última vez —dijo ella, probando una papa como si evaluara una reliquia—. Apenas estuve unas horas y luego me fui sin mirar atrás.
—Yo sí volví al malecón —confesé.
—¿Ah, sí?
—Sí. Varias veces. —Levanté la vista, sin saber bien cómo decirlo—. No podía sacarte de mi cabeza. Supongo que esperaba que cumplieras tu promesa de ese trago pendiente.
Ella sonrió, sin rastro de burla.
—Tal vez todavía podemos. —Se acomodó el cabello, mirando el cielo.
Nos reímos. Nos pusimos al día sobre lo que había pasado en nuestras vidas desde el último encuentro. Conversamos y debatimos sobre algunas cosas que había visto en su última visita. No hablamos de películas ni de música —¿cómo hacerlo, si ella no es de aquí? Y la vez anterior apenas había alcanzado a ver un fragmento de una película—, sino de cosas simples: cómo huele cada calle, lo distintos que se ven los cielos según la hora, o lo curioso que resulta comprar papas “sabor a picante” y que no piquen.
El sol bajaba. El aire empezó a correr. Ella se levantó primero, sosteniendo media bolsa de papitas.
—Tengo que irme. —Hizo una pausa—. Pero está vez no me iré del planeta. Dejé la burbuja… ahora me muevo caminando, como ustedes. Es raro, pero se siente… bien.
—Entonces es más fácil encontrarte. —Levanté mi propia bolsa a medio terminar.
—Si sabes dónde mirar. —Me sostuvo la mirada un segundo más de la cuenta.
Se me acerco tímidamente, me abrazo, se despidió y caminó calle abajo sin apuro, mirando atrás con alegría, hasta perderse detrás de los árboles. Y ahí me quedé yo, con media bolsa de papas grasientas y la certeza de que está vez no tendría que esperar otros tres meses para volver a verla.





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