ESTRATOSFERA
Ciencia ficciónUna tarde estaba encerrado en mi cuarto, sentado frente a la computadora, pensando seriamente qué estaba haciendo con mi vida. Apenas podía ver el monitor por el humo del cigarrillo. No sé qué pasó por mi cabeza ese día, pero me dieron ganas de salir a caminar. Agarré mi cámara y salí. El cielo estaba celeste, algo extraño en esta parte del mundo.
Al levantar mi cámara para tomar una foto, vi una burbuja que se acercaba a mí. De ella salía una voz.
—¿Hola? —pregunté intrigado, pues algo de esa extraña bola transparente llamó mi atención y despertó mi curiosidad.
—Hola, soy Estratosfera —respondió sonriente. Tenía una voz melancólica. Al acercarse más, tomó la forma de una chica: piel celeste, cabello rojo, anteojos pequeños y una sonrisa encantadora. Algo en ella me causó intriga.
—¿Cómo has podido llegar en esa pequeña burbuja? —tartamudeé, mientras apagaba el cigarrillo.
—He venido con un propósito. Estoy en una misión —respondió con humor.
—¿Y me vas a decir cuál es ese propósito?
—No, es un secreto —replicó con una sonrisa.
La invité a caminar con la intención de conocer más sobre ella y mostrarle este planeta; además, quería descubrir cómo había terminado frente a mí, en ese preciso instante. Aceptó, refiriéndose a este encuentro como parte de una investigación que había venido a realizar.
—¿De dónde vienes? —le pregunté.
Me contó acerca de su planeta, un lugar lleno de vida. A medida que caminábamos, me iba hablando de su mundo, y yo de mi vida. Me dijo que tenía un gato enfermo en casa, y algo en mí pensó que quizás esa era una de las razones por las que había terminado aquí.
Le invité a tomar algo. Le ofrecí una gaseosa y pareció fascinada con el sabor. Tanto así, que le prometí que más tarde podríamos tomar algo más fuerte, si le apetecía. No solo le intrigaba la bebida, sino que parecía interesada en seguir caminando a mi lado.
—¿Y tú qué hacías solo en el malecón? —preguntó con curiosidad.
Le conté más sobre mi trabajo como fotógrafo y lo mucho que me gustaba salir a fotografiar paisajes en mis tiempos libres para despejarme. Se mostró asombrada por eso. Ella me habló de su labor en su planeta: le gustaba investigar y mostrar a otros el ecosistema de su mundo. Además, era independiente y tenía una pequeña granja, que le ayudaba a solventar ciertos gastos extras.
Le mostré más lugares de mi ciudad. Luego de pasar por un market donde compramos algunas cosas para que probara, llegamos a un parque donde nos sentamos a comer. Se mostró asombrada, bastante diría yo; nunca había probado nada parecido. Bajamos luego a la playa.
—El atardecer se ve hermoso en tu planeta —dijo mientras se quitaba los zapatos para sentir el mar en sus pies.
Yo solo la observaba: pequeña, sonriente, curiosa. El sol golpeaba su cabello rojo y lo hacía resplandecer. Algo en ella empezaba a atraerme. ¿Su forma juguetona? ¿Sus historias intrigantes? No lo sabía, pero me parecía fascinante. Me acerqué, tomé su mano, y ella sonrió.
—Una chica como tú vale la pena conocer —le susurré al oído.
Me miró, se acomodó los anteojos y me dijo:
—Eres muy coqueto conmigo.
—Perdón, me salió sin querer —respondí algo nervioso.
—Tranquilo, me gusta —sonrió, tomó mi mano con más fuerza y apoyó su cabeza en mi pecho.
Decidimos volver a la calle principal y le mostré más de los alrededores, hasta llegar a unos rieles de tren abandonados. Ya de noche, me habló de unas personas que la habían contratado como guía —eso entendí— y que, de hecho, esos eran sus últimos días libres por varios meses. Me detuve un momento.
—¿Entonces no hay posibilidad de volver a verte si te vas?
Ella se adelantó unos pasos. Al voltear, su sonrisa se desvaneció. Se acercó lentamente.
—Haré lo posible… aunque sea en mis ratos libres —puso su mano en mi rostro, tratando de reconfortarme. Funcionó, pero en mi cabeza surgían muchas dudas. ¿Es de otro planeta? ¿Cómo me comunicaré con ella? ¿Cuándo la volveré a ver?
Solo atiné a sonreírle y decirle que nuestro recorrido aún no terminaba. Caminamos hasta llegar a la subida de un mirador. Ella se mostró sorprendida por lo empinado que era.
—Desde arriba se pueden ver las estrellas —le dije.
Se emocionó de inmediato.
Al llegar a la cima, nos encontramos con una noche estrellada. Ella no podía creerlo. Yo solo la veía alejarse lentamente, hasta quedar en medio.
—Esto es mágico —exclamó.
Sonreí y solo me quedé ahí, observándola. Solo podía pensar en una cosa mientras intentaba asimilar lo que había sido este encuentro: era el destino. Me quedé congelado unos segundos. Ella lo notó y se acercó.
—Gracias genuinamente por este día —dijo mientras me abrazaba con fuerza.
Yo, emocionado, la abracé y terminé levantándola en mis brazos. Volvimos a quedar en medio del mirador, bajo las estrellas. Nos miramos. No dijimos nada. Me acerqué y la besé. Ella me devolvió la sonrisa y se dispuso a corresponder el beso, pero su transmisor en el bolsillo sonó.
—Ha llegado el momento de irme —dijo dándose media vuelta.
La tomé de la mano. Me miró con ternura.
—Quiero ser responsable y transparente contigo —me dijo—. Gracias por este día, por tu atención y comprensión. Pero lo he pensado, y no sería justo para ninguno de los dos.
—Te entiendo —respondí—. Gracias por este día. Si algún día decides volver, sabes dónde encontrarme.
Me abrazó con fuerza. Solté su mano mientras observaba cómo volvía a convertirse en una burbuja que se elevaba, alejándose lentamente de mí.
—Recuerda que aún tenemos un trago pendiente, por si decides volver —le dije.
Y entonces desapareció. Quedé inmóvil unos minutos.
Bajé del mirador, tomé un taxi a casa. Durante el trayecto, pensé en Estratosfera, en la tarde que pasé a su lado, en lo inverosímil que fue este encuentro. ¿Habrá sido una coincidencia? ¿La volveré a ver? Pensaba mientras pasaba por cada lugar que habíamos recorrido juntos ese día.
No sabía si la volvería a ver, pero me quedé con el recuerdo de ese día… de aquella tarde en la que apareció una chica de otro mundo para demostrarme que, aquí o allá, todos tenemos la posibilidad de salir, explorar y encontrar nuestro propósito.
Desde aquel día, a la misma hora, suelo volver al malecón. A veces, puedo jurar que aún escucho su risa, como si el viento todavía la recordara. Me quedo parado contemplando el mar hasta el atardecer, estando seguro de que a ella le encantaría ver cómo el sol se va ocultando poco a poco. Espero —sin esperar— verla aparecer de nuevo en una burbuja viajera, con su sonrisa tímida, su mirada curiosa y esa voz que sonaba a despedida, incluso desde el principio.
Algo en mí se resiste a soltar esa esperanza. Llevo conmigo esa promesa suspendida: aquel trago pendiente, ese segundo encuentro que quizás nunca llegue… pero que sigo esperando.
Porque desde que la conocí, entendí que incluso los encuentros más inverosímiles pueden darle sentido a un momento, a un día, a una vida.
Y así, cada vez que el cielo se pinta de ese azul imposible, miro hacia lo alto, respiro hondo y sonrío.
Por si acaso Estratosfera decide regresar.





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