Dream Scenario y el precio de la fama
Reseñas generalesHay ideas tan simples que uno se pregunta por qué nadie las había usado antes. Un hombre común, sin nada que lo distinga, empieza a aparecer en los sueños de millones de desconocidos. No hace nada especial ahí dentro: está parado al fondo, mirando, casi de utilería. Y eso alcanza para volverlo la persona más famosa del planeta. Cuando escuché la premisa de "Dream Scenario" por primera vez pensé que era el tipo de ocurrencia que funciona bien en una charla de café y mal en una película de hora y media. Me equivoqué.
La dirige y la escribe el noruego Kristoffer Borgli, y el protagonista es Nicolas Cage. Cage interpreta a Paul Matthews, profesor universitario de biología evolutiva, de esos hombres que caminan encorvados dentro de sacos que les quedan grandes, resignados a que nadie en la sala recuerde su nombre. Ese Paul es, antes que nada, un tipo que quiere ser reconocido. Y ahí empieza el problema, porque termina siéndolo, pero no de la manera que hubiera elegido.
Me interesó saber que Borgli partió de una leyenda urbana real, esa de "el hombre que aparece en los sueños de todos" que circuló hace años por internet como una curiosidad viral más. Es un gesto que le queda bien a la película: tomar un rumor de redes sociales, algo tan de esta época, y convertirlo en punto de partida para hablar de la fama, de la exposición y de lo poco que controlamos la versión de nosotros mismos que circula por ahí afuera.
Porque de eso se trata, en el fondo. Paul no hizo nada para merecer esa fama repentina, y tampoco hace nada para merecer lo que viene después: en algún momento sus apariciones en los sueños ajenos empiezan a volverse violentas, y la gente deja de poder distinguir al Paul que sueña del Paul real. Ahí la película se mete de lleno en un terreno que reconocemos enseguida, el de la cultura de la cancelación y el pánico moral, esa velocidad con la que alguien pasa de ser aplaudido a ser señalado sin que medie demasiada reflexión en el camino.
Lo que más valoro de "Dream Scenario" es que no elige un bando cómodo. Borgli no convierte a Paul en una víctima intachable ni en un monstruo disimulado. Lo deja incómodo, contradictorio, humano: alguien que disfruta un poco de que lo miren, aunque después no soporte el precio de que lo sigan mirando. Esa ambigüedad es la que hace que la película no envejezca como panfleto y sí como retrato.
Y hay algo en Cage acá que me recordó a su Dave Spritz de "El hombre del tiempo": esa misma torpeza melancólica, ese patetismo que da un poco de ternura. Después de "Pig" y de "El insoportable peso de un talento descomunal", esta película cierra una especie de trilogía no planeada donde el actor parece estar jugando, cada vez con más lucidez, con su propia leyenda de estrella caída y resucitada. Acá el juego funciona sin necesidad de la sobreactuación que suele asociarse a su nombre; la comedia nace del silencio incómodo, no del grito.
Tampoco es una película que se quede quieta en un género. Arranca como comedia incómoda, se va deslizando hacia el drama de la fama tóxica y en su tramo final coquetea abiertamente con el terror, con secuencias oníricas que por momentos remiten, salvando las distancias, a un imaginario tipo Freddy Krueger. Sé que ese tipo de mezclas puede desconcertar a quien busca algo más prolijo, pero a mí me pareció el acierto más grande: uno nunca termina de saber qué clase de historia está viendo, tal como Paul nunca termina de saber qué clase de hombre es para el resto del mundo.
No sé si hace falta vivir pendiente de las redes sociales para que la película te toque de cerca, pero ayuda. Vivimos en un momento donde la fama relámpago -la del video que se viraliza, la del comentario sacado de contexto que se convierte en trending topic durante veinticuatro horas- ya es moneda corriente. "Dream Scenario" no ofrece una moraleja prolija sobre cómo manejar esa exposición. Prefiere dejarnos frente al espejo de nuestra propia costumbre de juzgar a alguien a partir de fragmentos, de convertir a una persona real en personaje de consumo colectivo sin pedirle permiso.
Al final me quedé pensando que la película entiende algo que muchas sátiras sobre fama y redes no logran entender: que no hace falta elegir entre reírse y sentir lástima. Se puede hacer las dos cosas a la vez, como me pasó a mí viendo a Paul Matthews perder el control de su propia imagen mientras el mundo entero decide, sin consultarlo, quién es él. Como esos sueños que se resisten a desaparecer apenas abrimos los ojos.








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