Fuera de Sumario
Reseñas generalesMira, siéntate un momento. Quítate esa cara de prisa, que aquí el tiempo es lo único que nos queda cuando la justicia se nos queda corta. Olvida por un rato que soy el Dr. Yeison, el Juez de Control ante el que todo el mundo baja la voz por miedo o por protocolo. Olvida este traje de lino que me queda un poco grande porque he perdido el apetito, y olvida este despacho que huele a café recalentado, a tabaco viejo y a leyes que se doblan según sople el viento de la política. Hoy no quiero hablarte de sentencias, ni de artículos, ni de ese lenguaje procesal que inventamos para que la gente común no entienda cómo les estamos robando la vida. Hoy quiero contarte algo que me pasó hace poco, aquí mismo, en este monstruo de cemento que llamamos Caracas, y que me dejó más desarmado que si me hubieran puesto una pistola en el pecho.
¿Sabes lo que es vivir cincuenta y cuatro años creyendo que el mundo es un mercado de favores? Yo empecé como abogado de pasillo, de esos que aprenden a leer la debilidad del otro en el brillo de los zapatos antes que en el Código Penal. Fui fiscal, y ahí sí que aprendí lo que es la oscuridad de verdad; vi cosas en las morgues de Bello Monte y en los retenes de la policía que te quitan las ganas de rezar, si es que alguna vez tuviste alguna. Ahora soy juez. Y en este puesto, uno se acostumbra a una soledad muy particular. Es la soledad del poder sucio: nadie se te acerca si no es para pedirte algo, para ofrecerte un fajo de dólares o para cobrarte un odio acumulado. La bondad, en mi mundo, siempre viene con una factura debajo del brazo o una intención oculta entre los dientes.
Pero ocurrió esto. Contexto: un martes de esos en los que Caracas decide que simplemente no te quiere. Llovía esa agua sucia, pesada, que se queda estancada en los baches de la avenida Bolívar y que hace que el aire huela a gasoil y a desesperación. Yo venía de una audiencia de esas que te dejan el alma como un trapo viejo, una de esas que te llevas a la cama y no te dejan cerrar los ojos. Era un caso de "resistencia a la autoridad" contra un profesor jubilado de la UCV, un hombre canoso, de manos finas y voz educada, que cometió el pecado de exigir dignidad frente a un mostrador de registros después de que le negaran la partida de nacimiento de su nieto por quinta vez. El viejo estalló, gritó cuatro verdades sobre la burocracia, y terminó aquí, esposado, tratado como un terrorista. Yo le dicté una medida cautelar, algo gris, ni libertad plena ni cárcel, solo una firma cada quince días para quitármelo de encima y no buscarme problemas con el fiscal de turno, que tenía hambre de ascenso.
Eran casi las siete de la noche cuando decidí irme. Bajé al sótano del Palacio de Justicia. El ascensor, como es costumbre en esta ruina, no servía, así que bajé las escaleras sintiendo cada uno de mis cincuenta y cuatro años en las rodillas. Estaba agotado, harto de Caracas, harto de mí mismo. Lo único que quería era encender mi carro, poner un disco de boleros viejos para no oír el ruido de la ciudad y manejar hasta mi casa en Altamira para servirme un ron doble que me hiciera olvidar que hoy, otra vez, no había hecho justicia, sino trámite.
Pero cuando llegué a mi puesto de estacionamiento, ahí estaba la sorpresa: el caucho delantero derecho estaba totalmente en el suelo. Un pinchazo limpio, una traición de caucho y metal sobre el cemento agrietado.
Me quedé mirando esa rueda como si fuera un expediente que no tuviera solución. Te lo digo de pana, me sentí ridículo. Yo, el "Honorable Juez", el hombre que decide quién va preso y quién no, no sabía ni por dónde empezar con el gato hidráulico. Estaba oscuro, el sótano olía a gasolina evaporada y a humedad, y la luz de los tubos fluorescentes parpadeaba con un zumbido nervioso. Me senté en el parachoques, bajo ese parpadeo, y me sentí derrotado. No era por el caucho, hermano; era por todo. Era por la sensación de que mi vida entera era ese caucho vacío: una estructura inflada de importancia que al primer clavo se queda en nada.
Entonces, de detrás de una de las columnas de carga, salió un muchacho.
Lo reconocí al segundo, a pesar de la penumbra. Era el hijo del profesor jubilado. Lo había visto toda la mañana sentado en el banco de madera fuera de mi sala, con la cabeza entre las manos, esperando un milagro que yo no le di. El chamo trabaja por aquí, en el centro, limpiando vidrios o ayudando en un taller, se le notaba en la franela raída y en el olor a trabajo duro. Me puse tenso, te lo juro por mi madre. En este sótano, solo, sin escoltas, frente al hijo de un hombre al que acabo de humillar con una libertad a medias... pensé que me venía una paliza, un ajuste de cuentas, o algo mucho peor. El miedo en Caracas es un animal que nunca duerme.
Pero el muchacho no me dijo ni "buenos días", ni me soltó un insulto. Ni siquiera me miró con desafío. Simplemente se agachó en ese piso que estaba empapado de una mezcla de aceite y agua de filtración, sacó una llave de cruz de su morral de lona y, sin que yo pronunciara una sola palabra, se puso a trabajar.
Yo me quedé ahí, parado como un tonto con mi maletín de cuero italiano que cuesta más que lo que ese chamo gana en tres meses, viendo cómo sus manos, que estaban negras de grasa y hollín, movían el gato hidráulico con una precisión que yo no tendré nunca. El sonido del metal chocando contra el cemento era lo único que se oía en ese sótano de mierda. No hubo negociación. No hubo "cuánto es". Fue un acto de servicio puro, un gesto de una limpieza absoluta en medio de tanta mugre.
En diez minutos, el caucho de repuesto estaba puesto. El chamo apretó los pernos con una fuerza que hizo que sus venas se marcaran en los brazos, se limpió las manos en un trapo viejo que sacó del bolsillo trasero y se levantó, sacudiéndose el polvo de las rodillas. Yo, por puro instinto de juez, por esa costumbre maldita y podrida de creer que todo en este país tiene un precio y que nadie da nada gratis, saqué la cartera. Saqué un fajo de billetes, de esos que uno guarda para las emergencias, para los "peajes" de la calle o para callar conciencias. Se los extendí, casi con desesperación, queriendo comprar mi alivio.
Toma, chamo, le dije, y mi voz sonó pequeña, ridícula. Por el trabajo. Gracias, de verdad.
El muchacho me miró fijo. No tenía rabia en los ojos, pero tampoco tenía esa hambre sumisa que uno ve tanto en la calle. Me bajó la mano con una suavidad que me dolió más que si me hubiera dado una bofetada.
No es por el Juez, don Yeison me dijo, con una voz que era casi un susurro, pero que retumbó en todo el sótano. Es porque hoy, cuando mi viejo estaba ahí arriba hablando y todo el mundo lo ignoraba, usted lo miró a los ojos. El fiscal se reía, la secretaria escribía sin ver, pero usted se detuvo y lo vio a él. Nadie nos mira a los ojos en este edificio, don Yeison. Usted lo hizo. Quédese con sus reales.
Se dio la vuelta, se colgó su morral al hombro y se fue caminando por la rampa hacia la lluvia, sin mirar atrás, perdiéndose en el ruido de los carros que subían por la avenida.
Me quedé solo, apoyado contra mi carro, con mi fajo de billetes en la mano y sintiéndome como el hombre más pobre y miserable de toda Caracas. La bondad me había encontrado en el sótano de un edificio que es el templo de la injusticia, y me había dado una lección que no aparece en ninguna jurisprudencia del Tribunal Supremo. Ese muchacho me recordó que, debajo de este traje, de esta investidura de seda y de este cargo de poder, todavía queda o debería quedar un ser humano.
¿Te das cuenta de la ironía? Pasamos la vida protegiéndonos, armando muros de cinismo para sobrevivir al asfalto, creyendo que la única forma de mandar es siendo indiferente. Y de pronto llega un gesto así, silencioso, inesperado, un gesto que no busca nada, y te vuela la cabeza. Me llegó a esta edad, a los cincuenta y cuatro, cuando ya no esperaba nada de nadie y cuando mis esperanzas en este país estaban en el subsuelo. Me llegó para decirme que todavía hay gente que no se ha dejado corromper el alma, aunque vivan en la necesidad más extrema.
Esa noche, cuando llegué a casa, no pude servirme el ron. Me quedé en el balcón mirando las luces de los cerros, preguntándome cuántas veces, en estos años de carrera, he dejado de mirar a los ojos a la gente que pasa por mi estrado. Cuántas veces he visto expedientes en lugar de personas. El gesto de ese chamo fue una sentencia contra mi propio desinterés.
Mañana tengo otra audiencia preliminar. Y te aseguro algo, hermano: mañana no voy a mirar solo el sello, ni el folio, ni la cara del fiscal. Voy a buscar los ojos del que esté ahí sentado. Porque sé que en algún rincón de esta ciudad caótica, ese muchacho está trabajando, y no quiero volver a cruzarme con él sintiendo que no he aprendido nada.
Dime tú, de verdad... ¿Alguna vez alguien te ha dado una lección de humanidad de ese calibre, así, sin decir casi ni una palabra, en el momento en que más perdido te sentías?




Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.