Sentencia
Reseñas generalesEl segundero del reloj de pared en el despacho de Yeison no caminaba; ejecutaba un goteo metálico sobre el silencio de la oficina. Afuera, el caos de Caracas subía por los ductos de ventilación del Palacio de Justicia como un vapor tóxico: el frenazo de una camioneta por puesto, el grito de un buhonero, el eco de una protesta que se disolvía en bombas lacrimógenas tres cuadras abajo. Yeison, Juez de Control, con una trayectoria que olía a café frío de tribunal y a tinta de expedientes amañados, miraba fijamente el sello de caucho sobre su escritorio. Un sello que pesaba más que su propia conciencia. Había sido abogado de pasillo, de esos que aprenden a cobrar en efectivo en los baños de los centros comerciales; luego fiscal, el brazo ejecutor que aprendió a mirar hacia otro lado cuando las actas de detención llegaban con manchas de sangre que nadie quería explicar. Ahora, sentado en el trono de madera oscura, se sentía como un taxidermista de la moral: disecaba la verdad para que encajara en el molde que el poder de turno le exigía.
Soy una pieza de artillería oxidada en un sistema que solo dispara hacia abajo. Me miro las manos y veo los callos de años de firmar boletas de excarcelación que nunca se ejecutaron y órdenes de aprehensión que se redactaron en oficinas que no huelen a ley, sino a perfume caro y miedo. Caracas no es una ciudad, es un organismo vivo que se alimenta de gente como yo, los que aceptamos que el derecho es una sugerencia y que la justicia es un artículo de lujo. Hoy, sin embargo, el aire acondicionado del despacho se siente como el interior de una cripta. No es el calor del Ávila lo que me sofoca, es el recuerdo de anoche. La pantalla de la laptop, el brillo azulado en mi cara manchada de vejez y ese ingeniero, Simón Fischer, volando por los aires la oficina de remolques. Me vi en el reflejo del monitor y no vi a un juez. Vi al burócrata que está detrás del vidrio, al que le dice al ciudadano que su vida no vale lo que pesa el papel donde está escrita su queja. Yo soy el hombre del vidrio reforzado. Yo soy el que pone la multa que hace estallar el mundo.
La noche anterior, Yeison había sucumbido a la curiosidad algorítmica. Relatos salvajes se le había presentado como una emboscada. A sus cincuenta y cuatro años, con la próstata empezando a dar avisos y el cinismo convertido en una segunda piel, la historia de "Bombita" le había arrancado la costra de su indiferencia. En la película, un hombre común, harto de que la grúa se llevara su coche y de que la administración lo tratara como a un insecto, decidía que la única respuesta lógica a un sistema absurdo era la destrucción total. Yeison recordaba la expresión de Ricardo Darín frente al mostrador: no era odio, era una fatiga metafísica, la comprensión absoluta de que las reglas estaban diseñadas para que el ciudadano siempre perdiera. Y él, Yeison, el Dr. Yeison, el Honorable Juez, era el arquitecto de esas reglas en su rincón del mundo.
A los veinte, cuando caminaba por la UCV con el Código Penal bajo el brazo como si fuera la Biblia, esa película me habría parecido una fantasía anarquista. A los treinta, como fiscal primerizo buscando ascenso, habría pedido la pena máxima para el ingeniero por terrorismo. Pero hoy, Dios mío, hoy sentí envidia. Envidia de su explosivo, de su capacidad para decir "hasta aquí". Yo he pasado tres décadas diciendo "sí, ciudadano", "vuelva mañana", "el sistema está caído", mientras por la puerta de atrás recibía la llamada del general o del ministro de turno indicándome a quién debía hundir y a quién debía salvar. La película me encontró en la edad de la derrota aceptada. Estoy en ese punto donde ya no aspiro a la gloria, sino al silencio, pero el silencio se ha vuelto ruidoso. Simón Fischer puso una bomba en una pared; yo he puesto mil bombas en el alma de la gente cada vez que estampo este sello sabiendo que el procesado es inocente, pero políticamente inconveniente.
El asistente de Yeison entró sin tocar, rompiendo el trance. Era un muchacho joven, con la mirada ya corrompida por la rapidez del ambiente, un reflejo de lo que Yeison fue hace veinte años. Le puso un expediente sobre la mesa. El caso 4-2026. Un hombre de sesenta años, un profesor universitario jubilado, detenido por "instigación al odio" y "daños a la propiedad pública". ¿El crimen? Haber golpeado con su maletín de cuero el mostrador de una oficina de registros después de que le negaran, por quinta vez, la partida de nacimiento de su nieto por un error de tipeo que nadie quería corregir. El informe policial decía que el hombre gritó que "este país es una cloaca de burócratas". El fiscal, un tipo con hambre de méritos, pedía privativa de libertad preventiva en una cárcel común.
Abro el expediente y las letras bailan. Es él. No es el profesor, es Simón Fischer. Es el ingeniero. Es el espejo. Caracas afuera ruge, los motorizados suben por la avenida Bolívar como una caballería del apocalipsis y yo aquí, con mi traje de lino beige que ya me queda grande, tengo que decidir si este hombre duerme en una celda donde lo van a quebrar o si lo mando a su casa. El fiscal me mira desde la puerta, esperando la señal de siempre, el guiño de ojo que confirma que vamos a seguir la línea del partido. "Es un viejo problemático, Juez", me dice el muchacho. Y yo pienso en la película. Pienso en la cara de Simón cuando ve que su vida se desmorona por una grúa. Este profesor ha perdido su jubilación por la inflación, su nieto se fue del país y ahora yo, el gran Yeison, voy a quitarle lo único que le queda: su dignidad. Siento un sudor frío bajando por mi espalda, el mismo que sentí cuando vi el estallido en la pantalla. ¿En qué momento me volví el enemigo? ¿Cuándo dejé de ser el que defendía a la gente para ser el que les pone el pie en el cuello con una sonrisa administrativa?
Yeison se levantó y caminó hacia el ventanal. Desde su oficina se veía el Ávila, esa montaña que en Caracas funciona como un recordatorio de que algo hermoso todavía existe por encima de la podredumbre. Recordó su etapa como abogado defensor, cuando creía que un buen argumento podía salvar a un inocente. Recordó la transición a la Fiscalía, el momento exacto en que aprendió que un expediente se puede "perder" por la cantidad de dinero adecuada. Y luego el ascenso a Juez, el cenit de su carrera, donde descubrió que el poder no es tener la razón, sino tener la última palabra. La película le había recordado que cada vez que él decía "vuelva mañana", estaba empujando a alguien hacia el precipicio. Y ahora, el profesor afuera, esposado a una silla de metal, era el que estaba al borde.
Si hoy tuviera treinta años, firmaría la detención sin parpadear y me iría a almorzar a Las Mercedes con el dinero de la comisión. Pero hoy tengo este cansancio en los huesos que solo da la verdad cuando llega tarde. La película me encontró en la edad justa porque ya no tengo tiempo para redimirme, pero sí tengo tiempo para sabotear el sistema desde adentro, aunque sea una vez. El ingeniero Fischer perdió a su familia, perdió su trabajo, pero recuperó su identidad en el momento de la explosión. Yo he conservado mi cargo, mi apartamento y mi carro, pero me he perdido a mí mismo en un laberinto de sellos y formalismos vacíos. Miro el sello de caucho. Es mi detonador. Puedo usarlo para volar la vida de ese viejo o puedo usarlo para volar mi propia carrera. Porque si lo suelto, si dicto libertad plena, el teléfono va a sonar en cinco minutos. Y no será para felicitarme.
El Juez volvió a su asiento. El fiscal entró a la sala de audiencias, ajustándose la corbata, con esa prepotencia de quien sabe que tiene el juego ganado. El profesor entró después, escoltado por dos guardias nacionales. Tenía el cabello canoso despeinado y los ojos inyectados en sangre, no de odio, sino de una humillación profunda. Yeison lo miró fijamente. No vio a un criminal. Vio a la víctima de un sistema que él mismo encarnaba. Recordó la escena final de Relatos salvajes, donde el ingeniero es celebrado en la cárcel por sus compañeros, convertido en un héroe por haber tenido el valor de decir "no".
El silencio en la sala es denso, parece que se puede cortar con el mazo que nunca uso. El fiscal empieza su perorata, habla de la majestad de las instituciones, de la paz social, de las leyes que protegen al Estado. Palabras huecas. Palabras que yo mismo he escrito mil veces. Miro al profesor y él me mira con un desprecio absoluto. Para él, yo soy un mueble más de esta oficina de tortura burocrática. Y tiene razón. Pero entonces, algo hace clic. Es el eco de la explosión de la película en mi cabeza. Siento una liberación extraña, una ligereza que no sentía desde que juré mi título en el Aula Magna. Ya no soy el Juez Yeison. Soy el hombre que acaba de ver la película que le cambió la edad. Soy el que va a poner la bomba hoy.
Yeison tomó la palabra. Su voz, usualmente monótona y procesal, sonó con una autoridad que sorprendió incluso a sus propios escoltas. No leyó el borrador que su asistente le había preparado. Empezó a hablar de la función del funcionario público, del derecho al reclamo, de la desesperación de un ciudadano frente a la desidia del Estado. El fiscal frunció el ceño, confundido. Los guardias se tensaron. El profesor, por primera vez, levantó la cabeza y dejó de mirar al suelo.
—Este tribunal —sentenció Yeison, sintiendo cómo cada palabra era un ladrillo que caía de su propia celda— considera que la reacción del ciudadano no es un acto de odio, sino un síntoma de la enfermedad que padece nuestra administración. No se puede juzgar el grito de quien se está ahogando. Se decreta la libertad plena y el archivo inmediato de este expediente por falta de elementos de convicción.
El golpe del mazo contra la madera sonó como una detonación.
El fiscal se puso pálido. Empezó a tartamudear sobre "instrucciones superiores", pero yo ya no lo escuchaba. El profesor me miraba con una expresión que no era gratitud, era algo más parecido a la sorpresa ante un milagro sucio. Caracas afuera seguía gritando, el Ávila seguía allí, indiferente a mi pequeño acto de traición. Sé lo que viene ahora. Sé que mi escolta me informará en breve que debo entregar las llaves del despacho. Sé que mi nombre aparecerá en una lista negra. Pero mientras veía al profesor salir de la sala, caminando derecho, recordé al ingeniero Fischer celebrando su cumpleaños en la cárcel con una sonrisa de paz. La película me encontró a la edad de cincuenta y cuatro años para decirme que nunca es tarde para dejar de ser el burócrata que está detrás del vidrio y convertirse, aunque sea por un segundo, en el que se atreve a romperlo.
Yeison se quedó solo en el estrado. Tomó el sello de caucho, ese instrumento de poder que lo había definido durante años, y lo guardó en el bolsillo de su chaqueta. Ya no lo iba a necesitar. Salió del Palacio de Justicia caminando entre la gente, mezclándose con los "Bombitas" anónimos que llenaban las calles de Caracas. Por primera vez en décadas, no sentía miedo de la ciudad. Se sentía parte de ella. La película lo había devuelto a la vida en el momento exacto en que pensaba que ya estaba muerto por dentro. Ahora, bajo el sol inclemente del mediodía, Yeison sonrió. La justicia, por fin, se sentía como algo real, algo que no se escribe en un papel, sino que se lleva en la piel.




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