¡DESCANSE SOLDADO!

Reseñas generales

Aún no logro recuperarme del estruendo. Mis oídos zumban; tengo polvo en los ojos. Creo que algo cayó sobre mí. No puedo moverme. Pero, más que nada, me preocupa cuán petrificado estoy.

Mi pelotón esperaba la señal del comandante para avanzar. Estábamos escondidos entre las ruinas que nos había dejado el bombardeo de hacía unos meses. Algo salió mal. Se suponía que nosotros los emboscaríamos, pero, por alguna razón, ellos nos estaban esperando. Caímos en su trampa como conejillos; ni siquiera pudimos reaccionar antes de que los proyectiles comenzaran a dispararse de un lado a otro.

No sé en qué momento desplegaron su ataque, pero desde entonces no he podido oír nada más que ese maldito zumbido que no me abandona. El polvo en los ojos, y aun el que se levantó a mi alrededor, me impide ver incluso mi propia mano. Estoy en el suelo. No puedo moverme; estoy completamente seguro de que algo cayó sobre mi espalda. Aunque no es solo por el peso encima de mí: en realidad, estoy paralizado de miedo.

 Marcos, Elías, Roberto; mis compañeros de pelotón… no logro ver a ninguno de ellos. Nos dispersamos cuando el fuego empezó. Los perdí de vista mucho antes de que esa bomba detonara. Debo hallarlos, pero mi cuerpo no me responde. Este paralizado e inútil cuerpo sigue negándose a moverse. El sudor frío que me recorre la nuca parece ser el único movimiento que mi piel es capaz de percibir.

Debo salir de este estado. Debo hallar a mis camaradas. Debemos salir de este infierno. Todavía hay muchas cosas que debemos hacer.

¡No! De ninguna forma dejaré que esos imbéciles desaparezcan así nomás. Nos prometimos que volveríamos a casa juntos.

Marcos es el mayor de nosotros. Está siempre de buen humor; eso me molestó al principio y durante un tiempo, pero debo decir que me acostumbré a ese grosero optimismo. Él ha estado insistiendo en lo mucho que desea presentarme a su prometida. Incluso cuando apenas lo conocía, no dejaba de repetir que tenía que volver para casarse con la mejor mujer del mundo: «la más bella y noble mujer que el Creador haya tenido la misericordia de poner en su camino».

Sí, Marcos dice cosas como esas todo el tiempo. Recuerdo que incluso nos describía a su maravillosa prometida aun durante las guardias que hacíamos en la madrugada. Ese imbécil, todo lo que hacía, era alardear. Nadie en nuestro pelotón puede creerle. Basta con verlo. Escuálido, demasiado alto, nariz enorme, ojos muy separados… no hay nada armonioso en él. Pero, aun así, asevera que su prometida es una belleza de otro mundo. Se ha vuelto algo exasperante, debo admitirlo.

Elías, por otro lado, no se parece en nada al engreído de Marcos. Es un muchacho de mi misma edad, aunque bastante más maduro, de hecho. Usualmente es él quien nos regaña cuando nos salimos un poco de la línea. Se toma muy en serio esto de ser soldado: parece estar siempre alerta y dispuesto a cumplir órdenes.

Aun así, hemos congeniado bien. Lo conocí apenas desembarqué; creo que él ya llevaba unos meses aquí entonces. Es bastante serio, pero sabe bromear de vez en cuando.

Fue durante una partida de naipes que atrajimos su atención. Preguntó tímidamente si podía sumarse; a lo que respondimos que sí. Perdimos, literalmente, hasta nuestros calcetines. Descubrimos que cuando de apuestas se trataba,  podía ser más despiadado que nuestro propio enemigo.

Al parecer, había aprendido a ganar algo de dinero con eso de los juegos de azar, lo suficiente para cumplir su humilde sueño de abrir una taberna familiar. Elías, aunque no suele hablar mucho, no ha perdido oportunidad de alabar la cerveza artesanal que elabora junto a su hermano mayor. Incluso, en un momento de algarabía, se dejó llevar por la emoción y juró que, si lográbamos recuperar la trinchera a 970 km de nuestro refugio, nos invitaría todas las rondas que pudiésemos consumir en una noche.

Desde entonces, debo decir que he estado deseando que recuperemos esa zona más que nunca; no solo por la ventaja que eso significaría para nuestro pelotón, sino porque en verdad quiero ver a Elías arrepentirse de ese inocente juramento apenas estos muchachos entren en su taberna. Sin duda, voy a vengarme por ese par de calcetines que me ganó en las cartas.

Pobre Elías, quebraría antes de que saliera el sol. Sin embargo, es un buen muchacho; no se merece que le hagamos eso. Después de todo, esa taberna es todo lo que su familia tiene. Su madre falleció hace tiempo, en el mismo accidente en el que su hermano quedó lisiado.

Cada vez que Elías le cuenta a alguien sobre aquel trágico suceso, no deja de decir lo agradecido que está de que su hermano sobreviviera, pero, sobre todo, de que por las secuelas de ese accidente, su hermano terminase permanentemente en silla de ruedas, ya que solo por eso pudo sortear el enrolamiento obligatorio y quedarse en casa junto al padre de ambos.

Hablando de padres, otra de las cosas que hemos acordado hacer apenas termine la guerra, ha sido probar el delicioso estofado de la señora Sánchez, la madre de Roberto. Más vale que sea tan bueno como ese pequeño rufián ha garantizado.

Ha estado muy preocupado por su madre, pues, antes de irse, las cosas no habían terminado del todo bien entre ellos. Al parecer, discutieron porque, dada la edad de Roberto, él podía elegir entre enrolarse o asistir a la universidad; sin embargo, por alguna extraña razón, este muchachito imbécil optó por venir a este condenado infierno.

Aun así, Roberto ha reflexionado al respecto y, aunque no se arrepiente de su decisión, sí ha admitido cuánto odia la forma en que pelearon aquella última noche antes de partir rumbo al puerto. Roberto es el único hijo de la señora Sánchez y, en efecto, había recibido ese nombre por el cantante que tanto le gustaba a su madre.

En realidad, Roberto sí hace una excelente imitación de ese artista. Bueno, al menos le hemos hecho creer que es así, solo para distraernos un rato con su número de aquella rola que estuvo de moda hasta hace unos meses.

Sería difícil saber si ese cantante ha sacado nuevo material que Roberto pudiera imitar ahora, ya que hace tiempo nuestra radio se descompuso; por eso, la voz del soldado Roberto ha sido toda la música que hemos oído en mucho tiempo.

En fin, son solo algunas de las cosas que debemos hacer cuando termine la guerra.

Debo estar loco ¿Por qué pienso en eso ahora, justo cuando estoy tan aturdido, cuando ni siquiera puedo ver a ese trío de imbéciles? ¿Por qué mi corazón acelerado me dice que huya, pero mis piernas se niegan a responder?

Soy un blanco fácil. Lo sé, debo moverme, debo correr, pero este peso, no puedo quitármelo, mi cuerpo no me responde ¿ Es esto es lo que significa estar paralizado por el miedo? ¿Por qué tenía que pasar esto ahora? No puedo dejar de preguntármelo.

Siento mi cuerpo empapado, todavía soy incapaz de moverme. La nube de polvo ha comenzado a disiparse. Alcanzo a ver un casco frente a mí, no es el mío, ya que aún lo tengo puesto.

Si tan solo pudiese moverme, quisiera oír la voz de mis camaradas, quiero oírlos incluso más de lo que deseo verlos. Mi visión está aclarándose poco a poco. Siento un hormigueo en mano derecha, finalmente, estoy recuperándome. Debo apresurarme, ya perdí mucho tiempo, debo encontrarlos. Debemos salir de este infierno, hay mucho que prometimos hacer.

Quiero que Marcos me presente a esa señorita de la que tanto ha estado hablando, y más vale que sea la criatura más bonita que haya visto o no le perdonaré a ese engreído lo presumido que ha sido estos meses.

No estoy seguro de sé si nuestros compañeros se acordarán de las rondas gratis que prometió Elías. Por mi parte, puedo asegurar que no las he olvidado. Más vale que sea la mejor cerveza del mundo.

Sin duda haré que el imbécil de Roberto se disculpe con su madre por haberse comportado como un tonto. Le llevaremos un enorme ramo de flores que le hará olvidar todo lo que la hizo sufrir estos meses, me asegurare de que consiga un empleo y la trate como se debe ó en serio yo voy a…

Mi vista se recuperó por completo y el polvo se disipó lo suficiente para que pueda visualizar algunas cosas a mi alrededor, si sólo pudiese quitarme este peso, sería mejor. Ya puedo mover mi brazo un poco, pero todavía no alcanzo ni tengo la fuerza para levantarme.

Ahora que lo pienso, ¿Para qué quería moverme en primer lugar? ¿Por qué quería dejar ese infierno? ¿Por qué quería volver a casa? No merezco tales cosas, que clase de soldado he sido si estoy pensando en banalidades y emociones personales mientras estoy bajo fuego enemigo. No, ahora lo comprendo, este es el lugar en que yo moriré. Lo sé y lo acepto.

Al aclararse por completo mi vista he sido capaz de ver a Marcos. Yace a unos metros de donde estoy. Lo sé: reconocería ese estúpido brazalete en su muñeca en cualquier parte; nos lo enseñó antes. Tenía el nombre de su prometida. Lo he visto tantas veces que ya me hartaba. Jamás le dije que, de hecho, era algo bonito.

Marcos ya no se mueve. Otros compañeros, junto a él, han corrido la misma suerte. Quisiera que los francotiradores enemigos dejaran ya de disparar contra su cuerpo inerte.

¡Oigo los disparos! He recuperado la audición. Pude oír a Elías. Estuvo todo este tiempo frente a mí. Al parecer, una de las primeras balas impactó en su pecho. Creo que ha estado gritándome desde entonces, pero no pude oír nada de lo que decía. Incluso ahora apenas distingo lo que intenta decirme.

Luce furioso; es la primera vez que veo esa fiereza en sus ojos. Está apuntando hacia arriba.

—¡Imbécil! ¿No ves que no puedo moverme? — pienso mirándole directamente.

El fuego ha cesado, los soldados enemigos comienzan a acercarse. Van a terminar de liquidarnos. Estoy perdido, pero está bien. Creo que duré demasiado en esta guerra, y ya estoy cansado.

Todavía no he podido ver a Roberto. En realidad, eso me alivia.  Él es escurridizo, podría estar en cualquier lugar. Realmente no quisiera encontrarlo en este momento, prefiero creer que está bien. Si, decididamente, Roberto está bien. Estoy seguro que ese imitador de cuarta ha conseguido evadir el fuego enemigo.

El comandante debió de haber dado la orden de retirada mientras estuve aturdido, y ese infeliz logró salvar su pellejo. Sí, eso es lo que sucedió.

Aproveché ese momento para, al menos, gritarle algo a Elías que pudiera darle consuelo. Pensé que, ya que yo no podía entenderlo, tal vez él sí podría oírme con claridad, así que quise ofrecerle algo de alivio ante nuestro inminente final.

—Al menos Roberto debió de haberlo logrado, ¿no crees? —le grité, no demasiado alto, aunque de todas formas los soldados enemigos ya se habían percatado de que seguía con vida.

No obtuve una respuesta de Elías. Su mirada fiera cambio abruptamente a una llena de una profunda ternura como jamás volví a ver otra vez en mi vida. Luego, él, simplemente dejó de moverse y de respirar. Sus ojos abiertos quedaron detenidos para siempre observándome directamente.

Quería llorar, pero no lo hice. Después de todo, en breve me reuniré con ellos dos y, desde donde sea que estuviéramos, podríamos consolarnos pensando que Roberto lo había logrado.

Los soldados enemigos llegaron hasta donde yo estaba. Creí que era mi final, pero, desafortunadamente, habían decidido tomarme prisionero. Uno de ellos ordenó a sus compañeros que retiraran aquello que me había mantenido inmovilizado para poder llevarme a su prisión. Los soldados obedecieron y empezaron a retirar el peso que había estado sobre mí desde que el ataque comenzó.

Bueno, pues resulta que finalmente pude encontrar a Roberto, todo este tiempo había estado sobre mi espalda resguardándome del fuego enemigo. Apenas vi su cuerpo sin vida caer a un costado de mí, el terror me invadió. Ni siquiera intenté contenerme, grité de dolor. Un dolor que nació en alguna parte de mí que jamás me atreví a mirar de nuevo. Un dolor incomparable más allá de cualquier otro que pude sentir. Ni aun mi brazo roto, ni el balazo en mi pierna, me habían hecho experimentar tanto horror como cuando vi a Roberto yacer a mi lado.-

Lloré a gritos, como un niño asustado. Lloré y grité porque ninguna fuerza en el mundo, sino la propia muerte, me lo habría impedido. Lloré porque así lo quise, aun a pesar de las amenazas de los soldados que me arrastraban hacia la prisión. Lloré y grité, simplemente, porque nada de lo que había pasado tenía el menor sentido.

No tenía sentido que Marcos muriese alejado de nosotros, ni que las últimas palabras de Elías, me las haya dicho a mí, sin que pudiese oírlas. No tenía sentido pensar en Roberto, muriendo encima de mí, sin que yo siquiera pudiese notarlo.

No tenía sentido nada, ni esa emboscada, ni mi vida, ni esta guerra, ni nada de lo que estuve pensando en todo ese tiempo.

Debí haberme desmayado del dolor, o no sé qué sucedió, pero en algún punto perdí el conocimiento. Cuando, desperté ya estaba en la prisión del ejercito enemigo.

Maldije mi suerte. Ese infierno en el que tristemente sobrevivía, empeoraba con cada segundo. Quería morir, quería que esos soldados me mataran, les provoqué para que lo hicieran, pero no conseguía ni siquiera una bala de ellos. Les supliqué. Ojalá no lo hubiese hecho, desde entonces, parecen estar especialmente ocupados en que no muera.

Pasé días enteros llorando sin que nadie, ni yo mismo, hiciera algo para evitarlo. Me lamentaba por Roberto, por Marcos, por Elías y por todos mis compañeros. Me lamenté por mí, por ser el único en esa celda y porque no sabía cuánto tiempo más viviría. La incertidumbre me desesperaba.

Con el tiempo otros compatriotas fueron aprisionados, pero yo no pude hablarles ¿Para qué molestarme en conocerlos si moriríamos de todas formas? Decidí, quedarme aislado. La verdad es que, de algunos de ellos, ni siquiera supe sus nombres.

Las imágenes de Elías, gritándome moribundo desde el suelo, no me dejaban dormir. Sentía cómo estaba enloqueciendo entre los recuerdos que me abrumaban y la soledad en la que me había sumergido voluntariamente.

Un día como cualquier otro, los soldados que nos mantenían cautivos en aquel lugar que oficiaba de celda común para todos nosotros, nos sacaron abruptamente afuera. Sonreí creyendo que había llegado el día en que nos ejecutarían. Me equivoqué, la guerra terminó. Éramos libres, nos anoticiaron.

¿Qué broma era esa?- Pensé ¿Mis amigos habían muerto para que este fuera el desenlace final? ¿Cómo es que yo, un completo inútil que había perdido la noción del tiempo y la cordura había sobrevivido? ¿Cómo es que yo, que no había pasado un día desde que llegué a esta sucia celda sin que deseara mi muerte, estaba caminando rumbo al puerto donde nos recogerían? Nada de esto tenía sentido.

Debió de ser un sueño, una pesadilla, una alucinación… algo de eso. Si no lo fue, ¿por qué entonces veo a Roberto, a Elías y a Marcos en el muelle?

¿Por qué no han subido al barco, muchachos? ¿No ven que ya está zarpando?

¡Marcos! ¿Qué voy a decirle a tu prometida?

¡Elías! ¿Cómo miraré a tu hermano y a tu padre cuando les diga que no fui capaz de oír tus últimas palabras?

¡Roberto! ¡Sin duda eres el peor de todos Roberto! Eternamente me has dejado debajo de ese peso que era tu vida misma. Ni siquiera puedo contenerme cuando pienso en todo lo que tenías por vivir. Pudiste ser el que estuviese volviendo a casa ahora. ¿Por qué elegiste morir por alguien sin valor, teniendo muchas más cosas importantes por las cuales debías vivir? Quisiera que estuvieras aquí para que me lo dijeras y más que nada para golpearte tan severamente que jamás lo olvidarías. Roberto, ¿Cómo enfrentaré a tu madre?

Han pasado ya cuarenta años desde el final de la guerra. Aunque yo jamás fui capaz de salir de allí realmente, aun sigo atrapado bajo el cuerpo del soldado Roberto, empapado en su sangre. Aun sigo sin poder oír a Elías y soy incapaz de llegar hasta Marcos.

Mi guerra no se ha acabado. No importan las medallas que me den, ni las órdenes de mis superiores, ni los consejos de los especialistas o incluso de mis camaradas con quienes a veces me reúno a hablar.

Simplemente siento que aún estoy allí con ellos, como si jamás hubiese abordado ese barco de regreso.

A veces me pregunto si en verdad sucedió, si conocí a esos muchachos, si en verdad jugué cartas con Elías, si conversé todas esas veces con Marcos y si todos nos burlábamos de la imitación de Roberto. Todavía me pregunto sobre el sentido de todo lo que sucedió.

Durante mucho tiempo creí que mi penitencia era vivir encadenado a aquel recuerdo, pero tuvieron que pasar años para que finalmente comprendiera el verdadero significado del sacrificio de Roberto.

No cargo con el peso de sus muertes, sino con el peso de sus vidas.

No puedo permanecer paralizado por el miedo ante la vida que él me entregó.

El que conociera a tan maravillosas personas, fue mi victoria, pero el que yo sobreviviera, fue la ellos.

Hoy, tras años de reunir el valor y la fortaleza necesarios, estoy aquí, en el mismo suelo donde alguna vez luchamos juntos. De pie ante sus tumbas, contemplo las olas del vasto mar golpeando la costa y escucho el viento resoplar, el mismo que despeina mi ya encanecido cabello.

He venido solo para decirles esto, queridos amigos míos: hasta que podamos reunirnos, seguiré peleando las muchas guerras que aún me quedan por delante. Lo haré de tal manera que, algún día, también pueda recibir de ustedes esta orden. Hoy puedo decirles: ¡Descansen, soldados; su lucha ha terminado!

A quienes siguen librando batallas después de la injusta guerra. 

Comentarios 2

N
Nimbo11 de marzo de 2026
Enhorabuena, está escrita por un humano y no IA como casi todas.
L
LB FG3 de marzo de 2026
Celebra conmigo que una historia guardada por años, ha encontrado al fin el sitio desde el cual puede cumplir su propósito, ser leída para emocionar, reflexionar y motivar a quien se tome el tiempo de conocerla. No será viral, no será famosa, pero está aquí y ahora.

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