Solo se vive una vez
Reseñas generalesCuando era muy joven andaba en malos pasos, tenía amigo delincuentes y como ellos me enseñaron que el mundo es del más bravo y los favores se compran me fui con esa idea toda mi vida, porque quería ser grande tener lo que nunca tuve, obtener como sea, lo que quería, a la fuerza, sudar lo mío porque robar no es fácil, da miedo, hay que tener temple de acero y ser un lanzado en lo malo, cuando te das de cuenta sudas a cuenta gotas por querer que todo te salga bien, entonces lo que tengo es de mi propio sudor ¿o no?
Empecé por cosas tontas, bicicletas, carteras, celulares y lo que fuera fácil. Después, carros, motos, motores; me estaba graduando. ¡Llegó el momento!, ahora serían camiones con muy buena carga adentro. Cuando nos pasaban el dato ya estábamos como langostas montadas encima de los camiones en plena autopista, el chófer y el ayudante estaban aterrados, el chófer le metía más velocidad y la carga pesada se hacia más pesada.

Rompiendo los vidrios, entrábamos a controlar a los de adentro y al camión en plena velocidad. Otra tarea bien hecha y nos íbamos a celebrar entre nosotros después de haber pasado esa peligrosa tarea y haber dividido el botín de buena mercancía que sería vendida por vías oscuras a nuestro favor y también dividido con los contactos que harían la venta.


Nuestras mujeres e hijos felices. La mía veía el dinero volar por encima de nosotros dentro del cuarto cuando los lanzaba al aire porque llegaba con los bolsillos y el bolso llenos. Los niños eran pequeños; ellos solamente sabían que papá y mamá estaban contentos porque papá traía mucho dinero. ¿De dónde? Ese era mi secreto y el de mi grupo de amigos. ¿Qué podía hacer? Era un padre de familia y tenía que mantener a mi familia. Mi esposa sabía de mis andanzas; era de la misma mezcla, hermana de un amigo, un casi hermano y un compañero de trabajo más.

Ella no podía decir nada, ni hablar, ni reclamar. Siempre fue una mujer inteligente y amante de Benjamin Franklin; yo siempre se lo decía y ella me preguntaba quién era ese tipo, ja, ja, ja. Aún me da risa; no sabía quién era el tipo que aparece en los billetes de 100 dólares. Ese era su amor platónico, pero ella no lo sabía. Por eso la besaba más y le daba esos revolcones de amor, porque yo la amaba; era lo más grande que tenía y mis hijos. Por ellos daría todo, hasta mi vida.
Éramos el terror de las autopistas; poníamos obstáculos para que los carros se detuvieran a inspeccionar los males hechos a los cauchos, pero no nos interesaban baratijas; queríamos camiones, gandolas con mercancía, cosas grandes que fueran buenos dividendos. Éramos una organización que crecía con redes en diferentes lugares, con varias cabecillas, con un cerebro calculador y matemático, y lo más increíble es que uno de ellos no sabía leer ni escribir.

Para ser delincuente de los bajos fondos no hace falta pasar por la universidad, aunque muchos de las altas esferas que tenían el control y nos facilitaban los pasos eran delincuentes de cuello blanco. Nosotros hacíamos el trabajo sucio y ellos mantenían sus manos sin un callo y limpias; ellos estaban detrás de oficinas aparentando ser señores y nosotros éramos los que arriesgábamos la vida haciendo acrobacia encima de camiones o gandolas.

Hubo un pitazo, había una buena mercancía a punto de rodar un largo trayecto por la autopista, tenía que salir del centro del país, tres hombres dentro de la gandola. El chófer y los ayudantes cambiarán de puesto cuando el chófer se cansará, no están armados, solo confían en la guardia de camino, una guardía que cambiará de lugar a conveniencia, en el punto lo interceptamos, éramos los Spider-Man nos pegábamos en la gandola como arañas, el chófer dormía, era su turno de descanso llevaba la marcha el más joven de los ayudantes, ya estaba en el parabrisas de la gandola y empecé a reventar, a los tres hombres desde el interior se les veía en shock con esa cara de terror, el conductor empezó a meter velocidad, pero el viento no me desprendía y se le ocurrió zigzaguear como las serpientes con una pesada carga encima y a toda velocidad.

Mi afán era tomar el control de la gandola reventando el parabrisas o el vidrio de la puerta; por donde fuera. Los otros hombres parecían moscas pegadas al vidrio y regados por toda la gandola; estábamos pegados a la gandola porque teníamos equipos que nos ayudaban, más nuestra fuerza. No sé qué pasó; el camión a esa velocidad, siendo manejado por un hombre joven como de 22 años asustado, perdió el control y nos volcamos. Eso fue en un abrir y cerrar de ojos; todo fue un desastre, un desperdicio de cuerpos, cabezas, sangre y mercancía.

Me levanté, tambaleaba un poco, pero lo extraño es que no sentía nada, no me dolía nada, y el chófer salió del parabrisas que estaba aplastado contra el pavimento. Éramos tres que veíamos ese desastre; mi compañero de andanzas, el joven ayudante que manejaba y yo, veíamos ese desastre. Al segundo salieron personas del monte que vieron el desastre y fueron llamados por el ruido que hizo el metal de la gandola al estrellarse y rasparse, retorciéndose por todo el pavimento, pero no ayudaron; solo se llevaban todo lo que más podían del camión, la mercancía valiosa. Yo intentaba detenerlos; era nuestra mercancía, la de mi equipo, pero nadie me oía, estaban desesperados y eufóricos.
Cuando me agaché para ver si había más sobrevivientes, escuchaba quejidos; había sobrevivientes, pero nadie ayudaba; estaban los que vivían por esas zonas aisladas pendientes de la piñata. En eso pude ver mi anillo de casado en una mano; no era una mano cualquiera, ¡era mi mano! Ahí descubrí que no estaba vivo, por eso no me dolía nada; solo había quedado mi espíritu deambulando en el sitio. Se los dije a los otros y me dijeron que sí, se sentían raros, no sentían su peso corporal, ni dolor alguno, y le pregunté al que manejaba, no con mi boca ni con mi voz, creo que fue con la mente:
—¿Qué pasó?
—¡No lo sé!, estaba aterrado y perdí el control.
Él no era parte de nuestra banda; él solo era un chico que empezó su primer día de trabajo en esa empresa.

Y en esta condición en la cual ahora te escribo, me di cuenta de lo equivocado que llevé la vida, y ahora es que me doy cuenta de que nada tiene valor, no veré crecer a mis hijos, mi esposa se meterá a vivir con otro tipo que le traiga lluvia de dólares y yo quedaré en el olvido porque mis hijos, que están pequeños, ni se recordarán de mí.
En las altas esferas se supo de esta pérdida de mercancía y el que mueve nuestros hilos, el de cuello blanco, movió las otras fichas del juego a su favor; vendrán investigaciones y él no debe figurar en nada, ni el más sentido pésame dio por los pobres diablos.
Cómo ves, mi secreto de quién es ese tipo me lo llevé al otro lado porque ni yo mismo sé quién es ese tipo; solo conozco a los que planifican bien el robo, a los que calculan y obedecen órdenes. Mientras que nosotros los de más abajo hacemos el trabajo, sucio y peligroso.
Lo que lamento de mis acciones en vida era que no pude darle un buen ejemplo a mi hijo. Ahora uno de ellos sigue mis pasos; él sabe cómo morí, pero él se desespera por dinero rápido y fácil, tiene una novia embarazada y quiere comprarle cosas a su bebé. El otro estudia, quiere ser alguien en la vida, no la tiene fácil y es ayudante de restaurante. Es algo extraño que ese hijo mío, metido en ese ambiente malo que es el nuestro, tenga otra mente; quiere ser un futuro doctor y yo desde aquí lo veo, es mi orgullo y lo bendigo. Al otro también lo bendigo y de vez en cuando lo ayudo, no a que le salga el mal que hace bien, sino a que no muera. Él no es mi orgullo, pero sé que lo que él hace es por mi culpa y la de su madre, que se metió a vivir con uno de mis compañeros, otro delincuente más, que sale y entra a su segundo hogar, que es la cárcel. Cuando morí, mi madre lloró a mares de lágrimas dolorosas; ella sabía mis andanzas, pero no tenía cómo cambiarme. Ahora sufre igual, pero por su nieto, mi hijo mayor.
No puedo ser un ángel, soy un demonio; hice muchas cosas malas en vida, pero intento redimirme desde aquí, cuidando y evitando el mal que pueda hacer mi hijo mayor. Por eso él cree que tiene mala suerte, porque todo le sale mal, y cree que la antigua novia le echó un mal, un hechizo para que le vaya mal. Yo soy su demonio guardián; lo cuido a él y al que él tenga por objetivo.




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