El restaurante

Reseñas generales

Mi vida diaria es de la oficina hacia el restaurante y comer algo delicioso en el almuerzo y oír a los comensales que alrededor, en cada mesa, comen, beben, hablan, se ríen, hacen su vida y comen su almuerzo de manera agradable. Yo una que otra vez, como acompañado con algún compañero de trabajo y otras veces solo y raro con la secretaria.

 

El edificio donde yo trabajo es de esos viejos, pero todavía funcionales. Las escaleras son largas y hay que ser un atleta para subir diez pisos. Mi oficina está en el quinto piso y, cuando el ascensor está malo o lleno de personas a la hora pico, me bajo por las escaleras interminables para mí, pero es más fácil bajar que subir. Llego al estacionamiento y me voy en mi carro del año dos mil diez; mientras me lleve y me traiga y se vea bien representable, me conformo.

 

En la casa todo es tranquilo; los niños me reciben con un abrazo y una sonrisa, igual mi esposa. En la cena nos contamos todo lo acontecido en el día, y los niños también cuentan sus novedades de nuevos amigos y tonterías que pasan en el colegio, todos los días son iguales, de monotonos y tranquilos no hay queja.

 

Regreso al trabajo a las ocho ya estoy en mi oficina, me traen papeles para revisar y firmar, y mi trabajo es el mismo de siempre la misma rutina, para eso estudie, para tener una vida con un trabajo sin esfuerzo y rodeado de documentos. La mañana se me va, es hora de almorzar otra vez en el mismo restaurante que prepara unos ricos platillos.

 

La algarabía y conversaciones en el restaurante son las mismas: las risas, la llamada al mesonero, los pedidos. En una mesa donde había muchas personas, la mayoría hombres, todos hablaban casi uno encima del otro, sin respeto a las normas del buen oyente y al del buen hablante; en una de esas conversaciones, uno de ellos saca a relucir algo incómodo que escribiré textualmente.

—Te acuerdas, Pedro, cuando fuiste a la casa de Roberto a buscarlo y él no estaba y saliste a las tres horas de la casa de Pedro; solamente estaba la esposa de Pedro sola, eres un pícaron.

 

En ese instante hubo un silencio incómodo, por la insinuación de uno de ellos. Pedro estaba presente y Roberto también. En ese momento yo no sabía quién era Pedro y quién era Roberto, pero luego la paz del lugar se acabó y el silencio incómodo desapareció en puñetazos y golpes de ambas partes los platos y tazas al suelo y lo peor que en la pelea se fueron en contra de una mesa donde estava una señora comiendo con su esposo, los mesoneros y otros comensales empezaron a detener la pelea y los sacaron del lugar para que se entiendan afuera y a los del grupo de la pelea les cobraron todo lo consumido y destruido, todo el mundo miraba al bocón en un gran silencio, un silencio incómodo, desagradable y lleno de preguntas sin voz en el aire. ¿Por qué hiciste eso?

 

El bocón miraba a todos, pero con un rostro de susto, sorpresa, ingenuidad y de autopregunta: ¿qué hice? Era un tonto, ¿qué esperaba?, ¿que no iba a haber reacción? Los meseros recogieron todo lo tirado en el suelo, levantaron las sillas y acomodaron la mesa y las cosas que iban encima; había vidrios en el suelo y los platos rotos; todo lo barrieron con cuidado para evitar que los demás comensales se sintieran incómodos y se fueran. El dueño del restaurante pidió disculpas por lo ocurrido y que siguiéramos comiendo tranquilos.

 

Por suerte, yo estaba lejos de ellos y a mi mesa no llegó ese par peleando. Pedí un postre y me lo comí como siempre, tranquilo o intentando tranquilizarme, porque fue desagradable lo que ocurrió, pero como no era mi problema, decidí olvidar ese asunto, que muchos hablaban y criticaban al tonto que dijo eso enfrente de esos dos. Muchos deducían que era un tonto y otros decían que lo hizo a propósito para verlos pelear. No sé si algún día sabré cuál fue su verdadera intención.

 

 

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