Crítica en retrospectiva: El Grinch (Dr. Seuss´s How the Grinch Stole Christmas, Ron Howard, 2000)
Reseñas generalesEn el pueblo de Villa Quién, todos los Quiénes adoran la Navidad, excepto uno muy distinto, el Grinch (Jim Carrey), un Quién verde, solitario y que detesta esta celebración más que ninguna otra. Por ello, un 24 de diciembre, el Grinch decide robarles los regalos para arruinarles la Navidad.
De todos los libros de Theodor Seuss Geisel (conocido comúnmente como el Dr. Seuss), ¡Cómo El Grinch robó la Navidad! es el más popular y querido, hasta el punto que el nombre de su singular protagonista es reconocido por aquellos que no han leído el cuento o visto algunas de las películas. Y aunque no ha tenido un recorrido extenso en el cine, sus tres adaptaciones principales han resultado llamativas: en 1966, Chuck Jones dirigió el encantador mediometraje El Grinch: el cuento animado (How The Grinch Stole Christmas!), que contó además con la participación del icónico Boris Karloff para las voces del protagonista y el narrador; en 2000, Ron Howard hizo lo propio con la versión de acción real El Grinch (Dr. Seuss´s How the Grinch Stole Christmas); y en 2018, se estrenó la última adaptación titulada de nuevo El Grinch (Dr. Seuss´The Grinch, Scott Mosier, Yarrow Cheney) y también animada, pero con computadoras.
Sin embargo, es la de Howard y protagonizada por Jim Carrey aquella que ―sin lugar a dudas― es la más recordada, la que acapara la atención del público cada diciembre y que consagró definitivamente al personaje en el imaginario popular. Incluso, en una de esas “alienaciones” extraordinarias del cine, los seguidores incondicionales del cuento original la han acogido casi de manera unánime a la par de los que no lo han leído. Esto se debe principalmente a la actuación de Carrey, los cambios favorables que se hicieron con respecto al libro y su tratamiento afable y sincero de la Navidad.
El Grinch es un ser malhumorado, verde y peludo que odia la Navidad, por lo que nadie quiere saber nada de él y viceversa; en pocas palabras, es un paria de la utópica Villa Quién. El libro no entra en detalles del por qué aborrece esta celebración, pero los guionistas Jeffrey Price y Peter S. Seaman ―quienes fueron conocidos antes por el guion de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? (Who Framed Roger Rabbit?, Robert Zemeckis, 1988)― escribieron un pasado en el que es víctima de acoso escolar y abandono familiar, inclusive, que va muy bien con su personalidad y el conjunto de la historia; al mismo tiempo, tiene una ligera, pero atinada lectura social. Así pues, el Grinch quiere ser malo, y no escamita en esfuerzos para lograrlo, pero en esencia es bueno; fijémonos, por ejemplo, en su relación con su perro Max, lo solo que se siente o cómo disfruta a la manera de un niño con la “Fiesta del Júbilo”.

Por lo anterior, este Quién tiene algunos paralelismos con el ogro Shrek, otro personaje verde, gruñón y desencantado con la sociedad que alguna vez lo maltrató. Y similar a cómo sucede con la primera entrega de Shrek (Andrew Adamson y Vicky Jenson, 2001), la apreciación que tenemos de El Grinch va cambiando con los años: de pequeños, lo vemos como un ser repelente que odia la Navidad y rogamos que recapacite; de adolescentes, lo percibimos más como un antisistema que le da su merecido a los Quiénes, especialmente al Alcalde May Quién (Jeffrey Tambor), hasta que recapacita; y de adultos, como un personaje resentido no sin razón, que quiere su propio lugar, un perro y tranquilidad, y que ojalá recapacite para que no termine solo, al igual que muchos de nosotros en la vida real.
Por eso mismo también de grandes nos reímos y lo entendemos más cuando sus citas con él mismo consisten en ahogarse en autocompasión, mirar el abismo, cenar solo o deslizarse en la locura. A decir verdad, si bien la película tiene un logrado humor para todas las edades, también tiene momentos perversos y agradecidos de humor adulto (algunos obvios, otros, sutiles) que le dan un toque oscuro afín, de nuevo, con la personalidad de su antihéroe.
Justamente, la popularidad de El Grinch va creciendo cada año en parte porque la comedia no pierde calidad; en parte también porque, muchos de los que la vimos por primera vez siendo niños en el 2000, hemos crecido en mundo que parece demasiado ruidoso, falso y descontrolado. Y es que en la forma como retrata el jolgorio, el lado comercial y la trivialidad de la Navidad radica no solo uno de sus aspectos más relevantes, sino inagotables. Tampoco es que odiemos la Navidad, regalar, que nos regalen ni nada por el estilo, pero ahora (veinticinco años después de haberse estrenado) vemos las cosas con otros ojos ―así como el Grinch cuando se redime― y esperamos sobre todo dar y recibir actos sinceros, tener vivos a los nuestros y paz con todo lo que eso significa. La película alienta esto.
También por ello nos identificamos con la jovencita Cindy Lou (Taylor Momsen), quien tiene acá mucha más relevancia que en el libro y la primera versión: se cuestiona a sí misma y a los demás cuál es el verdadero significado de la Navidad, descubre el injusto pasado del Grinch y es fundamental para la redención de este. El personaje de Cindy estuvo a punto de resultar empalagoso (sobre todo por la escena en que canta Where Are you Christmas), pero es más encantador que otra cosa.

En realidad, la película equilibra muy bien lo kitsch (el vistoso diseño de producción algunas veces es excesivo, por ejemplo) con el buen gusto (la música original de James Horner). Esto es gracias a la dirección de Ron Howard, quien es un director competente en cualquier género con el que trabaja, por lo cual ha tenido más aciertos que fallos; con El Grinch hizo uno de los últimos clásicos verdaderos del cine navideño, junto a El expreso polar (The Polar Express, Zemeckis, 2004). Ambas tienen que ver poco o nada con la mayoría de películas de este estilo que se producen a mansalva en la actualidad.
La otra gran razón por la que El Grinch es una película que merece la pena verse cada Navidad es Jim Carrey. Realmente, puede contarse entre esas películas que capaz por sí solas no serían tan memorables de no haber contado con un protagonista adecuado. Lo que hace Carrey es lo mismo de siempre cada vez que participa en una comedia: traer su energía maníaca e inagotable, improvisar con una naturalidad envidiable y hacernos reír ya sea con grandes movimientos corporales o “pequeños” gestos faciales. Bajo todo ese maquillaje y las pesadas prótesis (que estuvieron a nada de forzarlo a renunciar por el agotamiento que le generaban) sale a flote el Carrey que conocemos, queremos y que, si bien reconocemos de otros personajes como Ace Ventura o Stanley Ipkiss, hace algo que se ve y escucha fresco.
Pero también el Grinch de Carrey es no solo gracioso, sino conmovedor. Conocemos y entendemos sus motivos, pero cuando descubre, a la par que Cindy Lou, de qué va la Navidad, nos alegramos por ese pobre desdichado al que le crece dos tallas el corazón. Y es que el Grinch jamás se la podría robar por un lado porque le pertenece a toda la humanidad, no a una sola persona; por otro, porque la Navidad nunca se ha tratado de los regalos, sino del amor.

























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