Crítica: Pecadores (Sinners, Ryan Coogler, 2025)
Reseñas generalesA principios de los años 30, los gemelos Smoke y Stack (ambos interpretados por Michael B. Jordan) dejan atrás sus problemáticas vidas en Chicago para volver a su natal Mississippi y abrir un bar. Pero sin proponérselo terminan atrayendo un mal ancestral proveniente de lo profundo de la noche.
Para los que vieron Del crepúsculo al amanecer (From Dusk Till Dawn, 1996), dirigida por Robert Rodriguez y escrita por su amigo Quentin Tarantino, la historia de Pecadores (Sinners, 2025), escrita y dirigida por Ryan Coogler, le sonará muy parecida: dos hermanos conflictivos, pero unidos, hacen un viaje por carretera y, en un giro imprevisible, se convierten en presas de un grupo de vampiros en un bar alejado. Los dos, junto a otros sobrevivientes, deben luchar hasta que llegue el amanecer. En efecto, ambas películas tienen más de un punto en común porque Coogler se inspiró en aquella historia de vampiros a la mexicana y divertidamente desenfrenada para escribir la suya; hasta Pecadores parece una combinación entre Del crepúsculo al amanecer y El color púrpura (The Color Purple, Steven Spielberg, 1985). Sin embargo, también tienen más de una diferencia sustancial que hacen de Pecadores tanto una obra disfrutable e interesante por sí sola, como una brisa fresca dentro del cine de terror contemporáneo.
Pecadores se divide en un prólogo, dos partes claramente diferenciadas y un epílogo. En el prólogo animado no se nos dice casi nada de la trama, más sí del talante de esta. Una voz narra acerca de cómo los fili en Irlanda, los guardianes del fuego de la tribu Choctaw, de América del Norte, y los griots de África Occidental, tenían el poder para atraer a los espíritus buenos y malos por medio de la música. Es así como sabemos que la música, la lucha entre el bien y el mal y la multiculturalidad serán relevantes para el sentido de la historia.

La película como tal inicia casi por el final, en Clarksdale, Mississippi, el 16 de octubre de 1932, un día después de la tragedia que les cuesta la vida a casi todos los protagonistas, excepto a Sammie (Miles Caton en su primera actuación en un largometraje), un joven con un talento musical extraordinario. Un salto temporal que advierte a los espectadores que no habrá salvación, pero bien merece la pena que la historia sea contada igual.
Luego, en la primera parte, conocemos a Smoke y Stack, dos gemelos negros duros, ambiciosos y con un pasado difícil. Cuando era pequeño Smoke asesinó al padre de ambos para salvar a Stack; de jóvenes lucharon contra los alemanes en las trincheras de la Primera Guerra Mundial; y de adultos trabajaron para el mafioso Al Capone haciendo encargos sucios, aunque nunca se especifican cuáles. La muerte ha estado pisándoles los talones por años, pero han sido más rápidos hasta ahora. Un detalle en ellos, que sirve en un nivel básico, es que se diferencian por los colores rojos y azules, una forma de individualizarlos que funciona a su vez para señalar la dualidad que pugna en la historia misma entre la vida y la muerte. Y Michael B. Jordan hace un trabajo sobresaliente interpretando a dos hermanos idénticos en el plano físico, pero al mismo tiempo disímiles en pequeños detalles.
En esta parte, pues, el centro del drama son estos dos hermanos negros de carácter y dudosa moralidad, intentando abrirse camino en el Mississippi de los años 30. Sabemos que a su manera han sido unos pecadores, pero empatizamos con ellos de una forma u otra, también porque son capaces de amar con sinceridad. Stack aleja a Mary (Hailee Steinfeld) porque sabe que no pueden estar juntos por el color de sus pieles; y a pesar de que Smoke perdió a su bebé, no ha dejado de amar a Annie (Wunmi Mosaku). Y el Club Juke, que será el lugar de su muerte, simboliza para ellos la obtención de un “pedazo de tierra” al que llamar suyo.

Asimismo, desde el principio hasta el final, Coogler encaja comentarios acerca de las injusticias que ha soportado la comunidad negra de los Estados Unidos: la sombra del Ku Klux Klan, la segregación que duró décadas desde el fin de la esclavitud, las pagas miserables por trabajos duros al menos durante la primera mitad del siglo XX. No obstante, también habla de la importancia del blues, la resiliencia y el ímpetu de construirse un futuro. Eso sí, en un movimiento honesto, Coogler igualmente retrata a los personajes negros robándose unos a otros, disparándose, segregando a los blancos a su vez (como al trío principal de vampiros, lo que irónicamente dilata su perdición). En fin, es una película franca en la cual el pecado no tiene color.
Ya desde hace varios años el género de terror había dado muestras de que puede ir de la mano con temas sociales y raciales, por ejemplo, en 1992 tuvimos Candyman (Bernard Rose) y en 2017, ¡Huye! (Get Out, Jordan Peele, 2017). Pecadores no solo expande la lista, sino que contribuye a elevar más el cine de terror tanto de 2025, como de los últimos años, lo que prueba que este género es una fuente inagotable de creatividad y una forma curiosa de revisión de la misma sociedad.
La segunda parte de Pecadores ya no se ve tanto como un drama social y racial, sino como la película de terror que es y con dosis tremendas de acción. En la primera ya se había introducido brevemente al vampiro Remmick (Jack O'Connell), que desata todo el horror. Remmick es un vampiro de lo más curioso: cumple con muchos de los atributos de estos seres sobrenaturales (transforma a las personas por medio de la mordida, teme al sol, no soporta el ajo, etc.), pero simultáneamente baila y canta sin que sea risible, al contrario, luce intimidante haciéndolo.

Por lo mismo, él y los demás vampiros se sienten originales, como no se veían desde hace varios años en el cine. Esto también se debe al contexto en el que los vemos deambular (el sur estadounidense en los 30); el juego entre elementos que parecen no tener mucho o nada en común (plantaciones de algodón y el reino de lo sobrenatural, mafiosos y vampiros, folclore europeo y americano); y que, si bien queda claro que la energía de la música de Sammie los atrae, podemos asumir igual que el dinero manchado de sangre de los gemelos tuvo algo que ver. Todo esto parece mucho para una sola película, pero nada es demasiado loco si se hace bien, lo que a su vez habla de las posibilidades infinitas del cine para narrar historias.
En este punto debemos detenernos en la que es probablemente la escena más deslumbrante de Pecadores. Cuando Sammie canta con el corazón I Lied to You ―justo a mitad de película― atrae con su profunda voz e hipnótico ritmo a Remmick y los dos vampiros que lo acompañan. Pero este momento no solo es relevante por ello, sino porque conecta ambas partes como un intermedio, por lo que, a pesar de las diferencias de estas, la película no pierde el hilo entre una y otra. Y también porque une el pasado y el presente de la comunidad negra y los estilos musicales que surgieron con los años (blues y hip hop, por ejemplo). Es una escena vigorosa que pudo salir mal, pero resultó estupenda por su lograda audacia.

En realidad, la música de Ludwig Göransson es casi un personaje en sí: varios temas tienen un hado funesto; todos acompañan a la perfección los ánimos y las acciones de los personajes; y conforma un conjunto ecléctico de estilos, culturales y países. Hasta las músicas country e irlandesa son tratadas con respeto y sentimiento (la escena del baile irlandés de Remmick es otra que se roba merecidamente la atención). Y es que la música es un lenguaje universal que, así como el pecado, no conoce fronteras, colores ni clases sociales.
Pecadores tiene dos finales. El primero muestra la muerte del diabólico Remmick, el enfrentamiento final entre los no menos diabólicos Ku Klux Klan y Smoke y la marcha de Sammie de la iglesia de su padre. El segundo es el epílogo que nos lleva 60 años después de la masacre, hasta el 16 de octubre de 1992. Sammie (Buddy Guy) ahora es un músico envejecido que recibe la visita de los vampiros Stack y Mary, quienes vienen como amigos. Pero este epílogo termina siendo un momento sentido entre los tres: reconocen que aquella noche de sangre y terror de 1932 es la mejor de sus vidas porque fueron verdaderamente libres unas horas antes del amanecer.






















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