Wicked: por siempre (2025): la magia perdida

Reseñas generales

¡Ay los musicales! El musical es un género muerto en el cine, al igual que el western, pero goza de mejores defensores, o de fanáticos más testarudos, o simplemente cuenta con bandas sonoras que se pueden comercializar y los productores contentos. En verdad cuando yo era chico, en los 80’s, hubo un revival del género con algunas películas que tenían canciones o música, pero no eran musicales hechos y derechos, como Fama (Fame), Flashdance (Idem) o Footloose: todos a bailar (Footloose) por poner algunos ejemplos. Dos nostálgicos como Martin Scorsese y Francis Ford Coppola venían de fracasar con grandes homenajes como New York, New York (Idem) o Golpe al corazón (One from the heart), y muy pocos se le animaban ya al género. Con decir que en los 90’s el musical en Hollywood fue casi material exclusivo en las películas animadas de Disney y apenas Alan Parker se animó a llevar el clásico Evita (Idem) en una versión bastante deslucida, a pesar de Madonna. Sin embargo, esa película sirvió de modelo para varias producciones que vinieron luego -ya en el nuevo siglo- que adaptaron grandes obras de Broadway: Chicago (Idem), Rent: los bohemios (Rent), Los productores (The Producers), Sweeney Todd: el barbero demoníaco de la calle Fleet (Sweeney Todd: The Demon Barber of Fleet Street), Los miserables (Les Misérables), En el barrio (In the Heights)… y la lista sigue y sigue. En todos los casos, salvando alguna diferencia, o destacando algún detalle o alguna secuencia, se trata de musicales filmados como si entre el teatro y el cine no mediara ninguna diferencia sobre el punto de vista y sólo alcanzara con poner la cámara de frente al escenario. De aquellos musicales clásicos, con grandes coreografías, ya no queda nada. El montaje suele ser veloz, sin dejar disfrutar el movimiento. Todo se define en lo pegadizas o no que son las canciones.

De los ejemplos mencionados, En el barrio nos sirve para este texto porque fue dirigida por quien se ha encargado de trasladar a la pantalla Wicked (Idem), Jon M. Chu. En aquel musical sobre integración y latinosidad a lo norteamericano, Chu -que venía de la saga Step up (Idem)-, demostraba que al menos tenía una visión cinematográfica, aunque finalmente la puesta en escena estilo Broadway se impusiera. No era el peor de todos estos musicales, porque -de nuevo- algunas canciones de Lin Manuel Miranda eran muy buenas y porque se podía apreciar cierto regreso al musical clásico, a las grandes coreografías puestas en pantalla con la respiración adecuada como para que podamos disfrutar el movimiento. Por eso cuando Chu se hizo cargo de Wicked, sin dudas que generó una mínima expectativa. Wicked: la historia jamás contada de las brujas de Oz (Wicked: The Untold Story of the Witches of Oz) es un musical con canciones de Stephen Schwartz y libro de Winnie Holzman, basado en una novela de los 90’s de Gregory Maguire, que narraba hechos sucedidos en paralelo a la historia conocida en el clásico El mago de Oz (The Wizard of Oz) de L. Frank Baum y en la película de 1939. A la manera del revisionismo contemporáneo, Wicked piensa la deconstrucción de sus personajes, especialmente del rol de la villana, y su reformulación como un personaje con dimensiones que sea algo más que la mala del cuento. Sin dudas estos temas tienen mucho impacto en el cine del presente, por lo que la adaptación del musical estaba al caer. Y las películas de Chu hacen de eso su centro dramático.

Digamos una cosa de entrada: la primera entrega de Wicked sí fue una película correcta y mucho más interesante de lo que imaginábamos en un comienzo, pero tampoco fue una maravilla. En lo concreto es una película con algunos buenos números musicales (el de la biblioteca es su gran hit), coreografías con cierta dosis de inventiva y creatividad, donde el movimiento se impone y el acercamiento de la puesta en escena es puramente cinematográfico. Es algo para nada despreciable si tenemos en cuenta la trascendencia del Wicked de Broadway, pero Chu pudo tomar distancias del objeto y crear su propio Wicked. Y esto incluye además la relación con un género sumamente hollywoodense como son los relatos de colegio secundario, lo que la vuelve también más ligera y acomodada a clichés que aportan seguridad narrativa, y sobre todo la construcción de sus dos protagonistas, Cynthia Erivo y Ariana Grande, en estrellas. Está bien, ya lo eran desde antes de la película, pero sin dudas Elphaba y Glinda -respectivamente- son personajes que les aportan vehículos para su lucimiento, y ambas se lucen. Lo mismo podemos decir de Jonathan Bailey, actor conocido por Bridgerton (Idem) que sin embargo consiguió aquí un rol a su medida de estrella en ascenso. Después tenemos, sí, lo reiterativo de su discurso, su referencia en repetición a la aceptación de lo diferente, pero para lo que podría haber sido, Wicked fue un acierto.

Dividida en dos partes (dos extensas partes que duran, en total, casi cinco horas) de la misma manera que lo era el musical de Broadway, Wicked: por siempre (Wicked: for good) llegó a los cines un año después con un par de objetos en la mochila: no sólo por las buenas críticas obtenidas con la original, sino además por el éxito comercial y, especialmente, por las nominaciones impensadas y los premios obtenidos. Con todo este lastre, Wicked: por siempre se suelta en su segunda entrega a un final que se quiere épico, pero termina siendo una pequeña debacle. Lo primero que se observa es que claramente estamos ante un epílogo, con la necesidad de resolver los conflictos que habían dejado a medio camino la primera parte. Por eso, como epílogo, 138 minutos sonaban a demasiado. Y así pesan en una película que luce estirada desde su minuto cero, con un enfoque en la relación de Elphaba y Glinda que se extiende demasiados minutos hacia una resolución de pura complacencia con los espectadores. Precisamente entre todos los focos de interés que tenía Chu para abordar, elige el menos interesante, el del fan, y hace una película para que los fanáticos chillen y lloren con cada estímulo.

Y eso que todo comienza más o menos bien con una secuencia que aprovecha el espacio y el carácter espectral del personaje de Elphaba, con citas al western de John Ford según dijo el director, pero todo se desbarranca posteriormente con una sumatoria de tiempos muertos que no producen nada. Wicked: por siempre tenía que resolver dos o tres asuntos, y todo se alarga interminablemente. De hecho, reunir a Elphaba y Glinda le lleva una farragosa primera hora que la película utiliza para arrancar y luego apura algunos trámites (la relación entre Elphaba y Fiyero, con una escena tomada prestada de Moulin Rouge!: amor en rojo -Moulin Rouge!-) hasta desembocar en un epílogo interminable por lo manipulador en su búsqueda del llanto de su espectador más comprometido. En el medio no hay un momento visualmente sorprendente, algo curioso en una película que se precia de un diseño visual gigante, y lo musical se ciñe a solos de Erivo y Grande, para su exclusivo lucimiento. Hay sí cierta creatividad en la puesta del tema The Girl in the Bubble, donde Glinda se observa introspectivamente y la cámara entre y sale de espejos, en un plano secuencia virtuoso. Esa idea, una sola idea, en 138 minutos es demasiado poco para una película que luce estática en la mayor parte. Con esto, decir que Chu parece haber desaprendido en el camino todas las enseñanzas de la primera entrega y haberse sometido a una operación puramente emocional más cercana al cine-fandom de Marvel. No se le puede reprochar nada si vemos que el negocio ha funcionado, pero sí podemos lamentarnos de que el encanto se haya evaporado por un puñado de dólares.

Comentarios 2

S
Saeid Zun3 de diciembre de 2025
jajaja, la cara verde de la mujer en el suelo me hizo el dia. gracias!
J
Jeroo Casco29 de noviembre de 2025
Concuerdo con lo de los espacios rellenos que parecen interminables. Lo más loco es que estas dos películas las filmaron en el mismo momento. Una de dos: o podría haber sido más cortas, o pudo haber sido una sola. A mi la secuela me gustó, probablemente me voy a olvidar de ella en quince días pero sabía lo que iba a ver (por suerte me invitaron) y la verdad quedé....satisfecho digamos.

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