ESPECTROS

Reseñas generales

Ernesto y Jill, su novia irlandesa, están absortos en una partida de backgammon, un juego que nunca he comprendido. Creo que tiene orígenes mesopotámicos muy antiguos; incluso, oí decir que precede al ajedrez. Ambos juegos fueron mejorados y popularizados por los persas, y los fenicios los distribuyeron por ambas costas del Mediterráneo. A pesar que oficialmente, se dice que llegaron a Europa con los invasores musulmanes, me permito discrepar en pro de la versión preislámica.     Compartimos esta cabaña cerca del centro de esquí de Grandvalira, en Andorra. Jill, al salir de la ducha, encendió un cigarrillo en la llama azul de la cocinita a gas. El olor a tabaco rubio y crema de enjuague inundó la casa. Ahí se han quedado, jugando al backgammon desde entonces, tan concentrados que parecen haber olvidado mi presencia. Yo estoy recostado al lado de la chimenea, pasándole cera a los esquís y esperando que el viento se calme. Si tenemos suerte, hoy podremos bajar la jodida montaña. Retomé el libro de Jorge Luis Borges que había encontrado en la pequeña biblioteca. Una edición en catalán de Ficciones. Para mí, es la lengua de “oc”. Siempre que puedo recalco eso a mis amigos catalanes, solo para fastidiar su caprichoso nacionalismo lingüístico. Me gusta ver cómo intentan negar esa información histórica y se aferran con uñas y dientes a la propaganda oficial que lucha por reafirmar su originalidad; sin embargo, el catalán es occitano. como el que se hablaba en el sur de Francia, Aragón, Valencia, Baleares, Córcega y parte de Italia. Es anterior a las divisiones políticas y los localismos forzados, que han conseguido dar la sensación de que es una identidad puramente regional, cuando en realidad es parte de una tradición lingüística mucho más amplia. Su lectura avanza a tropezones, tiene una forma cuadrada, cortante, quizás. Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Este episodio en apariencia intrascendente me sigue desde hace unos veinte años. Vivía en Santa Catarina, al sur de Brasil, por entonces  solía ir a la biblioteca pública ya que los libros nuevos tenían unos precios exorbitantes y buscaba títulos que ya había leído en español para luego forzarme a leerlos en portugués y así habituarme al idioma. Con los volúmenes gratuitos asegurados en el morral me gustaba igualmente  pasear por la librería del shopping Beiramar y tomar un café, mientras hojeaba nuevas publicaciones, eso me hacía sentir parte de la multitud. Una tarde, mirando ofertas literarias que no me decían gran cosa, Harry Potter y Crepúsculo no me llamaban la atención, terminé como siempre en la sección de clásicos. Me atrajo especialmente una colección de Rudyard Kipling, por las reproducciones en sus portadas de cuadros de la India, durante la era colonial británica. Al lado estaban también las ediciones en portugués de Borges. Existe un paralelismo entre Kipling y Borges, quien solía mencionarlo junto a Las mil y una noches como inspiración. No es raro encontrarlos juntos en las estanterías. Mientras pasaba las páginas, intentaba ver cuán bien lograda estaba la traducción al portugués. En el caso de Kipling, directamente del inglés, esperaba fidelidad, me intrigaba más cómo sonarían las palabras de un escritor tan argentino como Borges. Me sorprendió que en algunos pasajes parecía incluso más natural en portugués. Eso me desconcertó, ¿desde cuándo un brasileño mejor que un argentino? Estaba pensando en eso cuando un hombre de aspecto serio o concentrado, mejor dicho, vestido de saco y camisa celeste, se detuvo del otro lado de la estantería, la cual llegaba a la altura de mis hombros. Él no tenía forma de ver lo que yo estaba leyendo, ni mucho menos lo que pensaba en ese preciso momento. Me figure que sería un distribuidor puesto que iba revisando una carpeta. Me miró sorprendido. Teníamos el mismo color de ojos, casi idénticos. Aunque él era más alto y llevaba bigote. Hizo un gesto con el dedo como si apuntara con una pistola imaginaria, acompañado de una expresión risueña. No sonreía con la boca, pero sí con los ojos. En ese momento habló y reconocí su voz de inmediato, era la mía, solo que más grave, como la que supuse tendría dentro de algunos años.

—Borges y Kipling son buenos en cualquier idioma— dijo eso en portugués y asintió levemente como preguntándose el mismo que lo llevó a decirme eso, y siguió su camino mirando su lista, hasta perderse entre los estantes. Siempre sospeché que había otras versiones de nosotros, pero esa vez supe que era real. Hay una palabra alemana que define este fenómeno. Doppelgänger, que puede traducirse como “doble que camina”. En la literatura borgiana, este tema es recurrente, por eso no me pareció fuera de lugar que mi Doppelgänger apareciera justo mientras leía El otro, un cuento que no trata precisamente de un doble en el estricto sentido de la palabra. Esto me llevó a pensar que hay muchas formas de reconocerse duplicado. Alguna vez un amigo te ha dicho, “He visto a alguien igual a ti”.  Pero esa similitud es a veces pura casualidad y solo en lo fisico, no sientes la conexión. Otros parecidos son más profundos. La voz, los ojos, cierta actitud. Lo ves como un reflejo tuyo desprendido, nacido en otro lugar, en otro tiempo. Coincidimos, sin embargo, en este mismo plano. Y cuando eso ocurre, hay un reconocimiento silencioso, una certeza leve de que compartimos una raíz común dispersa en cuerpos distintos. Podemos encontrarlos en cualquier parte, Bangkok, São Paulo, París o Boston. Es la versión de uno mismo que atraviesa el tiempo para observar o ser observado. A veces es un reflejo del pasado, otras una advertencia del futuro, pero siempre un eco del mismo ser. No tiene que ser algo negativo, al contrario, es una forma de sosiego saber que hay otras versiones de nosotros, conectadas con una energía o inteligencia que no comprendemos del todo. Esto se enlaza con formas más sutiles del doble: el doble etérico, una manifestación energética que se desdobla y se proyecta. Puede encontrarse con otro ser en otro plano o mirar en sueños a una persona real, pero no intervenir en su vida, porque se halla en otra frecuencia. Es como mirar a alguien a través de una vidriera o por televisión. Lo observas, pero no puedes tocarlo. Sólo quien tuviera control absoluto sobre esa energía podría traspasar esa frontera; quien lo viera, probablemente se asustaría, confundiéndolo con un espectro. Me gusta esa palabra. Espectro: del latín spectrum, “aparición” o “imagen visible”. En la Edad Media se usaba para designar visiones incorpóreas, y más tarde en la ciencia para describir la descomposición de la luz en un prisma. En ambos casos, se trata de algo que se deja ver. Tanto el espectro fantasmal como el de luz comparten la misma esencia. Formas de lo invisible que, por un instante, se hacen visibles. Quizás así ocurre con los Doppelgänger qué aparecen cuando algo, una emoción, una vibración, actúa como prisma y revela por un momento esa otra forma de nosotros que habita en otro plano. Los chicos están de pie mirando hacia la montaña, ya es tarde, el cielo se ha puesto de ese tinte rosado invernal. las nubes se han disipado salvo un espeso cúmulo que cubre la montaña entera. – Deberíamos ir por hamburguesas y unas cervezas ya que nuestro día de esquí se ha ido por el caño – dice Ernesto.                                                      – ¿No te parece increíble que las nubes siempre se concentran en la cima?– comenta Jill                                                                       –Lo que me parece increíble son tus rizos– dice Ernesto mientras le ajusta su gorra de lana.

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