UNA INVITACIÓN DISTANTE
Reseñas generalesA comienzos de los años noventa, estaba haciendo los cursos para obtener la libreta de embarco de la Marina Mercante, en la sede de Tigre de Prefectura Naval Argentina. Gracias a un acuerdo con el Club Canottieri Italiano, se nos permitía usar sus estilizados botes de madera para el entrenamiento en remo. Llegábamos temprano, los colocábamos sobre carritos y los deslizábamos por los rieles que unían el club con el río. Solo había que cruzar una calle de adoquines, muy tranquila y arbolada. Una vez en el agua, atravesábamos el brazo principal y luego nos internabamos por los canales más estrechos, flanqueados con altos juncos. La niebla cubría todo y se respiraba una humedad densa. El remo golpeaba el agua con un sonido hueco y acompasado. Se oía el crujido del banco con resortes y el roce de la madera contra el borde. Nosotros veníamos a romper el silencio, salvo quizá por el ocasional grito estridente de algún pájaro del río. De vez en cuando, un pato con sus crías aprovechaba la estela dejada por el bote para acelerar su marcha.
Cuando el sol empezaba a elevarse la niebla se disipaba. Entonces aparecían, aquí y allá, algunos barcos oxidados y escorados siendo devorados por los camalotes, esas trágicas plantas flotantes que bajan desde el Brasil, arrastradas por las corrientes del Paraná y forman una especie de alfombra viva atrapada entre los islotes. Me gustaba esa imagen, quedaba hipnotizado por esa triste estampa de zozobra.
Se veían veleros deportivos amarrados a los muelles de las casas. Durante los días laborales todo parecía desolado. Pero los fines de semana se llenaba de movimiento.
Algunas personas vivían en sus barcos, a mí siempre me pareció muy atractiva esa idea. Fue por esa época que vi por primera vez “Cuchillo bajo el agua", película que vino a alimentar más mí obsesión con las velas, además del entorno natural donde se desarrolla la acción, un paisaje surrealista, que asociaba a la extraña vida del Delta.
“Cuchillo bajo el agua" (1962) de Román Polanski, aunque catalogada como thriller psicológico, siempre la interpreté como una comedia dramática, debido al patetismo de sus personajes.
Un matrimonio y un joven desconocido atrapados en un juego tenso donde la competencia masculina llega a rozar lo cómico.
La historia comienza con una pareja conduciendo por una carretera bordeada de árboles, se aprecia un punto de fuga simétrico. De pronto, un joven salta frente al coche, que frena a tiempo. La artimaña del autoestopista sorpresa no hace gracia al conductor. La mujer cruza su mirada con él por un instante, pero es suficiente. Ella dice unas pocas palabras en tono desafiante al marido, que lo lleva a la decisión de invitarlo a subir.
Desde el comienzo el hombre lo desafía, lo pone a prueba y empuja hacia la humillación. El chico sabe que está en desventaja, pero algo lo mantiene allí. Ha percibido una posibilidad. La mirada de ella le ofrece una mínima apertura, el triángulo se ha formado.
La trama transcurre en Polonia durante el periodo comunista. La acción se desarrolla en su mayor parte a bordo de un velero.
Un periodista deportivo de mediana edad llamado Andrzej (León Niemczyk) su esposa Krystyna (Jolanta Umecka) y un desconocido (Zygmunt Malanowicz) que es invitado a pasar una jornada con ellos en su barco.
El conflicto no se manifiesta de forma explícita, Andrzej, busca imponer su autoridad sobre alguien quien no parece poseer recursos visibles y que desde su posición solo puede responder con silencio y desafíos sutiles e irrelevantes. La invitación al barco no implica igualdad sino que establece desde el inicio una dinámica de control.
El cuchillo en cuestión, funciona como objeto simbólico y es desencadenante de varios momentos clave, su pérdida en el agua marca un giro narrativo, seguido de un altercado físico que culmina con la caída del chico al lago. Andrzej y Krystyna, creyendo que se ha ahogado deciden regresar sin él, quien sin embargo, aparece más adelante, ileso, tras haber nadado hasta la orilla.
Cuando Andrzej decide ir a buscarlo, el chico ve su oportunidad y sube al bote, tiene su momento con ella, robando así algo de las posesiones que envidia de su anfitrión y contrincante.
La película concluye con la pareja detenida en un cruce de caminos, dudando sobre qué dirección tomar. La incertidumbre final refleja una falta de resolución tanto narrativa como ideológica.
Andrzej, forma parte de la clase profesional urbana, se encuentra vinculado a una estructura burocrática que le proporciona estabilidad. Su vehículo privado, el barco y la joven esposa, quien accedió a una casta más elevada gracias al matrimonio, son elementos que marcan una diferencia materialista y representa todo lo que el chico desea.
La interacción entre los tres personajes no puede leerse sólo como un conflicto interpersonal sino como una crítica estructural al mito de la igualdad dentro del comunismo en general y polaco en particular.
La mujer, no se posiciona con claridad durante gran parte del relato. Su papel como observadora, y en ocasiones como mediadora, pone en evidencia su lugar dentro de un sistema donde las decisiones se disputan entre dos polos, ella al igual que la gran masa que supo aprovechar las ventajas del sistema no se atreve a denunciar o criticar por temor a perder su aparente estabilidad. Su breve interacción íntima con el invitado, funciona como una ruptura del esquema establecido y abre una posibilidad de cambio o transgresión. 
El velero se presenta como un microcosmos donde las reglas sociales, económicas y simbólicas se reproducen a escala.
como espacio cerrado y móvil, permite observar la dinámica entre los personajes sin interferencias externas. 
La escena final, con la pareja detenida ante la bifurcación del camino, sugiere que las estructuras de poder y clase no encuentran resolución en el sistema existente, ni en la confrontación directa. El chico continúa su camino, ajeno a la toma de decisiones de la pareja, quien queda atrapada en su propia ambigüedad.
Todo el relato cobra sentido gracias a la fotografía de Jerzy Lipman y al prisma poético a través del cual se nos presenta las imágenes. Los planos y contraplanos, los ángulos que logran atrapar los tres personajes y el paisaje a la vez. La atmósfera creada y todo ese mundo encapsulado en un espacio tan reducido, hacen que la expresión visual funcione por sí misma, sumado al swing de la cautivante experiencia sonora que provoca la sensación de poder correr sobre el agua. Krzysztof Komeda, marca el ritmo narrativo con su jazz sofisticado e introspectivo. Bajo el régimen, esta musica no era marginal ni under, como en los Estados Unidos, sino una forma de expresión casi elitista, ligada a círculos intelectuales.

Y hablando de swing hay una canción de Fito Paez que solía relacionar a esta película, o al trasfondo de la misma. Obviamente “Gente sin Swing”
La canción no se refiere a la falta de ritmo o gracia, sino que utiliza la expresión como una metáfora para describir la frialdad y el cinismo de ciertos sectores de la política y la sociedad. Aquellas personas que, por su posición de poder, perdieron la empatía o conexión con la inmensa mayoría y se burlan de sus necesidades y carencias.

Gente sin swing
Prometedores
Gente sin swing
son como halcones
Pueden fingir hasta que llores
Pero mi amor, son impostores
Y aunque te inviten a su mesa,
no estarán de tu lado
Y aunque lo juren y prometan,
no estarán de tu lado.





Comentarios 0
Todavía no hay comentarios.