Los portales

Reseñas generales

En el año del Señor de 1984, teniendo yo ocho años, nos mudamos a una casa lúgubre, deteriorada por el paso de los años, estando sola e inmensa. Era propiedad de mis abuelos paternos, construida en la calle Acueducto del Cementerio, parroquia Santa Rosalía.
Era una casa muy grande, de construcción antigua, con ladrillos macizos. Recuerdo que estaba identificada con la letra K.


A la casa se le tenían que realizar reparaciones para poder habitarla, pero igual llegamos a quedarnos. Mis padres continuaron con sus empleos cotidianos, mientras mi hermano empezó la guardería y yo fui inscrito en la escuela.

Cuando se realizó la limpieza de la casa y la pintura interna, se mudó una de las hermanas de papá, que estudiaba en la universidad y debía pernoctar en la ciudad.
Pasó un tiempo, todo en orden. Teníamos dos perritos que siempre estaban en la azotea, un espacio en el que solíamos jugar mi hermano y yo con nuestras mascotas.

Con la ayuda de Dios, ya las partes internas de la casa se habían reparado y estaban en óptimas condiciones. Para ese entonces, yo ya estaba en el liceo y mi hermano en la escuela. En ese tiempo mis abuelos fueron de visita a la casa, felicitando a mi papá por el buen trabajo que estaba haciendo con la vivienda.

Con mis abuelos llegó un señor con un gran bigote, parecía portugués; no hablaba mucho y era algo esquivo. El señor se quedaba en un cuarto que estaba fuera del lavadero, por donde se encontraban las bombonas de gas.
En las noches me despertaban golpes en las paredes, como si estuvieran demoliendo algo. Pregunté a papá, pero recibí un regaño: me dijo que me metiera en mis propios asuntos.

Partieron mis abuelos a su casa en compañía del misterioso personaje. Sí noté algo que me perturbó: la puerta y las ventanas del cuarto fueron tapadas con bloques y frisadas, como para borrar el cuarto. Bueno… mi familia siempre ha sido rara.

Le enviaron a mi tía una joven para que le ayudara en casa. Comencé a sentir los golpes en la pared de nuevo. En casa teníamos un solo televisor, y como estudiaba en la tarde, veía películas en la noche hasta muy tarde. Ya era un adolescente.

Yanet, la empleada de mi tía, algo mayor que yo, se escabullía y veíamos la tele juntos en la sala. Algunas veces nos besábamos y acariciábamos; otras, solo veíamos la televisión.
Solíamos esperar a las once de la noche para ver un espacio llamado Señor Cine, donde pasaban películas de todos los géneros. Me sentía un chico con poder: tenía 13 años, estudiaba, llevaba buenas calificaciones, tenía poca o casi nula supervisión de adultos… y tenía sexo seguro casi todas las noches. Eso era poder.

Algo curioso era que todos los lunes en la noche se escuchaban esos martillazos que hacían eco en las paredes. No les prestamos mucha atención por un tiempo, pero Yanet los escuchaba en el lavadero, incluso de día, así que me pidió que investigara.
Yo, todo valiente, no me negué. El lunes siguiente, con linterna en mano, mientras estábamos en nuestros asuntos —luego de los besos, la película y el tan esperado sexo— comenzamos a escuchar los golpes retumbando en la pared.

Me di valor a mí mismo; en mi mente repetía: “yo puedo, yo puedo”. Me dirigí al lavadero, pasé frente al cuarto de mi tía, que dormía siempre con la luz encendida, como si siempre tuviera miedo (ya era costumbre ir y ver si estaba dormida).
Continué mi camino, pasé por las bombonas de gas, llegué junto a la lavadora… y nada. Alumbré con la linterna bajo una escalera de metal en forma de caracol que daba acceso al segundo nivel de la casa, pero no vi nada.
Regresé a la sala; allí estaba Yanet esperándome. Me preguntó qué vi. Le comenté que nada, y de repente volvimos a escuchar los golpes.

Así que fuimos los dos a investigar. Revisamos todo y determinamos que los sonidos venían de la antigua habitación que tenía cerradas la puerta y las ventanas, la que ahora formaba parte de la pared del cuarto de lavado.
Escuchamos los golpes por un rato; luego cesaron y nos retiramos, intrigados, dándole vueltas al asunto, diciendo que debía ser una rata o algún animal similar.

Pasamos una semana grandiosa. Todos los adultos salían a trabajar, y nosotros dos, adolescentes sedientos de placer, nos quedábamos en casa toda la mañana, saciando nuestras ansias. Nos bañábamos juntos, cocinábamos, almorzábamos… luego llegaba mi tía, y yo me iba al liceo. Todos los días se repetía esa fascinante rutina.

El día lunes 20 de febrero de 1984, lo recuerdo como si fuera ayer, escuchamos retumbar las paredes como nunca. Nos embargó la curiosidad y fuimos, mandarria en mano, decididos a ver qué era lo que resonaba.
Golpeé fuertemente la pared y fui partiendo bloque a bloque. Logré hacer un boquete de unos cincuenta centímetros de radio, y una fuerte brisa me empujó, terminando de romper la pared. Sentí un frío como nunca antes lo había sentido; chillaban mis oídos, mi garganta se secó.
Hubo un estruendo al romper la pared. Mis padres y mi tía fueron donde estábamos Yanet y yo, asustados todos pero curiosos. Entramos al cuarto: en él estaban tres espejos gigantes, reflejándose uno al otro, formando un triángulo.

Taparon los espejos con mantas y los apilaron contra la pared. Dijeron que usarían la habitación para algún fin. Me fui a dormir y tuve pesadillas toda la noche.

Al día siguiente comenzó la mañana; ya habíamos olvidado lo sucedido. Al prender la cocina para hacer el almuerzo, salieron de ella una gran cantidad de chiripas y moscas, una infestación repugnante de insectos asquerosos.
Cocinaron, pero la comida se dañó. Algo raro pasó ese día. En la noche del martes batieron los platos en la cocina; mi papá fue a ver si alguien se había metido a la casa, pero no había nadie. Estábamos muy asustados.

Cuando despertamos el miércoles, todo estaba tranquilo, sin ruidos, una gran calma. Pasamos un día excelente.
Al llegar la noche, mi tía cocinó sus ricas y famosas panquecas; nos sentamos todos en la mesa del comedor —una mesa de vidrio redonda de seis puestos— y estábamos degustando el rico plato de la cena cuando, de repente y sin aviso, cayeron los dos perros sobre la mesa.
Saltaron por el tragaluz, rompieron el vidrio. Tuvimos que limpiar toda la sangre maloliente de la sala; terminamos tarde, muy tarde.

Para el día jueves ya sabíamos que habíamos liberado algo de ese cuarto, algo que cada vez era más poderoso.
Mi mamá contactó a unos señores espiritistas que fueron el viernes. Fumaban tabacos y esparcían licor por toda la casa, dando ramazos acá y por allá.

Repentinamente, la señora se retorció y golpeó a su esposo, volándole el tabaco de la boca. Lo levantó y lo lanzó como a cuatro metros de donde estaba. El hombre se levantó como si nada; pelearon y gritaban en una lengua extraña.
Luego del gran combate, Yanet se acercó con un pote de amoníaco y les tiró encima; así volvieron a la normalidad.
La señora repetía el nombre: “Abaddon, Abaddon, Abaddon…”

Ellos recogieron todas sus cosas, asustados, y se fueron. Dijeron que habíamos liberado un demonio al abrir ese cuarto y quitar los espejos.

Todo estuvo en calma… y el día 27 de febrero, lunes, la población entera enloqueció. La nación conmocionada, todos llenos de odio: saquearon, robaron, mataron, ultrajaron. Podíamos percibir el poder del demonio en las calles.
Ya no estaba atado a nosotros, pero fue peor: estaba libre, matando en la calle.

Luego de tres días volvió la calma al país entero. Se escuchaban las noticias: centenares de muertos y desaparecidos. Los enterraron en la peste.
Fue suficiente sacrificio para él en ese instante, pero consiguió entrar en el corazón de uno de esos militares. Lugo era su nombre. 

Le puso en su boca el poder del convencimiento, dio un golpe de Estado, se rindió y se presentó como mártir para cautivar a las masas. Invocando demonios y hechizos con muertos logró el poder total.

Pero los vivos no pueden pactar con los muertos; así que enfermó de muerte.
Y al partir, contaminó toda una nación, un continente entero con su odio y maldad.
Aun en los días de hoy repercute su maldad.

Espero podamos contenerlos pronto… mientras podamos.
Le puso en su boca el poder del convencimiento, dio un golpe de Estado, se rindió y se presentó como mártir para cautivar a las masas. Invocando demonios y hechizos con muertos logró el poder total.

Pero los vivos no pueden pactar con los muertos; así que enfermó de muerte.
Y al partir, contaminó toda una nación, un continente entero con su odio y maldad.
Aun en los días de hoy repercute su maldad.

Espero podamos contenerlos pronto… mientras podamos.

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