Alucinado
Reseñas generalesEl calvario comenzó cuando era adolescente, tendría unos dieciséis años. Estábamos jugando a las cartas en la quinta de Daira. Habían ido todos mis amigos de la secundaria, éramos siete. Pasamos la tarde en la quinta, nos metimos a la pileta, pedimos una pizza, vimos una película de terror y jugamos a la carta. Todo eso acompañado de un consumo de alcohol constante. Era mi turno. No tenía nada, un cuatro de basto, un doce de espada y un siete de copa. “Envido”, mentí, intentando rasgar algunos puntos. En ese momento, sentí una mirada clavada en la nuca. Se me retorcieron las tripas, me temblaron las piernas. Me di vuelta, estaba de espaldas a las puertas de vidrio que daban al patio. Solo se veía la luna, grande, redonda y naranja. No había estrellas a la vista. Pedí prender la luz del patio.
—Estamos jugando, ¿qué querés ver?
—Es importante. —Insistí.
—¿Qué cosa es importante? —Daira estaba molesta e intrigada.
—Prendé ya la luz de mierda.
La prendió. Era muy tranquilo y nunca usaba lenguaje soez. Mis amigos me cargaban por eso. Cuando decía algo subido de tono no era en vano.
No había nada. Vi la mesa de madera, la pileta y la vegetación, pero nada fuera de lo normal.
Volví a jugar al truco. Estaba intranquilo.
—Quiero. —Alejo contestó mi jugada anterior.
—Mesa. —Contesté sin ningún interés en el juego. Tenía otras preocupaciones.
—Dale, no podés hacer siempre lo mismo. Aburre. Jugá bien o no juegues. —Daira se tomaba pocas cosas en serio, los juegos competitivos eran una de esas cosas.
—Perdón. Tengo la cabeza en cualquier lado.
—Me di cuenta ¿Podés mirarnos a nosotros? No parás de darte vuelta cada cinco segundos desde que prendí la luz del patio ¿Qué buscás?
—¿No sienten algo raro? ¿Cómo si nos estuvieran mirando?
—Basta, ya fue. Me está asustando. Mucho alcohol y la peli no ayudó. Dejemos acá por hoy. —Pilar era bastante asustadiza y mi paranoia no estaba ayudando.
Nos fuimos caminando hasta la estación de colectivos. La quinta era lejos. Eran las cuatro de la mañana, los colectivos no circularían en las próximas dos horas, pero en la estación había una parada de taxis. Era enero. El viento estaba caliente, la atmósfera embotada. Caminamos por veinte minutos. No emití sonido alguno. Me estaban viendo. No era un temor, una sospecha, ni una hipótesis. Estaba seguro. Disimuladamente, escrudiñaba todo alrededor. La ciudad dormía. Ni los perros andaban a esa hora. Solo nosotros, los árboles y la gigantesca luna naranja sobre nuestras cabezas.
Las próximas dos semanas transcurrieron con normalidad. Estaba tranquilo, en paz. Adscribí el incómodo episodio de la quinta de Daira al alcohol y la sugestión por la película que vimos. Era domingo. Mis hermanos habían salido con sus amigos y mis viejos estaban arreglando el jardín. Agarré mi ejemplar de El temor de un hombre sabio, me armé dos sándwiches de jamón y queso, llené una botella de agua y me fui en bici al parque. Almorcé escuchando el curso del Río Luján. Estaba a punto de empezar a leer cuando me empezaron a temblar los brazos. Estaba empapado, la cara inundada de gotas de sudor. No podía leer, me temblaban tanto los brazos que me era imposible seguir las palabras en el renglón. Nuevamente, me estaban mirando. No estaba solo. Miré alrededor. Nadie. Era un día nublado, la gente de mi ciudad solía ir al parque solo los días soleados. No había otro ser vivo en kilómetros a la redonda. Solo los árboles, las hormigas y yo. Las hormigas se habían adueñado de mi tupper. Las miré, eran extrañas. No tenían nada en particular. Su forma, color y comportamiento eran los habituales, pero su presencia me inquietaba. Revoleé el tupper al río. Esas hormigas me espiaban, me seguían, me acechaban. Me subí a la bici y pedaleé como nunca lo había hecho en mi vida. Jamás había estado tan seguro de algo antes. Era una certeza absurda, pero era más real que la humedad del agua. Esas hormigas eran la luna de la noche en la que me reuní con mis amigos en la quinta de Daira. No tenía sentido, pero era cierto, eran lo mismo y me seguían, no me dejaban en paz.
Llegué a casa. Mi corazón estaba haciendo lo imposible por salirse de mi pecho. No podía dejar de llorar. Corrí hacia el jardín y abracé a mi mamá. Ella me consolaría sin necesitar razones para comprender mi angustia.
Me devolvió el abrazo. Me pasó la mano por el pelo. Me empezó a doler el pecho. se me erizaron los pelitos de la mano. Se me cerró la garganta. Mi mamá me separó de ella. Vi algo brillante en su cuello. Era un colgante con forma de luna.




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