El encuentro.
Reseñas generalesLa alta noche se desparramaba como petróleo sobre el barrio de Flores. Ya no tintineaba ninguna ventana; no quedaba ningún pequeño imperio vecino. El nuestro, a las tres de la mañana, también estaba por conocer su fin: se nos terminaba otra interminable salida de la juventud. En un último intento por salvar las chances de un beso, un amigo propuso un arriesgado juego: la copa, la ouija. Algunos rieron; otros callaron.
Recordé palabras de Coleridge sobre la fe poética del teatro, así que suspendí mi incredulidad. Comenzó la ceremonia, si es que se le podía llamar así. La mesa era redonda; un abecedario improvisado rodeaba un solemne cáliz de plata que pertenecía a la abuela de Nico, mi amigo. Colocamos las manos sobre el artefacto, como quien esta por hacer un hurra. Las risas se multiplicaron, y yo aproveché para tejer unas caricias con la chica que me gustaba.
El roce de la copa sobre la madera era leve, pero suficiente para interrumpir la rutina de nuestra diversión. Uno de los presentes dijo:
—El juego ha comenzado. Tenemos que preguntar algo.
Romina fue la primera en disparar:
—¿Quién sos?
La copa respondió letra por letra: Diabolus. Traté de frenar o alterar la respuesta, pero no pude. Reí, como todos, más por nervios que por otra cosa.
Yo, que era un razonador y había visto varias películas policiales, no tardé en notar que, desgraciadamente, la fantasía quizá era verdad… o la obra de un truco espléndido, al puro estilo de los ilusionistas. Ninguno de los presentes sabía latín, y cada pregunta que le hacíamos traía una respuesta en esa lengua muerta.
Empezaron a preguntar quién era el gracioso, pero nadie asumía semejante broma monstruosa. La solución fue que todos retiraran las manos, para apaciguar los ánimos. Pero la copa, ahora sí, tambaleaba sola, como nuestras almas, y marcaba letras al azar.
El más borracho de todos, que aún quería tomarse unas cuantas cervezas más, lo invitó a ser parte de la previa y le dijo:
—Si sos el Diabolus, venite hasta la avenida Rivadavia al 7193, a las cuatro en punto. Tomamos fernet puro, a ver quien es mas malo.
Guardamos todo, pronunciando que el juego había terminado e insultamos debidamente a nuestro alcohólico de turno. Pedimos algunas bebidas más con hielo por aplicación. Eran las 3:58, o 3:59 a.m.; todos nos quedamos, porque la curiosidad pudo más, aguardando en silencio alguna grieta en el orden de la casa.
Alguien llamó a la puerta. Era un muchacho que traía hielo. Suspiros y más suspiros. Bajamos con Nico a buscarlo, y el repartidor nos preguntó:
—Chicos, ¿tienen hora? Me quedé sin batería recien.
—Son las cuatro en punto —le respondí.
El hombre, ya sobre la moto, levantó la vista y dijo:
—¿Vieron qué puntual que soy?
Encendió el vehículo y se fue. Juramos no decir nada a nadie hasta el día de hoy. Juan, el borracho, terminó en coma alcohólico mientras gritaba que el Diabolus no existía. No conseguimos el beso, pero la noche nos dejó algo más: la sensación de que la maldad a veces toca la puerta, y que la juventud puede ser más vulnerable.




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