Se busca detective

Reseñas generales

Las historias policiales comienzan con un misterio en apariencia inexplicable, descubierto por obra de la inteligencia, por una operación intelectual. Ese hecho es ejecutado por hombres y mujeres muy inteligentes, que se llaman Dupin, después Sherlock Holmes, Padre Brown, y tendrán otros nombres, otros nombres famosos sin duda. El primero de todos ellos, el modelo, el arquetipo, podemos decir, es el caballero Charles Auguste Dupin, que vive con un amigo, y él es el amigo que refiere la historia. Esto también forma parte de la tradición, y fue retomado mucho tiempo después de la muerte de Poe por el escritor irlandés Conan Doyle. Conan Doyle toma ese tema —atractivo en sí— de la amistad entre dos personas distintas, que viene a ser, de alguna forma, el tema de la amistad entre don Quijote y Sancho, salvo que nunca llegan a una amistad perfecta.

De esto se desprende una hipótesis —se vive de hipótesis—: para resolver un crimen nos conviene ser dos o más. En lo posible diversos, con muy poco en común más allá de los hechos que se presentan.

La historia que voy a contar sigue sin resolverse, y vengo a proponer: yo seré Watson, usted será Sherlock.

Presento los hechos tal como los recuerdo, que es lo más fiel que puedo ser a la realidad. Vengo aquí a contarlos y a que los lectores intenten resolverlos.

 

Era de noche. Recién cumplía trece años. Movido por la la juventud, decidimos acampar con mi hermano y mi primo en medio del campo, a unos quinientos metros del puesto donde vivía el casero. Al atardecer, el hombre con su familia había cenado, listo para acostarse. Nosotros jugamos un rato, y la noche se fue haciendo presente. Algo se desprendio del negro, eran pedazitos humedos. No tardo en colarse dentro, inundando todo en minutos. Abandonamos la tienda y corrimos al puesto.

Salió el  Roque con una escopeta en la diestra y un farol de gas en la izquierda. Rápidamente bajó el arma y nos preparó un cuarto con tres camas. Las gotas rechinaban contra el techo de chapa y, por alguna razón, el puestero no se había vuelto a dormir. Deambulaba en la penumbra con el arma, mientras el llanto de su bebé resonaba de fondo, y su mujer susurraba algo que no pude entender.

Decidimos que la única forma posible de dormir era tomarnos de las manos: yo con mi derecha sujeté la izquierda de Manu, que estaba en el medio; él con su diestra la izquierda de Mati, que estaba en la punta. Caímos en un sueño profundo. Al despertar, todavía quedaba un rastrojo de lluvia.

Al salir, encontramos sangre como si fuera una búsqueda del tesoro: desde el dormitorio de la pareja hasta el baño, luego la cocina, y se perdía en la amplitud del verde. Los caballos del corral estaban muertos; Don Roque, su mujer y su bebé no estaban. Volvimos a la cama como si se tratara de un sueño. Nos tomamos de las manos, y a fuerza de cerrar los ojos tratamos de borrar aquello. Pero al intentar sujetarnos, descubrimos que las distancias eran absurdas; debíamos pegar las camas para apenas rozarnos.

Al constatarlo, salimos corriendo. Al rato llegó la policía. Había ocurrido un asesinato.

En cierto punto, éramos sospechosos. Pero rápidamente levantaron los cargos. No volvimos más, No preguntamos nada, Mi papa averiguo apenas datos administrativos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comentarios 2

S
Sanabria 66616 de abril de 2026
Me encanta cómo empieza hablando de Sherlock y termina con un relato digno de una película de terror. Ese detalle de que las camas "se alejaron" me dejó los pelos de punta; es un giro surrealista muy original. Corto, directo y bastante perturbador.
L
Lucas Friesen15 de abril de 2026
Necesito más información si quiero resolver este caso como Sherlock.

De este autor