Nosferatu
DirecciónLa belleza de un altar sin mordida
Yo esperaba que el Nosferatu de Robert Eggers me entrara por los ojos y que me mordiera el estómago.
Porque Eggers no es un director común lo conocemos por ser un excavador de obsesiones, un brujo que desentierra terrores antiguos con manos sucias y ojos de ritualista. En La Bruja nos susurró la histeria puritana al oído. En El Faro, nos ahogó en salitre y delirio. Por eso confiaba. Pensé: “Este tipo me va a dar mi buena mordida”. Grrr
Y lo hizo. Pero no como quería.
Visualmente, la película es una obra de arte. Cada plano parece arrancado de un óleo gótico: hay una belleza lúgubre, perfecta, que al principio embriaga y luego incomoda. Las sombras no solo ocultan, sentencian. La luz no ilumina nos interroga. El paisaje es un cadáver pintado con devoción. Como un funeral carísimo en el que, a mitad de la ceremonia, te das cuenta de que nadie está llorando.
Porque la belleza, cuando es tan exacta, empieza a oler a formol.
Ahí está el verdadero conflicto de Nosferatu. Es un homenaje meticuloso al expresionismo de Murnau, sí, pero también es una película que parece demasiado consciente de su linaje. Le teme al riesgo. A veces da la sensación de que Eggers no está dirigiendo un film, sino construyendo un altar sagrado al cine mudo… pero se le olvidó encenderle una vela.
Bill Skarsgård está magnífico. Su Orlok no es un vampiro elegante ni un amante maldito simplemente es una plaga asquerosa. Una presencia física que contamina el plano, que no necesita palabras para generar inquietud. Su cuerpo habla en el peor y sucio idioma de ratas y podredumbre. Pero incluso él, con toda su potencia, se ve contenido por el preciosismo general. La película sugiere un apocalipsis y entrega una procesión estética. Inquietante, sí, pero sin fiebre.

Y luego están los humanos, orbitando este sol negro con distintas intensidades. Lily-Rose Depp se lanza al abismo con ENTREGA ABSOLUTA. Su cuerpo actúa incluso cuando su rostro duda. A veces logra lo que el resto del reparto no y fue dejar de ser una imagen y volverse sensación. Pero no siempre. Hay momentos en que su trance se siente más ornamental que vital, como una herida diseñada para ser contemplada y no para sangrar.

Eso no significa que no haya destellos. Eggers aún sabe dónde clavar el puñal. Hay transiciones que son puros actos de magia negra, por lo menos tenemos la cámara parpadeando y, de pronto, la realidad se ha descompuesto. En esos momentos ves al cineasta que no teme ensuciarse, que entiende que el horror no siempre grita: a veces, respira muy cerca de ti. Cómo un susurro.
Pero esos momentos son islas en un océano de solemnidad estética.
Cuando terminé de verla me dejó con una sensación contradictoria. Con los ojos llenos y el estómago vacío. Admiré el objeto, el artefacto impecable, la ejecución obsesiva. Pero no me tembló la piel. No sentí la mordida.
Nosferatu es un cuadro magnífico colgado en una pared. Uno que miras con asombro… pero que nunca te atraviesa.
Hermosa, sí. Pero viva, no.
“Y eso, para una criatura de la noche, es el verdadero fracaso.”






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