Símbolos

Reseñas generales

Los superhéroes no fallan.

 

Fallan los directores, productores, cineastas y guionistas. El superhéroe es un símbolo, y siempre será así. 

 

Al oír el nombre “Robin Hood” nadie ve algo diferente a “el arquero que roba a los ricos para darle a los pobres”, aunque la leyenda habla de “robarle al tirano”, que es diferente de “robar al rico”, pero ¿quién le quita el cascabel al gato?

 

Y podrán existir versiones en las que Robin muere, en las que es el malvado (si lo vemos con los ojos del malvado Delfín) o encarnado por Kevin Costner en su heroico papel o por Russel Crowe en un rol más político, pero siempre la esencia será la misma.

 

Jamás podremos olvidar que Aquiles, el de los pies ligeros era “de ancho pecho, de graciosa boca, de miembros robustos y grandes, de largos cabellos muy rizados, clemente, muy impetuoso con las armas, de rostro alegre, desprendido, dadivoso y de pelo oscuro”, aunque versiones posteriores lo personifiquen con rasgos diferentes. En todo caso siempre será un virtuoso guerrero y morirá alcanzado por una flecha en el talón.

 

Algo similar pasa si a estos personajes les agregamos poderes como volar, superfuerza o una cuenta bancaria exageradamente abultada.

 

Hay que recordar que Superman y Batman nacieron siendo una especie de detectives (de hecho, DC comics es la abreviación de “Detective Comics”), y fueron evolucionando junto con el mundo y sus problemas. Así, el villano siempre está adaptado a la problemática de turno; podemos ver a Lex Luthor como un científico loco en 1940 producto de los horrores de la guerra en ese aspecto, la guerra química, gas Sarin, Ziclon-B, entre otras. Luego evolucionó según la demanda, a un contratista privado militar, con acceso a armas de todo tipo, luego los malos volvieron a cambiar de forma, y Luthor también, volviéndose un excéntrico millonario con influencias financieras globales. 

 

Sin embargo, Superman, ha permanecido inalterado: Clark Kent introvertido con gafas en su puesto de periodista que se suelta el moño cuando surge algún problema grave, sobre todo si está involucrada la señorita Lane. La superfuerza y su sentido de justicia prevalecen igual que su alergia a la Kriptonita.

 

Con Batman sucede algo parecido, aunque sus villanos suelen representar todas las versiones de Luthor como Joker, el desequilibrado que sólo quiere saber quién se oculta tras la máscara; Penguin, el mafioso criminal; Dos caras, el resentido con sed de venganza; Gatúbela, entre muchos otros. 

 

Pero el hombre murciélago siempre será el mismo tipo de alma oscura, defensor de la justicia, multimillonario y misterioso, dueño de varios restaurantes y otros edificios que protege Ciudad Gótica en las noches.

 

Usando al tal Alfred como mayordomo y genio creador tras sus artilugios y dispositivos que parecen adaptarse a cada situación (nunca voy a olvidar ese “Justo esta mañana, Alfred construyó este dispositivo para ahuyentar tiburones”) y como mecánico particular de su eterno Batimovil, que ha pasado de ser un coche Concept personalizado a una especie de tanque de guerra en miniatura (con todos los juguetes).

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